Todos a la Plaza: más que una consigna


8/1/2019

Un espacio urbano puede convertirse en ícono de una cultura, una ideología o una nación. La Plaza del Kremlin, en Moscú; la de Tian'anmen, en Pekín, la Concordia, en París; son buenos ejemplos. Asimismo, la Plaza de la Revolución, en La Habana, simboliza la epopeya del 59, los sueños de un pueblo, las grandes movilizaciones, los líderes, los discursos…

 

El Consejo Nacional de las Artes Plásticas, a través de la Fototeca de Cuba, reúne varias generaciones de fotógrafos en torno a la idea curatorial de Nelson Ramírez de Arellano y Yanet Oviedo para “hablarnos” de este símbolo. Todos a la Plaza es el título de dicha exposición, inaugurada el pasado 28 de diciembre y que permanecerá abierta por dos meses. Un llamado de años para movilizar grandes masas de cubanos es hoy una invitación a penetrar un universo que va más allá de este espacio habanero.

Fue pensada desde hace más de un año. Según comenta la curadora Yanet Oviedo, la selección de las piezas y de los autores fue ardua, pues no pocos fotógrafos han captado hasta el presente la imagen de la plaza desde diferentes aristas. La nómina de 31 fotógrafos, a los cuales se añaden algunos anónimos, les llevó mucho tiempo. El lugar escogido para exponer es la galería de arte Alejo Carpentier, situada en el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”. Sus espacios, algo laberínticos, condicionaron la museografía como una concepción cronológica, sin perder el diálogo entre unas obras y otras, entre autores consagrados y noveles.

Las fotos iniciales se remontan a la década de 1950, cuando se construía el monumento a José Martí. Destaca una pieza inevitable de aquellos años y parte de la memoria sobre la plaza. Se trata de “Martí”, de 1957, de Ernesto Fernández, quien se acercó al conjunto inacabado para lograr una parábola visual en la cual se traspolan a la imagen de Martí las torturas a las que eran sometidos los jóvenes opositores de la política de Batista. De esos albores, sobresale la colección de la Fototeca de Cuba —también para el resto de la muestra—, aunque igual fue significativo el aporte del Archivo de San Gerónimo con imágenes tomadas desde la altura de la torre para documentar la construcción de su base.

Seguidamente, pueden apreciarse varias obras sobre la épica de los 60, como robustas manifestaciones de la generación de las grandes batallas. Dado el predominio de fotografías documentales, pueden apreciarse, a lo largo de la muestra, sucesos relevantes como la Campaña de Alfabetización (en las de Liborio Noval), la Primera Declaración de La Habana (en las de Raúl Corrales), los desfiles del Día de los Trabajadores (en las de Korda), la celebración de cada aniversario de la Revolución o del Asalto al Moncada (en las de Roberto Salas). La bandera cubana y los héroes —Antonio Maceo, Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos, Abel Santamaría—, las consignas y lemas de exhortación son motivos inseparables de los momentos captados y expuestos ahora.

 

Un acierto es la inclusión de trabajos en soporte digital. Más de 15 fotografías del propio Ernesto Fernández, de la parada militar de 1964, durante la celebración por el aniversario de la Revolución, pasan, lentamente, en un monitor. Por su parte, la obra “Absolut Revolution. La Isla”, video de 2012, de Liudmila & Nelson —curador, además, en esta ocasión—, fue una de las imprescindibles por las lecturas posibles que sugiere. De igual modo, “Mantum”, de Ricardo Miguel, realizada en el 2009, continúa, desde la (re)creación del mito, la incursión en el audiovisual. Ambas piezas prefieren un tratamiento metafórico de la imagen de la plaza. Se alejan de toda referencialidad literal, al buscar en elementos aparentemente discordantes nuevos sentidos; otros caminos de interpretación del símbolo.

