“Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra”

Astrid Barnet
18/7/2020

“Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres ―reyes y emperadores―, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral”.

Indiscutible y aleccionadora exhortación al logro de la conciencia del bien universal la que sustenta esta frase del filósofo, pensador, maestro y uno de los forjadores de la nacionalidad cubana, José de la Luz y Caballero.

Un proceso de forja de la nacionalidad que denota y amplía una continuidad ética desde sus raíces, una creciente y didáctica toma de conciencia. Junto al presbítero Félix Varela, Luz y Caballero es de los padres fundadores de la Patria cubana, formadores de hombres de conciencia a partir de la educación, el conocimiento y la cultura. Conciencia criolla que se haría visible de modo continuo a partir de la última década del siglo XVIII y las primeras del XIX.

¿De qué forma, dónde y a partir de quién (quiénes) brotan estas raíces que constituirían un genuino legado nacional?

A partir de la generación del poeta José María Heredia, el problema de la esclavitud será la piedra angular de la toma de conciencia cubana. Ya el presbítero José Agustín Caballero, Padre de los Pobres ―tío de José de la Luz Caballero―, abogando en el Papel Periódico de La Habana (mayo de 1791) por la supresión de la esclavitud, la calificó como “la mayor maldad civil que han cometido los hombres”, llamando a los esclavos “nuestros hermanos y prójimos a quienes debemos tributar la más sincera compasión y benevolencia”, recordando a su vez el papel que aquellos infelices representaban económicamente para la clase a la que él mismo pertenecía: “brazos que sostienen nuestros trenes, mueblan nuestras casas, cubren nuestras mesas, equipan nuestros roperos, mueven nuestros carruajes, y nos hacen gozar los placeres de la abundancia”.

Los tres principales discípulos de José Agustín Caballero de los cuales se ocupó en la Sociedad Patriótica fueron: quien también llegó a ser presbítero, Félix Varela; el polemista José Antonio Saco; y su sobrino, José de la Luz. Su cátedra de filosofía la inició a través de las vías modernas del enciclopedismo y la ilustración, las que pronto se ampliarían con la corriente romántica.

Sobre estos tres discípulos del fundador de nuestra filosofía y docencia ―quienes rechazaron criterios escolásticos de autoridad y plantearon las bases en la enseñanza para la rebeldía, además de proyectarse no como señores, sino como servidores de la comunidad―, expresó José Martí: “(…) descubría Varela, tundía Saco y La Luz arrebataba”.

Así va surgiendo la primera generación de patricios, interesados como clase nativa en el progreso material y moral del país. Todos, agrupados en la Sociedad Económica de Amigos del País (la más antigua institución cubana), el Papel Periódico de La Habana, y el Seminario de San Carlos. Salvo el padre Varela, aquellos hombres nunca llegaron a enarbolar ideas revolucionarias, pero sí reformistas ―recordemos las etapas reformistas y sus principales figuras―, y progresistas, como bien las expusieron en su publicación generacional más importante, la Revista Bimestre Cubana (1831-1834). No obstante, Martí los consideró no solo parte del patrimonio de nuestra cultura en la primera mitad del siglo XIX, sino también como iniciadores de una tendencia ética y patriótica.

Tomemos como ejemplo al padre Varela. En las Cortes españolas, el presbítero presentó una Memoria para la abolición de la esclavitud y un proyecto de gobierno autonómico (del que fue predecesor su maestro Agustín Caballero en 1811). La Memoria es del mayor interés, al esbozar por vez primera la radical actitud anticolonialista que desarrollaría Martí años después. En ella, Varela comienza evocando a los indígenas americanos “cuando la mano de un conquistador condujo la muerte por todas partes, y formó un desierto que sus guerreros no bastaban a ocupar”, crimen denunciado épocas atrás por otro sacerdote, el mexicano Padre Las Casas. “Desapareció como el humo ―plantea Varela― la antigua raza de los indios (…) Aquellos atentados fueron los primeros eslabones de una gran cadena que, oprimiendo a millares de hombres, les hace gemir bajo una dura esclavitud”.

Por su parte, Saco enriqueció la cultura sociológica y política de las minorías ilustradas de la Isla, y llegó a ser un símbolo del reformismo, pero no se insertó en la eticidad creadora de nuevas imágenes para el pueblo. No creyó en él al estar aferrado “al maniqueísmo de blancos y negros, y al temor ―como siempre ocurrió entre elementos de la clase dominante―, para que no se reprodujeran en Cuba las rebeliones acontecidas en Haití”. Su intransigencia en su campaña por el blanqueamiento de la Isla le impidió llegar a ser un baluarte de la conciencia libertaria. Sin embargo, su obra Colección de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la isla de Cuba (1858-1859-1881) y su Historia de la esclavitud (1875-1893) queda “como testimonio grande y salvado de una frustración”.

