Año VIII
La Habana
2010

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Una de cal y otra de sal
Amado del Pino • España

Es viernes y hace frío en Madrid. Están bajas las temperaturas hasta para los madrileños. Ni qué decir para un gordito del Caribe que —aunque ya sé que este año Cuba también ha disfrutado sus fresquitos— se ha pasado largas temporadas en La Habana sin usar un abrigo en serio.

Hace frío y ando con una noticia que me reconforta y una que oprime. La primera es que volvió a perder el Real Madrid; se quedó fuera por sexta ocasión de la Liga de Campeones, lo máximo en cuanto a fútbol en el mundo. Que me disculpen los madridistas —empezando por mi hijo Amadín y mi amigo Arturo, allá en Murcia— pero da cierto regocijo (tal vez un poco cruel, lo acepto, si uno se fija en la cara de los jugadores derrotados saliendo del campo) que no hayan podido ejercer su aplastante superioridad los muchos millones de euros gastados en reunir las estrellas más espectaculares y mediáticas. El deporte conserva cierta nobleza en ese sentido. Con la pelota entre los pies un equipo modesto puede desbancar a uno soberbio económicamente. Me temo que en el cine, por ejemplo, resulta casi imposible competir con la inmensa fortuna de la producción comercial norteamericana.

La noticia que me encoge el alma es la muerte de Miguel Delibes. Y no es eco mecánico en día de obituario. En este espacio he dejado huella de mi admiración por sus libros. Y no solo por eso. Es un hombre que muere en su casa, en la que trabajó tanto su literatura como la prosa rápida en redacciones de periódicos de provincia. Y no le interesó ni Madrid, ni un puesto de relumbrón, ni el dinero fácil, ni la fama. Un hombre que amó a la misma mujer hasta el delirio y se regalaron siete hijos, un montón de nietos… hasta que la muerte se la llevó temprano a ella y Delibes asumió la tristeza con la misma dignidad con la que dialogó con la creación literaria o el trabajo diario de la prensa.

No le dieron el Nobel. Y el maestro —fallecido a los 89 años— les dio tiempo para que se evitaran la injusticia. No le dieron el Nobel —y hablo con la pasión, similar a la deportiva, de alguien que ama la literatura desde una grada humilde—; no se lo dieron porque no era galáctico, ni mediático, ni escandaloso, ni le tocó el turno por la rotación de idiomas, coyunturas geopolíticas, alternancia de sexos, géneros literarios o lo que se les ocurra.

No le dieron el Nobel y ni falta que le hizo.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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