Como no soy partidario de precisar “las y los jóvenes”, o “las cubanas y los cubanos”, me apresuro a aclarar que mis limitaciones machistas (imposible evadirlas totalmente) no me instan a jerarquizar el “los” sobre el “las”. Simplemente opto por un criterio de síntesis y me resisto a sumarme a una marca exterior que, pese a la irrigación connotativa, deja incólumes las principales esencias.

Desde que algunos oradores asumieron el mencionado prurito clasificatorio, me llamó la atención cómo hay entre ellos quienes prefieren decirle “poeta”, en lugar de “poetisa”, a la mujer que escribe versos. Y no es que “poeta” sea incorrecto, pero el segundo es un término exclusivo para las féminas, y define una fuerte especificidad, legitimada por la academia, en lo tocante al género. No sé si al eludir el vocablo se evade su tufo romántico. Si así fuera, creo que ya se impone “desintoxicarlo”.
 

 
“Casi todos los poetas somos cantores de la belleza, ternura y sensibilidad femeninas”. Foto: Internet
 

Casi todos los poetas somos cantores de la belleza, ternura y sensibilidad femeninas. Pero esa actitud laudatoria, que se activa, sobre todo, cuando la feminidad cubre plenamente las expectativas de la masculinidad, no es suficiente para ocultar la existencia de una profusa y lamentable tradición misógina en la literatura universal.

El discurso subyugante del macho constituye uno de los hegemonismos más fuertemente establecidos en la historia de las ideas; durante demasiado tiempo discurrió validado como normalidad, al extremo de que, si alguna mujer se destacaba, enseguida se le endilgaba una especie de masculinidad ontológica. El ejemplo de La Avellaneda es uno de los clásicos; recordemos que de ella dijo Zorrilla: “Era una mujer hermosa, un error de la Naturaleza que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura de carne femenina” [1]

La integridad de la mujer se refleja disminuida desde el mismo Génesis, cuando a Eva la fabrican con una costilla de Adán y luego se convierte, con el desliz de probar el fruto prohibido y su alianza con la serpiente, en generadora de todos los males.

La cultura griega también está recorrida por ese espíritu: Pandora, creación de Hesíodo para su Teogonía, desata todos los males cuando abren su caja prohibida; en la Ilíada se puede leer esta exhortación de Héctor a Andrómaca: “Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilio” ;[2] en la Odisea Telémaco, con palabras similares, le pide a Penélope: “marcha a tu habitación y ocúpate de las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a tus esclavas que se apliquen a las suyas. El arco será cuestión de los hombres” .[3]

Pero el colmo de los textos que denostan a la mujer lo aportó Semónides de Amorgos, con su “Yambo de las mujeres”. Desde el mismo comienzo, las diatribas caen en torrente: “De modo diverso la divinidad hizo el talante de la mujer / desde un comienzo. A la una la sacó de la híspida cerda: / en su casa está todo mugriento por el fango, / en desorden y rodando por los suelos. / Y ella sin lavarse y con vestidos sucios, / revolcándose en estiércol se hincha de grasa” .[4]

Con pedregosa saña el poema continúa comparando a la mujer con: “la perversa zorra”, “la perra gruñona e impulsiva”, la que “de las labores sólo sabe una: comer”, la que “procede del asno apaleado y gris”, la que “cuando se trata del acto sexual, / acepta sin más a cualquiera que venga”. Sigue en su paroxismo descalificador y la compara con la comadreja, la yegua, la mona; le regala un único elogio —derivado de la semejanza de alguna con la abeja— y resume: “Pues este es el mayor mal que Zeus creó: / las mujeres. Incluso si parecen ser de algún provecho, / resultan, para el marido, sobre todo, un daño. / Pues no pasa tranquilo nunca un día entero / todo aquel que con mujer convive”.