Luz y Caballero sustituyó a Saco en la cátedra de Filosofía ―inaugurada por Varela en 1811― en el Seminario de San Carlos, donde impartió clases entre 1824 y 1828, y después en el Convento de San Francisco entre 1839 y 1843.

En sus clases, Luz impugnó la desviación amoral de un eclecticismo “falso e imposible”, y dañino para la juventud cubana, a la que estaba decididamente resuelto a inculcar, en lo esencial, la conciencia de justicia y amor al prójimo.

El listado de alumnos de El Salvador incluye resonantes nombres de la historia independentista cubana: Francisco Vicente Aguilera, iniciador de la conspiración independentista; Pedro Figueredo, patriota y autor de nuestro Himno Nacional; Luis Ayestarán, miembro de la Cámara de Representantes insurrecta, murió fusilado el 24 de septiembre de 1870; Honorato del Castillo, miembro de la Asamblea Constituyente de Guáimaro, murió combatiendo; Manuel Sanguily, patriota y tribuno independentista; Antonio Zambrana, participante en la redacción de la Constitución de Guáimaro. Posteriormente abandonó Cuba y se distanció del movimiento independentista; Ignacio Agramonte, El Brigadier, figura excelsa del Camagüey. Muy cercano a Luz durante su período como estudiante, participante en la redacción de la Constitución de Guáimaro. Muerto en combate el 11 de mayo de 1873; y Enrique Piñeiro, quien colaboró desde Nueva York con el movimiento revolucionario. Carlos Manuel de Céspedes consideró a Luz, y lo manifestó en una carta que dirigiese al rey de España en 1872, como “sabio varón cuya memoria es sagrada para todos los cubanos nacidos en Cuba”.

Otro alumno de El Salvador, Martín León, recordaba en una ocasión que “cuando Céspedes lanzó el grito de independencia en Yara, hasta los muchachos de catorce años que no podíamos con el rifle nos fuimos a la manigua. Estaban caldeados nuestros corazones por las palabras de don Pepe”.

Asimismo, si destacamos al núcleo de los profesores que conformaron, entre otros, el Colegio de El Salvador, encontramos a Luis Hernández, fusilado por el poder colonial; Juan Clemente Zenea, uno de los más excelsos poetas de este país, que se unió al independentismo desde sus inicios y murió fusilado; José María Zayas, uno de los fundadores y subdirector de El Salvador. A la muerte de Luz, asumió su dirección hasta que cerraran las puertas de dicha institución educacional como consecuencia de la represión colonialista. Un hijo suyo murió en combate como general del Ejército Libertador durante la contienda independentista del 95; y el profesor Luis Felipe Mantilla, que combatió junto al general venezolano José Antonio Páez durante la guerra de independencia de Venezuela, y quien hizo también brillar la figura de El Libertador Simón Bolívar durante sus clases en El Salvador. Clases distinguidas por su nivel perspectivo de la realidad cubana en lo físico y en lo espiritual.

En un escrito del historiador doctor Eduardo Torres-Cuevas, publicado en la Edición Especial de la revista de la Biblioteca Nacional José Martí dedicada al Aniversario 150 del Inicio de las Guerras de Independencia, este subraya que, sin lugar a dudas:

“(…) Los niños que se educaban en El Salvador adquirían su formación con una visión de la Historia y de la Geografía Universal y de la Historia y de la Geografía de Cuba, que les permitió un conocimiento de lo propio y de su lugar en el mundo. Sobre esta base surgen valores patrióticos que Luz llevó al pensamiento abstracto en una ética patriótica, de ciencia y conciencia, tal y como él mismo afirmara. Luz, guía intelectual del movimiento educacional cubano”.

Escritos y discursos de nuestro José Martí resultan pródigos en la exaltación que realiza acerca de aquel Maestro. En su Oración de Tampa y Cayo Hueso, al regresar de su primer viaje de prédica revolucionaria por la Florida, declara en Nueva York ante la emigración cubana y puertorriqueña, el 17 de febrero de 1892:

“(…) Se derramaban las almas, y en los corazones de los cubanos presidía, como preside su efigie la escuela y el hogar, aquel que supo echar semilla antes de ponerse a cortar hojas, aquel que habló para encender y predicó la panacea de la piedad, aquel maestro de ojos hondos, que redujo a las formas de su tiempo, con sacrificio insigne y no bien entendido aún, la soberbia alma criolla que le ponía la mano a temblar a cada injuria patria, y le inundaba de fuego mal sujeto la pupila húmeda de ternura. ¡Yo no vi casa ni tribuna, en el Cayo ni en Tampa, sin el retrato de José de la Luz y Caballero…! Él, el padre; él, el silencioso fundador; él que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que sólo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa (…) Otros amen la ira y la tiranía. El cubano es capaz del amor, que hace perdurable la libertad”.

José de la Luz y Caballero, maestro de grandes hombres, de fecundas generaciones “guía intelectual del movimiento educacional cubano”, un educador a imitar y en cuyas ideas y principios hay que profundizar aún más porque: “Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra”.

2