Yo también quiero un mejor país

Yasel Toledo Garnache / Imagen: Tomada de Internet
3/2/2021

Durante los últimos meses se han incrementado en las redes sociales y otras plataformas virtuales los memes, textos, videos y más contenidos que intentan mostrar un país gris, sin esperanza, una especie de faro totalmente apagado. Todo eso mezclado con acciones en espacios físicos, especialmente en días con gran carga simbólica en el imaginario de la nación, como el 27 de noviembre —en esa fecha de 1871 fueron fusilados los ocho estudiantes de Medicina— y el 27 de enero, a solo unas horas de cumplirse 168 años del natalicio de José Martí.

Cada “iniciativa” de ese tipo suele ser acompañada por transmisiones en vivo u otras maneras que aspiran a conformar shows, en los cuales son frecuentes las referencias a héroes como Martí, Apóstol de la Independencia, de quien extraen frases según convenga. Suelen enarbolar un “propósito” de diálogo, siempre con un teléfono mediando, como si grabar o transmitir fuera el afán verdadero o al menos el más importante.

Detrás hay también una maquinaria propagandística en contra de este país que aprovecha cualquier elemento para alimentar su deseo de bulla, con empleo del humor, las exageraciones, la tergiversación; o visiones bastante cuestionables desde lo honesto y lo ético. Con frecuencia, ciertos personajes se autoproclaman protagonistas de obras, en las cuales se suele incluir bastante drama. Conjugan reclamos reales con otros de un trasfondo más que lamentable en cuanto a falta de dignidad.

“Detrás hay también una maquinaria propagandística en contra de este país que aprovecha cualquier elemento
para alimentar su deseo de bulla, con empleo del humor, las exageraciones, la tergiversación”.
Fotos: Ilustración de Boligán, tomada de Internet

Proyectos gestionados y sustentados económicamente desde el exterior, incluidos diferentes sitios webs con sus correspondientes extensiones en redes, mantienen una activa labor alejados de la ética que debe acompañar siempre el ejercicio periodístico y comunicacional en general. Tergiversan la realidad y presentan partes hiperbolizadas en su afán de cumplir una agenda impuesta sobre todo desde aquella nación norteña.

Es fácil percibir la aspiración de dividir, de impulsar conflictos, de separar incluso a personas nacidas en fechas similares, con los mismos códigos y sueños. Hay shows, supuestos movimientos por el “cambio”, intentos de revisión crítica de la historia reciente. Cualquier decreto o ley es mirado con una lupa tergiversadora, como también trabajos periodísticos, fragmentos de intervenciones… Algunos están con los ojos bien abiertos cazando cualquier oportunidad para lanzar sus palabras con espinas.

A veces hasta molesta que se crean con el derecho de representar a toda una generación, de hablar como si la suya fuera una verdad única. Es obvio que se quiere lograr una fractura total entre los artistas, el sistema institucional y la obra revolucionaria, como parte de una estrategia que pretende socavar el corazón mismo de la nación.

Algunos hasta han dicho que la “Revolución terminó demasiado pronto”. Varios ubican ese fin en la década de los años ’70, unos en el Período Especial y otros lo hicieron en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos en 2017. Tal vez haya quien pensó en otra teoría del fin relacionada con la COVID-19, cuando aseguraban que el país no sobreviviría a esa situación.

Ciertamente no parece lógico aceptar ninguna de esas variantes. Tal vez el Período Especial fue una de las etapas en la que más se demostró la fuerza y capacidad de resistencia de la Revolución y sus hijos, que tuvieron que afrontar cambios tremendos y encontrar alternativas casi de leyenda. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con EE.UU. confirmó la voluntad de diálogo, incluso con el enemigo más grande de Cuba y su pueblo.

Personas que prefieran fingir, que sirvan de instrumentos a quienes mueven hilos desde fuera o que olvidan la ética a favor de oportunismos de cualquier tipo jamás podrían desarrollar o ser consecuentes con una Revolución verdadera, no podrían mantenerla, actualizarla, hacerla crecer…, como necesita la cubana. Ninguna obra revolucionaria es totalmente acabada, y a la nuestra le falta mucho.

Este país conoce muy bien sus dolores, sufridos a lo largo de varios siglos. Fue precisamente eso lo que llevó a una Revolución real e innegable en todos los aspectos, incluido el cultural. Ese mismo conocimiento de las dificultades es el que ha motivado intentos de actualizaciones frecuentes en la etapa más reciente, todos los cuales no han sido posibles de concretar, por razones diversas, en un contexto sumamente complejo a nivel internacional y, en particular, para este archipiélago, blanco de artimañas diversas.

En octubre, como parte de la Jornada por el Día de la Cultura Cubana, intercambiaban intelectuales de varias partes del mundo, incluidos el actor argentino Manuel Santos, director del grupo Los Internacionales Teatro Ensamble y la poeta, actriz y dramaturga colombiana Patricia Ariza, fundadora del Teatro La Candelaria y organizadora del festival Mujeres en Escena, quienes han visitado nuestro país en varias ocasiones. Ellos elogiaron el teatro cubano y el apoyo al arte desde las instituciones. Hasta emocionaba percibir la pasión de ellos, enamorados de los esfuerzos a favor de la creación y su interrelación con el público aquí.