La falacia de la superioridad masculina discurre, casi incólume, por distintas épocas. En un documentado recuento sobre la misoginia en la literatura Sergio Pedregosa Peris precisa:

Nicolás Fernández de Moratín, en el albor de la Edad Contemporánea, en plena Ilustración, escribe Arte de las putas [...] para las mujeres, las relaciones sexuales se reducen a una mera transacción económica, desde el matrimonio hasta la prostitución, ya que lo que mueve a las mujeres es el dinero y a cambio de conseguirlo se muestran dispuestas a conceder sus “favores” .[5]

Al mirar nuestro panteón literario, se sabe que hay quienes le atribuyen un trasfondo impugnador de lo femenino a los Versos Sencillos, de Martí, pues con buenos argumentos ven en ellos un reproche a Carmen Zayas Bazán; si así fuere, atendiendo a lo personal del motivo, la supuesta reacción no sería aplicable a la mujer en sí, sino a una mujer.

Cierto machismo subyace, no obstante, en pasajes no muy felices donde el Apóstol le atribuye a la mujer carencias: “¡Hembra es el que en tiempos sin decoro se entretiene en las finezas de la imaginación, y en las elegancias de la mente!” ;[6] o “No hay cosa más ruin que esos literatos femeniles que sin tomar ejemplo de la bóveda celeste, llena de estrellas (astros) que lucen con esplendor igual, se encelan, cual mujeres de harén, de que el público, caprichoso como el sultán, alabe de ésta los cabellos, y de aquélla los ojos” .[7]

Lo anterior no resta mérito al inclusivo proyecto humanista de nuestro gran pensador. Cito entonces otro pasaje donde su honestidad brilla: ante una solicitud de organizar lecturas en torno al tema “¿Con qué tendencias y para qué fin, debe educarse a la mujer?”, le comentó a M. de Agramonte: “Ahí caben todas las ilusiones y todas las experiencias. Yo veo y oigo y no sé si he llegado a ideas bien seguras en este asunto”.[8]

La épica ha sido uno de los puntos donde con más frecuencia y fuerza el varón ha tratado de plantar bandera de superioridad. El propio Miguel Hernández, en su excepcional “Sentado sobre los muertos”, exhorta al pueblo a no claudicar: “mientras que te queden puños, / (...) / cosas de varón y dientes”.
 

Gertrudis Gómez de Avellaneda», por Federico de Madrazo, 1857
 

El adjetivo “viril” es el más utilizado —tanto en el discurso político como en la canción y la poesía de igual enfoque— para calificar la valentía y entereza revolucionarias.

Todos los del llamado sexo fuerte (sin excluir a los más preclaros hombres de nuestra literatura y nuestra historia) hemos incurrido culposamente en el culto a la virilidad. El que en la Cuba revolucionaria, a través de exitosas acciones políticas cobraran cuerpo las mayores reivindicaciones en materia de igualdad, no ha logrado desmantelar aquellas estructuras de pensamiento visceralmente solidificadas.

Los poetas populares, siempre en la línea satírica, nos han regalado simpáticas décimas de rechazo a lo femenino. Son composiciones donde la hilaridad y el papel de perdedor del sujeto masculino atenúan un tanto la impronta machista. No olvidemos que, en materia de humor, la burla a la mujer, al negro, el gallego, el chino y el isleño devinieron tópicos permanentes, desde lo hiperbólico, en busca de la carcajada. La ingenuidad pudiera ser el único atenuante. En consecuencia, anexo tres composiciones de ese corte: “El matrimonio”, de Ramón Espinosa Falcón (El relámpago de Quivicán El profesor Espinosa), “Las jimaguas”, de Bernardo Cárdenas Ríos, y “Plegaria del yerno”, de Alexander Besú Guevara.

Por las veces que yo mismo, sin dolo, he incurrido en falta, intento ahora restañar en lo posible alguna que otra herida; pongo fin a estas líneas suscribiendo, con ánimos reverenciales, un aforismo del sabio griego Solón de Atenas: “Los dioses no han hecho más que dos cosas perfectas: la mujer y la rosa”.[9]

 

  DÉCIMAS (Galería)

            

 

El matrimonio

Qué desdichado me hizo

mi matrimonio primero:

esa mujer me dio un cuero

que yo me acuerdo y me erizo.

