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Para Vlado, que sigue prefiriendo la CF.
Para Tahimí, Anabell y Rafael, por
EXISTIR.
Para los colegas del taller Espacio
Abierto,
por la versión ¡espero! Definitiva.
Koll el
cazador escala el pico Hrone.
A la
engañosa luz de la luna, el pie después
de la mano, de grieta en cornisa, el
joven trepa por la árida torre de rocas
con la lenta pero eficaz obstinación de
los insectos y los lagartos. Tan sólo
descansa cuando ya el agotamiento le
trenza nudos de dolor en los músculos, y
el peso del saco con la gran cerbatana
mágica a la espalda se vuelve
insoportable. Lo hace sin nunca mirar
arriba, a lo que falta para llegar a la
cumbre y al nido del dragón. Ni abajo,
al abismo, el lago y la aldea lejana,
que duerme hambrienta y todavía
invisible en la penumbra antes del
amanecer.
Ajena
por completo a su firme propósito: matar
al dragón.
Desde
hace dos lunas, la bestia alada anida en
lo alto del Hrone. Cuerpo manchado en
mil tonos de verde, alas rígidas y
enormes, aliento de fuego, ojos como
gemas. Se acostumbró a sobrevolar la
aldea al amanecer y al crepúsculo, y su
rugido fue espantando la pesca del lago
y las bestias del bosque, trayendo el
hambre.
Entonces fue Julo, pescador y amigo de
Koll, quien decidió desafiarlo. Pese a
las prudentes advertencias de los
tranquilos sacerdotes del dios Hágira,
que protege el saber, pese a las
profecías de catástrofes sin fin de sus
rivales, los histéricos acólitos del
dios Hantor, que envía la muerte,
emprendió la escalada del Hrone al
romper el día.
El
dragón lo descubrió al caer la tarde, y
su rugido de rabia sacudió la aldea.
Luego hubo una bocanada ígnea... y Julo,
simplemente, ya no estuvo más. Su arpón,
su red y toda su habilidad para
manejarlos se revelaron inútiles contra
el monstruo.
Matoar,
cazador y también amigo de Koll, juró
vengar a Julo y subió a la noche
siguiente, para acechar a la bestia al
amanecer. Pero inútiles fueron también
su ballesta y su lanza. Una vaharada de
fuego más, un hombre menos. Luego, tal
vez afrentada, la bestia bajó hacia la
aldea, rugiendo desde el cielo como una
cruz de muerte. Aterrados, hombres y
mujeres huyeron al río y a la espesura…
justo a tiempo. Con una única bocanada
ígnea, siempre rugiendo, el monstruo
incendió las cabañas y se marchó.
En un
poblado lacustre el agua nunca está
lejos, por suerte. El incendio fue
controlado, no hubo que lamentar más que
algunas quemaduras leves, y la paja y la
caña se reponen fácilmente.
Los
sacerdotes de Hágira consultaron sus
secretos pergaminos... y sugirieron
dejar estar a la bestia y reconstruir la
aldea y buscar comida en otra parte.
Después de todo, si sus antepasados
habían llegado hace incontables siglos
al planeta huyendo de las guerras ¿por
qué empeñarse en hacer frente a un
peligro semejante?
Pero
los fanáticos de Hantor comieron sus
hongos sagrados, danzaron hasta caer
exhaustos, y al despertar anunciaron que
el dragón era la reencarnación inmortal
e invencible de su terrible dios. Más
aún; que si los asustados aldeanos
osaban dejar la bendecida cercanía del
lago, o no enviaban como ofrenda de
sacrificio al Hrone una joven virgen
cada luna, la bestia quemaría la aldea
hasta sus cimientos en represalia
divina.
Pero el
azar señaló como primera víctima a la
bella Turmia. Y estrechamente vigilada
por sus padres, devotos del terrible
dios, la elegida no pudo fugarse al
bosque, donde la esperaba su desolado
prometido. El mismo al que ella le
aceptara gozosa el ramo ritual del
compromiso, sólo dos primaveras atrás,
haciéndolo tan feliz como ahora
desgraciado...
Koll,
el cazador.
