El 22 de agosto de 1961 nació la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Fue la culminación de un Congreso que consagró la unidad del movimiento artístico e intelectual en torno a la Revolución triunfante y selló la identidad entre la vanguardia de los creadores cubanos y la vanguardia política del país
Ninguna previsión cabalística pudo ser más acertada. Ningún azar más concurrente. La UNEAC nació bajo el signo de la permanencia y como un hito de la cultura cubana.
La compañía hizo público un llamado a los clientes afectados por la manipulación: "mientras trabajamos sin descanso para desarrollar una solución, pedimos su paciencia".
Los cultores populares no necesitan más luces que la que sale de su pecho. No hay apagón para su estirpe, y ese ejercicio de desprendimiento demuestra no solo que la belleza es una necesidad y que el arte es patrimonio de todos; sino que deviene en un ejercicio reafirmatorio, conmovedor, salvador.
Una cultura popular que pregone fusiones y unidad aplicando métodos habituales, prodigando a unos o reduciendo a otros, terminará siendo una cultura a la antigua usanza; perderá progresivamente su condición de aglutinar, de ser universal y por ende nacional.
La cultura popular tradicional nos hace uno, nos identifica, nos iguala, constituye un impulso de solidaridad interna que se ha desarrollado a lo largo de siglos, conjuntamente con la constitución de una memoria común.
La cultura popular no es estática, sino que puede y debe incluir todo el saber y convertirse de una sobrecama de retazos, con elementos tomados de aquí y allá, en un hermoso tejido colectivo.
El siglo XIX, cuyo nacimiento es también el de la nación cubana, asistió al auge esplendoroso de las artes y las letras en nuestra patria.