Entre los libros galardonados en 2018 con el premio La Edad de Oro, que todos los años entrega la editorial Gente Nueva, figura Un mensaje sin leer, propuesta de la escritora artemiseña Olga Montes Barrios. Editado e ilustrado por Olimpia Chong y Ana Roxana Díaz, respectivamente, los seis cuentos incluidos en él se centran en una temática de notable importancia y actualidad: el impacto de la tecnología digital en las dinámicas públicas y privadas de niños y adolescentes cubanos.

Un mensaje sin leer es un libro divertido y actual, sin lugar a dudas. Y, también, un llamado de advertencia para lectores de todas las edades”. Imágenes: Cortesía del autor

¿Cómo legitima en el ambiente escolar la posesión de un iPhone de última generación? ¿Qué actitud asumir si somos víctimas de bullying o ciberacoso? ¿Es el día a día escolar una constante batalla (al estilo de Plantas contra Zombis), en la que los “raros”, los “diferentes”, los que escapan a la “norma” llevan las de perder? ¿Contribuyen espacios virtuales y redes sociales a la realización intelectiva y espiritual de los más jóvenes o representan un peligro, por cuanto los expone a posibles estafadores o depredadores? Estos son algunos de los tópicos abordados por Olga en Un mensaje sin leer; asuntos que, acertada e inteligentemente, combina con otros: violencia física y verbal entre y hacia niños y jóvenes; familias disfuncionales; diversidad de identidades sexuales y de género; manipulación y pérdida de la identidad en plataformas virtuales y redes sociales; conflictos filiales y violencias por omisión, invisibles y naturalizadas en espacios domésticos.

Aderezados con un fino, a veces cáustico sentido del humor, estos seis cuentos ciertamente divierten, pero, cimentados al fin y al cabo en una visión crítica de la realidad, llaman a la reflexión y al debate, y proponen varios niveles de lectura que pueden ser disfrutados y decodificados por lectores de diversas edades. A ello se suma el empleo de un lenguaje sencillo, directo, cotidiano (abundan los narradores infantiles en primera persona) y de las estructuras sintácticas y ortográficas que ha impuesto el servicio de mensajes cortos o SMS, por sus siglas en inglés. La línea “Tiens tntas pks n la kra q parecs 1 wevo d wanaja” me hace reír cada vez que la leo. Dichas prerrogativas hacen del libro una opción ideal para leer y comentar en familia.   

Dos historias llaman poderosamente mi atención: “Denise” y “A solas con Moe”. En la primera, su anónima protagonista habla sin cesar de Denise; arquetipo, en apariencia, de la adolescente exitosa en Facebook, de la chica popular, fashion, la sex symbol reina del selfie, y de la cirugía cosmética. Creemos que se trata de una amiga de la narradora; después pensamos que es su hermana, o incluso su hermanastra, hasta que descubrimos la horrible verdad: Denise es su madre, una mujer cosificada al extremo, desconectada de la realidad, que prácticamente vive en el espacio virtual.

El interés de Denise por restarse años, reproducir patrones de belleza basados en una ilusoria eterna juventud y obtener muchos likes es tal, que la protagonista llega a preguntarse si en algún momento la progenitora afirmará tener menos años que ella. En esta alteración de las estructuras filio-parentales radica la complejidad y el impacto simbólico de la narración, efectiva desde el título, pues la protagonista no se refiere a su madre como mamá, sino por el nombre de pila, como si fuese una simple congénere, o incluso una extraña. Y, ciertamente, la mujer termina convirtiéndose en una desconocida para ella.  

“Un volumen ideal para la lectura y el debate en familia o escenarios escolares”.

Por su parte, en “A solas con Moe” lo terrorífico va in crescendo hasta desembocar en un final plagado de elocuentes silencios. Estamos ante la típica historia que gana por lo que calla, dejándonos, al final, un preocupante regusto a tristeza. Su protagonista, también anónima (recurso que Olga utiliza con inteligencia y en clave simbólica, pues lo que les ocurre a sus personajes sin nombre puede ocurrirle a cualquier niño), pasa la mayor cantidad del tiempo con una tablet a la que llama Moe. En consecuencia, sus relaciones sociales van disminuyendo hasta desaparecer casi por completo. Moe (a la que suponemos pensante, humana, antropomórfica) se convierte en su única compañía, incluso cuando la chica está rodeada por otras personas. Moe, siempre Moe (bien visto, una vuelta de tuerca al motivo del amigo imaginario), la conduce paulatinamente hacia la introspección, hacia el ostracismo; la aparta, la aísla, la silencia y anula. Con tal de que la dejen tranquila, la chica se encierra dentro de la casa y decide no abrirle a nadie. Una vez completamente solas, ¿qué le dirá Moe?, ¿qué consejos le ofrecerá?, ¿qué harán juntas?, ¿qué sucederá si Moe, efectivamente, está viva?

Otro cuento igual de significativo es el propio “Un mensaje sin leer”, centrado en el bullying y el ciberacoso. En lo personal, me hubiera gustado un cierre más efectivo para esta historia. Veo en ese final inconcluso, que no abierto, el germen de una narración más ambiciosa, quizás de corte policíaco, a desarrollar por la autora en un nuevo libro.

Jóvenes y tecnología: ¿qué vínculos se establecen entre ambos? ¿Cómo los adultos supervisamos esa relación y la dosificamos? ¿Qué es visto y compartido mediante la tecnología que hoy tenemos al alcance de la mano? ¿Es necesario predicar con el ejemplo? ¿Se ha convertido la posesión de dispositivos electrónicos en un signo de jerarquización social entre las nuevas generaciones? ¿La tenencia y uso de dichos dispositivos es más valorado por niños y adolescentes que la conversación cara a cara, los juegos al aire libre y el desarrollo de habilidades cognitivas, de la creatividad y del pensamiento crítico? ¿Nuestros hijos y nietos ven en tablets y celulares herramientas utilizables exclusivamente para el esparcimiento, el texteo, el romance y el consumo o la publicación de memes?  

“Mucho necesita el diseño de libros para niños y jóvenes en Cuba de propuestas similares, centradas en el divertimento y la relación estrecha con los contenidos”.

Un mensaje sin leer es un libro divertido y actual, sin lugar a dudas. Y, también, un llamado de advertencia para lectores de todas las edades. Tras el humor que nos arranca sonrisas por aquí y por allá subyacen problemáticas muy completas, cuyas causas y consecuencias encontramos todos los días a nuestro alrededor. Por eso, insisto, es un volumen ideal para la lectura y el debate en familia o escenarios escolares. Hoy se hace imprescindible abrirlo, leer los múltiples mensajes que contiene y generar diálogos a partir de ellos.

Por último, llamo la atención sobre el sugerente diseño a cargo de Carlos Javier Solís, quien transformó cada página en una especie de celular. Mucho necesita el diseño de libros para niños y jóvenes en Cuba de propuestas similares, centradas en el divertimento y la relación estrecha con los contenidos. El jocoso trabajo de Carlos Javier es, en este caso, un buen ejemplo de lo que se puede conseguir con un mínimo de recursos visuales, inteligencia y buen tino, y un atisbo de cuánto nos falta por avanzar en dicho campo.

Un mensaje sin leer amerita un análisis mucho más profundo, tanto en lo formal como en lo conceptual, a fin de resaltar con mayor precisión sus múltiples valores. Mientras ese análisis llega, felicito a la editorial y a la autora, y me apresuro a poner punto final. Es que acabo de oír un blip. Creo que me “cayó” un SMS…

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