Decía Ortiz: “Cuando la patria se pierde para nuestros hijos, y agoniza clavada por la infamia de los padres, es crimen dejarla sola, abandonándonos al comodón, perezoso y timorato silencio de los que creen que ya han cumplido sus deberes si han lavado sus manos en el agua de Pilatos, o, peor aún, al desenfreno de los que rasgan las patrias vestiduras para repartirlas en botín de oprobio, mientras se grita ¡Viva Cuba libre!”[1]

Ha sido la patria el mayor desvelo de uno de sus hijos, quien no ceja en el duro batallar ante la más mínima flaqueza que pudiese socavar su gloria. La patria contempla orgullosa a Eduardo Torres-Cuevas, ese que no tiene que escuchar el clarín para saber cómo y cuándo arremeter a través de su voraz pensamiento con quien intente apoderarse de la que ha sido su fe de vida: Cuba.

“Ha dedicado 47 años a imprimir en las ciencias sociales el espíritu de una nación a partir de la cubanidad que habita en él”. Foto: Juan Pablo Carreras/Agencia Cubana de Noticias

Este 4 de septiembre Eduardo Torres-Cuevas arriba a su cumpleaños 80. De ellos, ha dedicado 47 años[2] a imprimir en las ciencias sociales el espíritu de una nación a partir de la cubanidad que habita en él; tema sobre el que una y otra vez recurre en sus investigaciones como continuador de la obra de Fernando Ortiz. La búsqueda constante de explicaciones sobre los significados y significantes que se pueden derivar de definiciones como la de ser cubano, la de cubanidad, la de ajiaco u otra de sentido patrio, enlazan su copiosa obra.

Para entender sus aristas de análisis, su punto de vista sartreano, también hay que partir de su historia de vida. Nace en el centro de La Habana antigua, porque detesta decirle vieja, aunque gran parte de su familia radicaba en Cienfuegos. En la perla sureña, su madre, entre otras materias, llevó a cabo los estudios de piano en la Academia Jiménez, incorporada al Conservatorio Orbón de La Habana. Mujer culta que forjó en su hijo Eduardo un exquisito gusto por el arte y, de manera especial, por la música. De ahí que Torres-Cuevas posea una cultura musical como pocos. Es capaz de disertar sobre una pieza clásica de Bach o tararear las letras de su agrupación favorita, la Orquesta Aragón, de la cual domina todo su repertorio de más de 400 piezas. Se conjugaba en él la herencia maternal con una época musical que marcó su sensibilidad y su espiritualidad. Torres-Cuevas puede con absoluto criterio musical establecer comparaciones de formatos, de características vocales específicas entre un cantante y otro, o de analizar pequeñas individualidades que diferencian a una orquesta.

Su padre, piloto de profesión, a quien perdió en su niñez, le inculcó la intrepidez de la vida. Torres-Cuevas parece que camina siempre por una cuerda floja en la que los límites del peligro[3] pueden hacerlo, contradictoriamente, aún más fuerte. Por su parte, su tío Eduardo Torres Morales, pedagogo y periodista, se destacaba desde las primeras décadas del siglo XX por sus profundas valoraciones sobre la cultura y la educación de Cienfuegos, las cuales se plasmaban en sus columnas habituales,“Del ambiente escolar” y “Comentarios” del periódico La Correspondencia. Fue en ese ambiente de lecturas, música, creación y osadías que se forjó un espíritu inquietante de saberes que marcaron la personalidad de Eduardo.

“No se trataba de una discusión sobre hechos, acontecimientos o figuras, sino de debatir en torno a los métodos y las concepciones de hacer historia”.

La escuela fue determinante en su futura profesión; de ahí nació, entre otros aprendizajes, su amor por Martí. Sin embargo, fue el Instituto de la Víbora —con profesores como Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo— la base de su gestación intelectual. Allí debuta con artículos como “Cochise”, “La conquista de Méjico” y “Acróstico”. A partir de entonces nace su interés por entender los procesos sociales, explicarlos desde la coherencia y conectarlos con el universo desprovisto. No se trataba de una discusión sobre hechos, acontecimientos o figuras, sino de debatir en torno a los métodos y las concepciones de hacer historia.

Como razón imperante, el hecho cultural que más marcó su formación fue la Revolución Cubana. Este acontecimiento implicó el replanteamiento y el reanálisis de toda la realidad cubana. El cambio, la riqueza de ideas y la diversidad revelaron un escenario que lo indujo por el camino de la historia.

Al llegar a la Universidad de La Habana, en la que cursó la carrera de Historia, experimenta un ambiente histórico-cultural para él privilegiado. La Escuela de Historia aún estaba en formación, caracterizada por un mundo de discusión histórica donde las distintas tendencias o visiones eran bastante polémicas, según afirma Torres-Cuevas.[4] Por lo que la historia para este intelectual consiste en ir más allá del análisis de datos; es ser capaz de entender los procesos sociales y de explicarlos desde las relaciones, los vínculos. Ello solo puede lograrse mediante la profundización de métodos, de conceptos y de teorías.

Torres-Cuevas comparte el privilegio de haber contado con una  generación de hombres brillantes como Manuel Moreno, Juan Pérez de la Riva, Julio Le Riverend, la escuela de Langlois y Seignobos y la polémica marxista como referentes indispensables en los nuevos análisis para entender la historia, cómo hacerla y cómo trasmitirla. Complementa su formación con los estudios de Filosofía como segunda carrera.

