Al final del Coloquio sobre Literatura Cubana 1959-1981

Roberto Fernández Retamar
30/7/2018

En noviembre de 1981, organizado por nuestro Ministerio de Cultura, a cuyo frente se encontraba el compañero Armando Hart, se celebró en el Palacio de Convenciones, de La Habana, el Coloquio sobre Literatura Cubana 1959-1981, cuyas palabras de clausura me correspondió leer el 24 de aquel mes. Según lo que sé, ellas solo se publicaron en el número 131 (marzo-abril de 1982) de la revista Casa de las Américas. Varios compañeros y compañeras me han solicitado tales palabras, razón por la cual, levemente retocadas, las envié a La Jiribilla en julio de 2018. R. F. R.

José Martí, a quien Gabriela Mistral llamaría “el hombre más puro de la raza”, desplomado moribundo del caballo en 1895, al entrar en su primer combate; Rubén Martínez Villena, de intensa poesía, entregado a la áspera y luminosa lucha obrera, muerto, destrozados los pulmones, al alborear 1934; Pablo de la Torriente Brau, “con el sol español puesto en la cara/ y el de Cuba en los huesos”, como lo vio su fraterno  Miguel Hernández, caído a finales de 1936 a las puertas de Madrid, entonces “capital de la gloria”; Raúl Gómez García, tras haber leído su fervoroso poema “Ya estamos en combate” la madrugada que precedió al asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, desbaratado unas horas después entre espantosas torturas; Frank País, conductor nato de hombres, espíritu recio y delicado, acribillado a balazos en Santiago de Cuba en 1957, y ese mismo año los prodigiosos adolescentes Luis y Sergio Saíz Montes de Oca, con un manojo de versos inflamados, sufriendo igual destino al otro extremo de la Isla; Ernesto Che Guevara, capturado tras su último disparo en la Quebrada del Yuro, en 1967, y asesinado. De criaturas así seremos eternos deudores cuantos nos hemos reunido en este Coloquio sobre Literatura Cubana 1959-1981.

Varios fueron como aquellos “poetas de la guerra” de que habló Martí, cuya
“literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían”. Foto: Internet 

Martí logró realizar en sus cuarenta y dos años de padecimientos, presidio, destierros y lucha política la más espléndida faena literaria de nuestra América; Pablo y el Che escribieron fuertes y perdurables testimonios; los otros, en grado mayor o menor, produjeron esa “poesía trunca” que nombró y antologó Mario Benedetti.

Varios fueron como aquellos “poetas de la guerra” de que habló Martí, cuya “literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían”. Acaso algunos “rimaban mal a veces, pero solo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien”. Todos fueron fieles a otras impresionantes palabras martianas: “¡La justicia primero y el arte después! […] ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!”. La pura luz de esa hoguera, que es la que nos ilumina, no podemos olvidar que se llama justicia.

Y no solo estamos en deuda con esos grandes, nuestros hermanos mayores, no importa cuál haya sido la edad que tenían al morir. También lo estamos con muchos otros escritores que, aunque no perecieron en combate o rotos por la lucha, llegaron al final de sus fecundas vidas orientados por una justa brújula política, como Manuel Navarro Luna, Juan Marinello, Alejo Carpentier o Mirta Aguirre; e incluso con quienes, carentes de esa brújula, pero con un patriotismo verdadero (no de relumbrón), una lealtad ejemplar a la tarea literaria, una existencia útil y ávidos sueños, hicieron contribuciones a menudo inesperadas a nuestra alma.

Pienso, para poner un ejemplo señalado de estos últimos, señalado por su calidad y su desafío (también a los fáciles encasillamientos), en un hombre como Julián del Casal, doliente y exquisito adorador de la belleza, que expresó en su obra su altivo desdén no por la vida en general, que a nadie le ha sido dado el privilegio de conocer, sino por la que le tocó vivir, en una colonia degradada.

Siempre me han parecido significativas varias cosas en torno a Casal: en primer lugar, el juicio insuperado que a su muerte escribiera sobre él en el periódico Patria, vocero oficioso del Partido Revolucionario Cubano, José Martí. Cómo olvidar esas palabras en las que Martí anunció que “aquel fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno, aquella ideal peregrinación, aquel melancólico amor a la hermosura ausente de su tierra nativa, porque las letras solo pueden ser enlutadas o hetairas en un país sin libertad, ya no son más que un puñado de versos, impresos en papel infeliz, como dicen que fue la vida del poeta.” Cómo olvidar que Martí, sin dejar de señalarle sus limitaciones, supo ver, detrás de los paramentos que a tantos han confundido, que Julián “aborrecía lo falso y pomposo”, que nuestra América “lo quiere, por fino y por sincero”.

