Año IX
La Habana
2009

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La custodia de lo real y el compromiso de la literatura
Alberto Garrandés La Habana

        Cero.

El escritor Emilio Comas Paret ha publicado recientemente en cubaliteraria.cu un texto titulado “En defensa de la narrativa realista cubana”.[1] A mi modo de ver, aun cuando quiere reflexionar provechosamente, y desde la sinceridad, mediante algunas advertencias “saludables” que hace al cuerpo crítico-reflexivo de la literatura cubana actual y a los narradores en particular, el texto merece una respuesta, algo así como una "impugnación democrática". Desconfío siempre de esas advertencias porque en el ámbito de la literatura, y particularmente en el nuestro, casi ninguna advertencia es o ha sido saludable, especialmente cuando podemos articularla con ciertas políticas de la creación, y más si quien hace esas advertencias emplea un tono como este: “/.../ no es inteligente abandonar las raíces realistas históricas de la narrativa cubana por otras quizás muy novedosas, pero que no están lo suficientemente sustentadas desde el punto de vista estético, ni por la apreciación del público lector”.

No suelo polemizar, ni siquiera incitado por desafíos más o menos encubiertos (que no están mal, lo aclaro). Pero haré una excepción. En primer lugar porque el texto de C. P. es franco y discutible, y en segundo lugar porque su tendencia no es tanto la de la provocación como la de la preceptiva. Una preceptiva que entraña una demonización, aunque es él, Comas Paret, quien se queja de que el realismo ha sido o está siendo demonizado. Y aunque el trueque, en esas condiciones, de la primera por la segunda —la provocación por la preceptiva—, hubiera sido hecho de modo inconsciente, es de todos modos tan desatinado como inadmisible. Entre la provocación y la preceptiva, prefiero la provocación. Una provocación sola puede ser estimulante, incluso aunque zahiera. Una preceptiva sola puede ser la expresión mínima y ajustada de una teoría, o el empobrecimiento de una teoría. Hasta ahí. Pero cuando se juntan provocación y preceptiva, en mi opinión algo no anda bien con las libertades de la escritura, que son, a mi modo de ver, intocables.

Uno.

Comas Paret se aparece ¡a estas alturas! con una frase como esta, que viene a coronar su resumen, un tanto tosco (o sea, sin matices), de la narrativa realista cubana entre inicios del siglo XX y fines de los años 50: “Como se observa, a pesar de la existencia de autores que cultivan la literatura imaginativa y fantástica, la mayoría de los narradores  hacen un discurso realista, comprometido y de denuncia crítica a la situación prevaleciente en el país, tanto en lo que respecta a lo social, lo económico y lo político, y en lucha denodada por mantener la nacionalidad cubana a toda costa”. La frase es irritante por varios motivos. Comas Paret escribe un “a pesar de” en el que asoma una demonización inquisitorial. O sea, a pesar de esos raritos imaginativos que se “escapan” de lo real y evaden el “compromiso” —a pesar de Piñera, Vieta, Labrador Ruiz y otros—, la norma es lo que él llama tautológicamente la “denuncia crítica”, una operatoria redentora que sirve para mantener la nacionalidad. Y, además, subraya otra vez la cuestión del compromiso, del “discurso comprometido”.

 

Dos.

Debo decirle esto a Comas Paret: la nacionalidad (yo preferiría hablar todo el tiempo de identidad) puede ser agredida, puede ser contaminada, puede mutar o metamorfosearse, pero nunca está en riesgo de “perderse”. De modo que esa idea, “mantener la nacionalidad cubana a toda costa”, es de una trivialidad asombrosa. Y es obvio que, por otra parte, Comas Paret no recuerda ciertos relatos de Piñera muy “cubanos”, por así decir, o algunos de Vieta que se convierten en alegorías realistas —sin dejar de ser “extrañas”, puesto que se aposentan en los límites del expresionismo estilístico— de eso que, con premura, llamamos “lo cubano”, para no mencionar El gallo en el espejo, una colección de relatos de Labrador Ruiz que él mismo subtituló “cuentería cubiche”.

 

Tres.

Pero hablemos del compromiso. De ese “discurso comprometido”. ¿Compromiso con quién? ¿Con qué? Tengo la impresión, al revisar el texto de Comas Paret, de que para él la decadencia y la demonización del compromiso realista, o del realismo comprometido, nace a fines de los años 70 e inicios de los 80, cuando aparecen los cuentos de Rafael Soler y, más tarde, los primeros relatos que anunciaban (formaban parte de) la llamada “narrativa de la adolescencia” o “narrativa del deslumbramiento”, cuyos mejores cultivadores habían nacido alrededor de 1950.

Pero antes de hablar del compromiso, escuchemos a Comas Paret (y debo citarlo extensamente, para que el sentido real de sus palabras no se desvanezca): “Muchos investigadores coinciden en que, con la aparición de Noche de fósforos y Campamento de artillería de Rafael Soler, se inicia un estilo de narrar que ya no refleja, admira, alaba y reafirma la realidad, sino que la interroga desde una perspectiva ética, haciendo recaer el interés temático en sus conflictos personales y sus propias contradicciones. Ya no es el hombre de acción participando y contando, ya la narrativa se hace más intimista, reflexiva, cotidiana. Se abordan temas cercanos al miedo a la muerte, la pérdida de la inocencia, el miedo en general, el dolor, puede incluso darse toda la acción en un ambiente rural pero ya no se muestra al campesino explotado o dueño de su tierra trabajando por el bienestar social, si acaso es el mundo interior del campesino lo que sale a flote, su vida íntima”. Y en este punto escribe Comas Paret: “Es entonces que comienza el declive de la literatura épica, de la literatura de compromiso social, incluso la de compromiso político, y ahora mismo pienso en la Elegía a Jesús Menéndez de Guillén o en muchas de las cosas de Onelio, que son perfectas obras de arte y responden a un verdadero compromiso político o social, pienso además en alguna narrativa bien escrita con un corte cercano al realismo socialista, que al decir del Che y de Ambrosio Fornet no era una escuela demoníaca en sí misma, sino que la demonizaron cuando fue impuesta como única forma de creación, pero que pudo ser una escuela literaria más dentro del universo creativo soviético y universal; pienso en la propia literatura testimonial desaparecida de nuestras librerías /... /, pienso en la literatura policíaca, de amplio gusto popular que ha disminuido considerablemente en la narrativa cubana actual”. Y añade: “Todo ello se ha trasmutado por una narrativa que se identifica con el dramatismo cotidiano de la vida, que se ha hecho intimista y muchas veces alejada totalmente de la realidad o abordándola de manera desenfocada e hiperbolizada, en fin, más fantástica, más espiritualista”.

