Solo se trata del son: Defiéndete tú

Emir García Meralla
14/9/2020

Se convirtió en el fenómeno de popularidad más importante del comienzo de los años ochenta en Cuba. Su voz agrupó a todas las generaciones y hasta logró establecer un punto de coincidencia interesante entre las diversas tendencias musicales que por ese entonces proliferaban en la Isla. Tanto que muchos seguidores históricos del rock inglés y norteamericano no dudaron en echar un pasillo con sus temas en las fiestas que cada sábado en la noche se organizaban en los barrios del país. Oscar de León, el sonero venezolano, llegó a la vida de los cubanos y, a partir de ahí, muchas cosas fueron distintas.

Sonero venezolano Oscar de León. Fotos: Internet
 

Determinar el efecto que a nivel social tuvo “la Oscar de León manía” es, quizás, uno de los ejercicios de memoria más interesantes de los últimos cuarenta años en la vida musical cubana. Intentemos una discreta aproximación.

Su carta de presentación fue el repertorio. Era una acertada combinación de clásicos de los años cincuenta, fundamentalmente provenientes de la orquesta Aragón, con temas de su autoría; pero todos enmarcados en la cadencia del son. El mismo son que interpretaban los conjuntos que una década antes habíamos conocido y con los que muchos bailaron. La única diferencia era que su orquesta se completaba con una cuerda de trombones; mientras que las nuestras solo disponían de uno de estos instrumentos y la obligada cuerda de trompetas.

Con esa batería de temas el impacto en todos los públicos estaba garantizado; y el cubano no era menos. Pero el repertorio solo no bastaba para cautivar al público de esta isla. Estaba su voz de sonero. Un timbre que se caracterizaba por su frescura —en ese entonces el sonero cubano se mantenía atrapado entre lo clásico y lo potencialmente imitativo del Benny, aunque había sus excepciones— y por el alarde de improvisaciones que era capaz de generar en cada tema. Y para rematar, el tratamiento de sus voces complementarias (el coro) era una versión cuidada del que impusiera la Sonora Matancera y que había retomado la orquesta de Elio Revé. Esa expresión nasal de los cantantes, sin llegar a ser fañosos, pero emitiendo su voz como si fuera el lamento de “viejas cansadas”, o “voz de viejas”, como le llamaban vulgarmente.

“El León de la salsa”.
 

La música de Oscar de León —que se movía entre “lo matancerizante” y lo arrabalero o “salsa dura”— ofrecía argumentos afirmativos a quienes consideraban a la salsa como un plagio de la música cubana anterior a los años sesenta; pero también aportaba municiones a los que veían en ella una evolución e interacción de las distintas sonoridades del mediterráneo caribeño. Al parecer se conseguía un empate en materia de criterios sobre el más espinoso asunto, relacionado con la música cubana y su impacto a nivel continental y mundial en esos años.

Un elemento importante a considerar es que, desde un inicio, todos aquellos involucrados en el género salsa nunca negaron el papel preponderante de la música cubana como la fuente inicial de su trabajo; pero también defendieron el aporte de otras no menos importantes. Y como complemento estaba la presencia constante de nombres como Arsenio Rodríguez, José Fajardo, Anselmo Sacasas, Mario Bauzá, la misma orquesta Aragón y el Benny; este último, el ídolo de Oscar de León.

El sonero venezolano —siempre se ha denominado así— ocupó todos los espacios radiales posibles y en reciprocidad a ello la EGREM publicó un disco (LP) recopilatorio de parte importante de sus éxitos; y con el disco vino el redescubrimiento de autores olvidados para ese entonces, con las consiguientes regalías. Los otros beneficiados de esta fiebre sonera fueron, sobre todo, los músicos de la orquesta Aragón; principalmente el flautista Richard Egües, cuyo repertorio “clásico” volvió a estar de moda. Por increíble que parezca, el chachachá se volvió a poner de moda, solo que esta vez el sonido de los violines era sustituido por el de trombones y trompetas.

“Una de las grandes estrellas de la música salsa y el son del continente”.
 

A fines de 1982 se comenzó a barajar la posibilidad de que Oscar de León viniera a Cuba en fecha cercana. Tanto el venezolano como las autoridades cubanas del mundo musical (en ese entonces por medio de la agencia CUBARTISTA, que dirigía Pedro Orlando Rodríguez) comenzaron a organizar sus agendas y se acordó como fecha posible el mes de noviembre del año siguiente, y el evento adecuado sería el Festival de Varadero. El mismo festival al que habían regresado las Estrellas de Fania en 1981, sin algunas de sus figuras fundamentales.

