Trinidad de Cuba: 505 años de magia y compromiso

Yansert Fraga León
16/1/2019

La excepcionalidad de Trinidad, tercera villa fundada por los españoles en la Isla, ha significado más que un pacto con la historia para dignificar una ciudad que se presta a celebrar, durante el 2019, sus 505 años de vida.

Su asiento primigenio y temprano traslado la convirtieron, desde los primeros tiempos, en punto obligado de avituallamiento para las expediciones de conquista de Tierra Firme durante el siglo XVI. Esa interacción constante entre el europeo y el indígena originario, así como la incorporación temprana del negro africano y la intensa actividad comercial, sobre todo con el área del Caribe, configuraron una cultura mezclada, caracterizadora de ese “ajiaco cubano” al que hiciera referencia Fernando Ortiz.

“Más de 1 168 edificaciones con tipologías arquitectónicas de los siglos XVIII y XIX, y alrededor de 67 sitios de
valor arqueológico, han significado un derrotero importante para dignificar la región trinitaria”.
Foto : juventudrebelde.cu

 

Investida tempranamente en 1585 con el título de ciudad, es portadora de un aura que la ha marcado para siempre como uno de los lugares más interesantes y llamativos de Cuba y de América. Su región “cerrada”, convertida en “cadáver azucarero” en los finales del siglo XIX, jugó un papel importante dentro del contexto colonial español: había sido designada, desde 1797, como cabecera de la Tenencia de Gobierno de las Cuatro Villas (Trinidad, Sancti Spíritus, Remedios y Villa Clara) y en 1825 se le nombró capital del nuevo Departamento Central. El constante intercambio cultural configuró un particular desarrollo de la ciudad, de ahí que las distintas etapas históricas y las manifestaciones primigenias de la nacionalidad cubana tengan en Trinidad sus expresiones particulares.

El auge comercial y de plantación de finales del XVIII y su consolidación durante la primera mitad del XIX, trajo la bonanza económica necesaria para configurar definitivamente su arquitectura doméstica y el trazado urbanístico de su centro histórico. Varios factores de carácter socioeconómico y geográfico propiciaron que mantuviese intactos sus atributos arquitectónicos y urbanísticos hasta bien entrado el siglo XX. Esto posibilitó que llegara a la década de 1960 como un auténtico ejemplo de ciudad colonial, detenida en el tiempo, sin prosperidad y con una población afianzada en sus raíces. Dos décadas antes había comenzado el interés conservacionista y la puesta en valor de sus sitios históricos con fines turísticos.

Luego de la clarinada revolucionaria de 1959 y como muestra de la seriedad y la atención que le presta el Estado cubano a la salvaguarda del patrimonio, vendría para Trinidad la resurrección de los tiempos lejanos del boom azucarero en los que el esplendor de la villa, esa “rueda excéntrica” al decir de Moreno Fraginals, la convirtieron en una de las más importantes ciudades de Cuba. Desde entonces, el incentivo del desarrollo turístico contribuyó directamente a la conservación de elementos insustituibles en la tradición trinitaria, pues las insatisfacciones acumuladas durante años por el pueblo habían conformado, en la mayoría, un ideal de progreso basado en la remodelación de la ciudad.

Esto vendría acompañado de los trabajos de restauración emprendidos desde los primeros años de la Revolución y tendría un momento importante en la década del setenta, debido al esfuerzo de distintos especialistas entre los que se encontraron, primero, los del Historiador de la Ciudad, Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, y después los de las licenciadas Silvia Teresita Angelbello y Alicia García Santana, el museólogo Víctor Echenagusía y el arqueólogo Alfredo Rankin, entre otros.