 

Cuatro.

Estimado Comas Paret: por más que un escritor desee “no estar comprometido”, la propia identidad subterránea del lenguaje, y la propia mediación que el lenguaje establece entre el pensamiento, el conocimiento del mundo y su efabilidad —porque el conocimiento ha de ser efable—, no hacen más que propiciar el compromiso, sea cual sea, "con lo real". El realismo es eso, más el vaivén de sus convenciones: las lógicas y las históricas. Yo, para decirlo más claro, creo en las expresiones más esencializadas en tanto correlatos posibles de las expresiones menos esencializadas. Me refiero a un proceso natural. Un proceso “espontáneo”. ¿Quién puede escapar de lo real? Y aquí, sin solemnidad de ninguna especie, me declaro marxista, como el Marx de los Manuscritos económicos y filosóficos y el Marx de El Capital.

 

Cinco.

Para seguir hablando francamente, la verdad es que no sé de qué “declive de la literatura épica” habla Comas Paret, cuando justo a partir de las fechas a que él alude empieza un movimiento creativo/editorial llamado “novela de los 80” que, en lo fundamental —y aun cuando fue un fenómeno más de género que de poética electiva—, no pudo ser más realista ni estar más “comprometido” con las realidades y microrrealidades de la Revolución, en concreto los tópicos del mundo obrero, la evocación del pretérito, los dilemas éticos del individuo, las tensiones de la familia cubana, el sexo, el diálogo sentimental con lo inmediato y la relación de la experiencia reminiscente de los personajes con su sitio en el aquí/ahora de los textos. Una cosa es la épica homérica; otra, la épica según el canon de la narrativa decimonónica; otra, la épica sutil del corazón humano.

 

Seis.

Conmovido, en el peor sentido, por las palabras de Comas Paret, se las envié en un e-mail a un joven escritor (con varios libros publicados) perteneciente al “grupo” de quienes cultivan lo que Comas Paret llama “literatura posmoderna”, con todo lo que eso implica de acuerdo con sus posiciones críticas (las de C. P.). Recibí una contestación perfectamente comprensible. El joven escritor me escribió esta frase: “El texto que me envías es una broma, ¿no?” Le dije que no, que no era una broma.

 

Siete.

Y además, ¿dónde está la demonización del realismo en estos años, si en el mundo del libro cubano de estos años lo que hay es más bien una diversidad de realismos, de realismos "de varios grados", si se me permite la expresión? Realismos de varios grados, o verdades de varios grados. No hay más que ver los catálogos recientes de la editorial Letras Cubanas, o de Ediciones Unión, o de la Editorial Oriente, o de la Casa Editora Abril, o de Extramuros, o los últimos premios literarios cubanos —el Premio La Gaceta de Cuba, el Premio Julio Cortázar, el Premio UNEAC, el Premio David, los premios Alejo Carpentier de cuento y novela— para comprender de inmediato el "sentido liberador" de esa diversidad. Pondré unos pocos ejemplos binarios, ejemplos en “oposición”: “Cuban American Beauty”, de Orlando Luis Pardo vs. “El tigre según se mire”, de Rubén Rodríguez. O “Los gatos de Estambul”, de Rogelio Riverón vs. “En una estrofa de agua”, de Jorge Ángel Pérez. O Viudas de sangre, de Daniel Chavarría vs. Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés. O Inventario, de Ahmel Echevarría vs. Náufragos, de Luis Alfredo Vaillant. O Cable a tierra, de Mariela Varona vs. Fragmentos encontrados en La Rampa, de Jorge Enrique Lage. O Llueve sobre La Habana, de Julio Travieso vs. La ciudad de los muertos, de Gina Picart. O Ámbito de Hipermestra, de Mercedes Melo Pereira vs. La hija de Darío, de Laidi Fernández de Juan.   

 

Ocho.

C. P. añora el compromiso social y el compromiso político, ausentes de las fantasías y evasiones que caracterizan, de acuerdo con sus juicios, a esa literatura posmoderna desde la cual y con la cual se demoniza al realismo —el realismo que C.P. anhela defender. Evoca la “Elegía a Jesús Menéndez” y los textos de Onelio Jorge Cardoso como representantes de una literatura acendrada en lo artístico y en la que sí hay —virtud añadida— un “verdadero compromiso político o social”.

(A mí la obra de Guillén me parece desigual, pero no dejo de reconocer que se trata de un poeta significativo, proteico y en quien hay varias tradiciones en estado de emulsión creativa constante. Por eso puedo admirarlo. En cuanto a Onelio Jorge Cardoso, también desigual, cabe asentir ante el hecho de que escribió obras maestras que son auténticos “acertijos” compositivos, debido a un efecto estético muy deliberado y endiabladamente preciso.)

