Tarek William Saab en su expresión poética
Una canción al sur de la eternidad (1984—2025) compila una trayectoria singular e ineludible en el panorama de la poesía venezolana y, por extensión, de la hispanoamericana. Singular, tanto en sus modos expresivos como en la relación dialógica interna de los textos, e ineludible por los riesgos que asume al vindicar, en igual orden de importancia y atención al rigor literario, la poesía, la fe del ser humano y la conducta de la sociedad.
Apunta Luis Alberto Crespo en el prólogo de esta antología que el “laconismo” de la poesía de Tarek William Saab, lejos de esquivar la elocuencia poética, la prolonga. Lo enuncia el analista desde una perspectiva de lectura que reconoce las propiedades intrínsecas de la expresión poética, dada más en el proceso interior de evocación de vocablos, sentencias y recursos retóricos, que en sus ejercicios de técnicas enunciativas. Al considerar “lacónico” el estilo de Saab se refiere, por supuesto, a la brevedad de las oraciones, al exquisito cuidado al elegir la palabra, que el autor ramifica en ríos de sugerencias y conduce a través de simbólicos bosques. Podemos localizar tanto alusiones asertivas que dialogan con aspectos de la cultura universal, como guiños intertextuales que inclinan el sentido del lado del poeta. Por consiguiente, Para entenderlo a plenitud es necesaria una lectura avezada, sensible y preferentemente culta. Un lector que no quede indiferente ante la evocación, la invocación, la sinestesia ni los regulares contrastes de ejercicio estético.
“(…) lleva razón el prologuista al hacernos entender que, aunque sean breves las frases del poema, es amplio el sentido expresivo al que pueden conducirnos”.
Paradójicamente, vivimos tiempos en los que se instruye al ciudadano para que evalúe su bienestar en cantidades: una buena cena lo es, en primer orden, si resulta abundante y de costosos ingredientes; un buen traje lo es a condición de que sobrecargue su prestancia con el peso acumulativo de una marca registrada, con su alto precio incluido, y así hasta llegar a la involuntaria concesión de que la buena poesía debe expresarse en abundantes versos y más abundante uso de entramados retóricos. Quizás por esa condición intrínseca de la poesía es que se ha liberado de mercantilizarse, idea que he escuchado en varias ocasiones al poeta Alpidio Alonso-Grau, lector sensible y agudo del poema y sus esencias, tanto formales como de sentido.
Cualquier esquema resultaría improcedente si el poema carece de algo que ninguna academia se atreve a colocar en sus manuales de investigación: el aura íntima del sentimiento. En esa íntima aura sentimental sí es abundante y profusa la poesía de Tarek William Saab. Podemos recorrerla en esta antología tanto en elección cronológica, desde el primer poemario hasta el último, o a puro azar de lector irreverente, saltando de un poema a otro, e incluso en retroversa. Un estudioso convencional encontrará la evolución de su lírica, personal y deslumbrada en sus inicios, hacia un espectro más amplio del decir y una más radical economía de lo dicho. Contener lo dicho para expandir el decir es una muestra de oficio y madurez. No existe un privilegio de lo épico, o lo lírico, sino un trasvase que descansa en figuras alusivas, a lo que alude Alex Pausides en las palabras escritas para esta antología. A modo de prevención para el lector cubano, exactamente dice:
Estamos en presencia de una voz que liriza la épica, o al revés, se aventura a una epización suficiente de la lírica más absoluta, que no excluye ningún registro, que no se extingue en los estancos de la poesía amatoria o civil, que con el mismo semblante rinde culto al cuerpo y se entrega a las más fieras batallas, que con un susurro o un treno o una blasfemia, registra su perfil de árbol incólume ante el hacha atroz, de hombre plantado como un árbol inderrotable ante los vientos de la historia.
Cuando David Cortés Cabán escribe sobre una selección anterior de este autor, Poemas selectos, asegura:
no es un libro sobre el amor, pero el amor en él es una realidad conmovedora; no es un libro que habla del prójimo, pero la solidaridad traspasa como una ráfaga luminosa cada una de sus páginas; no es un libro que versa sobre la libertad, pero la libertad es parte esencial de esta experiencia humana y creativa.
Llama allí mismo la atención este autor acerca de los “inusitados rumbos” a los que el poeta nos conduce, combinando un “sentimiento intenso y desgarrador, como si el conocimiento del mundo y de la vida causaran un gran dolor”, con “un balance sereno y luminoso entre las palabras y la tensión espiritual” que anima a los poemas. No se le escapa, tampoco, hasta qué punto es simbólica la evocación, o la enumeración de objetos y lugares. Tarek William Saab, en efecto, desgrana símbolos del mismo modo en que desgrana el pausado encabalgamiento de los versos.
“(…) no es un libro sobre el amor, pero el amor en él es una realidad conmovedora”.
El propio Luis Alberto Crespo, en el texto que aporta como introducción para Soñando el largo viaje, destaca que el poeta “se mantuvo fiel a la obediencia de una estética propia, a la vez antigua y nueva, la del canto a los héroes y a la elegía de su sacrificio y la voz del otro, el solitario y el del común, la celebración y la endecha, la aventura del amor realizado y su desamparo, su soledad”.
Muestran así estas opiniones cuánto se bifurcan los ríos de significación y sugerencia en los recursos de expresión poética de Tarek William Saab. Su facultad de dejar imbricados el lirismo más personal y el más hondo sentimiento patrio son también parte conceptual de su poética. El poema “Volante encontrado en los disturbios”, por ejemplo, ofrece tempranamente esta definición:
El sufrimiento de un pueblo en guerra
con toda su carga de muertes y vacíos
no es mayor que el dolor de un hombre solo
desnudo de resurrecciones en la plaza del mundo.
Los poetas que privilegian la brevedad de la oración en la poesía suelen acudir con frecuencia a figuras retóricas como el anacoluto, en la que una aparente inconsecuencia en el discurso reclama la perspicacia intelectiva del lector. Y así también lo mantiene al denotar, firme y sin complejo de culpa literaria, o al connotar, sutil y subrepticio, o al deslizarse entre vocablos de poiésicas reminiscencias, o acudir a expresiones de un léxico común, popular, inmediato. Asombrosa y loable es su capacidad de asociación. Tomo de ejemplo el fragmento 21 del poema “Iracara”:
Algún día no será solo el poema
Algo nos queda además del tormento
el verbo de los alzados no hace tregua
y quienes hablen de paz
que ordenen primero sus casas
arrasadas por la ignominia
Tenemos, pues, una especie de cofre de poemas en esta antología de Colección Sur Editores, edición tributo al centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro, que el propio autor tuvo a su cuidado. Doy testimonio, de mi encuentro con él en la feria de Caracas de 2025, de cuánta significación le concedía a que lográramos una edición cubana de su poesía en tributo a quien lo conminara a escribir sobre sus niños del infortunio. Explícitamente dedicado a Fidel Castro se incluye aquí el poema “Fogata al borde del cielo. Una canción al sur de la eternidad” incluye más textos que su predecesora de la editorial Acirema y nos devuelve al poeta en pleno estado de creatividad y en su fidelidad habitual e irrenunciable hacia la poesía.

