Sandú Darié por Enrique Pineda Barnet

Daniel Céspedes Góngora
14/1/2021

Vista del mundo, asimilación de este por cuenta de cómo lo aprecia un artista que aspira a ser constante para identificarse. La constancia pudiera definir un estilo, o al menos un “no sé qué” diferente que termina corporeizando determinada estética y a su autor. Sandú Darié Laver (1908-1991), uno de los “Diez pintores concretos”, es ya harto identificable para estudiosos y familiarizados con su obra por ese interés y despliegue convocador, donde la realización cinematográfica tuvo como puntos de partida la cerámica y la escultura, el diseño de la escena y del vestuario para teatro, y la pintura.

 

En 1966 realizó la que algunos consideran su primera exposición personal después del triunfo de la Revolución cubana. Se llamó Pintura Cinética de Sandú Darié. Cosmorama. Electro Pintura en movimiento. La muestra se presentó en el Museo Nacional de Bellas Artes. Habían transcurrido dos años de la colaboración de Darié para uno de los primeros documentales sobre arte: Cosmorama (1964), obra muy experimental, como la del propio creador, en que sobresale el estímulo de la mirada por esa estética inquieta y variable. Asistimos en primera instancia a la inconformidad del lenguaje audiovisual: formas y estructuras de la obra artística exigen de pronto una participación vivaz y sorprendente del espectador. Acaso se supuso que el acomodo y episodio de la luz en los aspectos cromáticos bastaban para movilizar la contemplación. Con Cosmorama, Pineda Barnet sugiere y confirma: no, no son suficientes para ensayar una autonomía del conjunto artístico. La composición del orbe Darié implica a un tiempo riesgo autoral (del propio artista gráfico y también del cineasta) y performatividad de la obra que dialoga con ella misma, como independizándose del mundo tal cual se nos suele presentar o como lo solemos mirar.

Algunas bibliografías incurren en una lamentable omisión: de Crónica Cubana (1964) saltan a Aire frío (1965) para luego reconocer que, en efecto, la dramatización del ballet Giselle (1963) y La Bella del Alambra (1989), el mejor largometraje musical realizado en Cuba hasta la fecha, son sus más memorables producciones. Se olvida que el corto Cosmorama, con fotografía de Jorge Haydú, sonido de Germinal Hernández y edición de Roberto Bravo, es una joyita del audiovisual hecho en Cuba e Hispanoamérica. No es casual que en su momento fuera legitimado por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Resulta muy significativo que a raíz de la muerte de Enrique Pineda Barnet el pasado 12 de enero de 2021, en las noticias culturales del Noticiero Nacional de Televisión se mencionara Cosmorama. Si bien el coguionista de Soy Cuba (1963) es atendido más por sus ficciones, su obra documental expone una cuantía y valores ideoestéticos a repasar.

La temprana curiosidad intelectual de Pineda Barnet le agenció una cultura amplísima que beneficiaría en general sus realizaciones cinematográficas. Verde Verde (2012) pareciera ser la cumbre de su búsqueda por corroborar lo que el cine le debe a las demás artes y cómo estas pueden retribuirle. Pero Cosmorama, con sus cinco minutos de duración, supera los propósitos y logros de Verde Verde. Sigue siendo uno de sus trabajos más valientes y bellos. A propósito, si el espectador se preguntara ¿ante qué variedad de película estoy?, el entonces joven director se atreve a apuntarlo en pantalla: Cosmorama. Poema espacial No.1 de Sandú Darié, para después aclarar: “un estudio experimental de formas y estructuras en movimiento con luces y colores que logran imágenes plásticas en desarrollo”. ¿Lo consigue Pineda Barnet? Sin dudas, ¡y mucho!