Nació
en ese instante su decisión de matar a
la bestia. Nadie lo supo. Hasta que,
buscando leña, Hyfo, recién ordenado
como acólito menor de Hágira, llegó una
tarde a un claro del bosque... en el
momento en que Koll afilaba ceñudo sus
mejores flechas y preparaba su más recia
lanza de cazar osos de los hielos.
Hyfo,
su mejor amigo desde la infancia, lo
miró en silencio un instante. Y luego,
fingiendo ignorar la razón de sus armas
y preparativos, le habló, sonriente y
sin que en realidad viniese al caso, de
los tesoros ocultos en el templo de su
dios, desde el tiempo en que los hombres
llegaran a este mundo escapando de otro,
siguiendo su benévola y divina guía.
Alabó
especialmente a cierta cerbatana mágica,
guardada en una esquina de la galería
del Gran Salón... justo donde esa noche,
él, Hyfo, debería velar a la luz de las
velas, revisando ¡qué coincidencia!
precisamente la traducción de ciertas
vetustas notas sobre el complejo
funcionamiento del arma divina. Labor
tediosa, por cierto, y que de seguro le
provocaría un sueño invencible, sobre
todo tras cenar opíparamente en el
refectorio del templo...
Pero
eso fue antes.
Ahora
Koll, distante apenas tres tallas de
hombre de la cima, toma aliento por
última vez y se permite al fin mirar a
lo alto. Un difuso resplandor ya hace
palidecer las estrellas. También mira
atrás y abajo, tratando de distinguir su
aldea en la oscuridad. Se pregunta si
los sacerdotes podrán verlo por su ojo
mágico... si el sortilegio podrá vencer
la penumbra además de la distancia.
Cansancio. Sus músculos tiemblan. El
arma mágica es muy pesada. Tanto,
de hecho, que muy pocos hombres podrían
escalar el Hrone con tan tremenda carga.
Pero él es el más fuerte de de la aldea.
Le saca una cabeza de estatura a los
hombres más altos, y ya desde
adolescente ya podía tensar arcos con
los que muchos adultos se afanaban
jadeantes en vano. Mientras que aún
nadie puede encordar siquiera el que él
mismo usa.
Se
acomoda las correas del saco. Un último
esfuerzo, y ya llega a la estructura
enrejada, ¿metálica? Pues sí… el nido
apropiado para un monstruo de fuego. Se
cuelga de un soporte, bascula el cuerpo
con atlética destreza… y ya está sobre
el gran escudo cóncavo. Aún jadea
recobrando el aliento, pero al punto
vacía el saco y comienza a montar la
cerbatana con dedos torpes y helados.
Muy
difícil o hasta imposible le resultaría
tal operación, sin ese pergamino
cubierto con la grácil letra de Hyfo.
Ritual para invocar a los dioses que
habitan en y activan la
cerbatana Capedoste.
Agradece tanto el descuido de su
amigo el acólito de Hágira, de dormirse
dejándolo caer al suelo, como la
paciencia de su madre cuando aún siendo
niño lo enseñó a leer el antiguo
alfabeto sagrado… ¡Una habilidad inútil
para un cazador! refunfuñaba siempre el
padre.
Sus
manos enormes trabajan con intuitiva
precisión. Piezas que encajan en otras
piezas: un sostén como de patas de
araña, sólo que tres… un ojo mágico, un
pasador que debe encajar en una muesca,
un chasquido que revela la unión… otro
ojo mágico…
Y al
fin, esa impresionante flecha, tan
larga, extraña y llena de aletas…
Ya
amanece cuando termina. Capedoste.
No suena como el nombre de un dios,
aunque sí que se ve letal, si bien más a
la manera de un insecto de presa o un
pájaro a la vez tullido y peligroso, que
como un arma propiamente dicha.
No hay
madera tallada en hermosas volutas ni
tendones cuidadosamente trenzados en su
estructura, como en todos los arcos,
lanzas o cerbatanas que ha usado el
joven cazador en su vida… todavía corta,
pero ya más rica en peripecias y
aventuras que la de muchos que le doblan
la edad.
A Koll,
sobre todo, le cuesta creer que no haya
que soplar para impulsar la gran saeta.
Aunque es mejor así: ¡qué pulmones de
gigante serían necesarios para tal
empresa!
