Europa es una de las regiones que a lo largo de la historia ha logrado un gran desarrollo de artesanías y oficios, que eventualmente derivaron en varias de las expresiones artísticas que hoy conocemos. La tapicería, el mobiliario, la orfebrería, la pintura y la escultura alcanzaron, a lo largo de los siglos, elevados niveles técnicos. En cambio, el desarrollo cerámico no estuvo a la misma altura. Algunos avances, como el esmalte dorado de influencia árabe en el sur de España o la Mayólica italiana, permitieron impregnar a la cerámica del continente de cierta policromía y resplandor. Pero, aun así, esta distaba mucho de la exquisita calidad que presenta la porcelana china, la cual posee un cuerpo ligero, fino, eminentemente blanco, de gran resistencia a la fricción, de notable dureza, baja porosidad y, por lo tanto, poca absorbencia. Las propiedades químicas de los elementos que componen la porcelana le permiten moldear la pasta cerámica en infinidades de formas y, a pesar de ello, lograr un cuerpo verdaderamente fino. Los esmaltes que se aplican a la porcelana son tanto de alta como de baja temperatura, permitiendo los primeros lograr una homogeneidad y recubrimiento cristalino en la superficie; en cambio, los esmaltes de baja temperatura ofrecen una exquisita diversidad cromática, la cual convierte a los objetos cerámicos en un deleite visual.

En el diseño de la vajilla se aprecia a una mujer de apariencia noble que pasea junto a una sirvienta, quien la protege con un parasol.

La porcelana china que llegaba a Europa durante los siglos XVI y XVII mostraba ambientes, personajes, paisajes y animales de una región desconocida para los del Viejo Continente. En una época donde la ensoñación y los relatos fantásticos de tierras lejanas contados por marinos y aventureros despertaban cuanto menos furor, la porcelana, ya fuese por lo inaudito (o desconocido) de su material o por ser soporte de una obra pictórica cargada de exotismo, llegó a ser considerada como “oro blanco” al punto que los fragmentos derivados de la ruptura de una pieza solían tener valor de cambio.

Las cortes se disputaban los escasos cargamentos que llegaban a puerto europeo, las grandes sumas que se pagaban por las piezas que arribaban desde China fueron medulares en la aparición y desarrollo de las Compañías de las Indias Orientales que no pocos países del Viejo Continente crearon para el comercio con Asia. Primero, las grandes figuras de la realeza disfrutaron de los privilegios de poder acceder a importantes volúmenes de porcelanas chinas. Varios fueron los palacios que comenzaron a decorar salones enteros con cientos, miles de piezas de porcelanas orientales en las paredes e incluso techos. Lo asiático devino en un desenfreno total, su impacto en el arte europeo durante los períodos de Luis XIV y Luis XV llegó a niveles inusitados. Los ebanistas franceses, británicos e italianos diseñaban sus obras con elementos asiáticos; la cerámica, la jardinería, la arquitectura, el vestuario, la decoración de interiores y la tapicería también recibieron importantes influjos de lo que eventualmente la historia del arte clasificaría como Chinoiserie o aquello de influencia china diseñado y producido en Europa.

La vajilla está compuesta por 361 piezas divididas en unas 28 tipologías: bandejas, fuentes,
platos llanos y hondos, así como soperas. Foto: Sopera/ Tomada de El Periódico Cubarte

Hacia finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII Holanda era uno de los países que dominaba el mercado con el Lejano Oriente. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (en neerlandés: Vereenigde Ostindische Compagnie o V.O.C) contrató al reconocido pintor retratista y grabador holandés Cornelis Pronk (1691-1759) con el propósito de que realizara un diseño para una vajilla que sería producida en China por encargo de la propia compañía. En 1734, Pronk entregó el boceto que hoy conocemos como La dama del parasol a la compañía holandesa. Se trata de un diseño en el que se aprecia a una mujer de apariencia noble o acomodada, que pasea por el prado junto a una sirvienta quien la protege con un parasol, mientras la dama le da de comer a unas aves acuáticas.

El diseño original del artista concibe emplear esmaltes de alta temperatura, como el azul cobalto; esmaltes de baja temperatura, como el rojo hierro; e incluso esmalte de oro, el cual se cuece a una temperatura aún más baja. El proceso de cocción de la pieza implica la aplicación del esmalte azul primero que todos los demás y una cocción en torno a los 1300 grados centígrados. Luego, aquellas piezas que salían exitosas de la quema, se esmaltaban con óxido de hierro el cual mezclado con aceite de linaza daba lugar al color rojo, una vez concluido este proceso se cocían las piezas en una mufla a unos 800 grados. Por último, se aplicaba el esmalte de oro que se cuece por debajo de los 600 grados. Finalmente, luego de tres cocciones, el número de piezas resultantes pasaban por el escrutinio de expertos ceramistas, quienes desestimaban las defectuosas para solo dejar aquellas de buena calidad.

Durante mucho tiempo esta vajilla ha sido catalogada erróneamente como porcelana china con influencia japonesa (Imari). La combinación de esmaltes que presenta la vajilla es una práctica llevada a cabo en la producción de porcelana en la ciudad de Jingdezhen desde la dinastía Ming (1368-1644). La porcelana japonesa producida en la ciudad de Arita y exportada al mundo por el puerto de Imari, recibe grandes influencias de la porcelana china, sobre todo, desde el período del emperador Jiajing (1522-1566). En Japón son denominadas como Kinrande aquellas piezas con esmaltes similares a los de La dama del parasol. En cambio, en China, son catalogadas a partir de una descripción muy detallada de su decoración “esmalte azul, rojo y trazos de oro” (清华矾红描金).

