Todo (y todos) por el país

Ricardo Riverón Rojas
12/4/2021

La larguísima permanencia de la Covid/19 en nuestras vidas ha erosionado más cosas de las que alcanzamos a ver. No solo el funcionamiento de la economía y los servicios; o la dinámica social en algunos sentidos; o las relaciones personales son algo que hoy discurre de un modo antinatural. Determinados principios esenciales que se consolidaron como conquistas pueden verse afectados, culposamente, por la larga contingencia.

“No solo el funcionamiento de la economía y los servicios; o la dinámica social en algunos sentidos; o las relaciones personales son algo que hoy discurre de un modo antinatural”. 
Ilustración: Martirena / Tomada de la ACN

 

Podría resultar contraproducente detenernos ahora en sutilezas, pues los apremios por los que atravesamos todos, en pos del inobjetable superobjetivo: cuidar las vidas de las personas, hacen que ninguna prioridad se anteponga a los procederes que, justamente, todos los organismos, instituciones y personas naturales acometemos cada día como si el país, en toda su dimensión, respondiera a un solo músculo y una única voluntad. Pero nunca está de más preocuparse por consecuencias indeseables, aunque no tan imprevisibles.

Resulta de suma importancia impedir que la táctica del “no hacer” se convierta en costumbre y se integre a nuestra agenda subjetiva como algo normal porque hace que nos quedemos demasiado tiempo apegados a su paraplejia. No soy paranoico, pero tengo claro lo trabajoso que resulta consolidar y sostener las buenas realizaciones mientras los desmadres se generalizan y cimentan tranquila, permanente y alegremente sin el menor esfuerzo hasta devenir práctica común, no solo en lo personal sino también, a veces, institucionalmente.

No considero lo antes dicho como algo inherente al sistema, sino a una rara disfunción de la naturaleza humana en su constante brega. Construir es una acción creativa, hija del esfuerzo y la inteligencia, mientras desmontar se concreta por lo general a lo bruto y sin mucho cálculo. El ejemplo de la diferencia entre el tiempo y el cuidado que lleva construir un reloj y el de romperlo de un martillazo resulta clásico.

La filosofía del Ministerio de la Construcción, desde los inicios del triunfo revolucionario, se concreta apegada al lema “Revolución es construir”. Mucho se ha construido en Cuba (no solo en el ámbito material) pero me permito modificar aquel justo principio inicial por el de “Revolución es construir, y preservar y mejorar, lo construido”.

Las cosas que nos ha alejado la Covid/19 no son fruto de una voluntad destructora, pero sus consecuencias podrían conducirnos a puntos muertos, de ahí que se imponga la claridad para abandonar las prácticas restrictivas en cuanto estén dadas las condiciones. Sabemos que así está previsto para ese momento, aún esquivo, que llamamos “nueva normalidad”; sin embargo temo, tanto a la fuerza aplanadora de la costumbre como a los opacos entusiasmos que validan en una magnitud no aconsejable variantes de consuelo, amparados en el nuevo apotegma de que “esto llegó para quedarse”.

No es posible aceptar, en el ámbito de la cultura, que el desplazamiento total y definitivo a lo virtual haya llegado para quedarse como opción privativa; lo presencial y lo objetual aún deberán cumplir, con igual o mayor fuerza que antes, un papel sumamente vigoroso en nuestra dinámica de promoción del arte y la literatura. Nunca podremos conformarnos con no publicar libros en papel, no desarrollar feria del libro ni festival de cine, cancelar o posponer concursos emblemáticos. Eso, si no se consigue una variante salvadora, acarrearía pérdidas de insospechadas (o ya visibles) consecuencias en el programa de desideologización y reversión de paradigmas con que intentan golpearnos cada vez que dejamos desprotegido un resquicio. En estos momentos, aunque sea de manera virtual debemos preservar todo lo que merezca ser preservado. Procede que nos preguntemos si las provocaciones orquestadas recientemente frente al Ministerio de Cultura no se cebaron en las pandémicas aguas recesivas que, haciendo uso de la posverdad y las fake news, se las vendieron al mundo como derivadas de insuficiencias del sistema político.

No me parece eficaz aceptar pasivamente que las distancias subjetivas y objetivas que separaban a las provincias de la capital del país se vuelvan a establecer como normalidad de ningún tipo, ni siquiera al amparo de las distancias que impone la pandemia. Ilustración: Ares

Me parece justo llamar la atención para que los intercambios que sostiene la Uneac con la principal autoridad del país se concreten con la inclusión de todos los actores que la propia organización, mediante sus lineamientos, reconoce como instancia consultiva principal entre congreso y congreso: el Consejo Nacional. Considero a la Uneac una plataforma de probada eficacia para debates de cualquier naturaleza, de ahí mi reclamo.

Igualmente pienso que el crecimiento de las filas de nuestra Unión resulta impostergable, pues el acceso a la membresía abriría puertas subjetivas a todos aquellos que –con mérito demostrado, justeza y sin manipulaciones– reclaman diálogo. Hay muchos con merecimiento y capacidades para el intercambio y el aporte de ideas y proyectos rigurosos y renovadores. He asistido a cuatro de los congresos de la organización y doy fe de que en sus foros se habla de lo divino y lo terrible, se escucha a todos y se colegian posibles soluciones.

No me parece eficaz aceptar pasivamente que las distancias subjetivas y objetivas que separaban a las provincias de la capital del país se vuelvan a establecer como normalidad de ningún tipo, ni siquiera al amparo de las distancias que impone la pandemia. Sesenta y dos años de práctica cultural expansiva del centro hacia las periferias conjuraron notablemente esa disfunción hasta el extremo de que en provincias se concretaron espacios promotores y reflexivos de tanta fuerza e influencia como los geográficamente canonizados. Los ejemplos se podrían extraer de los terrenos editorial, musical, escénico, plástico, y también audiovisual, pero sobre todo, en la recepción de la oferta por parte de un público cada vez más apto para asimilar los mensajes.

Tengo absoluta confianza en la presidencia de la Uneac que elegimos, pero me parece que la omisión no nos conduce por buena ruta. Sé que  nada de lo que critico responde a menosprecio, pero si podría ser consecuencia de un pensamiento signado por esas reducciones que supuestamente “llegaron para quedarse”.

Quien no visualice, aunque sea por accidente o coyuntura, el inmenso potencial de pensamiento y creatividad del movimiento intelectual de los territorios del interior de Cuba, hace una lectura equivocada. Más aún si en el terreno de la cultura y la creación artística debemos manejar decisiones estratégicas, de connotaciones políticas, donde el concurso de todos sería seguramente enriquecedor.

Acaba de concluir el Congreso del PCC, momento de altísimo interés para la continuidad y consolidación de lo conquistado. El contexto, aunque sea distinto al de hace 60 años, cuando se pronunciaron las “Palabras a los intelectuales” y se creó la Uneac, es también de agudo enfrentamiento. Nuestra fuerza reside en la unidad, pero también en la diversidad y la amplitud de los frutos de la política cultural asociada a aquellos hechos. Toda la leña debe alimentar el fuego. Parafraseando al admirado poeta Roberto Fernández Retamar: trabajemos para que nuestro futuro nunca se identifique con fechas vacías que veremos arder.

Santa Clara, 10 de abril de 2021