Pero,
según el pergamino, bastará con mirar
por ese ojo mágico, similar al del
templo, pero con una hechizada telaraña
velando las imágenes, y luego invocar al
dios Capedoste, que con su invisible
aliento impulsará la saeta. Y la
invocación no requiere de conjuros
recitados ni de gestos mágicos, sino tan
sólo de empujar fuerte con el dedo,
primero el círculo azul con los dos
círculos más pequeños grabados. Luego,
lo más rápido que pueda, el otro
círculo, rojo con la estrella... y
apartarse de un salto. Porque, de creer
al pergamino ¿y por qué dudar de él?
tan fuerte será el soplido de fuego del
invisible dios Capedoste, que incluso
quienes estén tras su cerbatana podrían
ver sus carnes incendiadas.
Extraños signos divinos, misteriosos
talismanes que desencadenarán
enigmáticos procesos...
Pero,
con tal de que funcionen, a Koll no le
importa comprender cómo lo hacen
Aún
siendo hábil, pone tanto cuidado en no
equivocarse en ninguna de las
operaciones que apenas si termina a
tiempo: ya se escucha el rugido del
monstruo, aún lejano pero ya acercándose
desde el sol naciente. Pronto también
distingue la familiar silueta volante.
Se
agranda por momentos... y el miedo y las
dudas lo colman, de pronto. ¡Está solo,
en el nido del monstruo! ¡Y si la
misteriosa cerbatana mágica del dios
Capedoste falla, morirá sin volver a ver
a Turmia! Sus piernas tiemblan, como con
vida propia, como instándolo a tomar la
única decisión razonable: ¡Correr,
salvarse, escapar, sin que importe nada
más!
Pero
no.
Koll
controla el miedo. Esta es sólo otra
cacería más.
Y
además, los dioses están de su lado.
El dios
Capedoste, aunque nunca antes lo haya
escuchado nombrar.
Respira
profundo, y se inclina para mirar por el
ojo mágico. Gira el largo tubo,
apuntando hasta hacer coincidir la
silueta cruciforme del dragón, que crece
por momentos, con el centro de la
telaraña encantada. Aprieta el círculo
azul, se aparta lo más que puede del
arma hechizada, como pide el pergamino,
y oprime el rojo estirando la mano,
lleno a la vez de miedo y esperanza...
El
siseo, el sacudón, la llamarada y la
nube de humo lo aturden un instante.
Potente, sí, el soplido de Capedoste.
Pero enseguida alza la vista.
Es
fácil seguir el vuelo de la flecha
mágica, que deja un rastro ardiente en
el aire. Mágico dardo de fuego para
matar a bestia de fuego. Dios contra
dragón. ¿Funcionará? En el saco hay una
segunda flecha, pero el monstruo es tan
rápido que lo más probable es que no
tenga tiempo de recargar...
Maldito
sea Hantor; la ha visto.
Con
celeridad sorprendente para su
envergadura, la bestia gira en el aire
para esquivar el dardo... va a fallar,
ya no hay remedio, él y Turmia
morirán...
Pero la
de Capedoste es una saeta mágica. Más
rápida que el dragón, gira también en el
aire, tras él, buscándole tenaz el
vientre... y lo alcanza cuando la bestia
trata de tomar altura de nuevo...
Un rayo
y un trueno cuando hiere al monstruo.
Ahora cae sin control, girando sobre sí
mismo, derramando humo y llamas. ¿Su
sangre, fuego?
El
dragón choca contra las peñas, da una
voltereta y despide más llamaradas y más
humo. Es como si, herido, tratara de
esconderse entre las rocas, de fundirse
con ellas. Pero al fin se detiene, se
parte en dos, ¡arde!
El humo
se eleva en una oscura y altísima
columna...
Mejor.
Así, desde la aldea, podrán verlo todos,
y no sólo los sacerdotes de Hágira con
su ojo mágico. Sabrán entonces que la
amenaza del pico Hrone ha muerto, que no
era Hantor encarnado sino apenas una
bestia extraña, poderosa pero mortal.
Porque
él, Koll, la ha matado. Con la ayuda de
Capedoste, sí… pero ha sido él quien
subió la mágica cerbatana hasta la
cumbre del monte, quien apuntó y liberó
la flecha hechizada.
El hambre y el miedo han terminado,
y ahora Turmia se sentirá orgullosa de
ser suya. La esposa de Koll, el cazador…
el matador del dragón.
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