Una intensa semana y un acontecimiento único…


27/8/2019

Vivimos en tal marea de acontecimientos, emociones, preguntas, discusiones, consumos e intercambios culturales de todo tipo que es difícil extraer uno de ellos del conjunto y asegurar entonces que ha sido el principal. En mi humilde caso, tres noches de la semana las tenemos garantizadas con una buena ronda de opinión acerca de las inquietudes que nos deja, en cada emisión, la telenovela cubana que todos los de casa compartimos. Las ocasiones que utilizo en hablar del juego de pelota con mi hijo Kenneth, leal a los Industriales y fanático de las estadísticas, son aún más numerosas. Además de esto, estuve presente en la presentación del libro sobre Benny Moré, y asistí a varias de las sesiones teóricas del XV Simposio Internacional y Jornada de Hip Hop Cubano, dedicado esta vez a la presencia de la mujer en la Cultura Hip Hop y al 500 aniversario de la fundación de La Habana. En esta última ocasión estuve en el panel de presentación del número 12 de Movimiento, la Revista del Hip Hop Cubano. Si a esto agrego el tremendo rato de buen cine que, gracias al programa televisivo Espectador Crítico que conduce la colega Magda Resik, pasé la noche del sábado con la exhibición de la excelente, dura y amarga película rusa Sin amor, es bastante para una semana encrespada. Y ni siquiera menciono las muchas páginas que a diario leo sobre el humor y sus problemas, como parte del libro que me empeñado en escribir sobre este universo humano.

Cualquiera de estos temas pudiera estimular conversación y merece elogio. La telenovela habla de nuestras vidas. La pelota, junto con el justo calificativo de deporte nacional, no vive su mejor momento. La presentación del libro Benny Moré: El símbolo de la música cubana, del escritor Rafael Lam, fue un tremendo acontecimiento popular que reunió centenares de personas. El humor, en su desnudez más esencial, es un discurso sobre nuestros sueños y debilidades, una opinión crítica a propósito de la virtud. El XV Simposio Internacional y Jornada de Hip Hop Cubano, con mucha menor cantidad de público o alcance que cualquiera de los anteriores eventos, fue, sin embargo, el escenario de uno de los momentos más hermosos de diálogo cultural que me sea dado recordar: el intercambio entre baile callejero y ballet protagonizado por Aurora Bosch, una de las cuatro joyas del Ballet Nacional de Cuba y Miguel Ángel Abreu Larrondo (Miguelito La Peste), iniciador del breakdance entre nosotros y popularmente reconocido como el mejor de nuestros bailarines y coreógrafos de esta modalidad de baile. 

Aurora Bosch, una de las cuatro joyas del Ballet Nacional de Cuba y 
Miguel Ángel Abreu Larrondo (Miguelito La Peste).  Fotos: Roberto Lázaro Cruz del Oso

 

En el aspecto individual, lamenté perderme los conciertos nocturnos, en particular la siempre esperada “batalla de gallos” que pone a prueba a los intérpretes del género en un amplio abanico de cualidades que incluyen tanto la potencia como el estilo, la calidad de los textos como la capacidad para improvisar, entre otras. En sentido general, añoré la escasa presencia de jóvenes investigadores, estudiantes universitarios e intelectuales que –con el saber acumulado de las ciencias sociales contemporáneas- expusieran trabajos que analicen las producciones del hip hop cubano con herramientas de la teoría feminista, estudios de género, estudios sobre masculinidades, estudios sobre raza, estudios institucionales, musicológicos, de la ideología, etc. En un tercer escalón, fue una pena la ausencia de directivos de la cultura, la UNEAC, las AHS, profesores del ISA, la UH, el MINED, entre otras figuras para quienes lo que en estos días se discutió y sucedió hubiese sido importante. Más de dos décadas de presencia entre nosotros de la cultura hip hop y quince años de encuentros para analizarla, con el instrumental específico del pensamiento teórico-crítico, son una contribución enorme y un verdadero archivo cultural que espera a ser utilizado en nuestras instituciones de enseñanza y en nuestros centros de investigación. 

Un género musical es, en su punto mínimo, una contribución sonora a la cultura de un territorio o país, en lo más básico a través de elementos de melodía y ritmo. Igual es evidente que, si se trata de música bailable, entonces corresponde agregar lo que se refiere a los modos de ejecutar movimientos y desplazamientos del cuerpo en sintonía con la música y en una cantidad de espacio determinada. Pero cuando se trata del hip hop también son de importancia crucial la comunicación mediante la ropa que se viste, el modo de peinar el cabello, el lenguaje de la comunicación inter-grupal entre los practicantes-seguidores del género y ese elemento especial de la visualidad y el lenguaje que es el graffiti.

Participantes en el XV Simposio Internacional y Jornada de Hip Hop Cubano.
 

La suma de las producciones musicales nacionales propias del género, más la cantidad de hechos de cultura que orbitan a su alrededor o lo intersectan, es suficiente para entender el sentido y la necesidad del presente llamado a su atención y estudio. Donde alguna vez existió una hegemonía del decir, cuyo exponente principal fueron los integrantes del Movimiento de la Nueva Trova, o un gusto predominante por el baile nacional, con el consiguiente lugar central de los intérpretes del son cubano, los paisajes del presente destacan por la diversificación. Son/timba, rock, trova renovada, hip hop, reggaetón y la siempre deseable canción se reparten la mayor parte de los oyentes y/o bailadores del país. Cuando los pensamos desde la óptica de la teoría y la crítica (del texto, de la música, de la actuación, de la institución, de los artistas, de la circulación de las obras, de las audiencias que las consumen, sus edades, sus géneros, su raza, su localización geográfica, sus grados de instrucción, etc.) cada uno de ellos tiene cosas que decir para entender lo que somos como Nación, nuestros sueños, esperanzas y dificultades, nuestro pasado y nuestro futuro.