Además, el grupo de escritores sobre los que durante su vida ejerció influencia Casal, al estallar la guerra del 95, dos años después de su muerte, tomó abierto partido por la independencia: los que no salieron al duro exilio murieron en los campos de batalla, como Carlos Pío Uhrbach, el gallardo novio de la alucinada y genial Juana Borrero; y uno de ellos, Bonifacio Byrne, al regresar del destierro “con el alma enlutada y sombría” y encontrar la bandera norteamericana ondeando insolente sobre nuestra Isla, escribió su memorable poema “Mi bandera”, que además de sus méritos propios, tiene para nosotros la virtud lacerante de que algunos de sus versos fueran recitados por el Comandante Camilo Cienfuegos en su último gran discurso al pueblo.

Aunque sin colocar de ninguna manera el hecho menor al que voy a referirme junto a los trascendentes que he mencionado, no puedo dejar de aludir a una mera curiosidad autobiográfica, y como tal, bien poco importante, en relación con Casal. El encuentro con su poesía, a mis trece años, me significó el descubrimiento mismo de la poesía. Aquellos que Martí llamó “versos tristes y joyantes” fueron el pórtico a través del cual un angustiado adolescente entró a la extraña y necesaria casa donde iba a vivir el resto de su vida, aunque nadie pueda encontrar en las páginas que años después escribiría aquel adolescente la huella de Casal: al margen de cualquier valoración, la mayoría de esas páginas ha querido contribuir a expresar la transformación de nuestro mundo.

Más de una vez me he preguntado qué hubiera dicho ese otro hermano mayor que fue Julián del Casal de haber sabido que sus inolvidables versos dolorosos iban a revelarle la poesía a quien tuvo un inmenso, un decisivo privilegio que a él le fue negado: llegar a conocer primero la esperanza y después la certidumbre de un mundo mejor. Creo que ello es una prueba más de los caminos con frecuencia insospechados del arte. Y casos similares se repiten constantemente, como bien supo Marx, no solo lector asiduo de los clásicos, sino admirador irrestricto del talentoso pero cambiante poeta Heinrich Heine, y por ende han ocurrido en la literatura cubana.

A causa de ello, solo una precipitación impuesta por las urgencias de los tiempos pudo hacer creer que, por ejemplo, nuestras letras auténticas de este siglo andaban irrestañablemente divididas entre las de aquellos que tuvieron una clara visión política y las de aquellos otros menos dueños de esa visión, pero con arraigo nacional y una faena literaria de calidad.

Quisiera por un momento volver a quien es, no ya nuestro hermano mayor, sino literalmente nuestro padre: José Martí. El mirífico poeta nicaragüense Rubén Darío, hechizado por la obra literaria martiana, lo llamó “Maestro”, y Martí, la única vez que se encontraron, en 1893 y en Nueva York, lo abrazó llamándolo “¡Hijo!”, como contó orgulloso Darío en sus apuntes autobiográficos.

Maestro llamaban también a Martí sus seguidores políticos, y en primer lugar los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso, los obreros cubanos en el Norte, “los pobres de la tierra” con quienes él echó su suerte para siempre. Pero ¿qué diálogo hubiera sido posible entonces entre el rielante autor de Prosas profanas (que sería después el hondo autor de Cantos de vida y esperanza) y los trabajadores a quienes la palabra compleja y ardiente de José Martí les llegaba hasta el alma y los incitaba a la guerra que debía poner fin en América al crepuscular colonialismo español e intentar frenar al entonces naciente imperialismo yanqui?

Quizá podamos avanzar unos años y contemplar más de cerca esa bifurcación que exigía reunir sus pedazos. En 1953, al cumplirse el primer centenario del nacimiento de José Martí, Cuba no solo seguía siendo una neocolonia norteamericana, sino que la asolaba una brutal tiranía. Esgrimiendo la herencia ígnea de Martí, respondiendo a ella como lo hicieran décadas atrás los sectores populares cubanos, Fidel, al frente de un grupo de aguerridos y humildes combatientes, asaltó el 26 de julio el Cuartel Moncada, e hizo ver con toda claridad en qué medida continuaba vigente la lección del héroe de Dos Ríos.

Foto: Internet

En el juicio que siguió a ese revés del que iba a brotar la victoria definitiva de nuestro pueblo, Fidel pronunció su extraordinario discurso “La historia me absolverá”: discurso que no solo dio a conocer el programa de lucha de la Revolución que entonces volvía a nacer, sino que también fue la primera obra literaria de esa Revolución renaciente. Allí, Fidel explicó: “Se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí es el autor intelectual del 26 de julio?”. Y antes de concluir:

Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su Centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida, para que él siga viviendo en el alma de la Patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!