Yo tenía un cabello rizo

que era el sueño de mi vida,

y miren la sacudida

que me dio la condenada

que por poquito la entrada

se me convierte en salida.

Mi esposa cuando soltera

era tierna y delicada,

pero después de casada

se puso como una fiera.

Aquella vez que Severa

se fue a las manos conmigo

me agarró por el ombligo

y me dio, la condenada,

por tal sitio una patada

que, por pena, no lo digo.

La bronca empezó por gusto

y aunque casi ni apuntó

su dedo gordo me dio,

del cuerpo, en el centro justo.

Valga que yo soy robusto

y tengo bastante masa,

y que corriendo, a la casa

le di seis vueltas por fuera,

que si no el pie de Severa

yo creo que me traspasa.

Cuando volví, adolorido

de patadas y empujones,

me quitó los pantalones

y me encasquetó un vestido.

Yo, nervioso y sorprendido,

pensé que era una jarana,

y gritó de mala gana

con rugido de leona:

“lava, tiende y almidona

para que planches mañana”.

Yo que vi la cosa fea,

evitando el alboroto

me enganché un delantal roto

y me pegué a la batea.

Ojalá nadie me vea

—pensé— con este vestido.

Y Severa, de un silbido

llamó a la vecina Norma

para que viera la forma

de enseñar bien al marido.

Un año estuve en total

haciendo almuerzo, limpiando,

lavando ropa, planchando

y botando el orinal.

Como a mí me fue tan mal

diré al que casarse quiera

que la estudie bien soltera,

no le pase lo que a mí

que por allá y por aquí

hay muchas como Severa.

Ramón Espinosa Falcón

 

Plegaria del yerno

Virgen del Cobre, deidad,

escucha el ruego angustiado

de un hombre mortificado

por una malignidad.

Virgen de la Caridad,

tú que eres tan milagrosa,

con tu mano poderosa

regula, frena o retrasa

las visitas a mi casa

de la mamá de mi esposa.

Esa vieja es un dolor;

hizo un doctorado en brete

es “leyista” sin bufete

y habla más que un locutor.

Lo ve todo en su visor:

negocios, concubinatos,

adulterios sin recatos,

discusiones de vecinas…

porque es que tiene retinas

nocturnas, como los gatos.

Ante esta vieja soleta,

llena de intrigas y acoso,

Fouché —el genio tenebroso—

es un niñito de teta.

Los genes de su rabieta

ni sanan ni se redimen.

Como a una estrella del crimen,

encerrarla es lo más lógico;

¡Pero es que a ningún zoológico

le interesa este “especímen”!

Y es que ella es más venenosa

que un venenoso alacrán,

y es más pérfida y rufián

que una mantis religiosa.

Incluso, es más peligrosa

que el áspid que la parió.

Una cobra la mordió

en el tobillo una vez

y dos minutos después

la pobre cobra murió.

¡Oh, Virgen!, y qué perverso

horario el de su visita:

siempre a la hora bendita

de la cena o el almuerzo.

Mi despensa, sin esfuerzo,

la muele, la desintegra.

Masticando es cinta negra

con su boca estrafalaria.

Ninguna especie de claria

engulle más que mi suegra.

Virgen de la Caridad,

te imploro: ven a ayudarme,

haz que yo pueda mudarme

a otro barrio, otra ciudad…

Y a mi suegra (¡por piedad!)

dámele en compensación

salud, alimentación;

que mejore, que prospere...

¡Pero que nunca se entere

de mi nueva dirección!

Alexander Besú Guevara

 

 

Las jimaguas

Yo conocí a una tal Bruna

un día en Camajuaní

cuando los perros de allí

le ladraban a la luna.

Vivía sola, casi en una

casita de guano y yagua,

pero Bruna era jimagua

con una tal Trina Inés

y estaba pasando un mes

allá por Manicaragua.

Bruna no le agradeció

mucho a la naturaleza

que le dio cuerpo y cabeza,

pero encantos grandes no.

La sordera la heredó

de su abuelo, un tal Renato;

ella hacía mucho rato

que oía, pero muy mal,

y su gemela carnal

era su mismo retrato.

