Ulises: el Tractatus literario de Joyce

Noel Alejandro Nápoles González
11/4/2019

“The question is”, said Humpty Dumpty,
“which is to be the master -that’s all.” 

Lewis  Carroll

I

El Ulises de Joyce no es un libro, es un desafío. De cien que lo conocen, quizás uno lo lea; de cien que lo leen, tal vez uno lo termine; y de cien que lo terminan, puede que uno lo entienda. Yo mismo he demorado 18 años en leerlo y no estoy muy seguro de haberlo terminado ni de haberlo comprendido. Sólo me arriesgo a dar mi opinión al respecto, no porque mi interpretación lo merezca, sino porque difiere de todo lo que he leído hasta ahora.

James Joyce
James Joyce (1882-1941). Fotos: Internet
 

Un día de junio de 1904, en Irlanda, un joven soltero de 22 años, se dirigió a una muchacha cortésmente y recibió un puñetazo que lo dejó tendido en el suelo. No es que la muchacha fuese boxeadora, es que la miopía del joven le había impedido ver al militar que la acompañaba. Sólo un judío famoso por las infidelidades de su esposa se acercó a él y lo ayudó a incorporarse. El joven, que para suerte nuestra se llamaba James Joyce, nunca olvidó aquel suceso ni la fecha en que ocurrió. Dos años después, mientras trabajaba en un banco en Roma, pensó convertir esta anécdota en cuento e incluirla en Dublineses, bajo el título de Ulises. Pero no la incluyó. Lo que hizo fue trabajarla durante varios años y transformarla, poco a poco, en una novela. En ella narra lo sucedido en la vida de dos personajes -el judío Leopold Bloom y el joven irlandés de ascendencia griega Stephen Dédalus- en Dublín, precisamente un día de junio de 1904. De la misma manera en que La Odisea de Homero cierra con el episodio de Penélope, el Ulises de Joyce culmina con el fluido monólogo interior de Molly Bloom, infiel esposa del judío…Anécdota, cuento, novela.

Lo primero que sorprende, cuando uno penetra en la selva de signos que es el Ulises (no en balde Lezama lo llamó cuantioso), es un conflicto: la anécdota es ordinaria e intrascendente, pero el estilo resulta extraordinario y trascendental. ¿Cómo es posible que un contenido vulgar y una forma depurada se combinen para parir una joya de la literatura mundial?

En Historia de la literatura occidental, Janet Burroway sostiene que la literatura de Occidente tiende a ir cada vez “más abajo en lo social y más adentro en lo individual” (cfr. Los desafíos de la ficción. Técnicas narrativas, Casa Editora Abril y Centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso, La Habana, 2001, p. 338). La novela de Joyce encaja perfectamente en este perfil, pues constituye un descenso a lo bajo de la sociedad irlandesa de inicios del siglo XX y una penetración sincera en la intimidad de la mente humana. Pero lo que lo convierte en una obra de arte no es eso, es el estilo. Al inicio del libro, Joyce afirma que “el arte irlandés es el espejo partido de una criada”, y es a través de ese espejo -que no es el de Carroll ni el de Stendhal- que nos devuelve una imagen fragmentada, inconexa, caótica de su realidad. Su erudición y su técnica narrativa revolucionaria, redondean un estilo brillante que sorprende tanto como desconcierta. El Ulises parece un libro para escuchar, no para ver, porque Joyce, el miope, no ve con el ojo sino con el oído. En realidad, no sé bien si se trata de un libro o de una partitura. La densidad del contenido se ve compensada con la levedad de la forma, aunque por momentos uno percibe que los malabares fonéticos de Joyce resienten la palabra y hacen tartamudear la idea.

II

Estamos ante un libro que, dicho por el propio autor, carece de moraleja. Sin embargo hay criterios bien fundados que ven en él algo así como un examen de conciencia jesuíta. Lezama Lima apuntaba que

…Si Stuart Gilbert ha señalado en el Ulysses la parodia de las aventuras de Odiseo, igualmente podemos señalar la reminiscencia de la teología jesuítica en sus temas más utilizados… (“Muerte de Joyce”, marzo de 1941, Analecta del reloj, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010, p. 181)

Ciertamente, entre 1888 y 1891, Joyce se formó en un colegio jesuíta. El examen de conciencia de esta orden se caracteriza por el escrutinio de las últimas 24 horas vividas, criticando las faltas cometidas pero comprendiendo las debilidades y dejando el juicio a Dios. La semejanza con el Ulises es enorme. Por eso, se comprende que José María Valverde rebase el apunte lezamiano y diga que

…la obra joyceana es la gran contribución -involuntaria, y aun como tiro salido por la culata- de la Compañía de Jesús a la literatura universal… (Epílogo a la edición cubana del Ulises, Instituto Cubano del Libro, Ciudad de La Habana, 2000, t. II, p. 401)

Por otra parte, el mismo Valverde insiste en otro referente. Ya hemos aludido al vínculo anecdótico entre Dublineses (1914) y el Ulises (1922). Pero sobre todo sería interesante estudiar -en otro sitio, no aquí- el nexo de este último con su antecesor: Retrato del artista adolescente (1916) y con su sucesor: Finnegan’s Wake (1939), en el que la libertad de Joyce llega al punto de crear más de mil neologismos. El punto sobre el que quisiera insistir es la necesidad de comprender el Ulises dentro de la lógica interna de la obra de Joyce.

