Sonia tenía un amor difícil con los trenes. Apenas sentía el retemblar lejano, era invadida por una mezcla de temor y fascinación que no se le quitaba ni cuando por fin aquella mole de acero se detenía mansa frente a ella en la estación. Entonces una parte de su cuerpo seguía tirando con fuerza hacia el andén, mientras la otra se mantenía bien pegada a las caderas  de su madre.

Hoy, sin embargo, el hechizo ha superado al miedo. Su madre ha prometido llevarla de paseo a casa de los abuelos, de modo que le parece oportuno tranquilizar a su muñeca: “Viste, los trenes no hacen nada; son buenos porque llevan a pasear”. Y, además, era aquel un tren especialmente bello, con números fosforescentes y rayas azules en las bandas. Eso iba a comentarle a su muñeca cuando de pronto surgió aquella luz intensa seguida de un calor asfixiante… Tenía Sonia Burri tan solo 7 años, y esa luz fue lo último que pudo ver en su vida.  


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Un paramédico la tomó por las piernas y otro por los hombros para colocarla en una camilla y cubrirla con una sábana, cosa que también hicieron con los demás cuerpos que aparecían desparramados por doquier. Fue Sonia una de las 193 personas muertas en aquel abominable atentado terrorista el día 11 de marzo de 2004 en la estación madrileña de Atocha…. Perdón, quise decir una de las 56 víctimas el 7 de julio de 2005 en el metro de Londres… Perdón otra vez, no sé por qué me he vuelto a equivocar. Era una de los 85 asesinados aquel sábado 2 de agosto de 1980 en la estación de Bolonia, Italia.

Esa misma tarde, de manera automática, los periódicos empezaron a culpar a los yihadistas… Caramba, perdón nuevamente, cuando aquello aún no se acusaba de forma expedita a los árabes. En fin, en la tarde los medios de todo el mundo empezaron a culpar del crimen a las llamadas Brigadas Rojas, una organización terrorista supuestamente vinculada a sectores de izquierda. Según opinaban, las Brigadas Rojas eran partidarias de una doctrina totalitaria teocrática fundamentalista de corte antiliberal y antidemocrático, que despreciaba sistemáticamente la vida humana…

Perdón de nuevo: en la anterior cita se debe tachar la palabra “teocrático”. Me explico: como se sabe, los partidarios del yihad hoy son tenidos por fundamentalistas teocráticos, amén de lo demás, porque promulgan el gobierno de Dios mediante lo escrito en El Corán. O sea, no son como George W. Bush que, antes de invadir a Irak en 2003, no consultó Evangelio ni sacerdote alguno, sino que habló directamente con Dios. En fin, como las Brigadas Rojas se declaraban ateas, no eran teocráticas, aunque sí todo lo demás.  

Comprenderán mis queridos lectores que la anterior explicación emula en vericuetos con el célebre laberinto de Minos. De modo que, según hizo Teseo con la ayuda de Ariadna, en este artículo también necesitaré el auxilio de un hilo conductor. Retomo entonces el caso de la niña Sonia Burri, y propongo suponer que ella no murió en aquel atentado terrorista de Bolonia, en 1980, sino que aún está viva. Su nombre ya no aparece en la placa conmemorativa hoy colocada en la estación de Bolonia —cerca del reloj detenido a las 10 y 25 de la mañana, hora en que ocurrió la explosión—, sino que tendría ya 42 años y quizá ahora mismo es médico o maestra, o ejecutiva de la FIAT. (Advierto que no menciono a la FIAT por acudir al tópico barato o la mediocre contextualización, sino porque fue esta empresa uno de los objetivos favoritos de las Brigadas Rojas en aquellos tiempos).

Atiendan, sin embargo, a la paradoja. Aun cuando Sonia Burri hubiera escapado con vida de aquel atentado, probablemente hoy apenas recordaría muy poco de las tan afamadas y difamadas Brigadas que supuestamente un día la asesinaron. Esto a pesar de que entonces, como creo haber dicho, los periódicos y los noticieros de radio y televisión se regodeaban cada día con las tremebundas historias de esa organización. No faltaba una jornada sin que las Brigadas Rojas no fueran acusadas de secuestros, disparos, acuchillamientos, asaltos, bombas y más bombas. Para que Sonia entendiera mejor la magnitud del fenómeno, quizá tendríamos que comparárselo con lo que hoy se divulga de los terroristas islámicos: no hay día que estos no aparezcan en la prensa como autores de una cruel matanza.

Sucede, sin embargo, que para cuando Sonia hubiera tenido 17 años, de repente dejó de hablarse de las Brigadas Rojas. Un día de 1990, por el mes de octubre, nos enteramos de que aquellos horribles asesinatos no fueron obra de una supuesta organización marxista, sino de una red secreta anticomunista, creada por la CIA y la OTAN, bajo el nombre de Operación Gladio. 

