LA GRAN DECISIÓN (VII): SEPTIEMBRE
29: La Antonio Maceo lo pasó
descansando y comiendo bien, lo que
significaba recuperarse un poquito
aunque no dejaba de estar latente la
preocupación por el lugar donde se
encontraban, que resultaba muy
peligroso y con desventaja en caso
de que el enemigo los detectara. Por
supuesto, no iba a tomarlos por
sorpresa, pues las medidas de
seguridad se reforzaron al máximo.
Por otro lado con la llegada de los
camiones prometidos llegarían a Las
Villas, en cuestión de horas.
Pero sucedió que Florido, que se
había comprometido a conseguir el
transporte y demás cosas, no solo no
lo hizo, sino que ni siquiera fue a
explicar lo ocurrido. A las 10 de la
noche Duménico informó que el
abogado no había conseguido nada;
aunque esto era cierto, este dueño
de finca ya estaba loco porque los
rebeldes se fueran de su propiedad,
temía con razón las consecuencias de
que se descubriera su colaboración a
los insurgentes, se le notaba
nervioso. Dijo que Florido alegaba
no haber ido a ver a Camilo porque
estaba lloviendo.
De esta manera el feliz plan se fue
abajo. Nuevamente se tornaba difícil
la situación. Durante el día varios
aviones sobrevolaron el lugar en que
estaba la columna No. 2, Camilo
bastante disgustado por la actitud
de estos llamados “revolucionarios”.
Y no porque no pudieran conseguir lo
prometido, él estaba muy consciente
de que los dirigentes del Movimiento
no tenían “una barita mágica” para
resolver las cosas, sino, porque no
fueron a informar la realidad. Fue
entonces que preguntó al cabo
Trujillo dónde conseguir camiones.
Este indicó el batey de Quesada. Y
hacia allá fue en su busca.
Se obtuvieron dos camiones
conducidos por Agustín Rivero y Raúl
Hernández, y el Comandante decidió
continuar por el norte y luego
marchar nuevamente por el oeste de
la provincia y desechar la idea
anterior, pensó que de ser detenido
Florido —conocedor del recorrido
acordado—, tal vez pudiera hablar,
lo cual facilitaría al ejército
sorprender a la columna durante su
desplazamiento. Además, por los
informes que obtuvo acerca de las
características del terreno, analizó
que por ese trayecto encontraría muy
pronto algunas elevaciones, en la
zona de Marroquí y Florencia, y que
midiendo en kilómetros la ruta
trazada hasta los límites con la
provincia de Las Villas, el
recorrido por la parte norte era más
corto. En un infernal camino para
los camiones se extinguió el 29 de
septiembre.
CHE:
“Septiembre 29.- El práctico no sabe
dónde estamos. Presumiblemente
saliendo de la finca Cayo Toro. La
avioneta que trata de localizarnos
nos obliga a descansar. Estamos
metiéndonos en aguas pantanosas.
Oímos un disparo y nos internamos en
la ciénaga. Después supe que fue
hecho por el teniente Rodríguez
(Armando Acosta)
desde nuestra retaguardia para
contener a las fuerzas del Ejército
que corría a lo largo de la línea
férrea para interceptarnos. Dormimos
dentro de cenagales.”
Antes de esos hechos, pasaron varias
horas. Así durante el nuevo
recorrido encontraron algunas
viviendas a la orilla del camino y
hacen una parada en el batey San
Joaquín, a más de tres kilómetros,
para recoger a los columnistas que
lo tenían ocupado, comer, contactar
con los vecinos y hacer otras
compras, en especial de botas que
tan necesarias se hacían, pues el
estado de los caminos las destruían
en corto plazo. Además de distribuir
los alimentos y otros artículos a la
tropa, se ordenó mantener alguna
reserva.
El encuentro con los vecinos, el
cual fue muy efusivo se realizó en
el comedor. Al delator lo
trasladaron hacia ese lugar y cuando
Che expresó que a los delatores
había que aplicarle un buen castigo,
los hijos que habían llegado hasta
allí, comenzaron a llorar, entonces,
Guevara les dijo que por ellos lo
perdonaría.
