Año IX
La Habana
2010

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Tras los muros de Elsinor se ha labrado un espacio

Omar Valiño • La Habana


Este trabajo no está bien encargado. Para cumplir las necesidades de esta revista, se precisaría de alguien cuyas obsesiones personales anduvieran lejanas al Instituto Superior de Arte (ISA). No puedo separarme de una perspectiva personal, íntima cuando de la Facultad de Arte Teatral se trata, para mí todavía la vieja Facultad de Artes Escénicas. Y es que el ISA es uno de mis espacios entrañables. No es ningún secreto. Allí me formé, nací a la vida intelectual. Le he “pagado” salvaguardando mi espacio en la Facultad de Artes Escénicas con la contribución posible que dejan tres lustros de ejercicio docente dentro y fuera de clases, en el fragor de un diálogo, siempre renovado, vital y maravilloso, con los estudiantes, más jóvenes que yo. También defendiendo, más allá de sus muros, lo que allí se construye frente a persistentes incomprensiones, equívocos y ataques. Aunque “pactos de sangre” de tal índole se anudan en muchas partes, quienes se han mantenido vinculados al ISA saben del esfuerzo continuo, grande y cotidiano que requiere tal obligación.

Esa es la base humana, pasional y bienintencionada, de toda acción personal, o de cualquier operación que concito, en relación con el ISA. Ello no resta un ápice de conciencia en torno a la importancia estratégica del trabajo de esa institución y, por tanto, de sus resultados para el futuro del teatro y la cultura del país, aunque huela a frase hecha.

Desde que el teatro cubano emprendió su pelea por la modernidad, distintas modalidades pedagógicas y escuelas han desempeñado un papel fundamental en su desarrollo. En las últimas tres décadas, este papel ha correspondido al Instituto Superior de Arte, universidad fundada en 1976 en parte de los terrenos de la Escuela Nacional de Arte que, a su vez, había nacido en 1962, como un proyecto de la Revolución, en el sitio del exclusivista Country Club de La Habana. La Facultad de Artes Escénicas estuvo entre sus edificios primigenios y hoy se denomina de Arte Teatral al existir también una Facultad de Arte Danzario. Como para el teatro, cual sino ontológico, todo llega más tarde, sus ruinas esperan  desde siempre la reconstrucción que lleve a término su proyecto arquitectónico nunca concluido.

Pero tras esos mismos muros se ha labrado un espacio. Creo que su gran proyecto, no siempre verificado en la práctica de todas sus épocas, ha sido romper el empirismo del teatro cubano, soñar con profesionales dotados de un oficio y un sentido. El aprendizaje transcurre a lo largo de cinco años y los estudiantes se licencian en Arte Teatral, sea en actuación, diseño escénico, teatrología, dramaturgia o dirección, aunque esta última está en proceso de recuperación, ausencia contable entre los peores males de la escena cubana de hoy. Con ese objetivo se desarrollan tanto ciclos en asignaturas teóricas de cultura general y específica, como otros más apegados a las exigencias de cada profesión.

Amén de sus naturales marcos académicos, siempre he visto como una ventaja el carácter no academicista de la Facultad. El ISA interacciona cotidianamente con el contexto teatral nacional e internacional, no ha buscado nunca autoaislarse en el tiempo y en el espacio. No ha participado de viejos conceptos, sino en la construcción de nuevas estrategias para continuar la tradición asaeteándola con nuevas preguntas, aunque tampoco ello ha resultado un transcurso fácil. Parte importante del rostro de la escena nacional de hoy se formó en sus aulas, pero ya no es un rostro joven. Tal vez porque durante demasiados años, luego de pasados los 80, minimizó la importancia de dotar de un sentido a los creadores salidos de esas mismas aulas, de un papel que cumplir en el teatro nacional yendo más allá de los límites propios del oficio. No puede, por eso, destinarse a formar “primeros actores” ni “primeros teatrólogos o dramaturgos”, sin desdeñar la calidad, puesto que el teatro resulta del trabajo colectivo, donde son importantes todas las filas involucradas.

Igualmente, las concepciones predominantes en torno a la crítica teatral en las últimas tres décadas, y de hecho la praxis derivada de las mismas, están estrechamente vinculadas a la existencia de la carrera de Teatrología allí.