Todo esto es muy interesante. Yo apuntaría, en tanto proposición y solo de pasada, que Guillén, Onelio Jorge Cardoso y en alguna medida Alejo Carpentier formaron parte de un canon de la literatura cubana, una suerte de canon nacionalista-cultural. Pero el canon se movió a fines de los 80. Guillén se movió un poco, Onelio se movió bastante y Carpentier avanzó más hacia un primer plano. Y en los 90, en un mundo ya possoviético, entraron en el canon, con su arrastre de mitos, la figura de Lezama, las relecturas del Grupo Orígenes, y la sombra incoercible de Virgilio Piñera, que aún hoy se resiste a la “canonicidad”, por así decir.  

 

Nueve.

Me temo que C. P. añora la presencia de cierto tipo de compromiso —un compromiso de primer plano, de close-up—, y sus palabras, por más que intento evitarlo, no pueden menos que hacerme recordar algunos preceptos de la política cultural cubana de hace treinta y tantos años, cuando uno leía, en la solapa de un cuaderno de relatos publicado por Ediciones Unión, una nota que sostenía con vehemencia que el único prisma posible desde donde escribir —léase: la única perspectiva posible— era el prisma de la Revolución. Pero las posiciones que están o estuvieron detrás de esa idea rimbombante y trastornada fueron debilitándose, agotándose, hasta casi desaparecer. "No podía ser de otra manera". Y por suerte, estimado Comas Paret —acudiré ahora a lo que tengo más a mano: el saber sobre mí mismo—, en Cuba he podido escribir y publicar libros de relatos como Cibersade, o novelas como Fake y Las potestades incorpóreas. Quien haya leído esos libros sabrá, o sospechará al menos, que me habría resultado muy difícil, por no decir imposible, darlos a conocer en otra parte. No conceden nada al mercado. Sus asuntos edifican —o se encuentran en— un espacio “reflexivo” de la ficción. Añadiré que son, por otra parte, libros “herejes” en relación con el compromiso político "en sentido estricto". Y, sobre todo, pensando en "determinado" compromiso político, como acabo de indicar.

 

Diez.

Un “verdadero compromiso político o social”... Vaya. Estoy seguro de que ese concepto, en usted, sí entraña una demonización. Vuelvo al inicio mismo de su trabajo: “Para muchos estudiosos la llamada era posmoderna ha traído consigo una nueva escuela estética también llamada literatura posmoderna y que promueve obras que significan una ruptura con  la realidad, es decir, no abordan ni recrean al mundo real, sino todo lo contrario, las temáticas objetivas no aparecen, no son tenidas en cuenta, y junto a ellas, tampoco se definen las referencias ideológicas del texto. Se trata de cortar definitivamente con la supuesta “copia mejorada” que hace el realismo de la propia realidad, y de crear nuevos contenidos alternativos, fantásticos y ficticios, casi siempre divorciados de la realidad que nos circunda y apoyándose en reflejos propios y específicos de la creación literaria”. Imagínese usted, Comas Paret: por ese sendero, sopesando bien cada una de sus palabras, colocándolas en la perspectiva del tiempo —y también en la perspectiva de nuestra época en Cuba, o sea, la época de la Revolución, con sus avatares en lo que concierne a los vínculos del Poder con la Literatura— y sumándolas a su idea de un “verdadero compromiso político o social”, yo podría llegar a una conclusión: Dios mío... ¡pero si yo no soy un escritor revolucionario!

 

Once.

Usted no se atreve a decirlo, o de veras no lo dice; pero siento que es eso lo que se encuentra o podría encontrarse en el trasfondo de su lamentación ante un realismo “demonizado”. Ya sé que usted no se refiere a mí, no soy tan paranoico. Ni a nadie en particular. Se refiere, en general, a los cultivadores de la “literatura posmoderna”. Sin embargo, tengo la fuerte impresión de que usted defiende un realismo chato, pasado por los filtros —aunque no sea esa su intención— del extremismo que prevaleció en Cuba en otros años, y entonces, en consecuencia, defiende usted también la idea de que no cultivar ese realismo equivale, cuando menos, a no estar a la altura de los tiempos que corren. Usted tal vez dirá: “Vaya, Garrandés ha cogido el rábano por la hojas”. Y entonces yo diré: “La verdad es que no sé por dónde he cogido el rábano”. Y, aun así, lo he cogido. Sus palabras no caen en el vacío. Y le digo, por si las moscas: "No me preocupa ser o no ser un escritor revolucionario. Me preocupa ser un escritor".

 

Doce.

El compromiso social y político del realismo, en la actualidad cubana, claro que puede descansar en la perspectiva de la Revolución. ¿Por qué no iba a hacerlo? La Revolución está en el primer plano cotidiano de los escritores que vivimos y escribimos en la Isla, y es lógico que ella, como conjunto de fenómenos “esencializables” —lo deseable, siguiendo por ese camino, sería que la Revolución se convirtiera no en un retablo con actores-personajes, sino que más bien "ellos fueran el retablo" y ella "discurriera" libremente "por sus venas"—, mueva de continuo sus referentes más visibles. Ahora bien: hay escritores que escogen sus "propios" referentes. Que se entregan a su "propia" tradición. Que arman su "propio" mundo. Es muy probable que a usted esto le suene a cosa rara, a actitud incomprensible y egoísta, a alejamiento de la experiencia colectiva, a desviación lamentable... qué digo... ¡a demonización indirecta del realismo! Pero la tradición, C. P., no es tan solo la que arman los críticos de acuerdo con un esquema inevitablemente ideológico, sino la que guarda para sí el escritor —todos los escritores, si lo son de veras— cuando encuentra su camino tras dialogar con la literatura (y la cultura) "a su alcance". Mi tradición, por ejemplo, tiene muy pocos referentes cubanos. No es, en lo fundamental, una tradición "cubana". Utilizo a veces el escenario cubano, lo mismo un escenario al uso que un escenario destilado/deformado por mi imaginación. Aquí, de acuerdo con su postura, ya no sería yo un realista. Estaría practicando lo que usted llama “ruptura con la realidad”, e ingresaría en el grupo de escritores que, según C. P., “no abordan ni recrean el mundo real, sino todo lo contrario, las temáticas objetivas no aparecen, no son tenidas en cuenta, y junto a ellas, tampoco se definen las referencias ideológicas del texto”.

