Un sobrenombre para entrar a la Historia

Norberto Codina
12/3/2021

A la memoria de Sergio Chaple e Ismael Sené, culpables de estas líneas.
 

Cuando a propósito de sus diferentes apodos, El cometa cubano, El charro negro, Mr. White Sox, un periodista le preguntó a Orestes, Minnie, Miñoso que por cuál quería ser recordado, comentó:

Es una cosa hermosa tener tantos apodos de la gente a la que le agradas. ¿Qué otro pelotero tiene tres apodos maravillosos? Mi agente dice, por favor, solamente da un autógrafo como Minnie Miñoso. Pero me encanta el de Mr. White Sox. ¿Cuántos otros peloteros jugaron para un equipo y luego fueron apodados en base a esta organización?

Por coincidencia otro atleta de Chicago mereció el reconocimiento de tener como apelativo el nombre de su equipo, el de los Cachorros, novena que junto a los Medias Blancas conformaba las dos históricas de la Ciudad de los Vientos. Este fue Ernest, Ernie, Banks, el shortstop con más jonrones en las grandes ligas, con la astronómica cifra de 512, todo un estelar como bateador y fildeador. Por esto, y su fiel permanencia en esa nómina, fue llamado Mr. Cub.

Orestes Miñoso, El Cometa Cubano, Mr. White Sox. Fotos: Cortesía del autor
 

El sobrenombre en los atletas es algo que se remonta a los orígenes de las prácticas competitivas. Hay deportes donde más ha proliferado, como el fútbol o el beisbol. Asociados al perfil personal o profesional del deportista, a alguna anécdota coligada al jugador, o a la inventiva de público, colegas y cronistas, con mucho de humor, imaginación, o merecido tributo a sus cualidades y rendimiento atlético, esos alias, apodos, apelativos, a veces solo están mancomunados a una variante o rejuego lingüístico con el nombre original o lugar de procedencia. Otros muchos tributan al ingenio de sus seguidores. Y en el caso de los consagrados esos sobrenombres lo acompañan e identifican por siempre, más que los récords y el testimonio de la época, para entrar a la historia del deporte y reconocerse en la inmortalidad del imaginario popular.

Los comentaristas deportivos han sido por su profesión los más propensos a la inventiva de los apodos, pero a veces se ha debido a personas supuestamente ajenas a la competencia física como un poeta o un académico. Un ejemplo fue Franz Platko, EL oso rubio, portero húngaro que sobresalió no solo en su país, pues igual lo hizo en la liga española en los años veinte y treinta, y ya retirado como entrenador del fútbol chileno. Aparte de destacar por sus cualidades como guardameta, pasó a la posteridad gracias al poeta Rafael Alberti, que le dedicó el poema “Oda a Platko” y que tiene su origen en el primer partido de la final de la Copa de España de 1928 que enfrentó en Santander al FC Barcelona y a la Real Sociedad de San Sebastián. Alberti narró así lo que vivió en aquel partido:

(…) Un partido brutal.(…) Se jugaba un partido de fútbol, pero también el nacionalismo.(…) Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de la Guardia Civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los de la Real Sociedad que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre sus brazos (…) apareció de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. (…)

Posteriormente Alberti escribió los versos que recogen toda esa intensidad y esa atmósfera que tanto le impresionó. Aunque las alusiones del poeta lo comparan con un toro, y en otro momento con un tigre, por su físico sería bautizado como El oso.

José de la Caridad Méndez, El Diamante Negro.
 

Retomando nuestro deporte nacional, quisiera detenerme en aquellas iniciativas que son más ocurrentes y que a veces han trascendido más allá del estadio, repercutiendo en la música y el habla popular. Un caso es el del jardinero derecho matancero Alberto Hernández. Jugó en la liga profesional cubana durante la década del cuarenta, en las ligas negras norteamericanas, y sobresalió en la mexicana. Su solo nombre, por demás corriente, no dice nada al aficionado beisbolero, pero si se menciona como era conocido, Sagüita o La Vaca lechera, ya es otra cosa. El porqué del primer mote lo desconozco, tal vez para singularizar a un atleta con nombre sobradamente común. El segundo es el porqué lo traemos a colación.

