Es relativamente frecuente escuchar la frase “A mí me pasó igual” cuando se narra un suceso, se cuenta una anécdota, alguien se lamenta del obstáculo que ha encontrado en una gestión, etc. Es algo que ocurre en cualquier conversación, a todos los niveles. Y siempre resulta  inaguantable.

Porque a la persona que está contando, le importa un soberano rábano que a su interlocutor le haya pasado lo mismo, cosa que ignora olímpicamente quien dice “a mí también me pasó”. Parece una competencia de protagónicos, pero debe respetarse a quien lo dijo primero. A veces pierde brillo la anécdota porque ella misma minimiza el sufrimiento: no tiene gracia, por ejemplo, contar que el transporte urbano es pésimo, que las colas son eternas, que los trámites de vivienda resultan extenuantes y cosas por estilo. A nadie que vive en Cuba se le ocurre reseñar ninguna de estas tres actividades. Se sabe que son tragedias compartidas por todos, y de ahí la tontería de pretender convertirlas en algo digno de contar.


Foto: Internet


Las cosas dignas de contar son aquellas —al menos, en teoría— inusuales. Algo que sorprenda, que provoque pena o regocijo, que movilice empatía, que convierta al narrador en una especie de héroe. De lo contrario, sería una manera (más) de perder el tiempo y de lograr que los demás lo pierdan también. Decir, por ejemplo “Hoy fui al Banco Metropolitano y cuando me tocaba el turno en la cola, se fue la luz” carece de importancia. Si se comete la tontería de contar semejante nimiedad, debe esperarse la lógica mirada del auditorio que expresa la pregunta monosilábica “¿Y?”

Hacemos trámites, soportamos Vía Crucis burocráticos, aprendemos a andar a oscuras en las casas sin previo aviso, a esquivar baches descomunales en las calles  y hacemos colas interminables sin contarlo a nadie. En silencio soportamos la corrosiva cotidianidad sin mencionarla. Porque al ser compartida, la tragedia se convierte en común. Es, en otras palabras, una obviedad del realismo cubano.

¿Qué reviste mayor importancia: una firma o una foto? Da igual, si a otro le sucedió algo parecido a quien llegó emocionado, se desinfla el interés.

Pero narrar el encuentro con un famoso es harina de otro costal. Hay que ver el brillo en los ojos, el saliveo bucal, la respiración agitada del conocido que se acerca y nos dice “Hoy conversé con Juan Madrid”. Las amistades nos colocamos en semicírculo alrededor del afortunado para escuchar la gloria vivida. En la mejor parte del cuento, esa que dice “…y me firmó su novela más reciente” salta alguien y espeta “A mí me pasó igual, y tengo una foto con Juan… déjenme que la busque… está por aquí en el celular… espérense...” con lo cual la atención gira para quien tiene una imagen del gran escritor español. Y el pobre amigo que llegó con la primicia queda como pescado en tarima. Cabe preguntarse entonces ¿qué reviste mayor importancia: una firma o una foto? Da igual, si a otro le sucedió algo parecido a quien llegó emocionado, se desinfla el interés.

A todos nos suceden interrupciones de ese tipo. Estamos en el Hospital, nerviosas ante la inminencia de una prueba Citológica, y de pura ansiedad comunicamos a la paciente de al lado que “hace 3 meses me detectaron unas células atípicas” y en lugar de encontrar consuelo, escuchamos “A mí también. Y peor: tengo un NIC”. O, por el contrario, rebosamos alegría debido a la compra del último paquete de papel higiénico en la tienda (por razones desconocidas comprar el último artículo disponible es causa de euforia), y al contarlo, la vecina nos dice “Eso no es nada. Yo me encontré cuatro paquetes, sin cola ni nada. Y encima, rebajados”.

Hay personas tan inoportunas que dan ganas de decirles “ayer me morí”, a ver si nos responden “Yo también”, pero mejor no tentar al diablo. Capaz que nos digan “Sí, pero yo estoy más muerta que tú”. Nunca se sabe con las personas a quienes les suceden cosas iguales que a nosotros, pero siempre mejores o peores. Les da igual.