Ese mismo año 1953, al margen de la fría y desvergonzada conmemoración oficial, una de las más bellas revistas de literatura, sobre todo de poesía, de nuestra historia, Orígenes, dedicaba a la “Secularidad de José Martí” su mejor número, ilustrado por Amelia Peláez, como otros lo estarían por Mariano, Portocarrero, Lam y en general los mejores pintores cubanos de entonces

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Foto: Internet

Aquel número incluyó colaboraciones de figuras tan altas de nuestra lengua como Gabriela Mistral, Alfonso Reyes, Vicente Alexaindre, Luis Cernuda, Jorge Guillén, María Zambrano, María Rosa Lida de Malkiel y otras más, entre las cuales, por supuesto, había un nutrido grupo de cubanos y cubanas como Dulce María Loynaz, Emilio Ballagas, Samuel Feijóo, Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz. En las páginas iniciales de aquella entrega, que hubiera merecido el exigente elogio de Casal o de Darío, un editorial sin duda escrito por José Lezama Lima, para quien la Cuba de entonces era “un país frustrado en lo esencial político”, además de decir cosas como que en la “soberanía” del estilo martiano “se percibe la mañana del colibrí, la sombría majestad de la pitahaya y los arteriales nudos del cedrón”; que Martí “será siempre un cerrado impedimento a la intrascendencia y la banalidad”, y que “sorprende en su primera secularidad la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes”, describe la obra grandiosa del Maestro llamándola “inmensos memoriales dirigidos a un rey secuestrado”.

Aquel diálogo que no llegó a ocurrir entre Darío y los obreros cubanos en el Norte ha sido hecho realidad con el triunfo revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, el cual, con Carlos Fonseca a la cabeza, ha arrebatado a Darío de las manos infames de los opresores y lo ha devuelto a su pueblo, proclamándolo poeta nacional de la nueva Nicaragua. La expresión de Martí, que a algunos pudo parecer sorprendente, al llamar hijo al entonces joven y lujoso poeta, es plenamente iluminada por la historia. El diálogo tiene lugar ahora. Darío, junto a Sandino, junto a Fonseca, junto a Cardenal es una de las banderas que esgrime su pueblo en la admirable y difícil tarea a que está entregado. Y un auténtico hijo de Martí no podía estar ausente en esa cita esencial de su patria.

En Cuba, ¿no sabemos desde hace muchos años quién es ese “rey secuestrado” a quien Martí dirigía sus “inmensos memoriales”? Dicho sea sin la menor retórica, y sobre todo sin la menor retórica aparentemente revolucionaria, ese rey era (es) nuestro pueblo. Por supuesto, fueron necesarios aquel asalto al Moncada y nuestro espléndido proceso revolucionario para que esto se volviese transparente como la luz; y también para que se hiciera posible la fusión de los hombres y las mujeres honrados (escritores o no), fieles a su país, a sus luchas, a sus esperanzas, más allá de diferencias de otra índole. ¿Cómo vamos a olvidar, los que tuvimos el privilegio de vivirlo, aquel año 1959, aquel año de Enero en que nuestro pueblo experimentó el esplendor de abrirse a una vida auténticamente libre, de hacerse dueño para siempre de su destino? Entre tantas cosas magníficas que entonces contemplamos, se encontraron los nostoi, como dirían los griegos, los regresos de numerosos intelectuales a quienes la persecución política, las dificultades económicas o la pobreza cultural habían arrojado fuera del país. Entre los escritores, algunos eran figuras consagradas, como Nicolás Guillén, procedente de la Argentina, o Alejo Carpentier, Félix Pita Rodríguez y José Antonio Portuondo, de Venezuela; otros eran jóvenes, como Rolando Escardó, que regresara de México y al otro año moriría en accidente ensangrentando su uniforme de oficial del Ejército Rebelde; como Fayad Jamís, venido de Francia; Pablo Armando Fernández, de los Estados Unidos, Ambrosio Fornet, de España, y muchos más.

La violenta y calumniosa campaña adversa que desde el primer momento desatara el imperialismo norteamericano al comprobar que se le iba de las manos definitivamente el primer territorio libre de América, ha insistido, y sigue haciéndolo, en los que abandonan nuestra tierra gloriosa  y soberana, bloqueada y en peligro. Válganos, pues, insistir en el hecho opuesto, en el regreso de los mejores: un regreso cuyo más reciente capítulo nos es particularmente conmovedor, porque se trata de la vuelta de jóvenes que en la niñez, cuando aún no estaban en capacidad de decidir por sí mismos, fueron arrancados de su tierra natal, y que al arribar a su madurez, a pesar del ambiente adverso que los rodeaba, llegaron a comprender las luminosas verdades de nuestra Revolución, la abrazaron con la misma fuerza que nosotros, la defienden incluso en las entrañas del monstruo, y engrandecen así la patria. Contra viento y marea, según el título del excelente libro testimonial que un grupo de ellos, encabezado por la inolvidable Lourdes Casal, escribiera, y que en 1978 recibió un Premio Extraordinario de la Casa de las Américas, estos jóvenes ratifican la justicia de nuestra causa.

