Con premeditación y alevosía las inconformidades de la sociedad cubana fueron capitalizadas por los organizadores de estallidos sociales en países cuyas políticas no se doblegan a la tiranía de Estados Unidos. La pandemia y el estrangulamiento económico con más de 200 medidas implantadas por Trump contra la Isla fomentaron mayores problemas materiales, produjeron crispación psicológica e incrementaron cierto cansancio por la demora de soluciones a carencias e inadecuados funcionamientos que se acumulan desde la crisis de los 90.

Los “tanques pensantes” de la administración estadounidense prepararon desde hace años las estrategias de subversión en Cuba para cuando Fidel Castro no estuviera físicamente y la denominada generación histórica fuera desapareciendo por ley natural, y desde la caída de la Unión Soviética y el campo socialista aprovecharon el desconcierto, que también se produjo en la Isla, ante tal suceso para “acoger” y fomentar las “rebeldías” de algunos artistas ante lo que consideraban excesivas regulaciones del socialismo cubano.

La abierta disposición de EE. UU. de destruir a la Revolución
cubana desde su nacimiento ha condicionado un fuerte
espíritu autodefensivo de plaza sitiada y condiciones anómalas
para el desarrollo fluido de la sociedad.
Ilustración: Adán Iglesias / Tomada de Juventud Rebelde

Los precedentes años 80 habían producido alertas con exposiciones retadoras de jóvenes artistas plásticos que querían hacer como en cualquier parte del mundo: cuestionar todo lo establecido aunque en cualquier parte del mundo esa aparente libertad de expresión no produce ningún cambio en el sistema, aunque los movimientos artísticos tengan seguidores o evidencien los desórdenes estructurados por un sistema por propia naturaleza avasalladoramente injusto, que hace más de 200 años repite el mismo discurso “libertario” de las posibilidades del bienestar para todos y ha conseguido que el uno por ciento de la población mundial acapare las mayores riquezas, que las incremente en las mayores crisis mientras la pobreza crece incluso en los llamados países desarrollados.

La abierta y confesa disposición de EE. UU. de destruir a la Revolución cubana desde su nacimiento, confirmada con atentados, agresiones, bloqueo, ha condicionado un fuerte espíritu autodefensivo de plaza sitiada y condiciones anómalas para el desarrollo fluido de la sociedad en todos los órdenes y producido no pocas deformaciones en decisiones, decisores y una población ejemplar por su resistencia, pero no inmune a las debilidades de la naturaleza humana sobre las cuales saben “trabajar” con particular pericia los ideólogos de seductores paraísos reservados a una minoría planetaria pero que crean la ilusión de ser alcanzables.

Analizado con objetividad era imposible que una pequeña isla del Caribe desafiara el poderío indiscutible de EE. UU, pasando por encima incluso de los preceptos de El arte de la guerra, de Lao Tsé, sobre todo luego de perder a los aliados del este europeo, pero lo ha conseguido, entre otras razones por mantener a la mayoría unida en el empeño de no dejarse doblegar.

Crear fisuras en ese escudo protector es el propósito de la escalada contrarrevolucionaria desatada en plena pandemia bajo diferentes rótulos, pero similares intenciones, que fueron instruidos para instigar luego los disturbios del 11 de julio que encontraron eco en delincuentes confirmados por sus antecedentes penales, individuos y grupos vinculados al ámbito cultural con pretendidas intenciones pacíficas pero que saben perfectamente a quién sirven creando esas situaciones, miembros de sectores poblacionales agobiados por las penurias cotidianas y falta de atención a sus reclamos cuando ocuparse de enfrentar la pandemia concentra recursos, energías y una verdadera epopeya científica.

¿Es tan difícil entender esa cadena de sucesos para personas ilustradas, presumiblemente con sensibilidad e inteligencia como para no ignorar que es un crimen intentar desestabilizar el país en circunstancias tan cruentas?

Que algunas personas reconocidas por sus obras artísticas hayan apoyado a los instigadores de los “plantones” creadores de disturbios desde 2020 demuestra que se puede tener un gran talento y no saber discernir desde el punto de vista cultural, a quién, a qué, se beneficia con esa actitud.

