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Para matar al dragón

Yoss (La Habana, 1969)

 

Para Vlado, que sigue prefiriendo la CF.
Para Tahimí, Anabell y Rafael, por EXISTIR.
Para los colegas del taller Espacio Abierto,
por la versión ¡espero! Definitiva.

Koll el cazador escala el pico Hrone.

A la engañosa luz de la luna, el pie después de la mano, de grieta en cornisa, el joven trepa por la árida torre de rocas con la lenta pero eficaz obstinación de los insectos y los lagartos. Tan sólo descansa cuando ya el agotamiento le trenza nudos de dolor en los músculos, y el peso del saco con la gran cerbatana mágica a la espalda se vuelve insoportable. Lo hace sin nunca mirar arriba, a lo que falta para llegar a la cumbre y al nido del dragón. Ni abajo, al abismo, el lago y la aldea lejana, que duerme hambrienta y todavía invisible en la penumbra antes del amanecer.

Ajena por completo a su firme propósito: matar al dragón.

Desde hace dos lunas, la bestia alada anida en lo alto del Hrone. Cuerpo manchado en mil tonos de verde, alas rígidas y enormes, aliento de fuego, ojos como gemas. Se acostumbró a sobrevolar la aldea al amanecer y al crepúsculo, y su rugido fue espantando la pesca del lago y las bestias del bosque, trayendo el hambre.

Entonces fue Julo, pescador y amigo de Koll, quien decidió desafiarlo. Pese a las prudentes advertencias de los tranquilos sacerdotes del dios Hágira, que protege el saber, pese a las profecías de catástrofes sin fin de sus rivales, los histéricos acólitos del dios Hantor, que envía la muerte, emprendió la escalada del Hrone al romper el día.

El dragón lo descubrió al caer la tarde, y su rugido de rabia sacudió la aldea. Luego hubo una bocanada ígnea... y Julo, simplemente, ya no estuvo más. Su arpón, su red y toda su habilidad para manejarlos se revelaron inútiles contra el monstruo.

Matoar, cazador y también amigo de Koll, juró vengar a Julo y subió a la noche siguiente, para acechar a la bestia al amanecer. Pero inútiles fueron también su ballesta y su lanza. Una vaharada de fuego más, un hombre menos. Luego, tal vez afrentada, la bestia bajó hacia la aldea, rugiendo desde el cielo como una cruz de muerte. Aterrados, hombres y mujeres huyeron al río y a la espesura… justo a tiempo. Con una única bocanada ígnea, siempre rugiendo, el monstruo incendió las cabañas y se marchó.

En un poblado lacustre el agua nunca está lejos, por suerte. El incendio fue controlado, no hubo que lamentar más que algunas quemaduras leves, y la paja y la caña se reponen fácilmente.

Los sacerdotes de Hágira consultaron sus secretos pergaminos... y sugirieron dejar estar a la bestia y reconstruir la aldea y buscar comida en otra parte. Después de todo, si sus antepasados habían llegado hace incontables siglos al planeta huyendo de las guerras ¿por qué empeñarse en hacer frente a un peligro semejante?

Pero los fanáticos de Hantor comieron sus hongos sagrados, danzaron hasta caer exhaustos, y al despertar anunciaron que el dragón era la reencarnación inmortal e invencible de su terrible dios. Más aún; que si los asustados aldeanos osaban dejar la bendecida cercanía del lago, o no enviaban como ofrenda de sacrificio al Hrone una joven virgen cada luna, la bestia quemaría la aldea hasta sus cimientos en represalia divina.

Pero el azar señaló como primera víctima a la bella Turmia. Y estrechamente vigilada por sus padres, devotos del terrible dios, la elegida no pudo fugarse al bosque, donde la esperaba su desolado prometido. El mismo al que ella le aceptara gozosa el ramo ritual del compromiso, sólo dos primaveras atrás, haciéndolo tan feliz como ahora desgraciado...

Koll, el cazador.

Nació en ese instante su decisión de matar a la bestia. Nadie lo supo. Hasta que, buscando leña, Hyfo, recién ordenado como acólito menor de Hágira, llegó una tarde a un claro del bosque...  en el momento en que Koll afilaba ceñudo sus mejores flechas y preparaba su más recia lanza de cazar osos de los hielos.

