Acerca de Cuaderno paralelo

Laidi Fernández de Juan
6/2/2020

Con motivo de la 29 Feria Internacional del Libro, dedicada en esta ocasión a Vietnam como país invitado, se llevó a cabo la redición del poemario Cuaderno paralelo, de Roberto Fernández Retamar. A continuación, intento acercarme a dicho libro, leído por segunda vez ahora, al cumplirse 50 años de su versión original. Debe decirse que R.F.R. en 1970 integró un grupo de cineastas cubanos que viajó a Vietnam (Luis Costales, Iván Nápoles, Jerónimo Labrada y Miguel Torres), bajo la conducción del gran director Julio García Espinosa, con la responsabilidad de realizar la película Tercer Mundo, Tercera Guerra Mundial. Fueron invitados por la Comisión de investigación de crímenes de guerra norteamericanos, y allí, luego de un recorrido desde Hanoi hasta el paralelo 17, surgió no solo el material fílmico, sino los poemas recogidos en este volumen. No me es posible dividir mis recuerdos personales de la intención de reseña de esta nota, por lo cual pido excusas anticipadamente.

Foto: Tomada de CineReverso
 

Yo tenía ocho años cuando mi padre me dijo que se iba a Vietnam, y me espanté. Recuerdo que la noticia de su viaje me causó el miedo correspondiente, y le pedí que no fuera, porque, según veía en los noticieros, en Vietnam mataban a todo el mundo. Intentó tranquilizarnos a mi madre y a mí, con el argumento de que “voy con Julio a hacer una película, no nos pasará nada”.

Ya adentrándome en el libro que me ocupa, sugeriría empezar por el último de los textos. El título del poema final, “Es mejor encender un cirio que maldecir la oscuridad”, atribuible, creo, a Confucio, resume el objetivo del viaje que llevó a seis cubanos a la tierra de los anamitas. Comienza con el cuento que siempre me hizo, del soldado que al ser increpado por Napoleón respondió que sí, que sentía pavor, y sin embargo permanecía en su lugar. Ello explica el inicio de este último poema: “Como el soldado de la anécdota, no desconocimos el miedo, pero estábamos en nuestro sitio. Nuestro modesto sitio era revelar destrucciones, crímenes; pero sobre todo revelar la combatiente grandeza de este pueblo, su decisión de victoria”. También en los finales, ubicó dos poemas breves que de cierta manera ofrecen la intensidad del drama que vivía, sin estridencias ni golpes de pecho, sino más bien ironizando, burlándose de esa cotidianidad específica que es la guerra, aunque vista a través de ojos civiles, y por tanto inexpertos. Me refiero a “Qué haces” y a “Este ruido”. En el primero, cuestiona la presencia de elementos tan comunes y naturales en la paz, e insólitos y hasta anacrónicos en un conflicto bélico, como pueden ser la calma, el silencio y la lluvia. A ellos les pregunta, como solo puede hacer un poeta, qué hacen, “en medio de este aire que nos tenía acostumbrados solo al estampido de la bomba”. En el otro poema, más sarcástico, nos ofrece los pequeños y terribles aprendizajes que está recibiendo: “Este ruido es de bomba, y este de cañonazo, y este de helicóptero, y este de avión de reconocimiento y este de tanque. ¡Quién nos lo hubiera dicho!”. Es de notar el uso del plural, muy intencionadamente, y en ello debo detenerme. No nos habla un individuo por el mero hecho de aspirar a ser escuchado, no: es el cronista quien nos detalla la guerra y las vivencias del grupo que integra.

Con su habitual sagacidad (debería decir honestidad, pero sería demasiado elocuente), el poeta reconoce que su función dentro del grupo es narrar. No es camarógrafo, ni sonidista, ni sabe nada de luces, de fotografía, ni mucho menos de dirección. Nadie, ni él mismo, pudo imaginar que saldrían poemas de esa experiencia en la que fue involucrado aún no sé exactamente con qué objetivo, pero que junto al material fílmico, quedan como testimonio de una de las guerras más abominadas a nivel mundial en todos los tiempos.

Vuelvo al sentimiento plural: el poema titulado “En los jeeps” define el espíritu colectivo que rige en el grupo, si acaso quedara alguna duda: “En los jeeps (nos cuenta) cuyo ajetreo parece que va a sacarnos las entrañas por la boca, pienso estos poemas a veces con las mismas palabras de mis compañeros”. O sea, él es la voz, es él el vocero de los demás, igual a como uno es la luz, otro el sonido, aquel la cámara, todos bajo la égida del gran director de cine en aquellos sitios ajenos y al cabo amados adonde han ido a parar.