Yo de tardes y temprano,

con Bruna en la casa, entraba

sigiloso, y le tapaba

las pupilas con la mano:

un saludo cotidiano;

pero ¡Ay, un día..! Ese día

saludo a la novia mía

en la forma cotidiana,

y era la maldita hermana,

que yo no la conocía.

Bruna ya se había ido

y la pobre Trina Inés

dio un grito y dijo después:

“¡¿quién es usted, so atrevido!?”.

Yo en cuenta no había caído

y ni excusas le pedí,

pero ella me dijo: “¡ah, sí,

te voy a dar un remedio

que vas a estar siglo y medio

acordándote de mí!”.

Quiso darme el escarmiento

con el palo de trapear

lo que yo pude evitar

con un simple movimiento.

A ella el ademán violento

la hizo decir al instante:

“¡Ay, se me rompió un tirante!;

ahora me vas a encontrar”

y metió mano a lanzar

todo lo que halló delante.

Lo primero fue una lata

que, con cuatro pomos dentro,

le dio a la mesa de centro

y le desprendió una pata.

Luego una fuente barata

que hasta allí había sido fuente

y, en vez de darme en la frente,

le dio en el rabo a un perrito

que fue a parar en un grito

al cañaveral del frente.

También cogió un hacha vieja,

me la tiró y no sé cómo

cogió a un gallo por el lomo

y le rajó la molleja.

Quiso morderme una oreja

y yo entonces le grité:

“voy a explicar lo que fue

si me dejas, vida mía”;

y un chivo macho que había

en el patio dijo: “¡beeee!”.

Ya sin nada que tirarme

cogió a un gato regordete

que dormía en un taburete

y me lo tiró a matarme.

Mas tampoco pudo darme;

el gato en el cuarto dio

contra una taza que no

habían vaciado hacía rato;

lo que sé es que el pobre gato

dijo: “¡miau!” y arrancó.

Nervioso como jamás,

procedí como un valiente:

cerré la puerta del frente

y me escapé por detrás.

Y a poquito andar no más,

desde un yucal inmediato

preguntó Renato El Ñato:

“¿Por qué cosa corres, hijo?”

y mi conciencia le dijo:

“Por falta de alas, Renato”.

Bernardo Cárdenas Ríos

 

Notas:
 
[1] Citado por Anabel Sáiz Ripoll en: "La misoginia en la literatura española (2)", Islabahía.com (Mundo de Letras),1 de octubre de 2003, disponible en http://www.islabahia.com/arenaycal, fecha de consulta: 6 de noviembre de 2017.
[2] Homero: La Ilíada, p. 56, disponible en: http://www.ecdotica.com/biblioteca/Homero-La ilíada.pdf. Fecha de consulta: 12 de noviembre de 2017.
[3] Homero La Odisea, p. 489, disponible en: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Odisea.pdf. Fecha de consulta: 12 de noviembre de 2017.
[4] Semónides de Amorgos: "Yambo de las mujeres", en Antología de la poesía lírica griega. Siglos VII-IV, Madrid. Alianza.1983; versión al castellano de Carlos García Gual. Todas las citas del poema son tomadas de esta fuente.
[5] Sergio Pedregosa Peris: La misoginia en la literatura, en https://ellassonnoticia.files.wordpress.com, marzo de 2014, fecha de consulta 7 de noviembre de 2017.
[6] José Martí: “La exhibición de pinturas del ruso Vereschagin”, Obras completas, t. 15, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 433. Se publicó originalmente en La Nación, Buenos Aires, el 3 de marzo de 1889.
[7] José Martí: Obras completas, t. 21, ed. cit., p. 383. Corresponde a un cuaderno de apuntes de 1894.
[8] José Martí: Carta a M. de Agramonte, del 5 de marzo de 1891Obras completas, t. 20, ed. cit., p. 384.
[9] Solón de Atenas: disponible en: http://www.jolbes.com/citas/citas-de-solon-de-atenas/, fecha de consulta, 12 de noviembre de 2017.