III

Una vez hecho esto, podemos seguir la pista de la referencia homérica, que no sólo está dada por el título sino por las equivalencias que el propio Joyce sugirió entre su libro y La Odisea. En 1920, elaboró un esquema interpretativo del Ulises y se lo confió a su amigo italiano Linati; un año después lo corrigió para amigos franceses que planeaban publicar el libro en París; luego lo amplió para otros amigos, como Gorman y Stuart Gilbert; hasta que finalmente, en 1930, este último lo dio a conocer en su libro El Ulises de Joyce: un estudio. La edición cubana del año 2000, en sus últimas páginas, incluye el esquema Linati y el esquema Gilbert-Gorman.

…Si La Odisea dice Carpentier- es la figuración de la vida humana en su totalidad, Ulises comprime esa acción, regida por los mismos símbolos y mitos, en una sola jornada, cuyos episodios son tratados, cada vez, con distinta técnica… (“Las cartas de James Joyce”, Letra y solfa. Literatura. Autores, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1997, pp. 269-270)

Pero esta asociación, por más que provenga del mismo autor, debe hacerse como los puercoespines hacen el amor. De hecho, Joyce menciona el nombre Ulises apenas cuatro veces a lo largo de su novela, sin darle relieve alguno, ni siquiera erigirlo en personaje secundario. El Ulises es una odisea sin Odiseo. Entonces ¿quién o qué es Ulises en el libro de Joyce?

En la saga de Homero, Aquiles es el valor, Agamenón la soberbia y Odiseo la inteligencia. No olvidemos que es Odiseo quien propone al padre de Elena un pacto para aplacar a los pretendientes de la hermosa joven; es Odiseo quien idea la estratagema del Caballo de Troya; es Odiseo quien derrota al cíclope Polifemo; y es Odiseo quien, por su ingenio, termina despertando la envidia de los dioses. La ecuación de Homero es simple: Odiseo = pensamiento encarnado. Por tanto, la referencia homérica del Ulises no hay que tomarla al pie de la letra sino a la cabeza del espíritu.

James Joyce con Sylvia Beach y Adrienne Monnier, ambas figuras
claves para que Ulises fuera publicado, por primera vez, en 1922.

 

Esta ecuación vale también para el libro del irlandés. Ulises pudiera ser, ante todo, el pensamiento del propio autor, quien penetra en la fortaleza del lenguaje y la toma por sorpresa: Joyce es un Caballo de Troya. Allí donde la palabra impide expresar la idea en toda su complejidad y riqueza, allí donde más que vehículo se torna obstáculo, él la hace estallar en pedazos.

En segundo lugar, ya que leer esta novela es sin dudas una odisea, Ulises es también el pensamiento del lector. A medida que intenta descifrarlo, la mente del que lo lee va sufriendo una metamorfosis liberadora. El Ulises es la crisálida en la que el lector entra larva y sale mariposa puesto que no se trata de un libro para leer sino de un libro para escribir. Las hábiles técnicas narrativas de Joyce liberan la mente de las ataduras del lenguaje, preparándola para enfrentarse a la realidad de manera abierta, desnuda, sincera. La anécdota del Ulises es trivial porque el foco de Joyce está en otra parte: él disuelve las barreras lingüísticas, libera el pensamiento y entonces, sólo entonces, comienza a metabolizar su entorno. Clase magistral de literatura.

Desde un punto de vista estrictamente lógico, el Ulises es la Odisea del pensamiento que, tras conquistar la Troya del lenguaje, retorna a la Ítaca de la realidad.

José María Valverde se acerca a esta opinión cuando afirma que el protagonista del libro no es Leopold Bloom sino el lenguaje. Tibio tibio, José María, no es el lenguaje, es su esencia. Joyce demuestra que el pensamiento no es un instrumento del lenguaje sino viceversa. Manda la idea, no el signo. Como los aqueos impotentes ante las inexpugnables murallas de Ilión, las ideas no son capaces de tomar por directo la fortaleza del lenguaje. Como Ulises, Joyce se las ingenia para introducirse en el universo de las letras, lo conquista y desata al pensamiento.

IV

Esta estructura lógica Troya-Odisea-Ítaca = Lenguaje-Pensamiento-Realidad no es casual. A su favor podemos aducir una circunstancia histórica que, hasta ahora, no me consta que haya sido tomada en cuenta: Joyce vivió en un contexto en el que no era extraño filosofar sobre el lenguaje.

Existe un vínculo insospechado entre James Joyce (1882-1941) y  Ludwig Wittgenstein (1889-1951), es decir, un punto en el que el Ulises y el Tractatus logico-philosophicus se interceptan. Es más, me atrevo a afirmar de antemano que el Ulises es a la literatura lo que el Tractatus a la filosofía. Wittgenstein escribió su libro en alemán, le puso un título en latín y lo publicó en 1921. Un año más tarde, su libro apareció traducido al inglés, con una introducción de Bertrand Russell. Coincidencia histórica: ¡ambos libros aparecieron en Inglaterra, en 1922! ¿Leyó Joyce a Wittgenstein? ¿Leyó Wittgenstein a Joyce? ¿Bebieron ambos de la misma fuente o interpretaron el mismo fenómeno en terrenos diferentes?