La pelota y las manifestaciones artísticas también han rivalizado como espectáculos en la preferencia del “respetable”, y la primera a veces ha tenido que ceder terreno, como cuando a finales de los 30 del pasado siglo, ante la expectación por las aventuras radiales del gran detective chino Chan Li Po, los episodios eran amplificados en el estadio beisbolero para contentar al público. Suceso que se repite años después con otra obra del prolífico Félix B. Caignet, El derecho de nacer, que retrasa el inicio de partidos entre el Habana y el Almendares, algo que parecía imposible. Esa mezcla del acontecer radionovelero y deportivo en la cotidianidad del cubano de a pie se sintetiza en una guaracha de Ñico Saquito —por cierto, otro remoquete de origen beisbolero—[1] que reúne al “malo” de la novela y al pelotero Sagüita Hernández, quien espectacularmente decidiera a favor del Habana un juego del campeonato de 1947 entre estos eternos rivales. Sagüita no era un “out vestido de pelotero”, pero sus críticos de los equipos contrarios no le reconocían virtudes como bateador y lo apodaban, con saña, Vaca Lechera, por su oportunidad “milagrosa” al bate. Para esos detractores era una especie de “otro malo de la radionovela”. Un historiador recogió así años después el acontecimiento:

Concurrió Sagüita entonces al plato. Al primer lanzamiento, su batazo por el left field siguió ganando altura y profundidad y, ante el asombro de todos, superó la cerca… ¡el milagro se realizaba! Fue tal el regocijo del público, derramado por todos los ámbitos del terreno, que el umpire Amado Maestri se vio obligado a reclamar la presencia de las autoridades para que, a empellones, pudieran separar a Hernández de los parciales habanistas y le fuera posible llegar hasta home, donde también le esperaban sus compañeros… Pero Sagüita sumó otras actuaciones desconcertantes. Y, en breve, la calle le bautizó con el mote de La Vaca Lechera, recordando una melodía de moda…[2]

El tal vez más prestigioso comentarista de la época, Eladio Secades, cuando escribió en la revista Bohemia, a raíz de la hazaña del año 47 y otros eventos similares protagonizados por el hijo de Jovellanos, reconoció que aunque él, “no ha sido atleta de gran publicidad, […] en lo que puede considerarse la edad de oro del beisbol criollo […] es como un héroe nacional”.[3]

Adolfo Luque, Papá Montero, El Habana Perfecto.
 

A propósito de Sagüita y los motes beisboleros en la historia del beisbol cubano —que tanto se disfrutan en nuestro ámbito por ser reflejos  de la ingeniosidad  criolla—, debo agradecer la complicidad de los recordados amigos Ismael Sené y Sergio Chaple, lamentablemente ya fallecidos y ambos declarados entusiastas del beisbol desde su temprana niñez hasta el final de sus vidas, el habernos divertido de lo lindo, “recordar es vivir” como sentencia el proverbio, elaborando la relación que ahora comparto.

Bastaría citar la siguiente lista de sobrenombres que ni por asomo es completa —por demás totalmente aleatoria sin orden predeterminado pues la organizamos según nos acordábamos—, pero que sí clasifican entre los más originales y ejemplifican apelativos que identifican a los peloteros y por los que hasta hoy son recordados con una mezcla de admiración y regocijo:

José de la Caridad Méndez, El Diamante Negro; Mosquito Ordeñana; El Canguro Santos Amaro; Quilla Valdés; Natilla Jiménez; Adolfo Luque, Papá Montero; Miguel Ángel González, Pan de flauta; Tarzán Estalella; Cocaína García; Agapito Mayor, Triple Feo; Juan Rodríguez, Huevito; Jorge Pérez, Manteca; Ánguila Bustamante; El Gamo Pagés; Osca Rodríguez, Barriguilla; El Cabito López; El Brujo Rosell; El Diablo Carrillo; Bombín Pedroso; Tango Suárez; El Pájaro Cabrera; Mario González, Popeye; Pollo Rodríguez; El Látigo Gutiérrez; Trompoloco Rodríguez; Choly Naranjo; Witi Quintana; Wuito Alomá; El Médico Medina; Patato Pascual; Ponchón Herrera; Cuso Fernández; Cachano Délis; Cocoliso Torres; Raúl Salivita Sánchez; Rogelio Borrego Álvarez; Sojito Gallardo; Titiriti Cárdenas; Curricán Stable; Pototo Piloto; Chulungo del Monte; José Ramón López, Pinocho; Roberto Musulungo Herrera; Bicho Pedroso; Avellana Cobas; Chiflán Clark; Villa Cabrera; Sirique González; Mamelo García; Charolito Orta; Conrado Pérez, Babalú; Jorge Pérez, Azucena; Batlinsiki Roque; Huesito Rodríguez; El Guineo Zardón; Muin García; El Cartero López; El Jabuco Hidalgo; Patajoraba Jiménez; Pulpita Barseti; La Conga Prado; Mono Tejao Gómez; José Antonio Rodríguez, Frijolito; El Lechón Hernández; Paito Herrera; Rolando Pastor, Viajaca; Raúl Guagüita López; Guanábana Quintana; Güiro Ortega; Eulogio Osorio Paterson, Cara de Vieja; Bulto de Ropa Sánchez; Mantecado Linares; Mermelada Riscart; Ángel Lumumba García; Tingo Arias; Riquimbili Betancourt; El Pichi Capiró; Eduardo Cárdenas, Llovisnita; Pedro Chávez, El Gago; Canillita Díaz; Cachirulo Díaz; Yunier Escobar, El Gambao; Noche Oscura Ferrer; Pocholo Galarrága; José Ángel García, Chincha; El Chivo García; Yasel Gómez, La Espuma; Navaja González; El Queso González; El Congo Guerra; Manuel Giró, Mingueo; Gerardo Iglesias, El Hurón; Candelita Iglesias; Silvio Montejo, Caballo Loco; Víctor Mesa, La Explosión Naranja; Juan Carlos Moreno, El Sopa; Gabriel Pierre, El Samurái; Aleix Ramírez, El Pirineo; Roberto Ramos, El Caña; Roberto Rodríguez, El Chopi; El Bolo Rojas; Bombón Salazar; La Furia Blanca Sánchez; Antonio Scull, El Líquido; El Tacatá Urgélles; Lázaro Vargas, La Hazaña; La Pistola Vega; El Jaquetón Quintana; El Cenizo Rivera; Michel Enríquez, Superdoce; Osmany Urrutia, Macagua 8; Wilmer de Armas, Wilvin; Alexander Rodríguez, Cabilla; El Remolcador Borrero; El Criollo Rodríguez; El Torito Bachelan; Pelencho Menéndez; Yasmany Tomás, El Tanque; El Grillo Arruebarruena; Yuniel Díaz, El Chupi; Michel Abreu, El Tren Escarlata; El Bailarín Castillo; Usmary Guerrra, El Yogui; El Camión Álvarez; Machete Ulacia; La Piedra Hernández; el ampaya Fracisco Belén Pacheco, Carne Frita; el cargabates de Industriales, Estebita o cariñosamente Jorobita; el recogedor de pelotas del estadio de El Cerro, Bicicleta Zulueta, entre otros muchos que harían esta lista interminable.

El origen de algunos de estos sobrenombres como ya lo vimos con Sagüita —el de Adolfo Luque, Papá Montero, por citar un ejemplo—, merecerían un acápite aparte. Seguramente el lector entendido en la materia recordará otros muchos, que sirvan estas líneas para provocarlo me dejará más que satisfecho. Este no es más que un botón de muestra del rico acervo del beisbol, en sus expresiones más diversas, como parte integrante del patrimonio de la cultura nacional.

 

Notas:
 
[1] Benito Antonio Fernández Ortiz, apodado Saquito por sus cualidades como fildeador brillante cuando como aficionado jugaba el campo corto, devenido tiempo después en el nombre artístico que lo inmortalizó.
[2] Jorge S. Figueredo: Beisbol cubano. A un paso de la grandes ligas, 1878-1961. Editorial MacFarland, 2005, p. 250.
[3] Tomado del sitio Ecured, 1 de septiembre 2015