En esta década, además de la fundación de los primeros museos (Museo Romántico 1974, Museo de Arquitectura 1979), reservorio principal donde confluyen tanto la muestra viviente del patrimonio tangible como del intangible (material e inmaterial), ocurre un hecho importante que muestra también el acercamiento a la salvaguarda de lo inmaterial: la celebración de la Primera Semana de la Cultura Trinitaria, en 1974. Este suceso de connotación cultural tuvo una repercusión importante a nivel nacional, dado que ponía a interactuar, por vez primera, el contexto material histórico con el movimiento artístico-cultural del país, incluyendo el rico legado tradicional de la villa, lo que dimensionó a una escala mayor todo el potencial artístico (danza, música, artes plásticas, lencería…), que subyacía en la memoria del pueblo.

“Su cultura inmaterial ha marcado un desarrollo ascendente que la distingue como uno
de los casos más llamativos de toda Cuba”. Foto: Radio Trinidad

 

El esfuerzo por mantener intactos los valores patrimoniales de la ciudad, influyeron en la declaratoria como Monumento Nacional en 1978 y como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO una década después, en 1988; distinción esta última respaldada bajo los criterios IV y V referidos a su conjunto arquitectónico y urbano, testimonio de una etapa significativa de la historia, y a ser un ejemplo eminente de un entorno humano tradicional, representativo de una cultura. En noviembre de 1987 se había creado el Equipo Técnico de Restauración de Monumentos, el cual respondió tanto a las exigencias del trabajo de restauración —que a partir de ese año se extendió también al Valle de los Ingenios― como a una política del Ministerio de Cultura tendiente a unificar las estructuras creadas para la labor de restauración en todo el país. Treinta años después, sigue siendo un reto congeniar los valores materiales e inmateriales por los que se hizo efectiva esta declaratoria.

El interés por ese museo viviente, que es la ciudad antigua y las construcciones azucareras de su valle, comenzó a destacarse en trabajos de estudiosos como Alicia García Santana, Hernán Venegas Delgado, la Escuela de Letras de la Universidad Central de Las Villas y otros historiadores de relieve nacional. También las particularidades de su arquitectura, señaladas dentro del contexto colonial de la Isla por ese grande que fue Joaquín Weiss, se volvieron a conocer gracias a la edición de Trinidad de Cuba. Patrimonio de la Humanidad: Arquitectura doméstica (1993), de los autores Alicia García Santana, Silvia Teresita Angelbello Izquierdo y Víctor Echenagusía Peña.

Para salvaguardar todo este legado, se creó en 1997 la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, encargada de preservar el acervo cultural, arquitectónico y espiritual de la ciudad, así como para divulgarla y honrarla por todos los medios de difusión naturales y técnico-científicos. Este momento coincidía con el ánimo de encontrar una estrategia adecuada para refundir los excepcionales valores naturales, paisajísticos y culturales de la ciudad como destino de gran impacto e interés en la industria turística cubana.

Más de 1 168 edificaciones con tipologías arquitectónicas de los siglos XVIII y XIX, y alrededor de 67 sitios de valor arqueológico, han significado un derrotero importante para dignificar la región trinitaria. Pero también su cultura inmaterial ha marcado un desarrollo ascendente que la distingue como uno de los casos más llamativos de toda Cuba. En ese sentido, sirva como botón de muestra su última declaratoria como Ciudad Artesanal del Mundo, emitida en 2018 por el Consejo Mundial de Artesanías.

Las condiciones actuales de la ciudad sugieren aplicar definiciones que identifiquen las estrategias a seguir en la protección efectiva del patrimonio. La comunidad de intereses entre las instituciones y el hombre, en una sociedad que ha sido constantemente revolucionada a lo largo de los siglos, es factor indispensable a la hora de aplicar estrategias y políticas culturales en este sentido. En el intercambio y mutuo acuerdo no debe soslayarse el papel y la influencia del turismo en la comunidad trinitaria de hoy, por lo que el problema no es motivo de análisis solo de las instituciones culturales, sino que aglomera un cúmulo de intereses en que se mueven todos los sectores y en que las instancias políticas median, tratando de viabilizar las posibles soluciones.

Después de 505 años, ese sigue siendo el principal compromiso de los trinitarios: preservar la magia y los valores de su entorno, hecho esencial que marca el destino de una ciudad que se conserva y, al mismo tiempo, se renueva. 

 
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