En el Tractatus, Wittgenstein se propuso hallar un lenguaje lógico fundamental capaz de superar las inconsecuencias del lenguaje ordinario. “Toda filosofía”, dijo, “es crítica del lenguaje” (4.0031). En este sentido, la filosofía es lógica y la lógica debe crear un lenguaje preciso. Sostuvo que “El objetivo de la filosofía, es la clarificación lógica de los pensamientos. La filosofía no es una doctrina, sino una actividad” (4.112). Debido a los enredos del lenguaje, hay problemas filosóficos que no son falsos pero sí carecen de sentido. Su tesis más polémica es la siguiente: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo” (5.6). Esta frase bien pudiera resumir el canon de Joyce: si el universo es ilimitado y queremos conocerlo, debemos quebrar las barreras que nos impone el lenguaje, aunque se trate de la mismísima lengua de Shakespeare. Luego Wittgenstein añadió algo aplicable también al irlandés: “Mis proposiciones esclarecen si quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas -sobre ellas- ha salido fuera de ellas. (Tiene, por decirlo así, que arrojar la escalera una vez que ha subido por ella.)” (6.54). También el libro de Joyce puede abandonarse, una vez que hemos escalado su gaudiana arquitectura. Lo demás, lo demás es silencio pues, como concluye el austríaco, “de lo que no se puede hablar hay que callar” (7).

Años después de haber publicado el Tractatus, Wittgenstein renegó del afán de hallar un lenguaje lógico al margen de los lenguajes particulares y optó por aceptar estos últimos como formas vivas de las relaciones humanas. Había comprendido que el lenguaje no servía sólo para expresar el pensamiento sino también para comunicarse, para atesorar la memoria, para aprender. Sus charlas al respecto, ofrecidas en la universidad de Cambridge, fueron agrupadas por sus seguidores, después de su muerte, en un texto al que titularon Investigaciones filosóficas. Allí escribió que

…La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje (citado por Isidoro Reguera en Ludwig Wittgenstein, editorial EDAF, Madrid, 2000, p. 303).

Joyce bien pudiera parafrasearlo diciendo que “la literatura es una batalla contra el hechizo de nuestro lenguaje a través de nuestro entendimiento.” Si Wittgenstein precisó el lenguaje mediante el pensamiento, Joyce liberó el pensamiento mediante el lenguaje. De modo que sus respectivas obras, aunque nadie lo haya señalado hasta el momento, se complementan y se enriquecen mutuamente. No hay que olvidar que ambos vivieron en la época de las vanguardias artísticas, de la cuántica y de la relatividad.

Esta mirada al Ulises a partir del Tractatus amplía el horizonte interpretativo de ambas obras. El Ulises es el Tractatus literario de Joyce, al igual que el Tractatus constituye el Ulises filosófico de Wittgenstein.

El empalme entre ambos enfoques no parece casual. Medio siglo antes, hasta la reina Victoria de Inglaterra había leído los célebres libros de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas (1865) y Al otro lado del espejo (1872). En este último, aparece un personaje que a Joyce debió haberle encantado: Humpty Dumpty. Se trata de un huevo cuyo nombre combina las palabras inglesas joroba (hump) y rechoncho (dump): un huevo es jorobado por arriba y rechoncho por abajo. Curiosamente Wittgenstein coincidía en esto con Carroll ya que decía que “El nombre significa el objeto. El objeto es su significado” (3.203).

Pero ¿cómo se puede traducir el nombre de Humpty Dumpty al castellano, teniendo en cuenta el enfoque de Joyce y el de Wittgenstein? Yo creo que el irlandés lo habría traducido tal vez como Joroncho o que sencillamente hubiera imitado la fonética británica con la grafía española: Jonty Donty. Puede que así, con una nota al pie, se preservase el encanto. Sin embargo, tal vez el austríaco, en su anhelo preciosista, quisiese ir más allá hacia la perfección geométrica y dijera que la joroba y la barriga no son, respectivamente, más que una parábola y una hipérbola que giran sobre sus ejes. Entonces la precisión sería suprema: Humpty Dumpty, el huevo filósofo de la lengua, sería un hiperparaboloide. Sólo que, dicho así, se perdería el chiste.

V

Sea como sea, el Ulises de Joyce sigue siendo, por suerte, un misterio. No sólo por la cantidad de acertijos que contiene sino porque disfruta de una cualidad extrañísima: es un libro que, una vez que se lee, nos transforma.

En literatura, hay un antes y un después de Joyce. Cierta virginidad, cierta inocencia se pierde tras haberse sumergido en sus desafiantes páginas. Ya no somos los mismos porque hemos vivido la Odisea del pensamiento que, después de conquistar la Troya del lenguaje, retorna olímpicamente a la Ítaca de la realidad.