Figuras como Graziella Pogolotti, reconocida crítico de arte y del propio teatro, con la solidez de la formación académica y el largo ejercicio docente en el campo de la literatura; y Rine Leal, estudioso y crítico del teatro desde la perspectiva del periodismo, juntaron sus experiencias para fundar una carrera cuya efectividad, jamás perfecta ni incuestionable, se constata hace tiempo en la escena nacional. En similar dirección, la carrera de Dramaturgia —mantenida por la profesora Raquel Carrió contra viento y marea— ha dotado de nuevos nombres la lista de autores cubanos para el teatro; en el último lustro se hacen sentir con particular intensidad en su lucha por imponer textos portadores de nuevos conceptos. Nueva ola de un proceso cíclico, puesto que ha sido el útil denominador común de esta carrera en relación con la tradición vernácula de escritura dramática.

Como he tenido el privilegio de estudiar allí hace más de 20 años y luego impartir clases en el ISA por tres lustros, puedo dar mi visión sobre los cardinales de la enseñanza de la crítica, en realidad como un cierto signo totalizador del tipo de aprendizaje que ha promovido la Facultad de Arte Teatral en su historia.

Nuestra enseñanza enfrenta el ejercicio teatrológico como un proceso vivo de desarrollo del pensamiento crítico, centrándose en el teatro, mas no exento de conexiones e interpelaciones hacia todo el panorama artístico y social tanto nacional, como foráneo. Ese proceso se basa en la exigencia continua de interpretaciones y valoraciones por la vía coloquial y la escrita, en el espíritu de un taller con los pies en la tierra y, al mismo tiempo, capaz de subir a una atalaya para mirarlo, y ojalá que “verlo”, todo. Parte del reconocimiento de la subjetividad inocultable del acto crítico, pero se sustenta en la profundización científica de todos los componentes que intervienen en el acto teatro. No piensa el servicio del teatrólogo con un solo destino, pues en la polivalencia de su formación, el estudiante se dota de armas para ejercitarse más adelante como investigador, especialista, profesor, editor, asesor teatral o propiamente crítico de teatro que, en definitiva, es una parcela de lo que, en verdad, hay que ser: un crítico cultural, que, por dedicarse a un oficio más particular, se especializa en el teatro, la danza u otro segmento de las artes escénicas.

La insistencia en la escritura, aunque no la creemos el non plus ultra de la crítica —pues, como he dicho arriba, esta puede realizarse de varios modos y maneras—, sí es un vehículo muy duradero por las posibilidades de "fijación" de la misma mediante la publicación y ha permitido que el teatro cubano cuente hoy con una crítica más sistemática, atenta y sólida que otras manifestaciones artísticas de la Isla, aunque en los últimos tiempos no se siguen los caminos de las artes escénicas cubanas como estas lo merecen.

Tampoco se ha buscado nunca aislar al estudiante del medio teatral concreto que lo rodea. El espacio académico, con sus objetivos y convenciones, no es, sin embargo, un aséptico laboratorio desligado del río de la vida. Desde muy temprano en el transcurso de la carrera, los alumnos están en permanente contacto con lo que sucede sobre los escenarios. La asistencia al teatro es cotidiana, por supuesto, pero también la inmersión en procesos de puestas en escena y en la responsable participación en eventos a lo largo del país, que los coloca ante un conocimiento real y humano sobre su primer horizonte: objeto de estudio, futuro marco profesional y herencia viva.

No enfrentamos el ejercicio del criterio —esa útil definición horizontal y dialógica de la crítica que nos legó Martí—, con el afán de un acto “trascendentalista”, como un juicio indiscutible, endiosado, marcado por la Verdad Absoluta. Para nosotros, en el ISA, es un ejercicio de participación, parte del proceso creador total en que se ve envuelto el teatro. Importante mas no definitivo. Subjetivo pero dotado de la objetividad del conocimiento. Portador también de verdad. Participante, siempre participante en los destinos del arte del teatro, sobre el que se hace la crítica y al que se debe sin dejar de cumplir su función.

Ejercicio de participación, cualidad de proceso del trabajo, ansia de investigación y experimentación, afán de conocimiento, búsqueda de una verdad personal nunca desasida del magma social, desafío al limo de la tradición: todo ello debe ir en el carcaj de cada graduado.

Es nuestro deber significar, apoyar, complementar y contribuir a anclar, desde nuestras especificidades, los cimientos de su futuridad, a contracorriente de cualquier carencia objetiva o subjetiva de la Facultad de Arte Teatral. Así, no habríamos arado en el mar. 

Este texto me fue encargado por la revista Cúpulas, del Instituto Superior de Arte, para un número en saludo a las 30 graduaciones a las que arriba el ISA el próximo 15 de julio, merecido homenaje que reitero desde La Jiribilla.

 

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