Toda la Isla (y más) de Emerio Medina

Rafael de Águila
13/2/2020

"Crear es vivir dos veces".

Albert Camus

 

Tengo el privilegio de presentar, una vez más ―he presentado libros de cuentos y novelas de Emerio Medina acá, en La Cabaña, en el marco de sucesivas FILH; en la UNEAC de 17 y H; la UNEAC de Holguín, este, si no yerra la memoria, resulta el quinto libro de este autor que tengo el privilegio de presentar―, y hacerlo, presentar libros de Emerio Medina, decía, deviene privilegio porque precisamente este autor resulta uno de los narradores más importantes de la Cuba actual, más allá de los premios, tiene en su mochila los más importantes del país ―estuvo, he de decirlo, a un tris, a milímetros, de repetir su segundo Premio Casa de las Américas, esto último hace apenas unos días―. Desde mi modo de ver Emerio Medina es uno de los cuentistas más naturalmente dotados de los últimos años en nuestro país.

Emerio Medina. Foto: Lázaro Wilson. Foto: Tomada de Trabajadores
 

El autor que hoy presento, me pidió, lo confieso, una presentación sobria y sencilla. Me temo, muy sinceramente, que voy a decepcionarlo. Este libro que guio hoy a la vida, a las manos de cada uno de ustedes, sus lectores, a sus ojos, a sus respectivos goces y asombros, es un libro de lujo. La Editorial Hermanos Loynaz se privilegia, se viste de largo, de frac, con la publicación de este libro, que constituye una suerte de Páginas Escogidas. Un músico lo habría llamado Grandes Éxitos. Y es que si bien aquí faltan algunos de los grandes cuentos que ha escrito Emerio Medina (voy a mencionar solo tres del sexteto que creo faltante, Una cita en Estambul, De común acuerdo y Las cruces), si bien ellos, lamentablemente, no están acá, no resulta superfluo ni tan siquiera uno de los incluidos, eso para, en buen cubano, alcanzar a sostener que si bien no son todos los que están, están gozosamente todos los que son.

Una vez más son veinte cuentos. Una vez más porque en otro de sus libros, en Una cita en Estambul, también eran veinte los cuentos. Habría que preguntar al autor qué suerte de magia tremebunda y numerológica, pitagórica, lo une a ese número. Para mis delicias cuando leía el libro, hace apenas unos días, este resulta en ente sistémico, perfectamente estructurado, dualista, simétrico, fraccionado en dos partes, la primera de ellas signada por el fantabsurdo; la segunda por la equívoca realidad. Ello quizá llevado por el hecho de que en esta ínsula nuestra la realidad puede ser absurda y la equivocación fantasiosa.

Acá están todos los trucos, esos que un día escuché a alguien sostener, de manera peyorativa, de los que se sirve Emerio Medina, que hacen grandes los cuentos de Emerio Medina. Solo los grandes escritores tienen buenos trucos. Acá están los inicios in media res; los cierres abruptos; esos cuentos que parecen escritos como caligrafía árabe: escritos desde el final; el empleo de esas ya típicas repeticiones ―de frases, de nombres, de situaciones, iteraciones fraseológicas, nominales y situacionales, pudiera llamarlas un versado en narratología―; acá está la ya proverbial ausencia de sexo, historias donde si bien el sexo flota y se insinúa y se espera, queda definitivamente ausente, burla esa al lector; aquí están esas emerianas oraciones cortas, el lenguaje conciso, el empleo de la segunda persona, porque Emerio Medina en cada uno de sus libros bosqueja algún cuento, de manera magistral, en la muy difícil segunda persona.

Quiero detenerme en el empleo de los recursos anaforizantes. Esas repeticiones, he nombrado las tres variantes de ella de las que se sirve el autor. Para la música se trataría de ritornellos, ahí está el tema rondó, el regreso a la dominante; para la literatura serían aliteraciones, recursos anaforizantes que llegan desde la poesía, la retórica o la narratología. Antes sospechaba que desde esas fuentes Emerio Medina tomaba ese recurso. Olvidaba que, a priori, el autor es ingeniero. Hoy sospecho que ese recurso le llega a Emerio Medina desde las matemáticas, algo que puede hallarse en elementos que, de seguro, son muy conocidos por él, como el llamado Número de Ackerman o la muy famosa Sucesión de Fibonacci, de lo que las matemáticas llaman iteración, función iterada, y en la computación, por ejemplo, en el lenguaje C++, se denomina bucle.

Es interesante que Emerio Medina haya seccionado, bipolarizado este libro, que lo haya hecho de la mano de ese contrapunto lleno de vasos comunicantes y esclusas, esa entidad unicista que para el autor es absurdo y realismo. Una suerte de absurlismo y realsurdo. Porque en este autor esas entidades se mixturan, se entrecruzan, para ―regresemos al lenguaje musical―, crear una relación contrapuntística.