En cuanto a los que se van, “¿cómo pensar en ellos sino con pena?”, según dijo Fidel en 1961. Desertan de la patria amenazada. Venden por un miserable plato de lentejas el deslumbrante privilegio de contribuir a edificar, en condiciones tanto más hermosas cuanto más difíciles, una sociedad de justicia ante las fauces del imperio. A pesar de que las he citado en numerosas ocasiones, es necesario volver sobre las líneas imperecederas de José Martí cuando en “Nuestra América” explicó:    

A los sietemesinos solo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulseras, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que les roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes […] Pues ¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, ya va de más a menos!

Foto: Internet

Naturalmente, ninguno de nosotros puede ser tan insensato como para pensar que siempre hemos hecho lo mejor, como para jactarse de que no hemos cometido errores. Por el contrario, de seguro nos hemos equivocado más de una vez. Todo o casi todo tuvimos que aprenderlo o reaprenderlo, lo que solo era dable porque entre los derechos conquistados se encontraba el imprescindible derecho al error que tiene un hombre sincero. Pero podemos proclamar con orgullo que hemos sabido, si no evitar las equivocaciones, reconocerlas honradamente y rectificarlas, según dijera en unos limpios versos nuestro querido José María Valverde, quien nos ha honrado con su presencia durante estos días, al igual que los demás compañeros venidos de otras tierras.

Y como la meta ha sido siempre obtener, con desprendimiento y sacrificio, lo mejor para nuestro pueblo, ¿quién que tenga siquiera una pizca de honradez puede aducir tales equivocaciones, inevitables en obras humanas, para intentar justificar su traición? En carta de mayo de 1894 a su amigo fraternal Fermín Valdés Domínguez, precisamente a propósito de la “la idea socialista”, le dijo Martí: “Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa.”

Bien sabemos, desde luego, que las faltas que se mencionan como presuntas razones para abandonar la patria no son creídas ni siquiera por los mismos que las aducen. Lo que realmente ocurre, como comprobamos a diario, es que el enemigo, ante el hecho incontrovertible de que los más altos representantes de nuestra cultura han permanecido leales a nuestra patria, a nuestra Revolución, no se cansa de inventar ilusorias grandezas literarias donde solo hay (salvo ancianos asustados que ya habían realizado sus obras mayores y algunas raras excepciones con habilidad verbal) escritorzuelos de medio pelo, y a veces ni siquiera eso. Hemos visto, en cambio, cómo la firme posición revolucionaria de figuras de relieve universal como Nicolás Guillén, el mayor poeta vivo de nuestra América, y Alejo Carpentier, quien hasta su muerte tuvo rango similar en lo tocante a la novela, ha hecho que en medios culturales penetrados de una u otra forma por el enemigo se les retaceen sus inmensos valores.

Naturalmente, ninguno de nosotros puede ser tan insensato como para pensar que siempre hemos hecho lo mejor, como para jactarse de que no hemos cometido errores. Por el contrario, de seguro nos hemos equivocado más de una vez. Todo o casi todo tuvimos que aprenderlo o reaprenderlo, lo que solo era dable porque entre los derechos conquistados se encontraba el imprescindible derecho al error que tiene un hombre sincero. Pero podemos proclamar con orgullo que hemos sabido, si no evitar las equivocaciones, reconocerlas honradamente y rectificarlas, según dijera en unos limpios versos nuestro querido José María Valverde, quien nos ha honrado con su presencia durante estos días, al igual que los demás compañeros venidos de otras tierras.

Y como la meta ha sido siempre obtener, con desprendimiento y sacrificio, lo mejor para nuestro pueblo, ¿quién que tenga siquiera una pizca de honradez puede aducir tales equivocaciones, inevitables en obras humanas, para intentar justificar su traición? En carta de mayo de 1894 a su amigo fraternal Fermín Valdés Domínguez, precisamente a propósito de la “la idea socialista”, le dijo Martí: “Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa.”

