Inserta en una modalidad fílmica que aún no tiene la continuidad esperada, La bella del Alhambra constituye, sin duda, reverencia, patrimonio, joya cinematográfica, que recuerda el apotegma martiano: “En la sencillez está la grandeza”, lo cual se confirma hoy, a más de 25 años de su estreno.
Han sido 25 años de persecución, en el mejor sentido de la palabra. La película me ha perseguido a todas partes. He hecho otras, inclusive con un contenido mucho más fuerte, más importantes para mí, pero La bella… siempre me cae atrás.
Yo estoy a favor de esa película, la apoyo. (…) Creo que Enrique hizo un trabajo extraordinario, del que me siento complacido. Ahora son 25 años que se cumplen de la primera puesta y considero que mantiene la frescura, el ritmo, la dinámica. Esa lozanía la conserva y es la que la lleva a estar en el sitial de la permanencia.
El director evidenció en este filme su altísima capacidad para incursionar, con su puesta en escena, en un territorio de legitimaciones que, en sintonía con la sapiencia postmoderna, vinculaba lo culto y lo popular, lo ligero y lo trascendente.
La película cubana que ahora llega a sus 25 años puede ser analizada, criticada, tenida a más o tenida a menos, pero jamás podrá negársele ese privilegio, ese diamante raro y suyo: el encanto que aún emana de sus imágenes. El gozo con el cual, en tanto espectadores, volvemos a este filme que Enrique Pineda Barnet nos regaló para que la nostalgia, en el cine nacional, tuviera otro color y otro sonido.
La película está dedicada a todos los que hicieron y hacen posible nuestro teatro, pero creo que en el fondo se abre más a las potencialidades de emplazamiento y liberación que han encarnado de siempre —y por supuesto todavía hoy— en la desfachatez sensual y a menudo refinadísima con que el arte popular sabe leer lo real, desafiarlo, transgredirlo, instar a su rebasamiento.