Las actividades de Gladio consistían en realizar atentados y otras acciones terroristas de falsa bandera, con el objetivo de culpar de ello a los chavistas. Una vez más pido perdón, en vez de chavistas debí decir grupos y partidos de izquierda que impedían la promulgación de gobiernos autoritarios neofascistas en Europa Occidental.

Si Sonia Burri estuviera aquí ahora mismo; si hubiera salido de su tumba y de repente adulta estuviera sentada a mi lado mientras escribo, tal vez intrigada me preguntaría: “Venga acá, don Antonio, ¿me puede explicar por qué usted se trastoca tanto?”. Tendría que replicarle: “Mire, Sonia, en realidad no me trastoco en absoluto. Todo lo anterior, incluso tu muerte, responde a la misma mecánica; a un único y continuo sistema de dominación creado por los poderosos de este mundo para alcanzar sus objetivos tácticos y estratégicos”.

Cuando en un breve plazo, digamos cuatro o cinco días, uno ha leído decenas de reportajes, crónicas, entrevistas y demás artículos de prensa emitidos por los medios hegemónicos durante los últimos 40 años, perplejo descubre que el tiempo no parece existir. Cambian los nombres y las geografías, pero no la esencia de las noticias. Los argumentos de hoy son un “corta y pega” de los argumentos de ayer y lo más inquietante es comprender que siempre hubo un terrorismo bueno y otro malo.

Como eras muy pequeña cuando explotó la bomba que acabó con tu vida, quizás no recuerdas que entonces el PCI era una poderosa fuerza política en Italia. Era el mayor partido comunista del mundo capitalista; una espina en el corazón imperial y esto no se podía permitir. De modo que, con el objetivo de manipular la opinión pública, se diseñó lo que dieron en llamar una “estrategia de la tensión”, donde tú fuiste una más entre miles de víctimas.

Entonces, Sonia, mira a ver si esto no tiene claras zonas de contacto con lo que hoy pasa en Venezuela, donde los opositores violentos no son presentados como terroristas, sino como luchadores por la libertad. Para nada importa que, entre otras monstruosidades, rieguen con gasolina y prendan fuego a personas inocentes, ataquen guarderías repletas de infantes, a maternidades con decenas de parturientas en su interior… Tanto como antes pasó con la Operación Gladio, siempre recibirán el aplauso de los Estados Unidos y la Unión Europea.


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El terrorismo, Sonia, es como un tren que viaja por una línea circular: en cada estación montan diferentes personas, pero la ruta siempre será la misma. De vez en cuando estallará un vagón o una de las estaciones, pero en esto no importará la gente que ha montado o espera su viaje, sino los que miran pasar el tren desde sus casas. Así, en alguna oscura oficina, tu muerte no fue contabilizada como un crimen, sino como un detalle político para infundir miedo y diseminar propaganda contra movimientos sociales que era necesario reprimir. Es lo que también se hace contra gobiernos progresistas o indeseables del mundo con el objetivo de justificar guerras o golpes de estado.

Bajo ese principio, en casi todos los países europeos fueron creadas ramas de la Operación Gladio, cuya base inicial fue conformada con muchos de los exmilitares nazis derrotados en la II Guerra Mundial. Como se sabe, tanto como ahora dicen de los yihadistas, los nazis eran partidarios de una doctrina totalitaria teocrática fundamentalista de corte antiliberal y antidemocrático que despreciaba sistemáticamente la vida humana. Sin embargo, esto ya no era una condición indigna en ellos, sino todo lo contrario, era un mérito. En el teatro de operaciones geopolíticas globales, de pronto dicho factor los convertía en actores ideales para representar el papel de villanos marxistas-terroristas. O sea, aunque aquellos nazis ahora seguían cometiendo los mismos horribles asesinatos que en tiempos de Hitler, había que excusárselos, al parecer a nombre de ciertos motivos artísticos.

Aparte de la matanza perpetrada en Bolonia —donde no solo moriste tú, Sonia Burri, sino también otros cinco niños de entre tres y 14 años—; a esta organización se le atribuyen cientos de acciones terroristas como el golpe de estado en Grecia 1967, o los Sucesos de Montejurra en España 1976, o las masacres en la plaza de Taksim, Turquía 1977, y de Brabante, Bélgica, entre 1982 y 1985. Por toda Europa actuaban con total impunidad, y los cuerpos de policía nacionales y los aparatos de inteligencia, tenían que conformarse con seguir pistas falsas.

Sin embargo, cuando a finales de 1990 ya se había entibiado bastante la Guerra Fría, y el PCI empezaba a debatir sobre su disolución, “casualmente” Giulio Andreotti, entonces Presidente del Consejo de Ministros de Italia, descubrió el secreto a voces llamado Operación Gladio. ¿Acaso consideraban que ya no les hacía falta la ayuda de dicha organización? No lo sabemos; mas, por ese entonces, Francis Fukuyama —importante ideólogo del neoconservadurismo— también anunciaba el Fin de la Historia sin saber que esta pronto volvería a empezar.