La escena estaba lista para que una de las grandes estrellas de la música salsa y el son del continente visitara Cuba y ofreciera varios conciertos masivos en distintas ciudades. Y aunque antes habían visitado la Isla orquestas salseras, estas se habían limitado, en lo fundamental, a presentaciones muy selectas: la Típica 73 actuó para músicos y grabó algunos temas, las Estrellas de Fania se presentaron en el teatro Karl Marx y la Dimensión Latina solo tuvo dos presentaciones en Santiago de Cuba, en época de carnavales.

El jueves 3 de noviembre de 1983, a las 9:30 de la noche, Oscar de León pisaba suelo cubano. Su llegada causó gran conmoción al ser transmitida en vivo por la televisión cubana. Su primer gesto fue arrodillarse, besar la losa del aeropuerto y, entre lágrimas, cantar los primeros versos del tema “Mata siguaraya”, del compositor cubano Lino Frías, popularizado en los años cincuenta por Benny Moré y Celia Cruz. Desde sus hogares, miles de personas le acompañaron a coro.

Oscar, conocido como “el León de la salsa”, ofreció siete conciertos en su gira cubana: dos en Varadero, uno en Santiago de Cuba (en los terrenos del estadio Guillermón Moncada), uno en Cienfuegos, la tierra del Benny, y tres en La Habana: uno en el teatro Karl Marx, otro en la Ciudad Deportiva y el de cierre en el anfiteatro del parque Lenin. Pero los más memorables, los que quedaron en el imaginario colectivo, fueron los de Varadero, como parte de la programación del Festival.

La noche del viernes 4 de noviembre toda Cuba estaba expectante ante su salida al escenario, y el hombre no la defraudó. Vestido con un traje blanco, de largos flecos, tomó el micrófono y en un arrebato de energías se paró frente a su orquesta, que entonó los acordes del tema “Melao de caña”, uno de sus éxitos probados en todos los escenarios; con la particularidad de que su coda se extendió interminablemente, dejando en sus seguidores un estribillo que ha llegado a nuestros días: “… ahé, ahé la chambelona…”, y con el mismo toda su andanada de improvisaciones y una frase inolvidable: “dame cable, dame cable…”, mientras se adentraba en el público presente, que no escatimaba en muestras de alegría.

“Oscar de León llegó a la vida de los cubanos y, a partir de ahí, muchas cosas fueron distintas”.
 

Sin embargo, los dos momentos memorables de sus presentaciones en Varadero fueron su ejecución, junto a la Orquesta Aragón, del clásico “Calculadora”, y su llamado a que el cantante Barbarito Diez, la voz de oro del danzón, le acompañara en el escenario, donde luego lo bautizaría como “su padre musical”. Para ese entonces, Barbarito dormía el sueño de los justos, no solo por su edad, sino por el hecho de que muchos lo consideraban una reliquia viviente de la música cubana. A fin de cuentas, su modo de cantar y el género musical que le identificaba, eran considerados obsoletos o parte de una historia que solo se reconocía en libros, enciclopedias y colecciones que hablaran del pasado.

Oscar de León llenó todos los espacios de nuestras vidas esa semana que estuvo entre nosotros. Los medios de difusión daban cuenta constantemente de cada uno de sus actos y esa presencia inusual desató comentarios de todo tipo entre algunas personalidades de la música cubana; pero al resto de los mortales de este país le resultaba importante. Muchos le llegaron a considerar casi como un miembro de su familia.

Y para demostrar su respeto por la música cubana, en apenas horas incorporó a su repertorio dos nuevos temas que estrenaría en su última presentación en Varadero. El primero fue una versión de un tema del compositor Juan Almeida titulado “Esa mujer”, que formaba parte del repertorio del septeto Sierra Maestra y que magistralmente interpretaba José Antonio Rodríguez (conocido como Maceo y uno de los mejores soneros de esos años), y el segundo fue un estreno, compuesto para él por Adalberto Álvarez y titulado “Defiéndete tú”, el cual devendría en alegoría de su trabajo futuro. Para ese entonces, Adalberto se había trasladado de manera permanente a La Habana y comenzaba a formar su nueva orquesta, a la que llamaría El son de Adalberto.

Así las cosas, Oscar de León devolvió parte del orgullo que necesitaba la música cubana para romper las barreras que impedían asimilar a la salsa como una forma de expresión bajo su manto, pero igualmente valiosa para la tradición.

Todo parecía indicar que se pondría fin a la polémica sobre los vasos comunicantes entre el son y la salsa. Lo que no sabíamos era que, paralelo a este asunto, se estaba gestando otro que encendería en pocos años las alarmas y nos pondría a pensar en las notables y necesarias rutas de evolución de la música cubana. Había que reparar, desde ya, en lo que sería el trabajo de Irakere durante esa década y su vínculo con lo que conoceríamos después como timba.