Foto: Giselle Zamora Chacón
 

Acá encontrará el lector, harán las delicias del lector, cuentos que recrean ritos, cuentos parábolas, no pocas veces entreverados de alusiones bíblicas, recontextualizados en nuestro aquí y nuestro ahora, cuentos como La certeza, que recrea de alguna manera el Génesis, un cuento adamita: un hombre se crea autonominando, sección a sección, cada parte de su cuerpo, las nombra, y desde el nombre las crea, te sorbo y me creas, decía Lezama, me nombro y me creo, sostiene este personaje, nombra también el entorno, se trata de una suerte de dios, un demiurgo, un ser que sabe que crear es nombrar, así lo cree por ejemplo el James George Frazer en La rama dorada ―y viceversa, sobre todo viceversa: nombrar es crear―. En Era diciembre, dos abuelos ofician de Juan Bautista, un lago se transmuta en el Jordán, un nieto de 13 años deviene émulo de niño Jesús, todo ello en una suerte de rito iniciático, bautismal, al estilo del Bar Mitzváh hebreo. En La boda, uno de los grandes cuentos de este libro, se tiene otra recontextualización desde el absurdo, esta vez se trata de un rito nupcial, una historia polifónica, una historia que deviene tríptico. La isla, quizá uno de los cuentos más bellos de este libro, suerte de regreso o recuperación del paraíso perdido, un cuento terrible por la banalidad del error que mueve a la pérdida y lanza a la maravilla por la decisión de luchar y recuperar lo bucólico perdido. El beso, otro de los grandes cuentos de este libro, ceremonia iniciática, esta vez del arte y la maravilla del besar, el primer beso de un chico, de un casi adolescente, eso que se espera como se espera la maravilla y la utopía y el comunismo y la vida eterna y la juventud que no cesa, y al arribar pues, asola el asco y la distopía, el desconcierto y el rechazo.    

Emerio Medina, he de decirlo, escribe literatura infantil. Y lo digo porque algunos de estos cuentos reverencian a la infancia y a la adolescencia, en su leitmotiv, incluso en alguno de sus giros, desde el absurdo y la realidad en que ella, la infancia, suele visualizar muchas de las acciones y hechos en los que incurrimos los adultos. Esto ocurre en Breve historia de un guáramo triste ―y antes de que el lector se lo pregunte, de manera solitaria, y privada, en sus casas, ante el libro, sería interesantísimo que Emerio Medina nos explicara qué ente responde al poético y sonoro nombre de guáramo―. Leemos La frazada, ese cuento que es un cántico de amor recuperado, de ternura reverdecida, de poesía, de retorno de la magia, historia absurda, sí, pero absurdo ternural. En algunos de estos cuentos se mueven dos historias para que se resuelva una, ello ocurre, por ejemplo, en Varadero, texto en el que la magia fantasiosa de un chico se entrevera con la desmagiada prostitución. En Segunda cama abajo se mixtura el amor furtivo e hirviente con la tragedia y la muerte.

Exhibe este libro cuentos autorreferenciales, historias en las que los ambientes o personajes remiten al arte, a la literatura, a la pintura. Se tiene esa joya narrativa que es Plano secundario, en la que un pintor se funde con su lienzo, deja de ser humano para ser textura, color, empaste, trazo, y ello para que solo entonces la obra resulte encomiable, solo dejando de ser, dejando el alma, el cuerpo, la vida en una obra, solo entonces, está la obra hecha, y es grande, y resulta digna de tomarse por tal. Nos arroba, por ejemplo, El agujero, un cuento otra vez ternural, poético, un guiño, un homenaje al gran Franz Kafka, Gregorio Sánchez, émulo del inolvidable Gregorio Samsa, despierta en La Habana ―Samsa despertó en Praga―, con un gran agujero en el pecho. Y si bien este es un cuento autorreferencial, es también un cuento que se levanta como tributo a la infancia, a la figura mítica y mágica y mística de la madre, el amor a ―y de― la madre. Digamos que Emerio Medina resuelve lo que Franz, el pobrecito y genial e inolvidable genio checo, psíquicamente no pudo: salva a su personaje. Y lo hace Emerio Medina desde el rito: se frota el personaje el corazón, como el gran Aladino frotaba su lámpara ―frotémonos todos el corazón, esa lámpara que tenemos dentro, para deshacer todos los entuertos―. En Un malecón para la ciudad no importa el sitio, importa el sueño: el sueño hace al sitio si el sitio no permite el sueño.

Y todo esto lo logra Emerio Medina con un estilo personalísimo. Propio. Si ya dije que este narrador se ubica entre los naturalmente mejor dotados de la cuentística cubana de los últimos años, es también, otra vez desde mi personal visión, y así he de decirlo ―junto a Legna Rodríguez Iglesias―, un autor que ha sabido estructurar un estilo notoriamente marcado y perfectamente definido, original, emeriano, suyo, sin hibridaciones con otros narradores cubanos o extranjeros de hoy día.

Todo eso es La isla y otros cuentos. Todo eso es Emerio Medina. Acá está pues el libro. Un libro que en las manos y bajo los ojos de cada uno de ustedes, sus lectores, será jolgorio de realismo y orgía de absurdo. Que ambos, el jolgorio y la orgía, divinos y alados, lleguen a cada uno de ustedes.