¡Pecado! Pero ¿qué son las “temáticas objetivas” y las “referencias ideológicas del texto”? De pronto tengo la impresión de que estos conceptos son pavorosamente superficiales. Es decir, no es que "en sí mismos" sean superficiales, sino que en C. P. no adquieren una auténtica hondura. Me sucede, con esa queja de C. P., lo mismo que me sucedió hace 33 años —ahora tengo 48, saquen ustedes la cuenta— en la Escuela Vocacional V. I. Lenin, cuando me presenté a un concurso de Literatura con un texto altanero titulado “Abraxas”. Un relato entre Edgar Allan Poe y Thomas Mann, si es eso posible. A ambos, y a Alejo Carpentier, los había leído ya atrevidamente. Y, en cuanto a la altanería literaria, sigo practicándola. Es, en mi opinión, una saludable experiencia. “Abraxas” iba a ganar el premio. Era el texto de mayor calidad “literaria” (léase: calidad formal). Pero los jurados, un profesor y dos profesoras, se me acercaron y me dijeron, con semblantes graves, algo que jamás voy a olvidar: "No podemos darte el premio porque tu cuento no tiene mensaje". Traduzco (a los efectos de aquella época, año 1975): “No podemos darte el premio porque tu cuento no tiene un mensaje 'revolucionario'”. Vuelvo a traducir: “No podemos darte el premio porque tu cuento no tiene un mensaje 'claro'”. Habrían podido decirme: “No podemos darte el premio porque tu cuento 'no es un cuento'”. Y no lo era. ¡Ciertamente no lo era! En todo caso, “Abraxas” figuraba como un “alarde de erudición”. Estoy citando: eso me aseguraron exactamente. Eso me dijeron: alardoso. Un par de años después, a punto de ingresar en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana, tuve una entrevista con el Secretario General de la UJC y dos profesores jóvenes. A esa entrevista iban sometiéndose los alumnos “con problemas”, y yo era uno de ellos. Abrieron mi expediente. Vieron que, entre otras cosas, había una alusión al momento en que, en medio de una clase de Biología, en 10mo. grado, la profesora me sorprendió leyendo un libro de arqueología bíblica que secuestró de inmediato. Y, entonces, el Secretario me hizo una pregunta que tampoco jamás olvidaré: “¿Usted sabe que los intelectuales no constituyen una clase social?” Oye, muchacho, ¡no vayas a creerte cosas!

 

Trece.

Supongo que, a los ojos de C. P., sigo —seguimos, para ingresar ya, definitivamente, en el grupo de los posmodernos, de acuerdo con la postulación de C. P.— careciendo de mensaje. O "determinado" mensaje, como dije. ¿No será eso? ¿No será que me/nos falta "cierto" mensaje? Me/nos falta claridad. ¡O somos o no somos! Y, de contra, escribimos raro, invalidando o dificultando la lectura, el "querer decir". Soy/somos algo queer. No se sabe bien qué referencias ideológicas ni qué objetividad se esconden en el trasfondo de esos textos nuestros —míos, de Jorge Enrique Lage, de Lázaro Zamora Jo, de Polina Martínez Shvietsova, de Ahmel Echevarría, de Raúl Flores Iriarte, de Anisley Negrín, de Orlando Luis Pardo y algunos otros— que representan o arman, como observa C. P., una “nueva escuela estética más dada a sensaciones introspectivas y claroscuros oníricos”. Estimado Comas Paret: una zona “ínfima” de la literatura contemporánea se ha entregado a “sensaciones introspectivas y claroscuros oníricos”, y, cuando se entrega bien, con pasión irrevocable, para mayor Gloria de Dios aparecen Las olas, de Virginia Woolf; Finnegans Wake, de James Joyce; El palacio de la luna, de Paul Auster; La amortajada, de María Luisa Bombal; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, y Jardín, de Dulce María Loynaz.

 

Catorce.

Usted, me temo, apuesta por las cosas de la realidad. Yo apuesto por la realidad de las cosas. Este juego lógico es bastante viejo, pero la invitación subyacente en sus dos mitades —unirlas en una tercera, para viajar del binarismo a la complejidad— no lo es. Un juego lógico, si la memoria no me traiciona, que está en alguno de los escritos sobre arte de Marx, o de Engels, y que es una de las cuestiones más serias que existen, lo mismo en la vida material que en la vida intelectual, si es que podemos distanciarlas. Una cuestión tan seria como que los posmodernos son/somos realistas “lógicos”, mientras que los no posmodernos —usted y quienes defienden el realismo “demonizado”— son realistas “históricos”. Ya volveré sobre este asunto, que es algo así como una paradoja del realismo. (El kafkiano Melville de “Bartleby” contra el balzaciano Tom Wolfe de The Bonfire of the Vanities.)   

 

Quince.

Ya es un enorme lugar común decirlo, pero en mi tradición está la cultura occidental. Mi tradición, que en parte da carácter y sustancia a mi identidad, se constituye, como les ocurre a prácticamente todos los escritores, en un conjunto de representaciones e ideas emulsionadas, un conjunto a veces caótico, pero poseedor de un idiolecto bastante preciso. Nada nuevo, por supuesto. Pero, en Cuba, yo elijo escribir sobre lord Byron andando y desandando Villa Diodati, sobre un marqués de Sade clonado en el año 3000, o sobre el mundo de los sueños y la índole transhistórica de los instintos en el territorio del cuerpo. Ahora me ha dado por coleccionar citas “intervenibles”, de contenido antropológico, para atravesarlas, como carnes al pincho, por historias densamente sexualizadas. Soy en verdad un tipo raro, y sin embargo soy un escritor cubano. Las “claves” de mi identidad cubana están por ahí, por alguna parte. Y créame: jamás se me ocurriría preocuparme por ellas, preocuparme por mostrarlas. Como jamás se me ocurriría “despojarme” de esa condición. ¿Para qué? ¿Con qué propósito? Recuerdo ahora el conflicto del gobierno chino con el Dalai Lama. Hubo unas revueltas. El Dalai Lama apareció en las televisoras de medio mundo y en Internet. Era un Dalai Lama furibundo. El hombre se empingó —digámoslo en cubano, que nada nos cuesta— y dijo, agitando una mano ante las cámaras de CNN, que si la cosa no se resolvía él renunciaba. Y yo me dije: caramba, ¿es posible que el Dalai Lama pueda renunciar a ser el Dalai Lama? Imposible. Pues bien: mutatis mutandis, no puedo ni quiero renunciar a ser un escritor cubano. 

