Ya llegamos a Internet… ¿y ahora?

Dazra Novak
8/10/2019

Hace unos años el problema era que no teníamos acceso. Apenas unos pocos se conectaban desde las oficinas y muchísimos menos desde la casa. Luego se abrió a los parques. Incluso cuando creíamos que se iba a abrir totalmente a los hogares dio un salto más alto a los teléfonos celulares y, más caro o menos, a ratos impagable, lo cierto es que hoy más de la mitad de los poco más de once millones de habitantes de la isla se conecta con cierta frecuencia a internet.

Hoy la vieja y largamente acariciada añoranza de navegar y hablar con familiares es una realidad. Condicionada, es verdad, pero, al fin y al cabo, realidad. Y la vieja sensación de estar aislados del mundo va amainando, apagándose como una mediocre llama debilucha… O quizás no, quizás se haya convertido en otra cosa y esto de estar en la red de redes sea otro espejismo más, un amago de existencia, un aterrizaje forzado en otra realidad.

Fotos: Internet

Digo “otra realidad” porque allí donde pareciera que, ¡al fin!, ya nos conocen, nos leen, contribuimos a la verdad mundial, esa verdad se vuelve cuestionable. La verdad no es tan clara cuando aparece un cartel en plena pantalla diciendo “la página no está disponible desde su ubicación”, es decir, no está disponible para nosotros, isleños. O cuando advierte de un riesgo potencial que no es tal, es solo una página, un sitio, un intento made in Cuba. Lo mismo, del otro lado.

Aunque ya sabíamos que no iba a ser tan fácil, que no bastaba con abrirse una página o sitio web, rellenar los campos con el nombre (real o inventado), la formación profesional, autodefinirse en unas pocas palabras bien elegidas. Había que replicar el contenido en redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter, etc.), escribir mensajes graciosos, usar emojis, tener la mayor cantidad de amigos, hablar de temas atractivos. Eso, todo debía (debe) ser muy atractivo.

Atractivo y valiente. Agarrarse con uñas y dientes de los trending topic y rajarle la tira del pellejo a lo que sea, da igual de qué lado, rajar. Poco importa la verdad mundial, hay que rajar y rajar bien. Rajar, en redes, es sinónimo de valentía, es el verbo que te va a dar más likes y compartidos. Rajar es el verbo que te concederá un amplio debate. ¿Dije debate?, no, perdón, rajar no te lleva al debate. El debate no está de moda. Nunca estuvo, y me pregunto si alguna vez lo estará.

“La libertad de expresión se ha confundido con la libertad de agresión”, reza un meme por ahí, y esto me recuerda, no sé por qué, lo que dijo Zuckerberg: “para un usuario una ardilla que muere en su jardín puede ser más relevante que todas las personas que mueren en África”. Mentira, sí sé por qué, me lo recuerda porque tengo la incómoda sensación de que la mayoría anda detrás de esa ardilla… para matarla. ¿Por qué? Porque esa muerte, ya lo dijo Zuckerberg, será más relevante gracias a dos algoritmos: el de Facebook y el de la humanidad que somos hoy.

Qué pena, de verdad, qué pena que a tan gran escala el mayor uso que se le dé a esta herramienta sea precisamente el cotilleo, el choteo, el ninguneo, entre otros e(g)os. Que hayamos llegado, para sumarnos a esto, y digo pena porque después de tanta lucha, tanta resistencia, ahora que por fin hemos llegado a internet, míranos, resulta que andamos tan entretenidos con la dichosa ardilla que no reparamos en el hecho de que somos África. África somos todos… ¿y ahora?