Año VIII
La Habana
2010

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 CRÓNICAS DE LA REVOLUCIÓN 
CAMILO Y CHE (XLVI)
William Gálvez • La Habana
 

LA GRAN DECISIÓN (VII): SEPTIEMBRE 29: La Antonio Maceo lo pasó descansando y comiendo bien, lo que significaba recuperarse un poquito aunque no dejaba de estar latente la preocupación por el lugar donde se encontraban, que resultaba muy peligroso y con desventaja en caso de que el enemigo los detectara. Por supuesto, no iba a tomarlos por sorpresa, pues las medidas de seguridad se reforzaron al máximo. Por otro lado con la llegada de los camiones prometidos llegarían a Las Villas, en cuestión de horas.
 

Pero sucedió que Florido, que se había comprometido a conseguir el transporte y demás cosas, no solo no lo hizo, sino que ni siquiera fue a explicar lo ocurrido. A las 10 de la noche Duménico informó que el abogado no había conseguido nada; aunque esto era cierto, este dueño de finca ya estaba loco porque los rebeldes se fueran de su propiedad, temía con razón las consecuencias de que se descubriera su colaboración a los insurgentes, se le notaba nervioso. Dijo que Florido alegaba no haber ido a ver a Camilo porque estaba lloviendo.
 

De esta manera el feliz plan se fue abajo. Nuevamente se tornaba difícil la situación. Durante el día varios aviones sobrevolaron el lugar en que estaba la columna No. 2, Camilo bastante disgustado por la actitud de estos llamados “revolucionarios”. Y no porque no pudieran conseguir lo prometido, él estaba muy consciente de que los dirigentes del Movimiento no tenían “una barita mágica” para resolver las cosas, sino, porque no fueron a informar la realidad. Fue entonces que preguntó al cabo Trujillo dónde conseguir camiones. Este indicó el batey de Quesada. Y hacia allá fue en su busca.
 

Se obtuvieron dos camiones conducidos por Agustín Rivero y Raúl Hernández, y el Comandante decidió continuar por el norte y luego marchar nuevamente por el oeste de la provincia y desechar la idea anterior, pensó que de ser detenido Florido —conocedor del recorrido acordado—, tal vez pudiera hablar, lo cual facilitaría al ejército sorprender a la columna durante su desplazamiento. Además, por los informes que obtuvo acerca de las características del terreno, analizó que por ese trayecto encontraría muy pronto algunas elevaciones, en la zona de Marroquí y Florencia, y que midiendo en kilómetros la ruta trazada hasta los límites con la provincia de Las Villas, el recorrido por la parte norte era más corto. En un infernal camino para los camiones se extinguió el 29 de septiembre.

 

CHE: “Septiembre 29.- El práctico no sabe dónde estamos. Presumiblemente saliendo de la finca Cayo Toro. La avioneta que trata de localizarnos nos obliga a descansar. Estamos metiéndonos en aguas pantanosas. Oímos un disparo y nos internamos en la ciénaga. Después supe que fue hecho por el teniente Rodríguez (Armando Acosta) desde nuestra retaguardia para contener a las fuerzas del Ejército que corría a lo largo de la línea férrea para interceptarnos. Dormimos dentro de cenagales.”

Antes de esos hechos, pasaron varias horas. Así durante el nuevo recorrido encontraron algunas viviendas a la orilla del camino y hacen una parada en el batey San Joaquín, a más de tres kilómetros, para recoger a los columnistas que lo tenían ocupado, comer, contactar con los vecinos y hacer otras compras, en especial de botas que tan necesarias se hacían, pues el estado de los caminos las destruían en corto plazo. Además de distribuir los alimentos y otros artículos a la tropa, se ordenó mantener alguna reserva.

El encuentro con los vecinos, el cual fue muy efusivo se realizó en el comedor. Al delator lo trasladaron hacia ese lugar y cuando Che expresó que a los delatores había que aplicarle un buen castigo, los hijos que habían llegado hasta allí, comenzaron a llorar, entonces, Guevara les dijo que por ellos lo perdonaría.

