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Miro sus rostros y pienso:
Cristina tenía 28 años; Lourdes, 21.
Gustaban de las canciones del
chileno Lucho Gatica, los ritmos
de la cubanísima Aragón y los
paseos por el Prado de su natal
Cienfuegos.
“Sin embargo —me contó dos décadas
atrás Arnaldo Giral— lo que
preferían mis hermanas era ir a
la playa: al Rancho Luna, al
Club de cazadores y al Yacht
Club”.
“Ellas estaban muy compenetradas,
pese a sus caracteres diversos —
Cristina, reservada en extremo;
Lourdes, toda vivacidad—
atributos motivados en buena
medida por la diferente
educación que recibieron.
Cristina estudió en El
Apostolado, en un ambiente
riguroso; en cambio, Lourdes,
Maruca, como le llamábamos, lo
hizo en las Dominicas
Americanas, donde imperaba una
atmósfera más liberal”.
En 1951 Arnaldo, en busca de
horizontes más amplios, se
instaló en la capital. Tres años
después, Lourdes, la más
arriesgada, decidió acompañarlo
y a poco, ya trabajaba en las
oficinas de la Concretera
Nacional, de Infanta y 23. En el
58, Cristina siguió sus pasos.
“Eran tan emprendedoras aquellas
muchachitas…”
Las palabras de este hombre ya
encanecido me conmueven y me
pregunto, mientras él sigue
buscando en sus recuerdos:
¿Qué habrán pensado estas jóvenes
cuyas imágenes tengo ante mí
cuando llegaron a su hogar aquel
domingo 15 de junio de 1958, del
que nos separan más de medio
siglo?
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Cristina
Giral Andreu |
Sin mediar provocación alguna
Eran cerca de las ocho de la noche.
Al instante ellas se percataron
de que la puerta de su
apartamento había sido forzada,
por lo que decidieron averiguar
con los vecinos sobre lo
sucedido.
Fue entonces que los asesinos, sin
mediar provocación alguna, sin
preguntar siquiera o tratar de
detenerlas para inventar una
acusación cualquiera, abrieron
fuego contra ellas en el
pasillo. Después sus cuerpos
fueron arrastrados por la
escalera hacia la planta baja.
Este crimen estaba fuera de toda
calificación. La acción de los
esbirros contra las indefensas
muchachas, respondía al miedo de
aquellas bestias que,
desesperadas ante el avance
incontenible de la Revolución,
no vacilaban en matar a sangre
fría, sin causa alguna que lo
argumentase.
Lourdes y Cristina no eran ajenas al
proceso de radicalización
revolucionaria que vivía nuestro
pueblo. Desde la Resistencia
Cívica, luchaban contra la
dictadura batistiana.
“Yo notaba en ellas algo extraño,
pues tan abiertas conmigo
anteriormente —me confesó
Arnaldo— no me dejaban mirar
ahora en sus gavetas. ‘No, no
registres ahí, mi hermano’, me
decían. Además, en su primera
vivienda de La Habana, en horas
de la noche, se celebraban
reuniones. Pero ellas eran en
extremo discretas, y jamás me
dijeron de sus actividades
revolucionarias.”
Luego de la huelga del 9 de abril de
1958, en cuya preparación
participaron, decidieron dejar
la casa donde vivían por
considerarla poco segura. Se
mudaron para el apartamento 42
del edificio de 19 y 24, en el
Vedado.
¡Quién les diría que allí
encontrarían la muerte!
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Maria de
Lourdes Giral Andreu |
Nos despedimos con un beso
El apartamento 41 muy pronto
albergaría a un grupo de
estudiantes. En verdad, eran los
integrantes de la Dirección
Nacional del Directorio
Revolucionario 13 de Marzo.
Entre ellos y las hermanas Giral no
se estableció nexo directo
alguno. Sin embargo, en más de
una ocasión, se ha comentado,
una sorda complicidad se formó
entre ellos, por la sospecha, en
unas y otros, de que todos eran
conspiradores.
El 13 de junio de 1958 se realizaba
en el apartamento 41 una reunión
donde se acordó efectuar ese
mismo día, por la tarde, un
atentado al ministro de
Gobernación Santiago Rey. Sin
embargo, el hecho ocurrió sin
mayores consecuencias, solo uno
de los proyectiles alcanzó el
rostro del politiquero.
La tiranía, tratando de ubicar a los
autores del atentado, desató de
inmediato una feroz represión.
Sin perder tiempo, la Dirección
del Directorio abandonó el
edificio de 19 y 24, en el
Vedado.
Por indicaciones de un delator, en
horas de la madrugada del
domingo 15, los esbirros de
Esteban Ventura Novo, armados
hasta los dientes, se dirigieron
allí y efectuaron un registro
general.
Los apartamentos 41 y 42 se hallaban
vacíos; los combatientes, lejos
ya de las garras de las fuerzas
represivas; Cristina y Lourdes,
estaban pasando el Día de los
Padres, en Cienfuegos, junto con
sus familiares.
Las puertas fueron violentadas. En
el 41 se encontraron pruebas que
corroboraron las informaciones
del delator; en el de las
hermanas Giral nada fue
encontrado, pues ellas no
acostumbraban dejar algo
comprometedor durante su
ausencia, mas en cada uno de los
apartamentos se situaron hombres
con la orden expresa de matar.
“Al llegar a la casa de ellas, todos
vinimos en mi máquina desde
Cienfuegos —recordó Arnaldo—, yo
le cargué los paquetes con la
idea de subírselos, pero ellas,
comprensivas, me dijeron:
“Déjalo, estás muy cansado de
manejar. Nos despedimos con un
beso y cuando iba por 23, sentí
unos disparos lejanos. Ni pensar
que fueran contra ellas que
marchaban desprevenidas,
desarmadas…”
Cristina tenía 28 años; Lourdes 21. |