Hyfo, su mejor amigo desde la infancia, lo miró en silencio un instante. Y luego, fingiendo ignorar la razón de sus armas y preparativos, le habló, sonriente y sin que en realidad viniese al caso, de los tesoros ocultos en el templo de su dios, desde el tiempo en que los hombres llegaran a este mundo escapando de otro, siguiendo su benévola y divina guía.

Alabó especialmente a cierta cerbatana mágica, guardada en una esquina de la galería del Gran Salón... justo donde esa noche, él, Hyfo, debería velar a la luz de las velas, revisando ¡qué coincidencia! precisamente la traducción de ciertas vetustas notas sobre el complejo funcionamiento del arma divina. Labor tediosa, por cierto, y que de seguro le provocaría un sueño invencible, sobre todo tras cenar opíparamente en el refectorio del templo...

Pero eso fue antes.

Ahora Koll, distante apenas tres tallas de hombre de la cima, toma aliento por última vez y se permite al fin mirar a lo alto. Un difuso resplandor ya hace palidecer las estrellas. También mira atrás y abajo, tratando de distinguir su aldea en la oscuridad. Se pregunta si los sacerdotes podrán verlo por su ojo mágico... si el sortilegio podrá vencer la penumbra además de la distancia.

Cansancio. Sus músculos tiemblan. El arma mágica es muy pesada. Tanto, de hecho, que muy pocos hombres podrían escalar el Hrone con tan tremenda carga. Pero él es el más fuerte de de la aldea. Le saca una cabeza de estatura a los hombres más altos, y ya desde adolescente ya podía tensar arcos con los que muchos adultos se afanaban jadeantes en vano. Mientras que aún nadie puede encordar siquiera el que él mismo usa.

Se acomoda las correas del saco. Un último esfuerzo, y ya llega a la estructura enrejada, ¿metálica? Pues sí… el nido apropiado para un monstruo de fuego. Se cuelga de un soporte, bascula el cuerpo con atlética destreza… y ya está sobre el gran escudo cóncavo. Aún jadea recobrando el aliento, pero al punto vacía el saco y comienza a montar la cerbatana con dedos torpes y helados.

Muy difícil o hasta imposible le resultaría tal operación, sin ese pergamino cubierto con la grácil letra de Hyfo. Ritual para invocar a los dioses que habitan en y activan la cerbatana Capedoste. Agradece tanto el descuido de su amigo el acólito de Hágira, de dormirse dejándolo caer al suelo, como la paciencia de su madre cuando aún siendo niño lo enseñó a leer el antiguo alfabeto sagrado… ¡Una habilidad inútil para un cazador! refunfuñaba siempre el padre.

Sus manos enormes trabajan con intuitiva precisión. Piezas que encajan en otras piezas: un sostén como de patas de araña, sólo que tres… un ojo mágico, un pasador que debe encajar en una muesca, un chasquido que revela la unión… otro ojo mágico…

Y al fin, esa impresionante flecha, tan larga, extraña y llena de aletas…

Ya amanece cuando termina. Capedoste. No suena como el nombre de un dios, aunque sí que se ve letal, si bien más a la manera de un insecto de presa o un pájaro a la vez tullido y peligroso, que como un arma propiamente dicha.

No hay madera tallada en hermosas volutas ni tendones cuidadosamente trenzados en su estructura, como en todos los arcos, lanzas o cerbatanas que ha usado el joven cazador en su vida… todavía corta, pero ya más rica en peripecias y aventuras que la de muchos que le doblan la edad.

A Koll, sobre todo, le cuesta creer que no haya que soplar para impulsar la gran saeta. Aunque  es mejor así: ¡qué pulmones  de gigante serían necesarios para tal empresa!

Pero, según el pergamino, bastará con mirar por ese ojo mágico, similar al del templo, pero con una hechizada telaraña velando las imágenes, y luego invocar al dios Capedoste, que con su invisible aliento impulsará la saeta. Y la invocación no requiere de conjuros recitados ni de gestos mágicos, sino tan sólo de empujar fuerte con el dedo, primero el círculo azul con los dos círculos más pequeños grabados. Luego, lo más rápido que pueda, el otro círculo,  rojo con la estrella... y apartarse de un salto. Porque, de creer al pergamino ¿y por qué dudar de él?  tan fuerte será el soplido de fuego del invisible dios Capedoste, que incluso quienes estén tras su cerbatana podrían ver sus carnes incendiadas.