Una posición transitoria entre el quehacer de Fernández y el de los jóvenes, es el documental Historia de una plaza, de 1989, del cineasta Santiago Álvarez, que completa y enriquece la mirada hacia este monumento más allá del espacio urbano. Dicho filme dialoga ampliamente con otras miradas expuestas: la declaración de Cuba como territorio libre de analfabetismo, la visita a Cuba del presidente chileno Salvador Allende, la imagen de Fidel y de otros líderes, entre otras.

Igualmente, diversos acontecimientos, religiosos o culturales, son tenidos en cuenta por esta convocatoria fotográfica desde lentes y épocas diferentes. El Congreso católico, de 1959, en la obra del mencionado Ernesto Fernández, adquiere actualidad en “Tres monjas”, de Humberto Mayol, realizada en el 2015. Y las fotos del Concierto por la Paz, de autores anónimos, tienen una significativa afinidad cultural con las imágenes de los brigadistas del 61.

Las obras conceptuales pertenecen, en general, a fotógrafos muy jóvenes. Justamente, resalta una de la curadora Yanet Oviedo, perteneciente a la serie Réplicas, por indagar en las posibilidades plásticas del monumento, aportando una realidad nueva en la que el muro simula la plaza y viceversa. Enmarcada en concreto, la obra de Alfredo Sarabia (hijo), Imagen El Proceso, del 2015, se emparenta con aquellas de los 50 por connotar sabiamente un simbolismo otro del conjunto urbanístico. Superpone al conjunto martiano otros motivos hallados en las cercanías del lugar: varios fragmentos de un objeto constructivo por concluir, verticales, desnudos, semejantes a la torre de la plaza. Es una comparación enfocada tanto en desarticular el mito alrededor del icono como en hablar de su trascendencia en el tiempo y la Historia.

Entretanto, la foto expuesta por Yoanny Aldaya, de la serie Time and Space, realizada entre el 2010 y el 2014, advierte acerca del envejecimiento de los elementos en torno a la torre, en este caso un árbol.

Las representaciones de Martí en los carteles del pueblo son el alter ego de la monumental estatua de Sicre que preside el conjunto. El motivo se repite muchas veces en la muestra, si bien sobresale la pieza de Néstor Martí, “…Y entre montes, monte soy”, del 2018, por su esmerado trabajo compositivo y la fuerza conceptual desplegada.

Llama la atención el sutil interés que despierta la presencia del pintor Wifredo Lam en algunas instantáneas. Se trata de dos obras situadas una al lado de la otra. En la primera, sin título, de Vidal Hernández, aparece la imagen de una persona en silla de ruedas cuyo cuerpo oculta detrás de un gran cartel con la imagen de Martí. En la segunda, de Mario Díaz, tomada instantes antes o después, el autor descubre la figura escondida en la foto anterior. Se trata de Wifredo Lam sosteniendo el cartel con la imagen del Apóstol, justo en 1982, año de su deceso, momento captado también por la lente de Mario Díaz en el desfile fúnebre celebrado en su memoria, en la plaza.

Por último, es destacable el trabajo de diseño del cartel de la muestra y del suelto con las palabras de la exposición, con la impronta de la tradición de la cartelística de convocatoria o de propaganda política socialista. El cartel de acceso a la exposición ocupa uno de los paneles y fue realizado con grandes letras para el título, sostenidas visualmente por dos columnas con los nombres de los fotógrafos participantes. En el suelto, el diseñador Yunior la Rosa emplea rojo, blanco y negro, matices emparentados con los de algunos carteles usados en los desfiles. La zona en negro conforma un abocinado abierto hacia el margen superior izquierdo advirtiendo una suerte de llamado, al tiempo que en sentido inverso destaca la parte inferior de la torre del monumento “construida” a partir de la repetición del título.  
Todos a la Plaza tiene muchos más sentidos por explorar. Y si algo pudiera ser perfeccionado es el montaje de algunas piezas, y el hecho de preferir obras de carácter documental en menoscabo de otras conceptuales. No obstante, durante dos meses Todos a la Plaza será un elogio para el monumento, para quienes lo pueblan en cada fecha, y para los fotógrafos, oportunos guardianes de la memoria de la nación.