 

Dieciséis.

Usted no lo indica así, estimado C. P., pero sus sinceras reflexiones —lo digo otra vez: el suyo es un trabajo "agradecible" a causa de su sinceridad— en última instancia prescriben la “confección” de una literatura “revolucionaria” en el más estrecho sentido: una literatura de la objetividad y transparentemente “ideologizada” en favor de la Utopía. Es más: el entusiasmo de su franqueza y la estrechez de su punto de vista dejan un sabor amargo y una sensación de discrepancia que se transforma, de inmediato, en una advertencia contra lo que sería algo así como la falta de compromiso (social y/o político), visibles, según usted, en “una narrativa que se identifica con el dramatismo cotidiano de la vida, que se ha hecho intimista y muchas veces alejada totalmente de la realidad o abordándola de manera desenfocada e hiperbolizada”. A estas alturas, estimado C. P., esa advertencia es inadmisible. Dialogar con la verdad del dramatismo de la vida, dialogar con un mundo fuertemente distópico —objetivamente distópico, objetivamente lleno de horrores—, formular hipérboles y “desenfoques”, y ensayar el “alejamiento” con respecto a “lo real” son derechos inalienables ¡y hasta compromisos, sí! de un escritor. La Utopía está muy bien. Claro que sí. Aspirar a ella está muy bien. Ojalá se cumpla. Ojalá el mundo entero, simultáneamente, en masa, a la misma hora, en el mismo minuto, arranque a soñar con una buena Utopía. De Mugabe a los cocaleros bolivianos, de Bill Gates al último musulmán, de Obama a la familia de la dinastía imperial japonesa, del Dalai Lama a Madonna, de Carlos Slim a Ingvar Kamprad, del sultán Hassanal Bolkiak a las vigilantas del Behesht-e Madarán (Paraíso de las Mujeres) de Teherán... ¡Ojalá “sea” y “esté” la Utopía! Algún día. Pero integralmente.

Por favor, no pase usted por alto que, más allá de las acuerdos que nos ayudan a organizar nuestras discernimientos, “lo real” es la más irreal de las construcciones.

 

Diecisiete.

En el escenario de su yo —que tiene varias capas, como sabe usted—, o del yo de los personajes que hablan por él, o que discrepan con él, un escritor tiene todos los derechos posibles en su página o en la pantalla de su ordenador. El único derecho que no tiene es el derecho a escribir “mal”. (Pero no voy ahora a razonar sobre la “mala literatura”, pues ese es un tema poliédrico, casi un fenómeno de índole fractal.)

 

Dieciocho.

Los compromisos sociales, “populares” y de otros tipos, son o deberían ser como “alianzas” espontáneas. O como "puntos de llegada" “naturales”, no puntos de partida. Uno no escribe "desde" el compromiso social y/o político, excepto en algunos casos. O sea, excepto cuando el asunto de la ficción se "empapa" del compromiso o "es" el compromiso mismo "en el interior de los personajes". Supongo que así ocurre. Supongo que así puede ocurrir. En la conciencia de un escritor equis, alejado de las teocracias fundamentalistas, está, digamos, que apedrear a una mujer hasta la muerte, por supuesta o real infidelidad, es un crimen espantoso. Uno cree en la libertad, en abstracto, pero tiene opiniones sobre cosas muy concretas. Por ejemplo, en el agrio “diferendo” entre el poeta Ernesto Cardenal y el gobierno de Nicaragua, le doy la razón a Cardenal. "Todo el tiempo a Cardenal".

 

Diecinueve.

Uno escribe o debería escribir desde un efecto estético o sentimental (sensorial, del sentimiento). O desde una incomprensión, o desde algo que parezca inasible, o inexplicable. Pero tan inexplicable y estéticamente válido, en tanto “problema”, es el heroísmo —instintivo, razonado, político— de un hombre que le teme a las bombas que caen a su alrededor, y sin embargo rescata a un amigo herido, como el heroísmo “intimista” y “ensoñado” —pero a la larga también político y razonado—, de un hombre que se suicida en compañía de su amante porque no quiere entregarse a la grosería del sufrimiento que traen las catástrofes sociales. Los dos hombres (y la amante del segundo) vencen sus miedos respectivos y escogen. Y creo que, sin duda, escogen legítimamente.  

 

Veinte.