Extraños signos divinos, misteriosos talismanes que desencadenarán enigmáticos procesos...

Pero, con tal de que funcionen, a Koll no le importa comprender cómo lo hacen

Aún siendo hábil, pone tanto cuidado en no equivocarse en ninguna de las operaciones que apenas si termina a tiempo: ya se escucha el rugido del monstruo, aún lejano pero ya acercándose desde el sol naciente. Pronto también distingue la familiar silueta volante.

Se agranda por momentos... y el miedo y las dudas lo colman, de pronto. ¡Está solo, en el nido del monstruo! ¡Y si la misteriosa cerbatana mágica del dios Capedoste falla, morirá sin volver a ver a Turmia! Sus piernas tiemblan, como con vida propia, como instándolo a tomar la única decisión razonable: ¡Correr, salvarse, escapar, sin que importe nada más!

Pero no.

Koll controla el miedo. Esta es sólo otra cacería más.

Y además, los dioses están de su lado.

El dios Capedoste, aunque nunca antes lo haya escuchado nombrar.

Respira profundo, y se inclina para mirar por el ojo mágico. Gira el largo tubo, apuntando hasta hacer coincidir la silueta cruciforme del dragón, que crece por momentos,  con el centro de la telaraña encantada. Aprieta el círculo azul, se aparta lo más que puede del arma hechizada, como pide el pergamino, y oprime el rojo estirando la mano, lleno a la vez de miedo y esperanza...

El siseo, el sacudón, la llamarada y la nube de humo lo aturden un instante. Potente, sí, el soplido de Capedoste. Pero enseguida alza la vista.

Es fácil seguir el vuelo de la flecha mágica, que deja un rastro ardiente en el aire. Mágico dardo de fuego para matar a bestia de fuego. Dios contra dragón. ¿Funcionará? En el saco hay una segunda flecha, pero el monstruo es tan rápido que lo más probable es que no tenga tiempo de recargar...

Maldito sea Hantor; la ha visto.

Con celeridad sorprendente para su envergadura, la bestia gira en el aire para esquivar el dardo... va a fallar, ya no hay remedio, él y Turmia morirán...

Pero la de Capedoste es una saeta mágica. Más rápida que el dragón, gira también en el aire, tras él, buscándole tenaz el vientre... y lo alcanza cuando la bestia trata de tomar altura de nuevo...

Un rayo y un trueno cuando hiere al monstruo. Ahora cae sin control, girando sobre sí mismo, derramando humo y llamas. ¿Su sangre, fuego?

El dragón choca contra las peñas, da una voltereta y despide más llamaradas y más humo. Es como si, herido, tratara de esconderse entre las rocas, de fundirse con ellas. Pero al fin se detiene, se parte en dos, ¡arde!

El humo se eleva en una oscura y altísima columna...

Mejor. Así, desde la aldea, podrán verlo todos, y no sólo los sacerdotes de Hágira con su ojo mágico. Sabrán entonces que la amenaza del pico Hrone ha muerto, que no era Hantor encarnado sino apenas una bestia extraña, poderosa pero mortal.

Porque él, Koll, la ha matado. Con la ayuda de Capedoste, sí… pero ha sido él quien subió la mágica cerbatana hasta la cumbre del monte, quien apuntó y liberó la flecha hechizada.

El hambre y el miedo han terminado, y ahora Turmia se sentirá orgullosa de ser suya. La esposa de Koll, el cazador… el matador del dragón.


José Miguel Sánchez Gómez (Yoss). Escritor y promotor cultural cubano. Es uno de los más importantes narradores de ciencia ficción del país. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de La Habana en 1991. Comenzó a escribir a los 15 años, cuando se incorporó a los Talleres Literarios. Ha obtenido varios premios: Premio de la revista Juventud Técnica, Premio David y Premio Plaza de ciencia-ficción. Premio de cuentos Ernest Hemingway, entre otros. Su amplia obra ha sido publicada en Argentina, México e Italia. Entre sus libros están: Timshel, (Premio David 1988); Los pecios y los náufragos, y Al final de la senda.

 

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