Academias de ballet: la cantera

Thais Gárciga
6/4/2016
Fotos: Kike
 

Años antes de que Arnold Haskell bautizara como “el milagro cubano” a lo que posteriormente sería la Escuela Cubana de Ballet —más allá de la compañía, sus centros de enseñanza, sus figuras estrellas— ya la simiente de dicho fenómeno se venía fraguando; previa incluso a los encendidos clamores con que La Habana dio la bienvenida a los barbudos victoriosos del Ejército Rebelde en 1959.

El milagro… podría tomar el apellido Alonso, sin embargo, la historia da cuenta de que el fenómeno trasciende un nombre, cuerpo, lapsus o un grupo. Un bienio después de nacer el Ballet Alicia Alonso en 1948, surgió la academia homónima para la enseñanza de ese arte en la Isla. El novel colectivo se veía urgido de forjar una cantera de la cual nutrirse y a la vez poder transmitir y aleccionar al público en la riqueza universal de la danza clásica con los saberes que habían adquirido en el extranjero.

La Academia Alicia Alonso devino como centro de instrucción fundacional a quienes luego se convertirían en los hacedores de la danza clásica, al imprimir el sello de “lo cubano” como ribete de un ballet auténtico.La Academia Alicia Alonso devino como centro de instrucción fundacional a quienes luego se convertirían en los hacedores de la danza clásica, al imprimir el sello de “lo cubano” como ribete de un ballet auténtico. El otrora colegio no solo fructificó como terreno fértil para el aprendizaje —entre sus primeros matriculados estuvieron Mirta Plá, Aurora Boch, Josefina Méndez, Joaquín Vanegas, Adolfo Roval y Jorge Lefebre— sino que también de él se desgajaron los sucesivos centros de enseñanza a lo largo del país, bajo el auspicio del Ballet Nacional de Cuba vio la luz el Ballet de Camagüey, una de nuestras principales compañías.

Justamente a la Academia Alicia Alonso se dedicó el XXII encuentro Internacional de Academias para la Enseñanza del Ballet, celebrada entre el 29 de marzo y el 2 de abril en La Habana. Anualmente la cita convoca a profesores y estudiantes de nivel elemental y medio de colegios de danza provenientes de cualquier latitud del orbe a competir en el Concurso Infantil, que este año se organiza por tercera vez; al Concurso Coreográfico que se estrenó como certamen en esta ocasión; y también al Concurso de Crítica danzaria. Mas el evento no se limita a las lides competitivas, a tenor de su premisa pedagógica y vocacional organiza talleres, paneles y clases magistrales.


Alexis Francisco Valdés, estudiante de nivel medio de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso,
interpretando el personaje del Puck en Sueño de una noche de verano, de la coreógrafa Laura Domingo.
 

Uno de los momentos especiales de la actual edición fue el ciclo de conferencias sobre los “Grandes Saltos del siglo XXI” a cargo de Ramona de Saá (Cheri), directora de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso y del Encuentro. Los privilegiados asistentes pudieron escuchar clases inéditas sobre la metodología y técnicas de la danza clásica y peculiaridades de los bailarines cubanos, especialmente de los varones. La Premio Nacional de Danza expresó durante un conversatorio que esos conocimientos no están documentados en ningún material. Hasta ahora nadie había impartido este tipo de lecciones sobre esta temática, por lo cual eran algo novedosas, además de valiosas y útiles.

El evento no se limita a las lides competitivas, a tenor de su premisa pedagógica y vocacional organiza talleres, paneles y clases magistrales.Al igual que el pasado año la Sala Avellaneda del Teatro Nacional fue el escenario de presentación de las tradicionales Galas. La graduación ocurrida el 24 de marzo estuvo dedicada al cumpleaños 90 del líder histórico Fidel Castro. Para esa ocasión se presentó una versión coreográfica, como ya es habitual, expresamente montada para los estudiantes de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso. En la edición precedente sucedió con El lago de los cisnes (segundo acto) y la suite de La Bayadera, mientras que en este las escogidas fueron Giselle y Sueño de una noche de verano. La primera fue un montaje en colectivo con varios profesores y asesoría de la propia Cheri; por otro lado, la versión de Sueño… corresponde a la autoría de la profesora y coreógrafa Laura Domingo.


Versión de Giselle, montada por la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso
e interpretada por sus estudiantes.
 

Resulta loable la estrategia educativa del centro al introducir modificaciones a esas piezas, en aras de enfatizar más en el trabajo con el cuerpo de baile, y por demás, en colectivo. Tanto para el proceso de aprendizaje como para el enriquecimiento humano de los alumnos, es imprescindible aleccionarlos en cuanto al proceso de montaje y ensayo grupal. Preponderar las individualidades de las variaciones y pas de deux —los formatos más recurrentes en sus programas— más de lo que ya se evidencia por sí solo, podría resultar en un proceder dañino, y por demás lamentable. 

Otra de las gratificaciones que suscitan espacios como estos es la oportunidad de reencuentro entre antiguos profesores, alumnos egresados, exbailarines, coreógrafos y graduados de la Escuela con sus homólogos de otras academias provinciales y extranjeras. De tal suerte que los salones de la institución sita en Prado acogieron las clases del maitre Lázaro Carreño, Tom Bosma, Víctor Alexander, Lino Labate y Marco Bati.


El maitre Lázaro Carreño impartiendo clases en uno de los salones
de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso.
 

Alexander, por ejemplo, exbailarín y graduado de la Escuela Nacional de Arte, es uno de los se suma a la larga lista de egresados de centros de enseñanza artística que regresan para compartir conocimientos, y proseguir el trabajo colaborativo entre la Escuela de ballet y colegios extranjeros. 

Poco más de 20 ediciones el evento continúa demostrando la elevada preparación técnica y aptitudes de los discípulos de ballet de oriente a occidente, a contrapelo de las no pocas dificultades logísticas que afronta.Poco más de 20 ediciones y el evento continúa demostrando la elevada preparación técnica y aptitudes de los discípulos de ballet de oriente a occidente, a contrapelo de las no pocas dificultades logísticas que afronta. Su verdadera riqueza es esa cantera de estudiantes que asisten a las aulas y ensayan en los salones de sus respectivas escuelas, bajo la égida de profesores que igualmente se entregan al magisterio con alta dosis de sacrificio. Tanto la Escuela de Prado como las academias del resto de la nación, tienen motivos fehacientes para enorgullecerse sin remilgo de tener en sus predios compañías en ciernes, verbigracia, la Academia Vicentina de la Torre en Camagüey. Lejos de parecer raro, sería comprensible si dentro de algunos años un par de nombres ya comienzan a brindar motivos para escribir a la crítica danzaria, y al público razones para escindirlos entre adeptos y detractores, para no faltar a la tradición.