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Este trabajo no está bien encargado.
Para cumplir las necesidades de esta
revista, se precisaría de alguien cuyas
obsesiones personales anduvieran lejanas
al Instituto Superior de Arte (ISA). No
puedo separarme de una perspectiva
personal, íntima cuando de la Facultad
de Arte Teatral se trata, para mí
todavía la vieja Facultad de Artes
Escénicas. Y es que el ISA es uno de mis
espacios entrañables. No es ningún
secreto. Allí me formé, nací a la vida
intelectual. Le he “pagado”
salvaguardando mi espacio en la Facultad
de Artes Escénicas con la contribución
posible que dejan tres lustros de
ejercicio docente dentro y fuera de
clases, en el fragor de un diálogo,
siempre renovado, vital y maravilloso,
con los estudiantes, más jóvenes que yo.
También defendiendo, más allá de sus
muros, lo que allí se construye frente a
persistentes incomprensiones, equívocos
y ataques. Aunque “pactos de sangre” de
tal índole se anudan en muchas partes,
quienes se han mantenido vinculados al
ISA saben del esfuerzo continuo, grande
y cotidiano que requiere tal obligación.
Esa es la base humana, pasional y
bienintencionada, de toda acción
personal, o de cualquier operación que
concito, en relación con el ISA. Ello no
resta un ápice de conciencia en torno a
la importancia estratégica del trabajo
de esa institución y, por tanto, de sus
resultados para el futuro del teatro y
la cultura del país, aunque huela a
frase hecha.
Desde que el teatro cubano emprendió su
pelea por la modernidad, distintas
modalidades pedagógicas y escuelas han
desempeñado un papel fundamental en su
desarrollo. En las últimas tres décadas,
este papel ha correspondido al Instituto
Superior de Arte, universidad fundada en
1976 en parte de los terrenos de la
Escuela Nacional de Arte que, a su vez,
había nacido en 1962, como un proyecto
de la Revolución, en el sitio del
exclusivista Country Club de La Habana.
La Facultad de Artes Escénicas estuvo
entre sus edificios primigenios y hoy se
denomina de Arte Teatral al existir
también una Facultad de Arte Danzario.
Como para el teatro, cual sino
ontológico, todo llega más tarde, sus
ruinas esperan desde siempre la
reconstrucción que lleve a término su
proyecto arquitectónico nunca concluido.
Pero tras esos mismos muros se ha
labrado un espacio. Creo que su gran
proyecto, no siempre verificado en la
práctica de todas sus épocas, ha sido
romper el empirismo del teatro cubano,
soñar con profesionales dotados de un
oficio y un sentido. El aprendizaje
transcurre a lo largo de cinco años y
los estudiantes se licencian en Arte
Teatral, sea en actuación, diseño
escénico, teatrología, dramaturgia o
dirección, aunque esta última está en
proceso de recuperación, ausencia
contable entre los peores males de la
escena cubana de hoy. Con ese objetivo
se desarrollan tanto ciclos en
asignaturas teóricas de cultura general
y específica, como otros más apegados a
las exigencias de cada profesión.
Amén de sus naturales marcos académicos,
siempre he visto como una ventaja el
carácter no academicista de la Facultad.
El ISA interacciona cotidianamente con
el contexto teatral nacional e
internacional, no ha buscado nunca
autoaislarse en el tiempo y en el
espacio. No ha participado de viejos
conceptos, sino en la construcción de
nuevas estrategias para continuar la
tradición asaeteándola con nuevas
preguntas, aunque tampoco ello ha
resultado un transcurso fácil. Parte
importante del rostro de la escena
nacional de hoy se formó en sus aulas,
pero ya no es un rostro joven. Tal vez
porque durante demasiados años, luego de
pasados los 80, minimizó la importancia
de dotar de un sentido a los creadores
salidos de esas mismas aulas, de un
papel que cumplir en el teatro nacional
yendo más allá de los límites propios
del oficio. No puede, por eso,
destinarse a formar “primeros actores”
ni “primeros teatrólogos o dramaturgos”,
sin desdeñar la calidad, puesto que el
teatro resulta del trabajo colectivo,
donde son importantes todas las filas
involucradas.
Igualmente, las concepciones
predominantes en torno a la crítica
teatral en las últimas tres décadas, y
de hecho la praxis derivada de las
mismas, están estrechamente vinculadas a
la existencia de la carrera de
Teatrología allí.