Bien sabemos, desde luego, que las faltas que se mencionan como presuntas razones para abandonar la patria no son creídas ni siquiera por los mismos que las aducen. Lo que realmente ocurre, como comprobamos a diario, es que el enemigo, ante el hecho incontrovertible de que los más altos representantes de nuestra cultura han permanecido leales a nuestra patria, a nuestra Revolución, no se cansa de inventar ilusorias grandezas literarias donde solo hay (salvo ancianos asustados que ya habían realizado sus obras mayores y algunas raras excepciones con habilidad verbal) escritorzuelos de medio pelo, y a veces ni siquiera eso. Hemos visto, en cambio, cómo la firme posición revolucionaria de figuras de relieve universal como Nicolás Guillén, el mayor poeta vivo de nuestra América, y Alejo Carpentier, quien hasta su muerte tuvo rango similar en lo tocante a la novela, ha hecho que en medios culturales penetrados de una u otra forma por el enemigo se les retaceen sus inmensos valores.
La obra de Carpentier y de Guillén, dos de los mayores exponentes de las letras cubanas, han influido
notablemente la literatura de América Latina. Foto: Internet

Por supuesto, algo similar ocurre en lo tocante a los otros escritores cubanos revolucionarios. Y no han faltado las manipulaciones en torno a autores no socialistas, pero de arraigado patriotismo, a quienes en vano se ha querido presentar como hostiles a la nueva Cuba. Sin embargo, ¿quiere un zascandil, nacido por desdichado azar en nuestra tierra, convertirse en una celebridad? La fórmula es sencilla: abandone nuestro país, acérquese (si no lo había hecho antes) a uno de los muchos agentes del enemigo, cacaree a través de la prensa venal cualquiera de las muchas mentiras que se nos han endilgado durante casi un cuarto de siglo, y se verá retratado, entrevistado, catapultado, publicado, traducido: y, por supuesto, desdeñado, ya que de antiguo se sabe que Roma paga a los traidores, pero los desprecia. Mas sobre tales bajezas no es necesario insistir. Un viejo dicho castellano nos advierte que si ladran es porque cabalgamos. Dejemos pues los perros y sigamos nuestro camino.

A veces nos sorprenden amigos fuera de Cuba al preguntarnos si existe una literatura de la Revolución Cubana. Aunque no fuimos educados por esos maestros a quienes, con razón o sin ella, se les atribuye esta argucia, no podemos menos que responder con otra pregunta: ¿Puede no existir una literatura de la Revolución Cubana? Es decir, ¿es dable que un proceso tan radical como el nuestro, que ha llegado a lo más profundo de las estructuras sociales y del individuo, no se hubiera expresado también en la literatura?

Nuestra Revolución, por una parte, como destacó Fidel en 1968, es un nuevo capítulo de una sola Revolución: la que se inició en La Demajagua el 10 de octubre de 1868 y después de más de un siglo de lucha seguimos llevando hacia adelante. Pero las metas de esa única Revolución, por otra parte, se han ido enriqueciendo con los años.

Al principio, eran la independencia política frente a España y la abolición de la esclavitud. En nuestros días, no solo se ha conquistado la libertad política y económica frente a los Estados Unidos, país que entre 1898 y 1958 fue nuestra nueva metrópoli, sino que también se ha logrado el cese de la explotación de unos hombres por otros. Esto último solo fue posible en la etapa más reciente de nuestra Revolución, la etapa en que nos encontramos, de construcción del socialismo.

Hace veinte años Fidel anunció, en vísperas de la invasión mercenaria, el carácter socialista que había asumido nuestra Revolución. Unas horas después de ese histórico anuncio nuestro pueblo defendió con las armas, al precio de muchas vidas, la primera revolución socialista de América. No es pues extraño que el rasgo básico de la literatura de nuestra Revolución sea la perspectiva socialista a partir de la cual se producen sus obras. Y esto es válido no solo para autores que en 1961 o incluso en 1959 ya tenían esa perspectiva e iban a enriquecerla, sino también para el resto de los escritores cubanos revolucionarios, que en la brega cotidiana y en el estudio adquirirían tal perspectiva.

No solamente cuando aparece de modo explícito el tema de la Revolución se está autorizado a hablar de una literatura revolucionaria. Más allá del tema, más en lo hondo, está la perspectiva, la visión: no es lo que se mira, sino cómo se mira lo que define tal carácter revolucionario. Por supuesto, el tema, los temas de la Revolución han invadido, fertilizándola, nuestra literatura. En ella están expresados nuestros trabajos y nuestros días. Cuanto se ha hecho o ha ocurrido en estos años titánicos ha encontrado expresión en nuestras letras: la crítica a la sociedad prerrevolucionaria, las memorias de la lucha insurreccional, el alborozo del triunfo, el intenso trabajo creador, la victoria de Girón, la Campaña de Alfabetización, la lucha contra bandidos, la crisis de Octubre, las tareas de nuestras fuerzas de seguridad, las victorias de países heroicos como Vietnam y Nicaragua, el dolor de la momentánea derrota chilena y los padecimientos de tantos pueblos hermanos, la participación directa en la ayuda a Angola y Etiopía, el recuerdo imborrable de héroes como el Che y Camilo, de heroínas como Celia y Haydee, de tantos compañeros y compañeras caídos en las luchas, y en general las mil incidencias de la construcción ardua y hermosa del socialismo.