Luego de graduado, en 1969 inicia su labor como profesor del departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Allí encontró ese núcleo necesario de articulación teórica para escalar hacia la complejidad de la historia. El estudio del pensamiento teológico-filosófico y su presencia en las raíces de las civilizaciones cristianas occidentales hicieron que se dedicara a la historia de las ideas en Cuba, como es el caso del pensamiento de Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y el Obispo Espada.

En busca de la cubanidad, publicada entre los años 2006 y 2016, es la máxima expresión de sus investigaciones”. Imagen: Internet

La extensa obra historiográfica de este intelectual, que arriba a 211 textos,[5] no solo destaca por el estudio de las prominentes figuras del pensamiento cubano anteriormente mencionadas, sino por desentrañar los procesos históricos que devinieron creación de la nacionalidad y la nación cubanas. Su obra en tres tomos En busca de la cubanidad, publicada entre los años 2006 y 2016, es la máxima expresión de sus investigaciones. Estudio que testifica ese proceso de formación del ser cubano, el cual declara haber sido lento, complejo, intrincado y contradictorio. Su primer tomo, La búsqueda de las raíces, comprende el proceso de conquista y colonización europea en América y revela sus múltiples y degradantes legados. Analiza además la entrada y consolidación de la iglesia católica en Cuba y aquellas condicionantes que la llevaron a convertirse en una institución criolla en el siglo XVIII. Pero su alcance mayor está expresado en la figura del Obispo Espada, quien, marcado por ese complejo contexto, se convertirá en la base de formación del criollo.

Su segundo tomo consolida el estudio de la vida, obra y legado del Padre Varela e incorpora también a figuras como José Antonio Saco, considerado el padre de la sociología cubana y el más importante historiador de la esclavitud moderna en América.

El tercero toca temas tan profundos como la raza, la religión y su alcance en la formación del pensamiento; así lo refleja el ensayo “Cuba, el sueño de lo posible”, estudio que analiza la religiosidad en el criollo y explora temas poco conocidos en relación con la Virgen de la Asunción y la Virgen del Cobre. Por otra parte, la trilogía que establece entre los orígenes, la maduración y la consolidación del ser cubano evidencia la forja del amor por la patria madre.

Sus estudios le han permitido identificar cómo el debate de la cubanidad alcanza el escenario político. Para ello incorpora en su análisis a figuras como Grau y su audaz utilización del término “el partido de la cubanidad” como instrumento de la demagogia política, consciente del valor que comprendía; y llega a Marx, pero no solo a Marx, sino a ese complejo teórico, ideológico y político marxista. “Se trata de un país que sí tiene instinto político, vivencia política, porque tiene una cultura de país. Fueron los principios morales, sociales y políticos, latentes en la juventud, los que dieron vida al nuevo proceso revolucionario”.[6]

“Sin memoria no hay análisis del presente ni proyección del futuro”.

Eduardo Torres-Cuevas ha mostrado una solidez en sus investigaciones como pocos. El hecho de tener a Cuba como misión de vida indisoluble a su ser ha llevado a este intelectual a la más profunda entrega. La evolución conceptual que se evidencia en su obra hace que su maduración teórico-metodológica trascienda a ámbitos internacionales como referente. Su concepción de la historia como cultura, sumada a la interpretación de los orígenes del pensamiento cubano, como totalidad y a la vez como individualidad cubana, ha recorrido las más variadas aristas de sus estudios: ahí va su esencia. Su voraz pasión por la defensa de la historia patria ha quedado plasmada en el siguiente planteamiento: “Sin memoria no hay análisis del presente ni proyección del futuro”. Ese es su mayor desvelo: “He amado la cultura y las ciencias, así de simple, pero ese amor desata la pasión que lleva a la entrega sin límites, sin horas; mis momentos de exaltación siempre se relacionan con ese instante en que cesa la angustia sartreana, porque se ha llegado a cumplir la obra creadora de ese momento”.[7] Así vive a su patria, la que se trasluce a partir de una cubanidad que, ante todo, es muy bien pensada. Torres-Cuevas ha cumplido su obra porque nos ha labrado el camino; su conducción ha sido la más certera, la que a su manera ha enaltecido desde cualquier frente. Su arma: su pasión de lucha.


Notas:

[1] Fernando Ortiz: “La decadencia cubana”. Conferencia pronunciada en la Sociedad Económica Amigos del País, 23 de febrero de 1924, en Órbita de Fernando Ortiz, selección y prólogo de Julio Le Riverend, p. 72.

[2] Si se tiene en cuenta su primera obra publicada, Antología del pensamiento medieval, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

[3] Peligro por ser un hombre agudo y certero. Entre los cubanos se diría, de tremendo parangón.

[4] Julio César Guanche y Ailyn Torres Santana: Por la izquierda, tomo IV. Catorce testimonios a contracorriente. “Entrevista a Eduardo Torres-Cuevas por Félix Julio Alfonso López.  La Cuba soñada y la Cuba pensada”, Ediciones ICAIC, 2015, p. 206.

[5] Díganse trabajos preacadémicos; libros publicados como autor, colaborador de artículos, editor y coordinador de selecciones; notas a su cargo; publicaciones digitales; libros en los que ha realizado prólogos e introducciones; obras colectivas nacionales y extranjeras; folletos; artículos en revistas especializadas;  artículos de divulgación, y entrevistas en periódicos y revistas.

[6] “Nación, república, revolución y socialismo: bricolaje de historia de Cuba”, La Tizza, Entrevista concedida al Dr. C. Eduardo Torres-Cuevas. Cubaperiodistas, 2021,  p. 4.

[7] Eduardo Torres-Cuevas: “Más que repetir lo que dijo Martí, hay que escucharlo”,  Portal José Martí, 2020,  p. 2.

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