Siempre acudirá a la cita el amigo, el poeta, el revolucionario


22/7/2019

El 30 de junio de 2019, con la ovación unánime de sus compañeros, fue ratificado como miembro de honor de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Pocas semanas después, este sábado 20, falleció en su Habana, en su Isla y “en su (tercer) mundo” Roberto Fernández Retamar.

 No existirá una tumba de Roberto Fernández Retamar, pues decidió, en gesto humildísimo,
entregar sus cenizas al océano. Foto: Kaloian Santos

 

Intelectual mayor del hemisferio, deja tras sí ochenta y nueve años de una vida tan intensa como fecunda, marcada por la lucidez creadora y una coherencia política insobornable.

Ganador, entre otros, del Premio Nacional de Literatura, los premios internacionales de poesía  Rubén Darío y Pérez Bonalde y el Premio Alba de las Letras, merecía muchos más; pero en el fondo de su alma sabía que renunciaba gustosamente a ellos al asumir un compromiso inconmovible con la Revolución Cubana. Al igual que a su admirado Rubén Martínez Villena —inspirador de su temprana Elegía como un himno− le interesó, sobre todo, la justicia social.

Como ensayista, Roberto Fernández Retamar nos ayudó a leer la obra y la vida de José Martí; nos enseñó a comprender la verdadera historia de la literatura hispanoamericana y dio continuidad, en su cenital Caliban, a la búsqueda de un lugar más justo en el planeta para los hombres del Sur.

Como animador cultural, desarrolló un trabajo inmenso en la Casa de las Américas y su revista, el Centro de Estudios Martianos, la Universidad de La Habana, la Uneac, la Academia Cubana de la Lengua y otras instituciones cubanas y extranjeras que se sirvieron de su talento y su laboriosidad.

Como poeta, supo expresar las esencias de Cuba y confundir su voz en la del pueblo al preguntarse: “Nosotros, los sobrevivientes, /¿A quiénes debemos la sobrevida?”; al confesar “Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela” o al invitarnos a escuchar un disco de Benny Moré.

Como revolucionario, ocupó ejemplarmente todas las trincheras a las que fue llamado.

No existirá una tumba de Roberto Fernández Retamar, pues decidió, en gesto humildísimo, entregar sus cenizas al océano. Pero los muchos lectores retamareanos −y toda la gente de izquierda que halle en su gigantesca obra un buen motivo para no claudicar− sabemos que el entrañable Roberto no dejará un solo día de acudir a la cita con la justicia y la belleza allí, donde él está, en la sobrevida.