Posteriormente el Comandante visitó
algunas casas y con el capataz Lima
y otros invasores fue a las oficinas
de la administración a buscar las
medicinas que le dijeron allí
existían. En dicho lugar Guevara
sostuvo una conversación privada con
el administrador de la arrocera.
Antes de partir se le pidió a Lima
conseguir más caballos y éste busco
seis con sus monturas. Los mismos
eran necesarios, pues al tener que
abandonar los tractores, lo
necesitaban, en especial para los
heridos y los que presentaban peor
estado físico. Un poco antes de las
05:00 horas, del mismo lunes 29 de
septiembre, abandona el acogedor
lugar, no sin antes despedirse de
los vecinos. El guía es el mismo
Guilarte, un poco más animado.
Luego de andar una hora más o menos
se encontraban en las tierras del
municipio de Ciego de Ávila. En
vista de que los tractores con las
carretas no podían seguir, se les
mandó a regresar. Poco después, ya
con el poniente sobre ellos, se
encaminaron en los montes Los
Marineros. A no ser por la avioneta
que voló por la zona, el día
transcurrió sin problemas hasta las
17:00 horas que reiniciaron la
marcha.
La exploración aérea debió
producirse por la información que
les proporciona el capataz Lima y el
administrador Casarreal, previa
autorización de Che, quien les dijo
que podían hacerlo, cuando
transcurrieran varias horas:
“Baraguá 29 sep 1958 /
12:30 hrs
Cmdte. Chaviano
Esc 23 GR
“Tome medidas en los Ptos. de
Stewart y Los Negros PTO. Ordene
urgente investigación. Vigilen
vehículos zona esos Ptos. Mantengan
contacto investigación en todo
sentido manteniendo inf a Of
suscribe. Enemigo se encontraba a
las 04.15 hrs hoy saliendo finca San
Joaquín rumbo Los Marineros PTO.
SUÁREZ SUQUET / Tte. Cor Jopnes
No. 2”
EL ENEMIGO ASECHA (I): Al final de
la tarde se produjo lo del disparo,
aunque, de acuerdo al diario de
Guevara, solo se hizo uno, y dice
que fue Rodríguez (A. Acosta), jefe
de la escuadra de los descamisados:
ARMANDO ACOSTA: “Nosotros formábamos
el pelotón de la retaguardia y vamos
caminando ligero hacia el monte de
Baraguá, pero con mucha dificultad
porque vamos muy cargado... Ya ha
pasado la tropa y yo voy delante con
un muchacho que no recuerdo su
nombre y voy a tirarme a un canal
para entrar al monte que está a 25 ó
30 metros, pero hay que pasar el
canal muy veloz.
En ese instante llega una voz... que
nadie se mueva, que todo el mundo se
tire al suelo donde esté. Y yo
protesto… —y digo: a quién se le
ocurrió dar esta orden, cómo es
posible que nos tiremos aquí en un
llano, que no hay nada que nos
cubra, teniendo tan cerca el monte,
eso no puede ser, que repitan la
orden. Y me dicen de orden del Che
que nadie se mueva del lugar donde
está.
Y dije: arriba, y cogí mi mochila,
la puse delante de mí, el que iba
conmigo hizo lo mismo y nos
acostamos delante del canal. Detrás
de mí está Silva, Acevedo y todo el
grupo del pelotón nuestro con la
30:06 que era el arma más poderosa,
próxima que teníamos nosotros. Yo
estaba allí inconforme.
En eso pasa el Che y me dice:
—quieto
ahí, todo el mundo en el suelo—.
Yo me preguntaba, por qué en ese
lugar. Pasaron minutos que para
nosotros son horas, cuando veo unos
diez ó 12 soldados que vienen
corriendo a unos 500 ó 600 metros de
nosotros por la orilla del canal.
Entonces le digo al compañero que
estaba a mi lado: ¡coño!, ¿aquello
es ganado o es el ejército…? Y me
dice: ¡el ejército...!