“La mayoría de los museos en otros países exhiben algún que otro ejemplar de la vajilla, mayoritariamente platos, pero rara vez en el mundo se puede disfrutar de la vajilla totalmente expuesta como servicio de mesa”.

Se estima que, entre 1735 y 1780, se produjeron tanto en China como en Japón varios servicios de mesa con este diseño. La idea original de Pronk casi siempre implicaba un profuso empleo de esmaltes policromos, lo cual hacía que los costos de producción de las vajillas fueran muy altos y, por ende, los márgenes de ganancia muy bajos. Los precios tan elevados mantenían a los clientes recelosos y dubitativos a la hora de decantarse por este diseño. Aun así, los holandeses comisionaron varios ejemplares de esta vajilla a ser producidas en China con esmaltes azul y blanco, además de haber encomendado su producción por igual en Japón. Ambas estrategias lograron bajar notablemente los costos. A pesar del precio, hubo algunos encargos del diseño tal cual lo había concebido el artista, de estos es la vajilla que hoy atesora y exhibe el Museo Nacional de Artes Decorativas (MNAD).

La vajilla está compuesta por un total de 361 piezas divididas en unas 28 tipologías. Entre ellas podemos encontrar bandejas, fuentes, platos llanos y hondos así como soperas, por solo citar ejemplos. Tal vez una de las piezas más impresionantes del conjunto sean unas pequeñas cestas y sus respectivas fuentes ovales, que fueron concebidas para contener frutos del bosque como grosellas, arándanos o fresas. Se trata de piezas cuya decoración denominada linglong (玲珑) consiste en un cuerpo cerámico completamente tallado en forma de rombos dando una imagen semejante a una cesta. En el punto de unión de cada una de las bandas que componen el patrón geométrico se aprecia una diminuta flor creada a partir de un molde, la cual está decorada con esmalte azul cobalto y ligeros toques de oro. Del esquema decorativo aplicado en estas piezas podemos encontrar referencias en textos antiguos refiriéndose a esta técnica como una de las más difíciles de lograr en la cerámica y, por tanto, ejecutada por grandes, aunque escasos maestros. La expresión Guifu-Shengong (鬼父神工) con la cual los antiguos se referían a esta técnica, se traduce literalmente como “artesanalidad superior”. Por su parte, el término linglong en mandarín se traduce como “exquisitamente tallado”, aunque algunos expertos sostienen que el vocablo es una derivación onomatopéyica del sonido que producen dos piezas de jade que chocan entre sí.

“A pesar del precio, hubo algunos encargos del diseño tal cual lo había concebido el artista, de estos es la vajilla que hoy atesora
y exhibe el Museo Nacional de Artes Decorativas”. Fotos: Cortesía del autor

El período de Qianlong (乾隆), cuarto emperador de la dinastía Qing (1644-1911), quien gobernó el país entre 1736-1795, es considerado como el que mejor asimiló los códigos occidentales en la producción de porcelana. Desde inicios del siglo XVIII los contactos con Europa eran cada vez más directos, incluso en Beijing, donde los emperadores se reunían con enviados, principalmente monjes católicos, occidentales. Los intercambios aumentaron exponencialmente y la influencia de las artes entre ambas regiones no se hizo esperar. Resulta habitual encontrar elementos iconográficos occidentales en la porcelana china de segunda mitad del siglo XVIII, al igual que el empleo de esmaltes importados por los europeos y que eran totalmente desconocidos en el gigante asiático. En el caso de la vajilla de La dama del parasol, se trata de un encargo donde no solo el diseño de lo representado es de origen occidental, sino también el de cada una de las piezas, por lo que las formas de bandejas ovales, cestas para frutas y otros componentes fueron originados en Europa.

La vajilla proviene de la colección de María Luisa Gómez Mena, condesa viuda de Revilla de Camargo, quien era una gran coleccionista, entre otras cosas, de vajillas. La aristócrata compró vajillas de diversas manufacturas asiáticas y europeas, principalmente del siglo XVIII. En los fondos documentales del MNAD, recientemente encontramos una carta inédita escrita por el reconocido experto francés Adolphe Lion, dirigida a Madame la Comtesse. En el documento, fechado en diciembre de 1948, el remitente expresa su criterio de experto referente a un grupo de obras entre las cuales lista la vajilla de La dama del parasol e incluso agrega una referencia bibliográfica sobre el tema.  

La historia del arte clasificaría como Chinoiserie a aquello de influencia china diseñado y producido en Europa.

La vajilla ha llegado hasta nuestros días en un excelente estado de conservación. Es considerada la más importante del MNAD y, aunque se ha exhibido en otras ocasiones, cada oportunidad es única para poder apreciar el conjunto en su totalidad. La mayoría de los museos en otros países exhiben algún que otro ejemplar de la vajilla, mayoritariamente platos, pero rara vez en el mundo se puede disfrutar de la vajilla totalmente expuesta como servicio de mesa.

Sirva esta muestra, donde confluyen la imagen de la mujer china idealizada por la Europa del siglo XVIII y el gusto aristocrático de una excelente coleccionista de arte, para agasajar la obra y vida de una gran mujer cubana de raíces chinas.

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