No ha habido acontecimiento capital de estos años que no haya sido recogido en nuestra literatura: aunque aún hay mucho más que debe aparecer, y que de seguro aparecerá en ella. ¿Pero acaso deja de ser revolucionaria nuestra literatura cuando, con mirada que no hubiera sido posible sin ella, son abordados el amor y la muerte, la familia y la tristeza; cuando se vuelve hacia zonas más o menos distantes del pasado? Un poema de amor, de entrañable amor, escrito por un poeta auténticamente revolucionario, ¿no forma también parte, a veces parte esencial, de la literatura revolucionaria de Cuba? Guillén, el gran poeta revolucionario de Tengo, es el mismo de su Música de cámara. O, en otro orden de cosas, ¿hubieran podido Alejo Carpentier escribir Concierto barroco y José Soler Puig El pan dormido de no haber sido por la Revolución Cubana y  la cabal inserción de sus autores en ella? Incluso un simple elogio a la belleza, claro y altivo como una de nuestras palmas reales, ¿puede no expresar el sentimiento revolucionario cuando el autor se halla plenamente imbuido de ese sentimiento? Permítanme recordar, a propósito de esto, los siguientes versos:

Una cuerda amarraron a mis piernas y los brazos me ataron,
pero el suave perfume de las flores y el canto de los pájaros        
desde el bosque me llegan. ¿Cómo impedir podrían que esta dicha
me acompañara? Ahora, ni es tan largo el camino ni estoy solo.

Estos versos, bien sabemos que los escribió, preso por sus tareas revolucionarias, Ho Chi Minh. ¿Se quiere ejemplo mejor de que también la pura belleza, la evocación del “suave perfume de las flores y el canto de los pájaros” hecha por un poeta de verdad, por un hombre de verdad, es un arma de la Revolución? Ningún tema, ningún asunto de valor humano, como ninguna forma, están vedados al escritor revolucionario.

No solo existe una literatura de la Revolución Cubana, sino que cuando ella lo es de veras —literatura de veras y revolucionaria de veras— es multiforme, rica, exigente. Sin fáciles e inaceptables complacencias, y dando por sentado que son normales los altibajos en todo proceso, es evidente que allí donde existía una valiosa continuidad antes del triunfo revolucionario, como en el caso de la poesía, esa continuidad se ha mantenido a un nivel admirable. De Nicolás Guillén a los poetas veinteañeros, este hecho no deja lugar a dudas. La cuentística cubana también ha mantenido su nivel, de Onelio Jorge Cardoso a los más nuevos. Otro tanto hay que decir de la ensayística, con la figura magistral, martiana y marxista leninista de Juan Marinello a la cabeza de una cohorte que no se ha interrumpido. En cuanto a la dramaturgia, que conocía la obra audaz de Virgilio Piñera, es imposible negar su evidente crecimiento y sus aportes originales en estos años. ¿Y qué decir de la novelística? Novelistas habíamos tenido antes de la Revolución, algunos tan notables como Cirilo Villaverde o como el gigantesco Alejo Carpentier. Lo que no habíamos tenido era una novelística. El propio Alejo, en su libro seminal Tientos y diferencias, hizo ver que la existencia de lo primero no garantiza la existencia de esta última. La novelística cubana ha sido posible por la Revolución. Tampoco habíamos tenido, en rigor, una literatura para niños, a pesar del antecedente impresionante de La Edad de Oro, de José Martí. Es gracias al triunfo revolucionario, y a los reclamos engendrados por ese triunfo, que tal literatura encarna entre nosotros, a partir de obras como las de Herminio Almendros, Dora Alonso, Renecita Méndez Capote y otros autores ya citados.

Estos versos, bien sabemos que los escribió, preso por sus tareas revolucionarias, Ho Chi Minh. ¿Se quiere ejemplo mejor de que también la pura belleza, la evocación del “suave perfume de las flores y el canto de los pájaros” hecha por un poeta de verdad, por un hombre de verdad, es un arma de la Revolución? Ningún tema, ningún asunto de valor humano, como ninguna forma, están vedados al escritor revolucionario.