Posteriormente el Comandante visitó algunas casas y con el capataz Lima y otros invasores fue a las oficinas de la administración a buscar las medicinas que le dijeron allí existían. En dicho lugar Guevara sostuvo una conversación privada con el administrador de la arrocera. Antes de partir se le pidió a Lima conseguir más caballos y éste busco seis con sus monturas. Los mismos eran necesarios, pues al tener que abandonar los tractores, lo necesitaban, en especial para los heridos y los que presentaban peor estado físico. Un poco antes de las 05:00 horas, del mismo lunes 29 de septiembre, abandona el acogedor lugar, no sin antes despedirse de los vecinos. El guía es el mismo Guilarte, un poco más animado.

Luego de andar una hora más o menos se encontraban en las tierras del municipio de Ciego de Ávila. En vista de que los tractores con las carretas no podían seguir, se les mandó a regresar. Poco después, ya con el poniente sobre ellos, se encaminaron en los montes Los Marineros. A no ser por la avioneta que voló por la zona, el día transcurrió sin problemas hasta las 17:00 horas que reiniciaron la marcha.

La exploración aérea debió producirse por la información que les proporciona el capataz Lima y el administrador Casarreal, previa autorización de Che, quien les dijo que podían hacerlo, cuando transcurrieran varias horas:

         “Baraguá 29 sep 1958 / 12:30 hrs

Cmdte. Chaviano

Esc 23 GR

“Tome medidas en los Ptos. de Stewart y Los Negros PTO. Ordene urgente investigación. Vigilen vehículos zona esos Ptos. Mantengan contacto investigación en todo sentido manteniendo inf a Of suscribe. Enemigo se encontraba a las 04.15 hrs hoy saliendo finca San Joaquín rumbo Los Marineros PTO.

    SUÁREZ SUQUET / Tte. Cor Jopnes No. 2”

EL ENEMIGO ASECHA (I): Al final de la tarde se produjo lo del disparo, aunque, de acuerdo al diario de Guevara, solo se hizo uno, y dice que fue Rodríguez (A. Acosta), jefe de la escuadra de los descamisados:

ARMANDO ACOSTA: “Nosotros formábamos el pelotón de la retaguardia y vamos caminando ligero hacia el monte de Baraguá, pero con mucha dificultad porque vamos muy cargado... Ya ha pasado la tropa y yo voy delante con un muchacho que no recuerdo su nombre y voy a tirarme a un canal para entrar al monte que está a 25 ó 30 metros, pero hay que pasar el canal muy veloz.

En ese instante llega una voz... que nadie se mueva, que todo el mundo se tire al suelo donde esté. Y yo protesto… —y digo: a quién se le ocurrió dar esta orden, cómo es posible que nos tiremos aquí en un llano, que no hay nada que nos cubra, teniendo tan cerca el monte, eso no puede ser, que repitan la orden. Y me dicen de orden del Che que nadie se mueva del lugar donde está.

Y dije: arriba, y cogí mi mochila, la puse delante de mí, el que iba conmigo hizo lo mismo y nos acostamos delante del canal. Detrás de mí está Silva, Acevedo y todo el grupo del pelotón nuestro con la 30:06 que era el arma más poderosa, próxima que teníamos nosotros. Yo estaba allí inconforme.

En eso pasa el Che y me dice: quieto ahí, todo el mundo en el suelo. Yo me preguntaba, por qué en ese lugar. Pasaron minutos que para nosotros son horas, cuando veo unos diez ó 12 soldados que vienen corriendo a unos 500 ó 600 metros de nosotros por la orilla del canal. Entonces le digo al compañero que estaba a mi lado: ¡coño!, ¿aquello es ganado o es el ejército…? Y me dice: ¡el ejército...!


CONTINUARÁ
 

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