Figuras como Graziella Pogolotti,
reconocida crítico de arte y del propio
teatro, con la solidez de la formación
académica y el largo ejercicio docente
en el campo de la literatura; y Rine
Leal, estudioso y crítico del teatro
desde la perspectiva del periodismo,
juntaron sus experiencias para fundar
una carrera cuya efectividad, jamás
perfecta ni incuestionable, se constata
hace tiempo en la escena nacional. En
similar dirección, la carrera de
Dramaturgia —mantenida por la profesora
Raquel Carrió contra viento y marea— ha
dotado de nuevos nombres la lista de
autores cubanos para el teatro; en el
último lustro se hacen sentir con
particular intensidad en su lucha por
imponer textos portadores de nuevos
conceptos. Nueva ola de un proceso
cíclico, puesto que ha sido el útil
denominador común de esta carrera en
relación con la tradición vernácula de
escritura dramática.
Como he tenido el privilegio de estudiar
allí hace más de 20 años y luego
impartir clases en el ISA por tres
lustros, puedo dar mi visión sobre los
cardinales de la enseñanza de la
crítica, en realidad como un cierto
signo totalizador del tipo de
aprendizaje que ha promovido la Facultad
de Arte Teatral en su historia.
Nuestra enseñanza enfrenta el ejercicio
teatrológico como un proceso vivo de
desarrollo del pensamiento crítico,
centrándose en el teatro, mas no exento
de conexiones e interpelaciones hacia
todo el panorama artístico y social
tanto nacional, como foráneo. Ese
proceso se basa en la exigencia continua
de interpretaciones y valoraciones por
la vía coloquial y la escrita, en el
espíritu de un taller con los pies en la
tierra y, al mismo tiempo, capaz de
subir a una atalaya para mirarlo, y
ojalá que “verlo”, todo. Parte del
reconocimiento de la subjetividad
inocultable del acto crítico, pero se
sustenta en la profundización científica
de todos los componentes que intervienen
en el acto teatro. No piensa el servicio
del teatrólogo con un solo destino, pues
en la polivalencia de su formación, el
estudiante se dota de armas para
ejercitarse más adelante como
investigador, especialista, profesor,
editor, asesor teatral o propiamente
crítico de teatro que, en definitiva, es
una parcela de lo que, en verdad, hay
que ser: un crítico cultural, que, por
dedicarse a un oficio más particular, se
especializa en el teatro, la danza u
otro segmento de las artes escénicas.
La insistencia en la escritura, aunque
no la creemos el non plus ultra
de la crítica —pues, como he dicho
arriba, esta puede realizarse de varios
modos y maneras—, sí es un vehículo muy
duradero por las posibilidades de
"fijación" de la misma mediante la
publicación y ha permitido que el teatro
cubano cuente hoy con una crítica más
sistemática, atenta y sólida que otras
manifestaciones artísticas de la Isla,
aunque en los últimos tiempos no se
siguen los caminos de las artes
escénicas cubanas como estas lo merecen.
Tampoco se ha buscado nunca aislar al
estudiante del medio teatral concreto
que lo rodea. El espacio académico, con
sus objetivos y convenciones, no es, sin
embargo, un aséptico laboratorio
desligado del río de la vida. Desde muy
temprano en el transcurso de la carrera,
los alumnos están en permanente contacto
con lo que sucede sobre los escenarios.
La asistencia al teatro es cotidiana,
por supuesto, pero también la inmersión
en procesos de puestas en escena y en la
responsable participación en eventos a
lo largo del país, que los coloca ante
un conocimiento real y humano sobre su
primer horizonte: objeto de estudio,
futuro marco profesional y herencia
viva.
No enfrentamos el ejercicio del criterio
—esa útil definición horizontal y
dialógica de la crítica que nos legó
Martí—, con el afán de un acto “trascendentalista”,
como un juicio indiscutible, endiosado,
marcado por la Verdad Absoluta. Para
nosotros, en el ISA, es un ejercicio de
participación, parte del proceso creador
total en que se ve envuelto el teatro.
Importante mas no definitivo. Subjetivo
pero dotado de la objetividad del
conocimiento. Portador también de
verdad. Participante, siempre
participante en los destinos del arte
del teatro, sobre el que se hace la
crítica y al que se debe sin dejar de
cumplir su función.
Ejercicio de participación, cualidad de
proceso del trabajo, ansia de
investigación y experimentación, afán de
conocimiento, búsqueda de una verdad
personal nunca desasida del magma
social, desafío al limo de la tradición:
todo ello debe ir en el carcaj de cada
graduado.
Es nuestro deber significar, apoyar,
complementar y contribuir a anclar,
desde nuestras especificidades, los
cimientos de su futuridad, a
contracorriente de cualquier carencia
objetiva o subjetiva de la Facultad de
Arte Teatral. Así, no habríamos arado en
el mar.
Este texto me fue encargado por la
revista Cúpulas, del Instituto
Superior de Arte, para un número en
saludo a las 30 graduaciones a las que
arriba el ISA el próximo 15 de julio,
merecido homenaje que reitero desde
La Jiribilla. |