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Nacido en plena Crisis de Octubre, con
11 libros de poemas a la vista y dos
Premio de la Crítica, Sigfredo Ariel, a
través de Ediciones Unión, acaba de dar
conocer no una antología, “sino un
intento de juntar trabajos escritos a lo
largo de unos veinticinco años”, —léase
la página [194] del volumen— que lleva
por título
La luz, bróder, la luz,
tomado del poema homónimo que abre el
libro, conformado por textos de esos 11
cuadernos aparecidos entre 1985 y 2006.
Dada su juventud, que preveo eterna, el
poeta podría sentirse satisfecho ante
este brevísimo currículo apenas
esbozado, pero también tranquilo,
sereno, calmoso, a la espera de una
nueva “circunstancia de poesía”. Pero
resulta que ninguno de estos
calificativos surten efecto en la
psicología de este autor, cuya
naturaleza —me perdonan los psicólogos
los disparates clasificatorios—
considero arrítmica, multiplicada, tensa
y expectante. “Uno”, “Dos”, “Tres” y
“Cuatro” —partes en que divide el libro—
podrían acaso provenir de aquella conga
(no olvidemos los conocimientos —y
acercamientos— de este autor a nuestra
música) que Rafael Ortiz detuvo en el
tres, pero que Sigfredo sube a “Cuatro”,
cualquiera sabe por qué. Pero esto es
suposición infundada. Lo que importan
son los más de 100 poemas recogidos que
transitan de lo cotidiano actual, ya
sembrado en la memoria, ya en el
tránsito entre un espacio u otro, ya en
insinuaciones vaciadas en el camino de
búsqueda de la nada y del todo. Lo
cierto es que presenciamos en estas
páginas un universo poético coherente y
personal, invadido de obsesiones propias
y traspasado de un lirismo contenido,
como contenida es la dimensión
estilística de los poemas, sugerentes y
alusivos, carentes, para bien, de
audacias técnicas, trucos o artificios.
En este conjunto, siempre en un tono
sereno, meditar y contemplar traspasan
sus límites mutuos, unido a una sintaxis
pausada y fluyente. De este modo se
perfilan las cosas, los detalles, los
pequeños sobresaltos de la voz que
percibe: un arte que es el pensamiento a
través de una mirada vertical,
convertida en claridad a través de sus
ojos.
En La luz, bróder, la luz, la
escritura trata de situarse con solidez
en un presente que permite al sujeto
lírico aceptarse en la costumbre y lo
libera de fantasías de futuro que quizá
le dispersarían de posibles
encontronazos con el propio “ser” de la
poesía: la fijeza, negar la apertura
temporal, buscarse en un cesar de
huidas, reconocer el tránsito de vida en
lo que no se mueve. Pero en este
panorama calmo pronto va llegando la
inquietud, en forma de irrupciones del
recuerdo; y con el recuerdo viene el
desdoblamiento que se siente ante aquel
personaje llamado yo que lo
protagoniza. Una reflexión: “Yo he
tenido buena suerte, he visto/ mi rostro
entre manos bellísimas, tengo los huesos
fuertes/ y mi silencio huele a hojas
movidas y a lumbre/ y a secreto”.
(“Ahora mismo un puente”) hace
prevalecer la idea de que el contenido
de la vida se cifra en la memoria, que
es exterior al yo, algo que este
recibe desde fuera, un boquete por el
que se pierde su identidad. Las cosas
del entorno y el protagonista de la
memoria son lo que existe, pues “Yo he
tenido buena suerte”. El autor “ve”,
“percibe”, es, al mismo tiempo, verse y
percibirse, pues “tengo los huesos
fuertes”.
