Suceden cosas muy interesantes en las ferias artesanales. Me gustan mucho, sobre todo las que se organizan sin móvil aparente. Las de FIART, Arte para Mamá y otra que ya no se hace, llamada Bazar, tienen una afluencia de público que aterra. La de todos los días, sin embargo, otorga cierto aire de fiesta aldeana a la ciudad, como si no importaran ni edificios, ni restoranes, ni almacenes, ni avenidas, ni el deterioro de todo junto.

FIART. Foto: Internet
 

Las ferias de artesanos funcionan como recordatorio de cuán originales son los creadores, ajenos a las fábricas de ropa y a las zapaterías que, de todas formas, no tenemos. Nuestra industria textil y del calzado es artesanal, como en los tiempos previos a la maquinaria que desplazó a la mano del hombre. Según se cuenta, en Gran Bretaña fue donde se introdujo la mecanización textil. Las hilanderas, que trabajaban en sus casas, ya no daban abasto para proporcionar hilo suficiente a una industria textil en pleno auge. El tejedor James Hargreaves inventó, en 1784, la primera máquina que fabricaba varios hilos a la vez. Gracias a nuestra perenne escasez, y al poco aprovechamiento que obtuvimos de tiempos pasados, hemos vuelto a las usanzas de fabricar tejidos y zapatos a mano: no dejamos de ser lo que siempre hemos sido, aborígenes. Aunque usemos perfumes, creyones de labios y tintes de pelo, champú y jabones de tocador, la opción cubana para vestirse y calzarse no proviene de fábricas, sino de manos de artistas. Y como es sano y patriótico consumir productos nacionales, pues allá vamos, a vestirnos con ropas de algodón, y a calzarnos con sandalias rústicas. Y, de paso, ya que estamos en la feria, miramos y escogemos otros artículos.

Es entonces cuando se pone verdaderamente interesante la feria. Por una parte, la variedad de cosas que ofrecen los artesanos o sus intermediarios, es insólita, y, por otra, y también de forma inexplicable, no existen objetos que creemos imprescindibles. Ejemplos de lo primero son los abanicos, los pulsos, las argollas y las sortijas de carey, prohibidos según las leyes de protección a la fauna autóctona. Claro está, estos artículos penados no se muestran a la vista de todos, sino que se ofrecen en voz muy baja, en sordina. En el caso de que alguien se interese por ellos, el vendedor o su agente mercantil, acompaña amablemente al posible comprador hasta una casa cercana a la feria. Una vez allí, se procede a mostrar la llamada “oferta”, mientras otra persona vigila la entrada. Es un acto violatorio de la ley, que se lleva a cabo sin miedo porque hay mucha gente cómplice involucrada.

Con respecto a los artículos que debían existir y no están, tengo dos anécdotas. Hace varios años, buscaba yo una palmatoria para regalársela a mi padre en su cumpleaños. Era la época de los grandes apagones, por lo cual usábamos velas como en el siglo antepasado. Nada más práctico y elegante que un buen sostén para velas, me dije. Y, claro está, me dirigí a la feria más cercana. Cada vez que pronunciaba la palabra palmatoria, el artesano frente a cuya mesa me encontraba, alzaba las cejas, los hombros y las manos, en ese gesto típico que significa ¿Y eso qué rayos es? Recorrí la feria poco a poco, de tarima en tarima, preguntando lo mismo: “¿Tiene usted palmatorias?”, obteniendo la misma expresión de sorpresa ignorante, hasta que, vencida por la evidencia, y ya casi llegando al final de la explanada ferial, indagué por lo que llevaba más de una hora explicando, pero esta vez la pregunta fue por “La cosita donde se coloca la vela”. Recuerdo la cara de asombro del artesano en cuestión, un señor viejo que fumaba pipa, en la parte más alejada de la feria. “Repítame la pregunta”, me dijo. “Que si por casualidad tiene usted la cosita donde van las velas”, respondí. Escupió al suelo, y en pose de educador de escuela primaria, me contestó: “Niña… esa cosita tiene nombre propio: se llama palmatoria, y sí, sí tengo. Dime de qué color la quieres”. Compré varias, emocionada, y con cierta vergüenza.

Lo otro que me sucedió es aun más increíble. La hija de una amiga se convertiría en mamá, y quise obsequiarle lo más tradicional, lo que nunca puede faltar en la ropa de un bebé cubano: el alfiler con los ojitos de Santa Lucía y el azabache correspondiente. Es un adminículo que debiera venderse en la misma tienda de canastilla, junto a los pañales y la cuna. Independientemente del credo de cada familia, el método de ahuyentar el mal de ojo es cosa de nuestra cultura, y no se ha inventado mejor remedio que el citado alfiler con sus deidades y símbolos colgantes. Lo cierto es que me fui a la feria, y para mi disgusto, nadie, nadie, nadie vende azabaches. Ni el señor de la pipa, ni los traficantes de carey, ni los que hacen chancletas, ni quienes venden sombreros: no hay conjuro posible para el mal de ojo. Casi armo una protesta. “¿Cómo es eso posible?, le gritaba a los artesanos, ¿por qué no contribuyen al mantenimiento de nuestra tradición? ¿dónde se ha visto semejante violación a una costumbre tan sagrada?”. Y en esas estaba yo, cuando un joven que pasaba en bicicleta por la calle me escuchó y me sugirió de lejos: “Señora, vaya a las ferreterías de merolicos. Yo, atónita, alcancé a musitar “gracias, sin percatarme de que no existe nada más alejado de un azabache que un flotante de inodoro. No obstante, acostumbrada al surrealismo nuestro de cada día, me dirigí a un puestecito de inventores, aledaño a la feria. Las personas que allí realizan su gestión empresarial son mondas y lirondas. Más bien hoscas, sin arte de ninguna clase. Supongo que pasar muchas horas entre tornillos, válvulas y juntas de olla, cafeteras inventadas, estropajos de aluminio, latiguillos y serruchos rudimentarios, provoque el fruncimiento de esos rostros. Lo cierto es que, sin mucho tiempo para detenerme a pensar en el sufrir de esos vendedores, y aún bajo los efectos de mi incredulidad, les pregunté, apenada por el disparate que estaba a punto de cometer, si era cierto que disponían de azabaches. “¿Con ojitos de Santa Lucía?”, respondieron sin mirarme. “Allá, en el estante de las arandelas, detrás de los tragantes y antes de los lavamanos, están. ¿Cuántos quiere usted?”, añadieron los dos habitantes aquellos. “Todos”, murmuré. “¿Cómo dijo?”, preguntaron a coro. “Todos”, insistí. No puedo quedarme otra vez sin ellos (ni regresar a este sitio), pensé. Y fue así que me apertreché de regalos para los nietos que vendrán, y para los nietos de mis amigas, y para cuanto bebé se me cruce en el camino. Esos merolicos ferretéricos suelen ubicarse muy cerca de las ferias artesanales, de modo que, hablando en plata, forman parte del complejo tenderil cubano de hoy por hoy. No dejen de visitar la feria de todos los días. Como ya adelanté, allí suceden cosas muy interesantes.