¿Y en qué quedamos? ¿Realismo o no? ¿O es que C. P. aspira al realismo siempre que este no se identifique “con el dramatismo cotidiano de la vida”, un realismo aséptico, bonito, que huela a hidromiel y sepa a perdices trufadas con nueces? Quiero disculparme de antemano por esto que voy a expresarle a C. P., pero no me queda otra alternativa que ser tan sincero como usted, aun cuando sé que en usted no hay mala intención: su velada exigencia es apenas distinta de alguna de las que se le hicieron a la literatura cubana, de modo oficial, tras la clausura del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. Y por ello es peligrosa. ¿Por qué no hablar del dramatismo cotidiano de la vida —de la vida en Cuba—, si la realidad cubana tiene aspectos bien dramáticos, durísimos, “revelados” de diversas maneras, qué suerte, en las publicaciones que se han hecho a lo largo de estos años entre nosotros? Yo, que soy y no soy un escritor realista, en lo personal no me interesa hablar directamente de ese dramatismo (a veces ni indirectamente), ni expresarlo en forma de fábulas cotidianas. Pero si el realismo es realista, tendrá que vérselas con la realidad de la que forma parte ese “dramatismo cotidiano”. Un dramatismo bien presente, por ejemplo, en textos de Anna Lidia Vega (Imperio doméstico), Jorge Alberto Aguiar (Adiós a las almas), Laidi Fernández de Juan (Oh, vida), Aida Bahr (Ofelias), Ángel Santiesteban (Los hijos que nadie quiso), Diana Fernández (Todas las mujeres de Dios), Mariela Varona (Cable a tierra), Alberto Guerra Naranjo (Blasfemia del escriba), Michel Perdomo (Los amantes de Konarak), Marilyn Bobes (Alguien tiene que llorar), Jesús David Curbelo (Cuentos para adúlteros), Ena Lucía Portela (Una extraña entre las piedras), Guillermo Vidal (Las alcobas profundas), Pedro de Jesús (La sobrevida, algunos relatos), Amir Valle (Manuscritos del muerto), Alberto Garrido (El círculo de los infieles), Pedro Juan Gutiérrez (Trilogía sucia de La Habana) y otros escritores en activo —jóvenes, o más o menos jóvenes—, presentes por fortuna, gracias a las calidades de las desemejanzas, en los catálogos de las editoriales cubanas, igual que el otro grupo ya mencionado.

Veintiuno.

Hoy se publican en Cuba, premiados o no, textos distópicos (que pueden o no ser “realistas”). Son textos que testifican ficcionalmente la “revocación” de la Utopía, o su “invalidación”, al articular personajes y discursos con diversos grados de "desencanto". Es posible que entre dichos textos se hallen La estrella bocarriba, de Raúl Aguiar; Inferno, de Jesús David Curbelo; Capricho habanero, de Alberto Garrandés; Sur. Latitud 13, de Ángel Santiesteban; Naturaleza muerta con abejas; de Atilio Caballero; Ave y nada, de Ernesto Santana; El derecho al pataleo de los ahorcados, de Ronaldo Menéndez; El paseante Cándido, de Jorge Ángel Pérez; La saga del perseguido, de Guillermo Vidal; “Lugar llamado Lilí”, de Orlando Luis Pardo; Cien botellas en una pared, de Ena Lucía Portela; El color de la sangre diluida, de Jorge Enrique Lage; Esquirlas, de Ahmel Echevarría; “Isla a mediodía”, de Anisley Negrín; Rayo de luz, de Raúl Flores Iriarte, y “Diecisiete abstractos de una agenda”, de Polina Martínez Shvietsova, entre otros.     

Veintidós.

¿Qué ha sucedido en/con el cuento en Cuba en la época de la Revolución? Para expresarme con mayor claridad y hacer un poco de historia, debería indicar que, en general, la literatura de los años 60 —para ir bien atrás— subrayó la libertad del lenguaje más la herencia del vanguardismo y la armonización de credos artísticos dispares. El significado de la libertad era el de la libertad creativa, la libertad de los movimientos descolonizadores y antimperialistas, más el pathos romántico de la Utopía y sus fuertes expresiones comunitarias en el arte y la literatura, incluidas la inquietante (y fascinante) noción de compromiso social y la emisión de políticas culturales muy “precisas” y, al mismo tiempo, muy “generales” —en esos sentidos vale la pena, para ganar en precisión “histórica”, releer las muy citadas Palabras a los intelectuales, de Fidel Castro— acerca del alcance de la escritura.

Unos diez años después de esas Palabras... ocurrió, como se ha dicho ya demasiadas veces, el llamado Quinquenio Gris, o el Decenio Oscuro, o el Trinquenio Tenebroso. Sea cual sea el sentido último y el origen de esas etiquetas, lo cierto es que la lobreguez, salvo los casos de algunos textos de importancia comprobable, cundió en las ficciones e hizo que estas retrocedieran hasta topar con la multiforme aberración de las exigencias ideológicas.

Habitualmente se dice que la pesadilla acabó cuando se creó el Ministerio de Cultura, lo cual no es cierto. Reynaldo González ha sostenido, con indudable perspicacia, que en la cultura las cosas pueden torcerse por decreto, mas no enderezarse por decreto. En 1978, mientras estudiaba en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana y hacía una “práctica de producción” en la flamante Casa de Cultura de la Habana Vieja, fui llamado a una oficina y escuché un par de consejos. El más importante era este: tener cuidado con un escritor que respondía al nombre de Reinaldo Arenas, que vivía en un cuarto de un antiguo hotel, y que solía recibir a jóvenes incautos con inclinaciones literarias para mostrarles sus libros y después, de ser posible, seducirlos. Otro tanto ocurría en la propia Facultad: un par de caballeros no menos juiciosos nos “advertían”, a quienes teníamos la intención de hacerlo, que no visitáramos a un poeta llamado Virgilio Piñera, cuya muerte iba a ocurrir un año después.

Veintitrés.

Luego de las oscuridades tenebrosas tenía que venir algo parecido a la luz. Y en algún sentido la luz se hizo con la llegada, al campo de las ficciones, de los narradores que empezaron a ser publicados a inicios de los años 80, poco tiempo después del éxodo del Mariel. Algunos ya habían dado a conocer sus obras iniciáticas desde fines de los 70, pero los 80 y el espíritu de ese momento se constituyeron en el escenario principal que alcanzaron a ocupar durante dos lustros aproximadamente. El grueso de lo que produjeron y mostraron a los públicos de entonces cupo en dos denominaciones vecinas: narrativa del deslumbramiento y narrativa de la adolescencia. Ambos apelativos siguen siendo útiles como alusión a un discurso entonces nuevo, centrado en personajes jóvenes (opuestos a mentalidades viejas), criaturas llenas de conflictos (la comprensión ética del mundo, la idea del amor, la iniciación en/conquista del sexo, el entendimiento de la Historia) y capaces de protagonizar relatos formalmente clásicos.