En este libro se descubren dos
recreaciones importantes: la de
personajes a veces innombrados, pero
sentidos, vividos: “Pasas como un rubio
saludando/ como Calvin Coolidge/ y todos
más jóvenes que tú, / algunos duermen
encogidos/ como acabados de salir de la
hora del parto/ o esquivando las
ráfagas/ que debiste enfrentar al menos
una vez”. (“En Apanás”) y la de una
multiplicada recreación de espacios: una
imprenta, la calle Manrique: “Voy por
Manrique bajo mazos de alambre/ e
ideogramas chinos que el agua va
borrando. (“Discos cubanos”), un
expendio barato de comidas: “y llevar
esta flaca memoria/ a las casas
atestadas, a las fondas donde nadie/ te
mira —Nueva Asia, La Muralla— quién
siente miedo/ de sentarse allí a esperar
a alguien que ni siquiera/ es real, que
ni siquiera es”. (“Y llevar esta flaca
memoria”), una ciudad que puede ser
Manzanillo con su órgano, que “...volaba
frente a mí/ el órgano/ frente a nuestra
historia desguazaba/ los cartones de la
música...” (“Órgano de Manzanillo”), una
Habana específica (“Zapata y G”), un
cine “Rialto con olor a orine” (“Actúa
con naturalidad”). Unidas a las marcas
creativas antes aludidas, un cierto
(pero solo aparente, si se quiere
juguetón) deleite o refinamiento
aportados por títulos engañosos, que
bien pudieran ser hijos apócrifos de
epigonales poetas modernistas: “Leda y
el cisne”, “Cisnes, horrores”, “Un
ciervo”, “Era duro el invierno”,
“Nocturno local”... Pero no, el poeta no
confunde el camino: sus “motivos
modernistas” no existen porque sus
poemas, estos poemas, provienen de la
dureza de realidades, las nuestras, muy
alejadas del a veces frío enjoyamiento
de este singular movimiento artístico
que dio entre nosotros dos figuras
distintas, pero de singular importancia
y de rasgos poéticos y vivenciales poco
o nada compatibles: José Martí y Julián
del Casal. Ni de uno ni del otro hay en
Sigfredo, como tampoco de la escuela a
la que ambos dieron llama. “Cualquier
semejanza es pura coincidencia”,
diríamos en lenguaje coloquial. “Cisnes,
horrores” encierra en su título una
oposición que dibuja, con sobresaltos de
la voz autoral, una apertura temporal
perdida en la distancia:
Me sentaría en las tardes con quien
amara
entonces sobre un banco de cemento.
Cuarenta años de dormir en hoteles,
yendo los domingos
a la montaña rusa como si nada
hubiera sucedido antes…
Me doblaría tranquilo en los últimos
libros
que mi amor repasaría, cabeceando
como los ojos perdidos.
Escaparía de los cines
en medio de películas descomunales,
mi amor se miraría en el espejo de los
carros
y a los cuarenta años, se iría a lavar
para acostarse
entre los mismos cisnes, en esta misma
densa oscuridad.
Músicas y músicos, poetas, cantantes,
pintores: François Villon, Tennessee
Williams, Edith Piaf, Matta, nuestros
Ballagas y Damaris Calderón, el bolero,
“Un bolero muy lento”, donde se lee:
Corté para blanquear su boca
Unos cantos de cal, de los brocales
En que asomé los ojos, cales vivas
volaron de la roca.
Para aflojar los duros brazos
Busqué flores enteras que dejaron
Cortarse en rojos mazos.
Mis manos sus manos dibujaron
Hermosas, de abras
Empinadas saqué la oscuridad
Y el agua de su vista, la unidad
De sus huesos con plata repasé.
Y no rocé su oído porque sé
Que de nada le han servido mis palabras.
Insinuaciones del poeta indagando
caminos no recorridos, pues “blanquear
su boca” encierra hallazgos de poesía
que dibujan un circuito metafórico
intransitado, como si el saber que
aporta el pensamiento poético y la
mirada se escaparan siempre, sin
depositarse en el yo, sin
servirle como vía para que trascienda
por la vía del tropo.
Un poema que, sin dudas, tendrá espacio
definitivo en la poesía cubana es el que
cierra el libro, “Embargo y elegía”, que
representa, en su concreción, un
territorio literario e histórico
inmenso, pero despojado de referencias
directas (no de referentes) a los
escenarios reales. Poema provocador y
provocante desde su mismo título, no
deja de ser un gesto de entre cuantos
supuran por las heridas de este libro.
Cito sus dos primeras estrofas:
Abro la puerta de mi casa/ está el
bloqueo
con un ojo cerrado y otro abierto está
el bloqueo
ante mí que no comprendo nada, que
entiendo
la
mitad de esas noticias de África.
El bloqueo baila, se enardece, comenta
las actualidades
habla incluso del período romántico de
Mahler
de un lejano amor perdido, de los cortes
de pelo, de los cortes de electricidad.
No estamos ante un poema-diario, sino
ante recuerdos que suman fragmentos
reflexivos, conversaciones del autor
consigo mismo, sin restar alusiones a un
presente inmediato que habrá de ser una
especie de advertencia para futuras
contingencias que seguirán
sobreviniendo, pues “con su antifaz pasa
el bloqueo del viejo carnaval” /.../
“ante el bloqueo tras el bloqueo/ sobre
el extenso territorio/ del bloqueo”.
La luz, bróder, la luz
es memoria vivida, pero sin fragilidad,
no es poesía impostada en una tesitura
alegórica, sino que se acentúa y crece
del sueño a la vigilia agónica, de ecos
a paralelismos, de reflejos
espectaculares a los sueños, hijos de un
poeta de talento inapelable. Es núcleo
estricto y caudaloso, sin desmesura, con
una brillantez de luz mate que no
encandila ni enceguece, pero alumbra.
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