Los rostros vietnamitas aparecen continuamente en el libro, y salpican otros poemas digamos personales (o quizás sea mejor decir al revés, los poemas más íntimos adornan a los otros, o tal vez todos sean personales), porque aunque la añoranza martiriza al poeta, está, ha ido allí a graficar el escarnio, y no a pensar en sus afectos propios, aunque esto último resulte inocultable. Evoca el amor a su madre ya fallecida (“¿Te preocuparías?”), a su compañera (“Veinte años después”, “Llegamos por primera vez al Pacífico”), a sus amigos más íntimos (“¿Por qué volvéis a la memoria mía?”), siempre pensando en el amor porque era pasional y melancólico, y, por lo mismo, el poeta nos dice, a modo de excusa medio infantil y ciertamente tierna, que “Vietnam es buen lugar para recordar”.

Además de personas específicas y sus profundísimos traumas, como la joven del poema “Muchacha” que temblaba aterrorizada ante las cámaras después de derribar aviones enemigos, y el rudo combatiente de “El hombre”, cuyos gritos nocturnos espantaban a todo el grupo, nos va contando, a ritmo de la película que complementa este poemario de crónicas, y con el mismo tempo narrativo del filme, la destrucción causada por las bombas (“Tenían una casa”, “Ojos llenos de letras”, “El domingo”, “Las puertas del cielo”); al tiempo que deja traslucir su admiración y complicidad hacia García Espinosa, en un poema francamente hilarante: “J.G.E.”.

Roberto Fernández Retamar. Foto: Internet
 

Estaba en un país en guerra, en condiciones duras, pero ello no impidió la obsesión del poeta hacia el lenguaje, el cuidado de cada palabra, de cada verso, incluso en ese entorno tan hostil. Dan fe de su no abandono a la gran vocación de su vida textos como “Hasta las plantas y los animales”, donde denuncia lo ilimitado de la demencial catástrofe llamada guerra, cuyo alcance llega al retorcimiento del lenguaje (“Han pervertido hasta las plantas y los animales: Piña, guayaba, hoja, árbol tropical; abeja, mariposa, murciélago y hasta madre: Son aquí nombres de armas espantosas”).

Visitar el paralelo que artificialmente dividía Vietnam en dos partes, fue un hecho de particular conmoción para los cubanos. La franja ocupaba dos kilómetros de ancho, y era conocida como Zona desmilitarizada o “paralelo 17 norte”, aunque la mayoría de sus zonas se encontraban al sur. Con verdadero pasmo leo en informaciones actuales que aún hoy conserva numerosas bombas sin explotar, por lo cual se recomienda prudencia a los turistas que la visiten. Imagino entonces cómo sería hace 50 años, en 1970, en el momento en que los seis cubanos de esta historia pisaron dichas tierras. El título del libro rinde tributo al lugar, y juega con el vocablo en sí: es paralelo el nombre de la franja, y lo es también el cuaderno donde se cuentan historias vistas por ojos que no nacieron allí, y los versos que recoge son distantes y cercanos a la película, siempre a la misma distancia. Dos poemas dedica el escritor a ese instante glorioso y feroz, “Como una herida ciega” y “En el paralelo”, para dejar constancia de que “llegamos a su pie entre el silbido de obuses”, “el paralelo no es sino este río plácido de Ben Hai, esta playa, este estuario majestuoso, esta naturaleza inocente y salvaje, ignorante de ser el paralelo, que corta como una herida ciega a un país entero, duro y dulce como el amor”.

Cierro esta presentación corrigiendo mi propuesta inicial: se debe leer desde el inicio. “Imágenes”, lo primero que nos recibe al abrir el libro, es el poema donde quedan inscritos los nombres de varios integrantes del grupo que admitió la presencia de un escritor (“Jóvenes pasan de madrugada cantando himnos hermosos que Jerónimo debiera grabar, Iván y Luis filmar”); es el anuncio de lo que será convertido en un material audiovisual; y es así, a través de pictogramas, como acuden a mi memoria los momentos de la partida angustiosa y del regreso añorado del autor de 25 poemas sobre, desde, acerca y con Vietnam.