Veinticuatro.

Hoy sabemos que, observada desde determinado ángulo, esa narrativa expresó, no sin audacia, la confianza en el hecho de que había un mundo burbujeante, insular —la condición insular es algo a tomar muy en cuenta—, un mundo sistematizado y en busca otra vez de la Utopía, "a pesar de todo". Un mundo perfectible en lo individual a través de lo colectivo, y que no se movería sino hacia "un ansiado perfeccionamiento". Y hubo unos años vagarosos, casi placenteros, que transcurrieron, fortaleciendo esa confianza, como en una calma rara. Hubo una especie de controvertible y efímero País de Jauja, por así decir. Ya no se oía el estruendo patético de los llamados “actos de repudio”, ni se sentía la tensión de quienes se marchaban o estaban a punto de marcharse de la Isla. Y entonces, “de pronto”, el mundo cambió. Sin perfeccionarse. Y, con el mundo, la Isla cambió. Y lo hizo de un modo radical y terrible. A partir de los años 89 y 90, pero sobre todo entre el 92 y el 98 la narrativa cubana “tropezó” con nuevos asuntos y personajes que invadieron las fábulas y se consolidaron, con el paso de los años, como pruebas de la existencia del tránsito de un mundo utópico a un mundo distópico. Pero una cosa es la literatura y otra la vida de todos los días. En la película cubana Guantanamera (1995), de Tomás Gutiérrez Alea, cuando la pequeña caravana fúnebre entra en la ciudad de Camagüey aparece un cartel gigantesco que dice: “Es el momento de preservar nuestros sueños”. Y muy a fines de los 80, o quizá en los umbrales de los 90, podía leerse una frase en vallas y muros: “Somos felices aquí”.

A lo largo de los 90, durante la instauración del llamado período especial, y hasta 2002 ó 2003, la narrativa cubana, sin desdeñar la convención de la fábula, incorporó mundos alegóricos y simbólicos de considerable espesor, practicó el anonadamiento del lenguaje como regreso a la vanguardia en tiempos ya de la posvanguardia, observó irónica y cínicamente la realidad inmediata, y subrayó la naturaleza antiheroica de la distopía desde un tipo de violencia social que ya no tenía nada que ver con Playa Girón, ni con las bandas contrarrevolucionarias del Escambray, ni con la evocación de las luchas clandestinas durante los últimos años del gobierno de Fulgencio Batista, ni con la Sierra Maestra, ni con los alfabetizadores y alfabetizadoras, ni con las Zafras del Pueblo, ni con los chicos y chicas de las becas, ni con el candoroso descubrimiento del sexo. El paisaje era "muy" otro y la perspectiva de los narradores más jóvenes —ante la Historia, la realidad y la literatura— había experimentado una modificación tajante. Se les llamó exquisitos (el lenguaje, los símbolos), violentos (las prostitutas, los balseros, la corrupción, las contrariedades y decepciones de la vida cotidiana, el delito) e iconoclastas (¿el compromiso “social” de la literatura devenía una quimera mal forjada?). Al mismo tiempo, a diez años del Mariel y ya en los alrededores de la llamada Crisis de los Balseros, “apareció” la “literatura de la diáspora”: reencuentro, crítica, intercambio y nostalgia (incluida la nostalgia lingüística). En este caso, la asignatura pendiente era mucho más que un “descubrimiento” literario: ni más ni menos que la recuperación de una cultura literaria que había estado produciéndose fuera de la isla —fundamentalmente en los EE.UU.—, pero no solo desde las circunstancias del Mariel, sino desde el momento mismo del triunfo de la Revolución. El concepto donde todo iba a reunirse otra vez, utópicamente, en forma de sistema, detentaba un enorme poder de aglutinación: la identidad cultural.

Veinticinco.

En los años recientes, algunos rasgos que acabo de enunciar se han definido mejor —es decir, se han acentuado al cobrar una visibilidad y un relieve "metódicos" que evitan, sin embargo, retoricarse o amanerarse— y, en consecuencia, ha sucedido algo singular: la fuerte crítica “social” presente en los 90 —si así pudiéramos llamarla, dejando a un lado la “estentoreidad” periodística de muchos textos— cedió sitio poco a poco, tras mucho vapor soltado, a la mirada escéptica, a la imaginación recentrada en el yo, en la individualidad, y propició el regreso de todas aquellas pugnacidades —políticas, ideológicas, sociales— al espacio de un sujeto que se sentía “agredido” por varias causas. Estoy refiriéndome a un proceso de esencialización (acendramiento) del realismo literario. Estaba produciéndose el viaje de una testificación casi periodística (ya lo he sugerido) al emplazamiento de una literariedad felizmente diversificada "y en función de lo vital". Excepción hecha de algunos textos que prefieren o han preferido continuar referenciando, con mayor o menor intensidad, el "organismo" sicosocial cubano, los demás —que son a mi modo de ver los mejores, los más osados, los que hacen pensar más— se instalan en el cuerpo, en la conciencia de personajes que están a solas consigo mismos, o que crean algo que apenas se veía antes, en la narrativa de 1991 ó 1992 al 2002 ó 2003: un ámbito personal, interior, hecho con materiales aislantes y, sin embargo, tan tangible como inmaterial, tan del mundo interior como del mundo exterior. Un ámbito, incluso, del lazo humano, pero donde el lazo, la bisagra, la articulación "evitan la referenciación realista al uso". Un ámbito “culturalizado”, fonocéntrico, experimental, corredizo en su precariedad. Un ámbito del contacto interpersonal en un universo volcado cada vez más hacia adentro, un universo con vocación de clausura en los cotos de una experiencia mental que es, al propio tiempo, una suerte de "experiencia material", verificable lo mismo en la existencia que en los textos. Los personajes se dedican, primero, a la construcción de sí mismos, y después, o simultáneamente, a la construcción de sus micromundos, poblados por ellos y otros como ellos. La cuestión de lo humano es la cuestión de la palabra y la expresión del yo.

