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Como un cubano más, me complace mucho
admirar las múltiples reacciones que
manifestamos al ser parte de un
conglomerado humano. Resulta muy
contagioso disfrutar de un espectáculo
humorístico en cualquiera de nuestros
teatros, por la singular atmósfera de
hilaridad compartida como emocionante
hasta los tuétanos puede llegar a ser el
hecho de coincidir en toda una multitud
para reafirmar los principios que nos
sostienen como nación. Y esa misma
sensación de hermandad multiplicada
hasta el infinito es la que colmó todo
mi ser el pasado domingo, durante la
reapertura del Salón Rosado de la
Tropical al concordar con el musicólogo
Radamés Giro por su elocuente expresión
que da título a la presente crónica.
Participar en este país de un bailable,
es uno de esos momentos sublimes que
constituyen un privilegio, incluso para
los cubanos; pero sobre todo si lo
hacemos al ritmo de la música de
Adalberto Álvarez y su Son, emblemática
orquesta cubana. Los bailables
representan la plasmación concreta de
uno de aquellos rasgos de nuestra
identidad que todos portamos con orgullo
entre las diversas manifestaciones de la
música popular.
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Sin embargo, este legendario templo del
bailador que ha sido el Salón Rosado,
llegó a estar en tan deplorable estado
como centro de servicio público que solo
por la persistencia de personalidades
como el propio Adalberto junto con Juan
Formell como director de Los Van Van, se
evitó que dicha instalación no fuera
cerrada. Llegado el momento y por encima
de dificultades como montañas, el
Ministerio de Cultura y sus distintas
dependencias, realizaron una fuerte
inversión que al cabo de cinco meses, le
ha otorgado, definitivamente, el
esplendor merecido.
El escenario remozado con un sistema
digital de luces y un sonido de última
generación entre otras tantas
transformaciones, hacen del Salón Rosado
de la Tropical, mucho más que esa
definición que siempre lo ha distinguido
como el termómetro que mide el verdadero
arraigo de una orquesta entre la
población. Ahora es como la entrada a un
lugar de ensueños, donde el mayor
bienestar está concebido desde el mayor
respeto tanto hacia el músico como al
bailador.
Después de dos horas de una agotadora
presentación en esta memorable fecha
para la cultura cubana, Adalberto
Álvarez asume la esencia del mensaje
implícito de ¿Y qué tú quieres que te
den?, uno de los clásicos del
repertorio de Adalberto Álvarez y su
Son, al confesarnos desde lo más
profundo de su alma:
“Aquí viene la gente de a pie, la gente
más humilde y a ellos hay que darles
todo. Son los que mantienen vivo este
país. Hay otras plazas como las Casas de
la Música, pero es otro tipo de público.
Es la primera vez que se le presta la
atención debida a un género tan
importante en Cuba como la música
bailable. Este es un pueblo bailador y
en ese sentido, no hay otra opción: lo
mejor para ellos”, concluye el maestro
emocionado. |