Teatro Sauto: guiño a Matanzas

Guillermo Carmona Rodríguez
13/12/2018

No describiré el Sauto como muerta sucesión de hechos y fechas, ni como santoral, un santo para cada día o, en este caso, un artista para cada día —aunque a algunos de ellos, por la pureza de su arte, sí deberían colocarle un san o santa delante del nombre de pila—, sino como la historia de un joven que siempre vivió a menos de cinco cuadras del inmueble, pero solo se sumergió en su mística cuando, desesperado, eligió para su tema de tesis el edificio más representativo de la ciudad de Matanzas.


Teatro Sauto. Foto: Ramón Pacheco Salazar

 

No es un misterio que ese joven no es otro que el escribidor de estas palabras. Antes de que me acusen de ególatra, o de eje de rotación de la tierra, porque sé que el planeta no gira alrededor mío, los invito, lectores, a que me acompañen a la narración de un telonazo.

Tanteé diferentes temas para la tesis, pero siempre fallaba algo. Preocupado, porque solo restaban menos de seis meses para la defensa de mi ejercicio de grado, una profesora me ofreció una idea balsa de náufrago.

Unas horas antes de visitarla en su casa, conversamos por teléfono y ella me explicó que desde hace tiempo quería escribir sobre las puertas del Sauto. Me gustó el reto, porque lo interpreté como puertas metafóricas, esas que, cuando te asomas por el ojo de la cerradura, puedes espiar los misterios que guardan. Ya en el sillón de su sala, ella me corrige y me dice que no eran las puertas metafóricas, sino las físicas, porque el edificio poseía miles de ellas, pequeñas, grandes, condenadas. Sin embargo, yo, en la olla de mi cabeza, ya había cocinado mi mala interpretación, y me decidí por un libro de crónicas, mi propia colección de ojos de cerraduras.

Lo que aprendes cuando sube el telón

Entonces comenzó mi inmersión. Leí, leí y leí. Me enteré de que lo construyeron en 1863, que el primer nombre del teatro fue Esteban, por un gobernador español, y que solo a finales del siglo XIX cambia a Sauto, por Ambrosio de la Concepción Sauto y Noda, farmacéutico pinareño, mientras que el teatro de Pinar del Río, antes de Lope de Vega, lo denominan Milanés, por José Jacinto, el poeta yumurino, y así se trocaron nombre y geografía.

Entendí que lo sublime no siempre paga bien, porque Daniel Dall´Aglio, arquitecto italiano, aprendiz por efecto dominó de Giuseppe Permarini (1734-1808) autor de la Scala de Milán, diseñó los planos del edifico neoclásico por excelencia de Cuba y murió en la pobreza y el anonimato en México.

Reflexioné que el hundimiento de un proyecto tiene diversos significados y no solo hablo de semántica. La obra primero se hundió en los terrenos pantanosos cercanos al puerto donde se elevaba, por lo que se clavaron 514 pilotes de cimientos. Luego se hundió en la pobreza porque los costos productivos excedían al financiamiento, y para hacerla flotar convocaron a rifas, en las que participaron personalidades como Gertrudis Gómez de Avellaneda y Felipe Poey.

Me interesé por la carambola: las Cuevas de Bellamar, el centro turístico en activo más longevo del país, se descubrió mientras se extraía la cal que se utilizaba en el Sauto.

También me culpé por concebir durante mucho tiempo al teatro como un lugar solo para representaciones artísticas, y no como escenario —me gusta mucho esa palabra para esta frase, por sus dos acepciones—, de eventos deportivos: ahí Capablanca jugó una partida de ajedrez con niños disfrazados de piezas y, durante la ocupación norteamericana de 1898, se montó un ring de boxeo; y otras de naturaleza política, como cuando Rafael Alberti, el bardo español, ofreció un recital de poesía en los primeros años de la Revolución, para recaudar dinero y comprar un avión que protegiera los cielos de Cuba.  

La zozobra de la memoria

El teatro Sauto clausuró sus puertas por una reparación hace ya casi diez años. Este resulta un hecho que todos dominan; sin embargo, me entristecí mucho cuando consulté varias investigaciones, sobre la importancia del inmueble para el público matancero, y su resultado fue que esta merma cada día.

Si, en un trabajo escrito a principios del milenio, Ana María Peña, profesora e investigadora, antes del cierre de la institución y mediante una encuesta realizada a diversos grupos etarios, reconoce al teatro como el sitio más representativo de la ciudad, por encima de los puentes y la bahía; una década después, en un ejercicio de tesis para la licenciatura en Estudios Socioculturales, al preguntarle a los niños, de las escuelas primarias del centro histórico de Matanzas, cuáles eran los sitios que más extrañarían de la urbe yumurina, ninguno de ellos mencionó al teatro.

Por ello, más allá de un salvamento en lo físico, darle brillo a la lámpara de araña del techo o restituir la madera del escenario, necesita un rescate de la memoria, con campañas que, mediante los medios de comunicación, acerque o recupere para la audiencia —sobre todo la de los centros estudiantiles, principalmente los niños—, la historia de este coloso.

Después de la tesis, solía imaginar que esa estructura neoclásica no era más que la armazón de un barco que zarpaba desde la bahía y, poco a poco, se perdía en el mar; sin embargo, pronto descartaba tan bella imagen porque, ¿podríamos prescindir de una parte de nuestra alma?

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