Vivir por encima de las circunstancias


30/8/2019

Quiero que se imaginen a este músico. Ha manejado cientos de kilómetros, le duele la espalda y llega a la ciudad en invierno. Pocas horas antes de la acordada y anunciada de inicio, se sienta frente al piano y descubre que el piano que han puesto a su disposición en la ópera, por una confusión imperdonable, no es el piano afinado que estaba destinado al concierto, sino un piano con una sección de teclas mal aparejadas y los pedales defectuosos. Nada puede ser más adverso. Se va al hotel, se da un baño y regresa a la ópera.

Foto: El Mundo
 

Los oyentes ya están entrando y ubicándose en sus asientos. Quiero imaginar el impulso de montar en cólera y mandar todo al carajo e irse como bola por tronera de aquella sala, de aquella ciudad, de todo el desastre, del potencial escarnio. El riesgo es enorme. Mañana, cuando los periódicos y otros medios relaten el concierto, no dirán de todos los errores acumulados y ajenos a su persona. No hablarán del poco favor hecho al artista con un piano matungo. Dirán en su crónica que la velada fue imperdonable y la música hería al oído y lo culparán a él.

26 de enero. Ayer se presentó en la ópera de la ciudad de Colonia, el afamado jazzista americano Keith Jarret, conocido, por encima de otras virtudes, por su capacidad de improvisar. Bien pudo quedarse en casa y ahorrarnos a todos la molestia de presenciarlo. Un piano horrible en una noche que con suerte pronto olvidaremos. No sabemos si fue remunerado, pero el teatro haría bien en devolverle a los asistentes el importe de la función.

El músico que ha viajado tantos kilómetros, al que le duele la espalda, el músico cuyo cansancio es tan abrumador, siente sobre sí todo el cansancio ancestral de su raza, como si este hubiese llegado esa noche a Koln para descargarse sobre sus hombros. Ese músico se sienta en la silla, levanta la tapa del teclado y espera a que las cortinas se icen. Entonces se gasta una broma con la música de la campana que anuncia el inicio e insinúa un primer sonido con el piano para romper un silencio absoluto. Comienza a improvisar.

Aún indeciso, aún con la espalda herida y fatiga anuladora, va calentando en ese primer minuto una búsqueda que parte de repetir sonidos aún seguros, armonías ensayadas y combinadas. Explora el piano, las teclas fallidas que debe evitar. Lentamente, de a poco, comienza a aventurarse, aún tímido, por otros caminos. Como el cazador que, reconocida la base, sabe, en caso de peligro, donde resguardarse, y ya se apresura a andar más lejos. Y va dejando atrás la primera seguridad, la tentación del aburrimiento. Deja camino y comienza vereda a contrapelo de la sabiduría mediocre. Y, sin saberlo, adentrándose, pierde el retorno y, ya expuesto al azar, no tiene manera de volver a la guarida.

A la mitad de los tres minutos cree descubrir en una tecla algo escondido, y comienza a escarbar, curioso, insistente:

Qué buscas tú en esa tecla. Acaso sea el obturador de tu cansancio y un simple golpe aleje ese dolor al fondo de la espalda. Ese impreciso dolor ciego. Ese mortificante, entumecedor de las piernas. ¡Ah! No se imaginan cómo duele el agotamiento. Te domina, como domina a la casa fatigada la humedad que sube silenciosa por las paredes. ¡Ah! El cansancio. Miras la tecla y le hablas “Dame algo, susúrrame un camino, dibújame un mapa”. Y la tecla, mortificada, le echa fuera el dedo insistente. No le otorga nada. “¡Dame algo, te estoy hablando!”. Y las teclas, incómodas, echan fuera la osadía de los dedos. No le otorgan nada. 