Un teatrista que se declara fuera del sistema político cubano, un gran cineasta que aboga por una Cuba distinta, un músico notable que apoya la intervención humanitaria sin tomar en cuenta el contexto nacional e internacional, ¿han pensado seriamente qué sería de este país si los herederos de las grandes familias burguesas que lo poseían se vuelven a apropiar del territorio nacional, si se adueñan de los medios comunicacionales esos que protagonizan en Miami los programas más sórdidos, vulgares, sin el más mínimo sentido no ya cultural, sino elementalmente humano?

Que algunas personas reconocidas por sus obras artísticas hayan apoyado a los instigadores de los “plantones” creadores de disturbios desde 2020 demuestra que se puede tener un gran talento y no saber discernir desde el punto de vista cultural, a quién, a qué, se beneficia con esa actitud.

¿Ese poco creativo retorno a un pasado, que es presente en la mayoría de países pobres del mundo, serviría para enmendar los amplificados errores del socialismo? ¿Y qué harían con los horrores del capitalismo neoliberal que crecen por día?

Cuba tiene una importante base cultural que abarca escuelas sobre los más diversos saberes, entre ellas las costosas dedicadas a la enseñanza artística, la capacidad para un desarrollo científico mostrado en la lucha por la pandemia, un aporte importante en la colaboración con otros países en educación, salud, deportes; países que con los recursos del sistema capitalista no pueden mostrar esos logros, incluso los de economía con mayor pujanza como Chile, Colombia, Brasil, donde las poblaciones se rebelan añorando derechos que las cubanas y los cubanos tienen.

¿Acaso destruir esas conquistas innegables puede ser la base de una Cuba mejor? Y a destruir han llamado los “pacíficos” impíos a quienes no les importó que aumentaran los contagios y ahora responsabilizan a la respuesta de quienes tenían el derecho de defenderse del ataque artero a la tranquilidad de las calles que son de todos los que no las profanen provocando conflictos evitables.

Elementos fundamentales para el incremento de la cultura ciudadana no han alcanzado la
efectividad requerida, aunque la convocatoria para discutir la nueva Constitución fue un ejercicio
democrático de mucho valor participativo. Ilustración: Tomada de la ACN

Cierto es que se han acumulado problemas en las bases de la sociedad que no han sido atendidos como merecen a pesar de las advertencias de las Ciencias Sociales, cuyas investigaciones mostraron los fenómenos de pobreza, marginalismo, condiciones precarias que estaban creando serias fisuras culturales también al establecer desigualdades notorias entre barrios de la periferia de las ciudades, entre provincias que no recibían los beneficios del turismo, sector emergente de la economía en el cual, además, se observaban manifestaciones de discriminación racial.

No se puede negar que elementos fundamentales para el incremento de la cultura ciudadana, como la participación real en la gestión de gobierno desde la base con el delegado de la circunscripción y sus rendiciones de cuenta, no han alcanzado la efectividad requerida aunque la convocatoria para discutir la nueva Constitución fue un ejercicio democrático de mucho valor participativo.

Sin dudas, hay que enmendar muchas cosas, hay que repensar otras y transformar definitivamente perversiones que se han producido al evadir principios como el de que cada cual aporte según su capacidad y sea remunerado según su trabajo o el de la propiedad estatal sobre los fundamentales medios de producción, y que los ciudadanos y ciudadanas puedan poner su creatividad y responsabilidad en los otros sin tantas variaciones sobre lo que se puede o no hacer.

Pero una cosa es criticar, señalar, exigir y exigirnos mayor eficacia en todo y otra negar que a pesar de la mala pasión de Estados Unidos por Cuba se han mantenido las fundamentales conquistas a favor de la mayoría. Y peor, imperdonable, que creadores de la cultura artística abran brechas, no para edificar, sino para darle paso a la anticultura que promueven las fuerzas hegemónicas como demuestra lo que ocurre ahora mismo en cualquier rincón del mundo. Felizmente, por convicción y discernimiento, son muchos los artistas que junto a maestros, trabajadores, campesinos, científicos, obreros, médicos e ingenieros laboran arduo para defender esa cultura afianzada en la soberanía y en la voluntad de trascender los obstáculos propios y ajenos para conseguir el bienestar no alcanzado por los pobres de la Tierra.

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