Somos muchos los que queremos realmente una mejor Cuba desde el amor y los principios éticos, sin poses de ningún tipo ni publicaciones con el deseo principal de llamar la atención en redes sociales.

Vivimos momentos complejos, en los cuales el espíritu revolucionario sigue siendo muy necesario. La dignidad jamás deberá confundirse con soberbia. Seguir siendo consecuente con las esencias de Cuba y hacerla crecer depende sobre todo de nosotros mismos. Ser continuidad verdadera, por ejemplo, del ideario y el ejemplo de José Martí implica una ética, un compromiso social, un amor desmedido hacia la nación y su gente, un afán de fundar, de ser útil desde el alma.

Sin dudas, hay muchos oportunistas por ahí, y en lugares diversos, seres que hablan de respeto a la diversidad, pero son los primeros en ofender y expulsar veneno verbal. ¿Por qué esa agresividad en plataformas digitales contra quienes abiertamente apoyan el proceso revolucionario cubano y siguen confiando en su capacidad para continuar adelante, incluso en las más complejas circunstancias, con el impulso sobre todo de los millones de personas, que amamos esta nación y valoramos todo lo conseguido en más de sesenta años?

Nadie tiene el derecho de ofender, amenazar ni asumir actitudes de odio en Internet, como tampoco en espacios físicos. La crítica, el debate o el criterio diferente nunca debieran ser confundidos con la bajeza ni el propósito de dañar.

Aquí, como en todo el mundo, resulta necesaria la implementación de leyes para sancionar conductas en el entorno digital, teniendo en cuenta que las restricciones de las propias redes suelen ser indefinibles en muchos casos o demasiado generales. El hecho de que los comportamientos ocurran en esos espacios no exime a nadie de cumplir la ley en su Nación–Estado. Si bien al principio, muchos defendieron el criterio de que el ciberespacio sería capaz de conformar su propia estructura regulatoria con eficacia, no ha sido así, en cierta medida por las dinámicas de funcionamiento que las caracterizan.

Desde 1998, el investigador Jack Goldsmith indicó que los problemas legales planteados en Internet son en esencia iguales a los presentes en el espacio físico, los que además han sido solucionados por el campo jurídico, por lo tanto el tratamiento no debe ser diferente.

En ese sentido varias naciones tienen sus marcos regulatorios definidos. ¿Acaso se permitiría un crimen, solo porque sea mediante Internet? ¿Por qué permitir entonces ofensas, amenazas y ataques a las personas o lo que representan, lo cual podría provocar daños de diversas índoles? Cualquier paso en ese sentido debe ser con mucha inteligencia, flexibilidad y fruto de la construcción conjunta.

Que Cuba sea un símbolo de resistencia y dignidad debiera llenarnos de orgullo siempre. Esta es la misma nación que ha contribuido a la vida de miles de personas en otras partes del mundo, con profesionales de la Salud que, por ejemplo, combatieron la Covid y todavía lo hacen en diferentes naciones.

Es el mismo de una riqueza cultural reconocida en buena parte del mundo. El mismo que sigue formando profesionales de gran preparación en sectores diversos, incluso con la capacidad de obtener premios internacionales, a pesar de retos en los sistemas de enseñanza en todos los niveles. El mismo que continúa siendo fuente de excelentes artistas, con un sistema institucional que debe seguir dando pasos para cumplir a cabalidad con sus funciones a favor de los creadores y la cultura en general.

Debemos continuar actualizándonos en muchos aspectos, en los cuales los jóvenes debemos tener cada vez más protagonismo, con el afán de ser útiles, de conjunto con los de más experiencia. Ojalá no existan odios, rabias, resentimientos, divisiones, fanatismos excesivos, linchamientos, ni intolerancias.

“¿Acaso se permitiría un crimen, solo porque sea mediante Internet?”

Ojalá nadie hablara siquiera de orillas o bandos, porque la humanidad toda debiera ser una familia enorme, que se ayude en el camino del bien, con ética y sinceridad, conscientes de que como proyecto Cuba y la Revolución siempre serán lo más importante. Ojalá sea posible en todo momento el debate y la exposición de ideas desde el respeto verdadero. Ojalá artistas y escritores, como Alexander Abreu, Israel Rojas y Teresa Melo nunca fueran blanco de ofensas y amenazas hasta ridículas, solo por declarar su abierta identificación con una Revolución que sigue siendo un proceso también cultural.

Ojalá todos queramos aportar, en realidad, desde nuestras verdades y seguir construyendo con humildad ese consenso indispensable, desde el alma poética más allá de las palabras. La vida de la Revolución depende de nosotros mismos, como proceso siempre inacabado. Ojalá siempre el talento estuviese acompañado de la humildad, la sinceridad y el amor, sin actuaciones lamentables ni tremendismos.

Debemos estar conscientes de que este país necesita mucho del aporte de sus hijos, como mujeres y hombres agradecidos, que jamás se dejen engañar ni pretendan formar parte de una obra enorme, escrita desde afuera. Ojalá sea posible un abrazo entre todos los realmente dignos, con la voluntad de seguir haciendo una mejor nación desde el corazón, la cultura y la honestidad.