Y en la medida en que el hoyo se descubre, con el tino que da el talento, intuye que ahí hay algo escondido hasta que, rompiendo los cinco minutos y cinco segundos de haber comenzado el concierto, como una epifanía anhelada, una deidad comienza a hablarle:

A veces, pitagórico, quisiera creer que me han descubierto y no inventado. Que hace siglos pasto en esta pradera de silencios sin que se abra puerta alguna. Que la manera en que ahora percuto tímpanos fue dada hace ya mucho tiempo, cuando el primer estallido, y desde entonces floto. ¿Sabes tú en que cifra comenzó mi historia?, ¿quién me talló en cada número trascendente que nos habita? El arcano guardado en guarismos, y ahora vienes a abrir este segmento. Pide tres deseos músico, pero pide sabio, pues oportunidades como estas solo ocurren una vez en cada era, cuando alguien, agonizante por el castigo injusto, le pide al padre que lo salve y este no se lo otorga, y es ahí que entro yo.

El músico, levantado sobre su cansancio, sobre los kilómetros andados, sobre la lluvia y el frío, sobre el hastío y la tentación de la silla. Levantado sobre el negro arrastrando los pies llagados. La negra virando, desnuda, el rostro de odio. El rostro de tantos signados por la afrenta y que, sin embargo, muestran el orgullo incólume de quienes no otorgan. Evitando las teclas lisiadas: no olviden al piano mutilado. Levantado sobre el cansancio le responde al demiurgo con todos sus dedos, con todos sus pies, con todo su cuerpo:

Una noche puede ser todas las noches del universo, aquellas que vinieron y las que nunca son en tu memoria. Cuando fue, pareciera como si todo, todo, se fuese en ella. No importaba si era de noche o de día cuando dejó de darte la espalda, lo que importaba era la ausencia de esa espalda que pretendía irse y no la dejaste. Ella no se fue y aún recuerdas su andar lento de despedida en el regreso, el que te dio ese confuso corretaje de saber que esa vista puede ser la última vista que querías que quedara. Esa vista es de la que no logras recordar nada, salvo pensar que lo tienes todo ahí en la memoria. Decir que no hubo adiós, que todo fue en silencio, como si el silencio fuese todo. Pero el silencio no basta. Por eso, ahora que el universo me grita a mí, imbécil que nunca creíste en nada que no estuviera atado a leyes inquebrantables, tengo que invocarte con mis manos. Me gritas en ensordecedor estruendo y te devuelvo estos quietos aullidos. Yo te respondo estos sonidos que hacen de esta noche, para mí, todas las noches del universo.

Ya no hay cansancio, ya no hay lluvia, ya no hay invierno. Los kilómetros de vías han sido el preámbulo que lo ha llevado a ese instante sublime. Sobre un piano muengo, a los siete minutos y diecisiete segundos, el 24 de enero de 1975, Keith Jarret ya está definitivamente haciendo historia. Él, un piano con mataduras y la tremenda voluntad humana de estar por encima de sus circunstancias.

Fotos: Internet
 

Cuarenta años después, al intentar revivir la experiencia en el Carnegie Hall, Jarret diría que, para ese momento, ya pensaba “nada puede detenerme ahora”. Le confesó a The Guardian, con motivo del concierto homenaje, que sus “espejuelos se caían, mis pantalones estaban enrevesados, sudaba, medio en cuclillas, parándome, sentándome…”. En el momento del concierto tenía 29 años, y su escapada a Europa ocurría después de ser parte de la banda de fusión de Miles Davis, donde la experiencia con el piano electrónico lo haría decir que nunca más tocaría en algo semejante. Ya para entonces el músico de Pensilvania, además de tocar con el legendario Miles, tenía un camino recorrido con jazzistas como Charles Lloyd, Art Blakey, Charlie Haden, entre otros.

Keith se hizo uno de esos músicos que, criticados o no desde la escena jazzística, nunca ocurre que pase desapercibido. De hecho, el propio concierto de Colonia obtuvo críticas de quienes lo sintieron demasiado fácil de escuchar, acusando lo rítmico y lo repetitivo. Ya tendría tiempo el pianista de callar tales críticas. A la altura de hoy, Keith Jarret ya no necesita probar nada. Pero, más allá de los méritos del concierto de Koln, hay una mística detrás del hecho en sí. Como sucede con frecuencia, una obra de arte no lo es solo por sus méritos intrínsecos, sino por el contexto en que se inserta.

