La semana pasada un amigo me dijo: Oye, no dejes de mirar la directa de Ian Padrón con un cubano residente en Francia. Total, que me dio por verla: algo que normalmente no suelo hacer, sobre todo porque no me gustan esos debates de sordos donde ambos terminan gritando y hablando a la vez. Pero no fue el caso. Su contrincante, un cubano residente en Francia llamado Elier Fernández, no solo mostraba una paciencia envidiable, sino que, además, todo el tiempo la polémica resultó muy simpática.

Por ejemplo, cada vez que Elier hacía una pregunta incómoda, a Ian se le iba la conexión y no escuchaba lo que le estaban diciendo. No estoy hablando de algo que resultara eventual, o por solo un instante, sino que le sucedía siempre y por varios minutos. Figúrense, yo, con mi pobre Nauta hogar de apenas 128 kb/s, nunca perdí la conexión, mientras que Ian Padrón, desde el país más poderoso del mundo: ese que nos muestra a Silicon Valley como el Dorado universal de la tecnología, nunca podía responder si estaba en contra del bloqueo, o sobre la labor realizada por Cuba frente a la pandemia, porque siempre perdía la conexión.

Al parecer su método era el mismo de Yunior García, Tania Bruguera y otros que, cuando están en aprietos —obligados a pronunciarse sobre temas incómodos— justifican su silencio con el supuesto bloqueo de Etecsa. ¿Será que la Seguridad del Estado cubana tiene agentes infiltrados en las compañías proveedoras de Internet de los Estados Unidos? ¿Por casualidad el gobierno cubano ha inventado un método para tumbar datos a distancia ante la amenaza de Biden de proveer Internet gratis a la Isla? ¿Serían los hackers rusos o los Anonymous?

Elier le había enviado una carta a Ian, reprochándole que hubiese presentado a Elpidio Valdés con la voz del traidor Mediacara, lo que unido a la pregunta y un comentario de lo que hubiera dicho su padre, Juan Padrón, sobre semejante ultraje a un símbolo perteneciente a todos los cubanos, dio paso a una victimización en toda regla.

Elpidio Valdés, de Juan Padrón. Foto: Tomada de Cubasí

Ya sabemos que, en Lógica, el victimismo es una falacia con la que se busca desprestigiar de una forma demagógica la argumentación del adversario denotándola como impuesta o autoritaria. De este modo, Ian no solo usaba el reiterado ardid de la desconexión para evitar el varapalo que estaba recibiendo, sino que los intercalaba con poses de tipo ofendido. Con paciencia de monje, sin embargo, Elier lo dejaba quejarse a gusto, y luego, en compasivo susurro —como haría el padre con un hijo— le decía: No es bueno ser tan débil, y seguía argumentándole.

No hubo truco amateur que Ian no ensayara, sin que, en modo alguno, pudiera sacar de balance a su rival: intentos de sarcasmos que se quedaban tiesos por falta de ingenio: lo cual es como pretender el encendido de un motor sin combustible. Comportamiento arrogante, pues a cada rato trataba de censurarlo diciéndole que quedaría en la historia por su forma ridícula: una obvia tentativa de acomplejarlo que, sin embargo, siempre era refutada con una sutil mirada irónica.

“Y para demostrarles que jamás podrán derrotar a la Revolución cubana, porque no tienen pueblo que los acompañe”.

Por supuesto, no podía faltar la afirmación de que Elier era un agente provocador de la seguridad cubana, lo cual, desde luego, era algo que a Ian no le parecía importante demostrar con alguna evidencia. Según estudios, semejantes temores infundados, unidos a la reiterada conducta victimista, pudieran indicar algún grado de trastorno paranoide. Pero no fueron esos los únicos méritos para merecer un turno en el diván: en alguna oportunidad también mostró sufrir alucinaciones. De pronto le vociferó a su rival: ¡No me grites! Y lo curioso, o sumamente simpático, era que en ese momento Elier estaba callado. Al parecer los argumentos sonaban como un martillo neumático dentro del cerebro.

Cuando no pudo parar el empuje de su oponente, acudió entonces a la ayuda de sus seguidores. No sé si sería el nerviosismo, pero los dos primeros sugirieron a Ian que le preguntara lo mismo: Por qué vivía en Francia y no en Cuba. Este tipo de razonamiento capcioso es típico entre muchos opositores que viven en el extranjero. Con ello se busca desmoralizar al contrario insinuando que es un malagradecido, pues gracias al capitalismo se está ahorrando las penurias de la Isla.

Esto, sin embargo, tiene dos puntos en contra, y de los que no parecen darse cuenta. Uno: igual se le puede responder con un par de preguntas: Si tú eres tan gran luchador contra la tiranía, ¿qué haces entonces en la comodidad de un país extranjero y no peleando en las calles de Cuba? ¿Por qué no alquilas un yate, reúnes 81 hombres y desembarcas por Playa de las Coloradas? Y dos: de esta forma tan solo muestran el reducido espesor conceptual que los acompaña, en tanto perciben en modo caricatura lo que es un fenómeno sumamente complejo. De entrada, las personas están emigrando desde los orígenes de la humanidad, y las razones por las que se emigra son tan diversas que resulta ridículo pretender que solo sea por motivos políticos.

Finalmente, Ian Padrón le preguntó la razón por la cual había querido debatir con él: Para bajarlos de su nube, respondió Elier con total tranquilidad. Y para demostrarles que jamás podrán derrotar a la Revolución cubana, porque no tienen pueblo que los acompañe.

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