No solo existe una literatura de la Revolución Cubana, sino que cuando ella lo es de veras —literatura de veras y revolucionaria de veras— es multiforme, rica, exigente. Sin fáciles e inaceptables complacencias, y dando por sentado que son normales los altibajos en todo proceso, es evidente que allí donde existía una valiosa continuidad antes del triunfo revolucionario, como en el caso de la poesía, esa continuidad se ha mantenido a un nivel admirable. De Nicolás Guillén a los poetas veinteañeros, este hecho no deja lugar a dudas. La cuentística cubana también ha mantenido su nivel, de Onelio Jorge Cardoso a los más nuevos. Otro tanto hay que decir de la ensayística, con la figura magistral, martiana y marxista leninista de Juan Marinello a la cabeza de una cohorte que no se ha interrumpido. En cuanto a la dramaturgia, que conocía la obra audaz de Virgilio Piñera, es imposible negar su evidente crecimiento y sus aportes originales en estos años. ¿Y qué decir de la novelística? Novelistas habíamos tenido antes de la Revolución, algunos tan notables como Cirilo Villaverde o como el gigantesco Alejo Carpentier. Lo que no habíamos tenido era una novelística. El propio Alejo, en su libro seminal Tientos y diferencias, hizo ver que la existencia de lo primero no garantiza la existencia de esta última. La novelística cubana ha sido posible por la Revolución. Tampoco habíamos tenido, en rigor, una literatura para niños, a pesar del antecedente impresionante de La Edad de Oro, de José Martí. Es gracias al triunfo revolucionario, y a los reclamos engendrados por ese triunfo, que tal literatura encarna entre nosotros, a partir de obras como las de Herminio Almendros, Dora Alonso, Renecita Méndez Capote y otros autores ya citados.

Foto: Internet

He dejado para ahora, en esta enumeración de géneros, aquellos que Alfonso Reyes llamaba “ancilares”, los cuales, como tan frecuente es en un proceso revolucionario, adquieren en un momento dado de ese proceso particular relieve. Indudablemente, este ha sido el caso de la oratoria. Exigida por nuestra democracia socialista, en la que nos es necesario constantemente exponer y defender nuestros criterios, la oratoria alcanzaría un nivel que no podía haberse sospechado en las décadas anteriores al triunfo revolucionario. Los persas del período del esplendor helénico llamaban a los atenienses un pueblo de charlatanes. La feroz tiranía que padecían aquellos les impedía comprender las características de la democracia ateniense: una democracia harto insuficiente, porque se limitaba a los esclavistas, pero aun así superior al régimen de los persas.

La nuestra es la más completa democracia que el hombre ha alcanzado hasta la fecha: la democracia socialista, que no se limita a elegir cada cuatro años, como en los Estados Unidos, qué representantes de los explotadores van a gobernar al país, sino que día a día hace conocer la voluntad del pueblo, y nos ha obligado a todos, incluso a quienes menos dotados estemos para ello, a hacernos un pueblo de oradores. Esto explica la vigencia del género. Y, por supuesto, explica que en algunos de nuestros más altos dirigentes sus discursos alcancen, en determinados momentos, junto a su esencial función práctica, valores estéticos. Otros géneros ancilares son los que se agrupan bajo el nombre de testimonio. Desde los Pasajes de la guerra revolucionaria, del Che, el crecimiento del testimonio es evidente entre nosotros, e incluso ha invadido otros géneros, como la poesía: tanto la que se lee en libros, revistas y periódicos, como la que se oye cantar.

Es necesario mencionar un hecho de tanta importancia para nosotros como los hondos vínculos que nuestra literatura, y en general nuestra cultura, han establecido con la literatura, con la cultura del mundo todo, rompiendo el criminal bloqueo que se nos ha impuesto y ratificando nuestra vocación humanista e internacionalista. En primer lugar, por obvias razones de comunidad histórica: los vínculos con la literatura de los otros países de nuestra América, algunos de cuyos grandes autores lo son también de nuestra Revolución. No tomen a mal que aluda al papel que en relación con esto ha desempeñado y desempeña la Casa de las Américas. Además, gracias a una encomiable labor de traductores, labor que creo que no se ha destacado aquí, entramos en contacto con la literatura de esa otra madre patria nuestra (con perdón para la fórmula maternalista) que es África. Y, también por la mediación de nuestros traductores y a menudo en empresas comunes, un vasto panorama literario que el régimen explotador nos vedaba se nos ha abierto, por la relación hecha posible con el resto del mundo socialista. Incluso en los países de la Europa capitalista, ¿no sabemos que abundan, junto a los opresores, hombres y mujeres de buena voluntad, y que hay allí una riqueza literaria irrenunciable para una revolución socialista, como ya lo demostró la política cultural leninista? ¿Acaso de los propios Estados Unidos no acabamos de recibir una cálida respuesta fraternal, proveniente de un nutrido congreso de escritores de ese país, a una carta abierta que el Primer Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, convocado por la Casa de las Américas y realizado en estos mismos locales, enviara en septiembre pasado al pueblo y a los intelectuales de los Estados Unidos, que naturalmente no podemos identificar con el deleznable gobierno que padecen? Nuestra divisa, en esto como en todo, es la divisa martiana “Patria es humanidad”.