Hablando sobre la improvisación, en una ocasión el músico afirmó que “toma tiempo real, no hay edición, te toma el sistema nervioso, hay que estar en alerta por cualquier suceso posible, y lo hace de una manera tal que lo mismo no puede decirse de otro tipo de música. Soy esencialmente un improvisador. Lo aprendí tocando música clásica”.

 

Desde el punto de vista de la reivindicación negra, 1975 fue un año particularmente significativo, al lograr la independencia de Portugal, Mozambique y Angola. También fue el año en que, con la caída de Saigón, terminaba en fracaso estrepitoso para los EE. UU. la guerra de Vietnam. Estos sucesos marcaban culturalmente los movimientos que, dentro de los EE. UU., luchaban, ya por varias décadas, contra la discriminación racial. A estos hechos trascendentales habría que agregar el momento simbólico que representó la victoria de Arthur Ashe, tenista negro, en el campeonato de Wimbledon. Si bien no se puede identificar una relación directa entre tales acontecimientos y el propio estado de ánimo de Jarret, este era, ineludiblemente, el ambiente en el que respiraba. Y venía de antes, el año anterior, más cerca que el África, la isla negra de Granada había logrado su independencia del Reino Unido, y en Portugal, la Revolución de los Claveles anunciaba el proceso de descolonización que se comenzaría a realizar un año después. En el propio 1974, la sociedad norteamericana era conmovida por el asesinato de la madre del también asesinado Martin Luther King, un triste recordatorio de que se estaba lejos de alcanzar los derechos civiles igualitarios para todas las razas dentro de ese país. La renuncia de Nixon se agregaba al signo turbulento de los tiempos. Poco después del asesinato de Alberta Williams King, en el mes de octubre, Mohamed Alí, convertido al Islam, reconquistaba el título de campeón mundial de boxeo, y un mes después, el paleontólogo Donald Johanson descubrió en Etiopía los restos fósiles de Lucy, una mujer de 3,2 millones de años que aporta la evidencia científica de que el ser humano provenía del continente negro. Todos somos hijos de África.

A los catorce minutos la música da impresión de comenzar a cesar. ¿La espalda?, ¿el cansancio?, ¿el piano cojo? No ceden. Entrados los quince minutos, lo que parecía final se ha tornado descubrimiento. A los diecisiete minutos lo que parece fin inminente ya ha sido preámbulo minimalista con ideas orientales, y entonces entra, como si fuera otro, el piano clásico, el Rachmaninoff negro. A los 21 minutos se completa una nueva transformación: la reminiscencia folklórica. El mecánico accionar de la música entrelazada con la otra que danza alrededor. ¿Vanguardia? Algo hace recordar, en lo intuitivo, a Cuadros de una exposición. Esto hace rato que no es jazz, esto es más que eso: es Jazz. Y el silencio de la primera parte a los veinticinco minutos y veinte segundos:

Callado y sin descenso iré a pulir mis huesos en el esqueleto de otra arca que anuncie el próximo diluvio. Y en la luz de la penumbra trabajaré incansable por la salvación de los hombres, mientras tus ojos le iluminen el taller a otro ser, que no soy yo, ni es mi ausencia.

Flaco, bigotudo y con un afro que denunciaba afiliaciones reafirmativas, Jarret personificaba más que un negro sobre el piano. Europa ya había sentido la embajada del negro norteamericano mediante tan disímiles artistas como Miles Davis o Nina Simone. Keith trae el mismo mensaje en otro espíritu. De niño negro que tocaba el piano a los tres años, a virtuoso capaz de deslumbrar escenarios clásicos con su contención y, a la vez, su exuberancia. Estos negros con afro son más que ritmo, más que beat, más que baile y pandereta. Sus manos enguantadas y levantadas no solo alzan la voz por todos los silencios ancestrales, sino que anuncia: venimos a conquistar el mundo. Somos clarinada:

Alguien me dijo que nieva en invierno por estas tierras. Mas cuando la nieve cubre de blanco toda la ciudad, y la catedral parece peñasco desde abajo y precipicio desde arriba, dicen que desde entonces se ve navegar, por encima de la esponja blanca, un barco con una figura negra danzando sobre un piano mientras invoca a dioses con sonidos guturales.