Hace dos años pasé una larga temporada como becario del Hutchins Center for Afroamerican Studies de la Universidad de Harvard y allí tuve como colega de investigación a la Dra. Bettina Hope, quien ha desarrollado un método para emplear el hip-hop como herramienta de enseñanza en comunidades pobres de su país, los Estados Unidos. La raíz del proyecto es la construcción simultánea y continua, por parte de maestros y estudiantes, de un aparato conceptual que pone en primer plano una idea del hip-hop que lo considera un hecho social transformador de la vida en esas comunidades, abierto a la auto-afirmación de la identidad, a formas de solidaridad trans-racial y a la apropiación y desarrollo de hábitos y habilidades imprescindibles para que las personas estén en condiciones de aprovechar los beneficios que ofrece la educación. En la formidable exposición que la Dra. B. Love hizo de su trabajo de investigación, explicó de qué modo el break-dancing, al poder ser “explicado” en términos de Matemática y Física (velocidad, fuerza, duración, intensidad, distancia, secuencialidad, ángulo, impacto, etc.), es útil para invertir el proceso y servir de herramienta para que el maestro pueda explicar estas ciencias en el aula.

Acabo de anotar que, en manos de un buen maestro, una canción y una manera de bailar demuestran ser muchísimo más que lo que pudiera indicar sus apariencias humildes. El proceso, narrado por esa leyenda del break-dancing cubano que es Miguel Ángel Abreu Larrondo (Miguelito La Peste) resultó el punto más alto del XV Simposio Internacional y Jornada de Hip Hop Cubano; un momento conmovedor y una lección inolvidable respecto a la fuerza de la cultura como herramienta de transformación social y del objeto cultural para expresar lo más auténtico del Yo. Escuchar en voz de Miguelito, negro y pobre, como fue que, con un radio prestado y escuchando la emisora Radio Reloj, logró reconstruir los pasos de baile que acompañaban a la célebre pieza musical Rockit, de Herbie Hancock, cuyo video sólo una vez había sido exhibido en la televisión cubana, es un canto a la inteligencia y a la capacidad humana de superar obstáculos. Cuando el bailarín explicó la manera en la que acompasaba sus movimientos al tic tac que acompaña las noticias y cómo, los movimientos cortos cambiaban a otro rápido y largo cuando el monótono tic tac era interrumpido por el rápido llamado de atención típico de la emisora que, en tono agudo, dura par de segundos y “corta” la secuencia, nos enfrentó a un acto de análisis y pensamiento tan profundo como la solución de una compleja ecuación matemática.

Si el haber descubierto que era posible “bailar” con Radio Reloj es un acto de pensamiento bello, un ejemplo de complejidad conceptual enorme, una muestra de lo que consigue hacer la filosofía de la Educación Popular (¡y él lo relata entre risas porque en su interior palpita el muchacho que se propuso hacer algo distinto para ganar a los bailarines contra los cuales competía!), el complemento de la inteligencia radica en el compromiso del bailarín con el arte que practica, ese que lo hace manifestar alegría y orgullo por todos aquellos a quienes, enseñándolos a bailar, les ha exigido aprobar en la escuela o los ha alejado de malas prácticas. El baile, para Miguel, es un momento en el que mostramos lo mejor de lo que somos, una ocasión de mostrar respeto a quienes nos precedieron y de expresar amor a los demás; allí confluyen y se funden inteligencia y pasión, convicciones y pureza interior. Creador de un método de enseñanza, que hoy aplica a niños, es de desear que tanto conocimiento y entrega alguna vez se traduzcan en un libro que pueda ser útil en lugares de nuestro país o quién sabe si en sitios que hoy ni siquiera podemos soñar.

Encuentro entre el bailarín callejero y la famosa bailarina clásica.
 

El encuentro entre el bailarín callejero y la famosa bailarina clásica fue un momento de intercambio cultural como pocos. La gracia, curiosidad, sabiduría y calor humano de Aurora llenó la atmósfera del pequeño grupo (¡oh, lástima!) que la oímos contar sus inicios como bailarina, expresar el elogio a sus maestros, entusiasmarnos con sus descripciones de Fernando y Alberto Alonso, conectar con su emoción cuando recuerda que –en uno de los viajes del Ballet Nacional de Cuba- tuvo el privilegio de bailar en el lejano VietNam cuando el país enfrentaba la agresión imperialista estadounidense. Al final, quedó la promesa de otro encuentro futuro donde se hagan más hondos el diálogo y la colaboración. Mientras veía al bailarín callejero y a la gran bailarina clásica, sentados frente a la audiencia, conversando y riendo, pensé en una hermosa idea defendida por la dramaturga, actriz e investigadora Eisa Davis, en el ensayo “Found in Translation. The Emergence of Hip-Hop Theatre” (aparecido en la recopilación Total chaos: the art and aesthetics of hip-hop, compilada por Jeff Chang. New York: Basic Civitas, 2006)

“En sólo veinticinco años ya tenemos una estética del hip-hop clásico. Igual a como la técnica del ballet resultó codificada al paso de los años, así mismo el hip-hop ha desarrollado un vocabulario estable para la música, el baile, las letras y el arte visual que puede ser enseñado y usado para contar la historia de cualquiera.”

Es una frase fuerte, productiva, hecha para recibir y brindar influencias. Es una llave. Ahora falta abrir las numerosas puertas adonde conduce.

Nota:
Agradecimientos a: Alejandro Zamora Montes, Rubén Marín Maning, Malcoms Junco Duffay, Balesy Rivero Nordet y Alexander Azcuy Herrera.