A la variedad de géneros, líneas, tendencias, asuntos y formas de nuestra literatura, al margen de cualquier cartabón empobrecedor (como quedó claro en las memorables Palabras a los intelectuales pronunciadas por Fidel en 1961, lo ratifican los documentos de nuestra política cultural y lo reitera constantemente nuestro Ministerio de Cultura), hay que añadir la diversidad generacional.

En Cuba se manifiestan hoy varias generaciones. Desde el decano José Zacarías Tallet, con sus ochenta y ocho lozanas primaveras, hasta las muchachas y los muchachos que ahora mismo escriben sus primeros textos, grande es la diferencia en edades y, por supuesto, diversas son las generaciones. Ya se ha dicho que negar la existencia de las generaciones es como negar la existencia de los árboles, pero que adorar como cosa definitiva las distinciones generacionales es tan torpe como adorar los árboles. Las diferencias de ideas y de conductas, y no de edades, son lo que divide a los hombres y mujeres, mientras existan clases sociales antagónicas: desde luego, teniendo en cuenta que la clase de cada uno no es obligadamente aquella en que se nace por azar, sino aquella cuyos ideales se abrazan libremente. Con tal criterio, cada generación en su vertiente mejor enriquece el mundo, no lo empobrece: y menos que nunca en un proceso revolucionario como el nuestro, donde no hay clases antagónicas, y sí tareas suprageneracionales. Hace veinte años, en sus Palabras de 1961, ya nos habló Fidel de “nosotros, los de esta generación sin edades, en la que cabemos todos: tanto los barbudos como los lampiños, los que tienen abundante cabellera o no tienen ninguna o la tienen blanca”. Y de inmediato, refiriéndose a la construcción revolucionaria: “Esta es la obra de todos nosotros”.

Precisamente en estos momentos adquiere su plena conciencia la generación que nació en torno a 1959. Ella es la primera generación nuestra para la cual su pasado es también la Revolución. Y en su actitud ante el estudio, ante el trabajo, ante la creación intelectual, ante la defensa del país ha demostrado ser digna sucesora de las generaciones anteriores. También a ella le ha tocado abrirse a la historia en un momento complejo y peligroso. Encontró un país sin explotación, sin analfabetismo, sin desempleo, sin prostitución, sin discriminación, sin mendicidad. Pero, desgraciadamente, no encontró aún un mundo sin imperialismo. La amenaza de una guerra desatada por el imperialismo yanqui, de una guerra que puede dar al traste no ya con “el experimento cubano”, sino con “el experimento humano” en su totalidad, es realmente grande. Pero esa amenaza, contra la cual todos estamos obligados a luchar, no la intimida a ella, como no intimida al resto del pueblo de Cuba. Tenemos deberes que cumplir, deberes con la patria y con la humanidad, deberes en todos los frentes, uno de los cuales es la literatura. El fervor de estos jóvenes que eran niños o niñas cuando la Crisis de Octubre o cuando Girón, o acaso entonces no habían nacido todavía, nos vuelve a llenar de confianza y de optimismo. Ellos y ellas llevarán adelante, hasta metas que no podemos prever, y con una exigencia creciente, nuestra literatura, porque contribuirán a llevar adelante nuestra Revolución.

Ahora que llego al final de estas palabras, pienso que quizás ellas son, en cierta forma, más que palabras de clausura, la ponencia que hubiera querido leer desde mi intranquilo asiento. Solo tiene dos privilegios sobre las otras: que es un poco más larga y que no será discutida aquí. De todas maneras, ¿cómo se clausura un coloquio? Hace años me dijo un querido pintor que un cuadro no se termina: se abandona. Acaso un coloquio, es decir, una conversación, si es como esta, entre compañeros, entre hermanas y hermanos, tampoco se termina: se interrumpe tan solo, para reanudarse cuanto antes. En todo caso, no quisiera finalizar estas líneas apresuradas e insuficientes sin evocar, dados los vientos de borrasca que soplan, nuestra irrenunciable consigna de vida y de poesía: Patria o Muerte. Venceremos.