Veintiséis.

Y bien, estimado C. P.: me he extendido en mi recuento hasta llegar al “nacimiento” de lo que usted llama “literatura posmoderna” en su vertiente cubana. Pero déjeme retomar la idea de que los más nuevos narradores —esos que, en concreto, usted relaciona con la “literatura posmoderna”— evitan la "referenciación realista al uso". Mire usted, C. P.: hay una paradoja del realismo. Resulta que frente a los tenaces e incansables tanteos posmodernos se encuentran las estructuras clásicas de un género —pensemos en la novela, pero también en el cuento— cuya paradoja mayor se refiere al hecho de que ellas, aun cuando clarifican y "modelan" nuestra percepción de lo real, jamás expresan el auténtico cómo es de la vida y sí el extraño pacto a partir del cual la vida se rematerializa, se reconstruye llena de convenciones, para determinar sus códigos y proyectar su verbalización. Por eso (y solo en ese sentido podría decirlo) Joyce es al cabo más "realista" que Balzac, o Flaubert menos "realista" que Beckett.

No soy historiador literario, pero casi me atrevería a decir que entre fines del siglo XVIII y fines del XIX el relato realista, como fenómeno capaz de expresar un momento importante del desarrollo de la burguesía, nos enseñó no solo a formalizar las convenciones de lo que era escribir “sobre la realidad”, sino también a leer sin sobresaltarnos y "aceptar" esas convenciones de verosimilitud. Se ocultaron unas escenas y otras fueron subrayadas. ¿Escenas de aseo personal? Muy pocas. La narrativa galante, espacio de libertinos y libertinas, sí se detenía en el baño, el tocador y algunas —escasas— jabonaduras. ¿Escenas de comidas familiares, cenas, diálogos de salón y otras cosas por el estilo? Muchas. Y así fue creándose una especie de arbitraje en torno a lo que iba a integrarse (o no) en el relato realista. ¿Quién ejercía el arbitraje? That is the question. Un arbitraje (de lo real) bastante ajeno a lo real. He ahí la paradoja.

Veintisiete.

Como bien indica la novelista española Belén Gopegui en una conferencia titulada "Un pistoletazo en medio de un concierto. Acerca de escribir de política en una novela", “/.../ la verosimilitud de una historia alude a que un conjunto de personas prefiere creer que las cosas eran así. Y depende, por tanto, de quién sea ese conjunto de personas. En la realidad que yo trato de construir, la verosimilitud no debería ser propiedad de unos pocos; debería ser pública, debería ser propiedad de todos. Dicho de otro modo: la verosimilitud es un concepto ideológico que limita con la verdad, pero que no se superpone a ella”.[2] Belén Gopegui descubre y explica, en su absorbente y ensimismado ensayo, la presencia de una “verosimilitud dominante”. Yo agregaría, interesadamente, que hay una noción “verdadera” del realismo —el realismo dominante— y que esa noción tiene la tendencia a impedir que se vea cómo existen muchos “sintonizadores” de lo verosímil y de lo real, desde los más gruesos hasta los más finos. En la gama de los realismos, algunos son “más realistas” que otros y algunos, por consiguiente, están “más acreditados” que otros.

 

Veintiocho.

Hacia el final de su texto, C. P. observa: “En estos momentos en la Isla hay corrientes estéticas que según mi punto de vista, están siendo más favorecidas por la crítica y los instrumentos de promoción que otras. Considero que se debe trabajar porque se amplíe el diapasón y no sólo tengan reconocimiento social determinadas estéticas”. ¡Ahora sí que sí! ¿De veras cree usted que el trabajo de la crítica literaria, integrante sustancial del concierto moderno de la literatura, debe reglamentarse, dosificarse —racionarse, pautarse— como se haría en una bodega o una asamblea de servicios? Podemos medir la frecuencia del perrito en salsa, el huevo hervido, el pescado y el pollo en los almuerzos de los trabajadores. Pero no la crítica. No los objetos ni los sujetos de la crítica, ni la periodicidad ni el interés con que salen de escena, entran, interactúan unos con otros y vuelven a salir.

 

Veintinueve.

Emilio Comas Paret: al final vuelvo a agradecerle su artículo. Incluso a pesar de lo que sugiere usted sobre “ciertas elites creadoras y algunos académicos”. ¡Hay que mover las ideas! Es bueno que de todo haya en el Arca. Es bueno, insisto, que haya elites creadoras y académicos de academia.

Y para que nadie piense que este trabajo quiere empequeñecer el sincero y genuino esfuerzo del suyo, imagínese que he pensado en regalarle a usted esta escena final: Usted está allí, preocupado positivamente por el realismo —supongo que a todos nos pasa: queremos la vida, toda la vida, y cuando la poseemos no nos entendemos bien con una literatura que, en última instancia, no nos sirva para vivir y entender nuestras vivencias—, y de pronto tocan a la puerta... Usted se levanta. Abre. Sorpresa: es Lady Murasaki, uno de mis personajes más recientes, vestida con un kimono azul. Ella tiene el mismo rostro de Gong Li —me resulta inevitable asociarlas— y ha decidido visitarlo a usted para poner en sus manos un obsequio: una miniatura de la dinastía Tang.

¿Lo aceptaría usted?

 

En La Habana después de Ike, a 15 de septiembre de 2008  

[2] Un pistoletazo en medio de un concierto. Acerca de escribir de política en una novela. Presentación de Luis Martín-Cabrera (Universidad de California, San Diego). Editorial Complutense, S. A., Madrid, 2008.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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