Transcurre el otoño de 1492 y un marino aventurero, mediocre, aunque sea el Gran Almirante de la Mar Océana [1],  arriba a la isla Guanahaní, que él llama San Salvador y después los británicos bautizarán como Watling. Ha llegado a un continente, que él no descubre.

Expliquémonos. Bien decía Eduardo Galeano que las legiones romanas, cuando entraron en la Península Ibérica, no la habían descubierto, pues ya en tales parajes vivía gente. (Y nuestros indiecitos no eran jutías ni almiquíes, sino seres humanos, a pesar de lo sostenido por gentuzas defensoras de la rapiña, como el sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda, enemigo del padre Las Casas).
 

“No la habían descubierto, pues ya en tales parajes vivía gente”. Foto: blogspot.com
 

Volvamos a Galeano, quien nos dice que, tras la llegada de los europeos, los nativos descubrieron que eran indios, que estaban desnudos, que existía el Pecado, que debían lealtad a un rey y reino de otro mundo y un Dios de otro cielo, y que este Dios había inventado la culpa y el vestido, y que había sido enviado para quemar vivos a quienes adoran al Sol, la Luna, y la Tierra y la Lluvia que los moja.

Pasaron los siglos. Y el 12 de octubre, fecha de la recalada colombina, es declarado Día de la Raza, o de la Hispanidad. Un excelente pretexto para que se desbocase la alharaca colonialista, la archirreaccionaria algarabía. (Quizás utilicé impropiamente el término “algarabía”. Resulta mejor un econ la sílaba “pu”).

En los medios periodísticos españoles —mayoritariamente verdaderas cuevas de neofranquistas—   se pueden cosechar auténticas joyas de quienes consideran una calumniosa “leyenda negra” lo demostrado en torno a las atrocidades de los conquistadores ibéricos. Que los amerindios estaban bajo el amparo del “paraguas protector de aquella formidable maquinaria imperial”. O que “España no era dueña de aquel imperio, sino una parte de él”. O que las denuncias de los desmanes tienen “la intención de menoscabar el prestigio de la Monarquía hispánica”. O que los conquistadores eran “unos cristianos imbuidos de fuertes convicciones religiosas”. O que “utilizaban la crueldad sólo cuando era necesario”. (Citas textuales).

Todo es útil para maquillar al crimen. Así, a menudo no cargan la culpa del exterminio aborigen al látigo del encomendero, al trabajo extenuante lavando arenas auríferas ni a las masacres masivas, sino a simples catarritos, pues los indios carecían de anticuerpos para las enfermedades europeas

Pero quien hace poco le puso la tapa al pomo fue José Antonio Sánchez, el cavernícola que preside RTVE, la radiotelevisión pública española. Su discurso, en la Casa América, contiene lindezas como éstas: “Lamentar la desaparición del Imperio azteca es como mostrar pesar por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial”. “España nunca fue colonizadora. Fue evangelizadora y civilizadora”. “El descubrimiento de América ha sido el acontecimiento más importante de la Historia de la Humanidad, después del nacimiento de Cristo”. Y agregó que los conquistadores no podían haber llevado a cabo el extermino de los indios, pues “eran hombres civilizados y cultos”. (Unos daticos al margen. Primero: Ricardo Palma ha probado que Pizarro y Almagro eran analfabetos. Segundo: en la tropa que invade Cuba al mando de Velázquez, sólo Hernán Cortés sabe leer y escribir a derechas, mientras que el propio Velázquez fue descrito por el padre Las Casas como un hombre “duro de entendederas”). [2]

Para traer un poco de luz sobre los hechos, hemos de respondernos la siguiente pregunta: ¿quiénes fueron los que, desde el llamado Viejo Mundo, daban el gran salto atlántico, sobre el Mare Tenebrosum?

No puede olvidarse que cuando ocurre la Conquista acaban de finalizar, con la toma de Granada, ocho siglos de guerra contra la morería. Hay una numerosísima soldadesca, despiadada hasta la ferocidad, que ha quedado sin empleo. Y están dispuestos a emprender la aventura oceánica.

La historiadora Irene Wright así los describió: “…una congregación de gentes relajadas, muy dadas al juego. Jugaban el oro en barras, las perlas, y esmeraldas, de suerte que unos se hinchaban con fáciles ganancias mientras otros morían con el alma destrozada por las pérdidas que sufrían. Se acuchillaban unos a otros, se colocaban carteles difamatorios, envenenaban a sus mujeres mestizas para casarse con otras nuevas, y quemaban de cuando en cuando la casa de algún enemigo como diversión. Los culpables buscaban asilo en la iglesia…”.

Alejo Carpentier evalúa a los expedicionarios de Colón: “...la marinería era mala. Más cristianos de reciente bautizo, granujas huidos de la justicia, circuncisos amenazados de expulsión, pícaros y aventureros, que gente de la iza y de la orza, gente de oficio...”.

Carreño, gobernador de Cuba, en 1578 describe la fauna humana con la cual tiene que lidiar en su mandato: “Todos los mas delinquentes que bienen desterrados del Piru e de la nueva España e mercaderes quebrados e mujeres huidas de sus maridos que se bienen en las flotas e frayles en abitos de legos e gentes bagomundas e fasinerosas e marineros que se huyen de las armadas e flotas e andan por los hatos e labranças de vezinos ni temen a Dios ni a la justizia Real...”.

Después diría Cervantes que son “las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”.

Como señaló Hernán Cortés, eran “hombres de diversos oficios y pecados”.

Una vez descrita esta morralla social que acá nos cayó, ¿han de extrañarnos sus cruentos desafueros demenciales?

Vasco Porcallo de Figueroa —uno de los más feroces conquistadores de Cuba— castraba a los indios y les hacía comer sus propias vergas.

En la Florida, Pánfilo de Narváez azuzó sus perros contra la madre del cacique Ocita, que resultó despedazada y devorada por los canes.

El papa Francisco denunció, en 2015, los crímenes contra los pueblos originarios, ocurridos durante la Conquista.

Cuando transcurría 1944, el abogado judeopolaco Rafael Lemkin creó el término "genocidio", para describir el criminal comportamiento de los nazis. En 1492 la palabra no existía, pero sí comenzaba a concretarse el hecho que designa.

 

Notas:
[1] En efecto: no era diestro en los que nombraban “instrumentos de marear”. Cuando aquí llega, nos sitúa en los 42° de latitud Norte. De haber sido esto cierto, viviríamos en las inmediaciones de Boston.
[2] Miren ustedes qué casualidad. Quienes minimizan los crímenes de la Conquista, también suelen presentar una edulcorada imagen de la Inquisición. Sí, admiradores de los traviesos muchachos torturadores de la cruz verde.