Un verdadero canto a la esperanza

Magaly Cabrales
21/4/2021

Entre las tantas efemérides relevantes que hacen del mes de abril uno de los más gloriosos de nuestro calendario, se encuentra la fundación de los círculos infantiles, en 1961. Su creación, hace exactamente sesenta años, fue una iniciativa de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, materializada por la combatiente de la sierra y el llano y eterna presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas, Vilma Espín Guillot, quien tuvo una participación decisiva en el cumplimiento de este loable empeño, considerado una de las obras más hermosas emprendidas por la Revolución.

“‘Como semillas sembradas con inmenso amor, germinaron en todo el país estas instituciones nuestras,
que no por sus seis décadas de vida han perdido el brío de sus primeros años’, rememora la máster
en Educación Prescolar Olga María Azcuy”. Imágenes: Cortesía de Adriana Pérez

 

A propósito de esta celebración, el Ministerio de Educación, de conjunto con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, la Ciencia y el Deporte, desarrollan en todas las provincias del país diversas actividades, encaminadas a reconocer el trabajo desplegado por los círculos infantiles, que aun en los tiempos más difíciles de la pandemia se mantienen funcionando, bajo estrictas medidas sanitarias, para tranquilidad de la familia cubana.

Precisamente una de estas instituciones que continúa prestando sus servicios es el Círculo Infantil Canto a la esperanza que, por el desempeño de sus educadoras y auxiliares pedagógicas y su cercanía a centros dedicados a estudios científicos, como el Laboratorio de Inmunoensayo y el Centro de Genética y Biotecnología, deviene justamente eso: un verdadero canto a la esperanza y con ella a la vida. Con dos de sus educadoras, representativas de las cientos de miles que en los 800 círculos infantiles existentes en el país han consagrado sus vidas a hacer más cultas y más humanas a varias generaciones de cubanos, conversamos. Sus nombres, Yangel Castillo García y Olga María Azcuy Rivera, directora y subdirectora, respectivamente, del Círculo Infantil Canto a la esperanza.

“Como semillas sembradas con inmenso amor, germinaron en todo el país estas instituciones nuestras, que no por sus seis décadas de vida han perdido el brío de sus primeros años”, rememora la máster en Educación Prescolar Olga María Azcuy.

Para la recién triunfante Revolución era una necesidad impostergable aprovechar el talento y las cualidades de la mujer, y ello solo era posible con su incorporación masiva al proceso de construcción de la nueva sociedad, lo cual trajo consigo la creación de los círculos infantiles, “donde los hijos de las madres trabajadoras quedaban en buenas manos”, aseguran nuestras entrevistadas.

Y sí que eran y aún son buenas esas manos, porque Olguita, como cariñosamente la llaman sus compañeras, por ejemplo, ha dedicado cuarenta y cinco años de su vida a la formación de quienes, a decir de nuestro Apóstol, son la esperanza del mundo. Es graduada de la Escuela de Educadoras desde 1976. Posteriormente cursó estudios superiores en la Universidad, donde hizo la licenciatura, y no satisfecha aún con los conocimientos adquiridos, decidió ampliarlos con una maestría que le permite un mejor desempeño “de esta labor que es realmente hermosa, pero que requiere al mismo tiempo de grandes conocimientos, también de mucha entrega, de mucha consagración y paciencia y, esencialmente, de mucho, mucho amor. En nuestras manos está la formación de esos niños a quienes, entre otros valores, debemos inculcar el camino martiano de creer firmemente en la virtud, porque serán ellos los que en el futuro construirán nuestra nación”.

Aunque durante 33 años Azcuy Rivera se ha desempeñado como directora en círculos infantiles, por razones de salud es actualmente la subdirectora de Canto a la esperanza, institución inaugurada el 5 de noviembre de 1992. Sus inicios, con veinte años de edad, fueron en el Círculo Infantil El trencito mágico, radicado también en el municipio Playa. “He dedicado, subraya, la mayor parte de mi vida a trabajar con los niños y ya no podría vivir alejada de ellos. Disfruto grandemente esta labor, porque esos pequeños son las personitas más sinceras que conozco. Te dan su cariño sin ningún tipo de hipocresía, sin pedir nada a cambio”.

Criterio que comparte Yangel Castillo García, quien es fundadora de Canto a la esperanza y su directora desde hace dos años. “Comencé en este centro como auxiliar pedagógica y más tarde me desempeñé como educadora de Computación”. Como Olguita, es licenciada en Educación Prescolar y “este año termino mi maestría”. Seguidamente refiere que, aunque parezca increíble, “nosotras aprendemos mucho de los niños. Aprendemos de su sinceridad, de su constante alegría, de su espontaneidad y vivacidad.

“Nuestras instituciones son el primer eslabón de la enseñanza en Cuba, y la labor que realizamos las educadoras en ellas debe constituir un motivo de orgullo, de satisfacción, porque nos corresponde a nosotras desarrollar en los niños habilidades y enseñanzas, prepararlos para la vida desde las edades más tempranas, desde que empiezan a dar sus primeros pasos”.

Magia y alegría rodean a los más de 36 000 niños que en todo el país, en condiciones normales, asisten a estas instituciones donde se sienten seguros, a salvo, porque los círculos infantiles son esos sitios en los que aprenden a soñar y a cumplir sus sueños; son, en definitiva, ese pedacito de sus vidas que llevarán siempre guardado con especial cariño. De ello se encargan educadoras como Olguita y Yangel quienes, por su destacada labor, han sido merecedoras de varios reconocimientos, entre los que figuran las medallas Félix Varela, Rafael María de Mendive y Pepito Tey, conferidas por el Ministerio de Educación.

Igualmente han sido galardonadas por el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación, la Ciencia y el Deporte, organización que las premiara recientemente por su contribución al desarrollo de la educación en Cuba.

De la misma manera nos comentan, con bien justificado orgullo, los reconocimientos que acreditan la participación de ambas en eventos de prestigio internacional, como los congresos de Pedagogía que, auspiciados por el Ministerio de Educación, les han permitido dar a conocer sus mejores experiencias en materia educativa, al tiempo que se han nutrido de los avances de la enseñanza en Cuba y en otras regiones del mundo.

“‘(…) educo ahora a mis nietos. Sí, son mis nietos, porque son los hijos de aquellos niños y niñas que,
convertidos hoy en científicos, médicos, agricultores, abogados, ingenieros, en fin, en hombres y mujeres de bien,
llevan en su formación las huellas del amor que les brindó esta humilde educadora’”.

 

Finalmente, Olga María Azcuy enfatiza en la satisfacción que experimenta cuando “educo ahora a mis nietos. Sí, son mis nietos, porque son los hijos de aquellos niños y niñas que, convertidos hoy en científicos, médicos, agricultores, abogados, ingenieros, en fin, en hombres y mujeres de bien, llevan en su formación las huellas del amor que les brindó esta humilde educadora. Y, por si fuera poco, aseguro que no me retiraré por el momento de esta labor que tantas enseñanzas y alegrías me ha traído. Física y mentalmente me siento bien. Y con el mismo entusiasmo de aquel primer día, cuando comencé a trabajar como educadora, voy a recibir a mis bisnietos, sostenida como siempre por el empeño de hacer del nuestro un mejor país desde sus propios cimientos”.