Los vestigios restantes del poder universal del cine brillaron en la edición 42 del TIFF, o Toronto International Film Festival, en el cual se proyectaron un total de 255 largometrajes y 84 cortos procedentes de 74 países. De esta selección, 26 proceden de España y Latinoamérica. Sin embargo, a juzgar por las coberturas periodísticas de mayor alcance, el Festival parecía otro recinto para la congratulación al cine norteamericano y sus estrellas, y el mundo entero vio mayormente las imágenes de la calle King, la principal del Downtown, colmada de flashes, alfombras rojas, premieres y barricadas interpuestas para contener a los fans. El evento concluyó, y quedaron demarcadas sus propuestas (mediante el premio del público) para la próxima temporada de premios en Estados Unidos, aunque la singularidad del Festival precise otro tipo de balances.


Jolie entrega filme que habla de las atrocidades del gobierno del khmer rojo. Foto: colombia.com

 

Sobre la constelación de estrellas que desfilaron por Toronto, y los filmes anglosajones potenciados por el evento, que seguro serán trending topics en los próximos seis meses, se puede leer en centenares de notas periodísticas donde se valora el Festival solo como pasarela de estrellas y antesala del Oscar, considerados por tales reporteros el sumun de la gloria, y lo único que de verdad importa en materia cinematográfica.

Una mirada más a fondo favorece que afloren otros resquicios de la diversidad: un tercio del total de filmes exhibidos tenían a una mujer como directora. Un segmento significativo de tales realizadoras procedía de América Latina, así que, por silogismo, es importante referirse a la participación de las cinematografías localizadas al sur del Río Bravo.  De este modo el lector puede ir construyendo una idea de lo que podremos ver en diciembre, en el Festival de La Habana.

Múltiples colores de la feminidad

Cuando se habla de una identidad común a todas las películas dirigidas por mujeres tal vez se confirme un prejuicio machista que insiste en minimizar, o colocar en un gueto, la obra de las realizadoras. La variedad de tonos, estéticas y aspiraciones resultó impresionante. Entre los filmes norteamericanos más perseguidos por el público estuvieron First They Kill My Father, de Angelina Jolie, y Lady Bird, debut de la también actriz y guionista Greta Gerwig referido a los naturales conflictos de una joven precoz (Saoirse Ronan) que estudia en una escuela católica. Mucho más ambiciosa, Jolie entrega un testimonio, filmado en Cambodia y hablado en el idioma de ese país, sobre las atrocidades del gobierno del khmer rojo. Estremecedor, aunque demasiado largo resulta este filme que manifiesta la inexperiencia de la realizadora para dominar el discurso épico.

Naomi Kawase, Clio Banard, Jena Bass y Annemarie Jacir han despuntado entre lo mejor de las cinematografías japonesa, británica, sudafricana e israelita, respectivamente. La primera de ellas juega con el melodrama contemplativo en Radiante, que aborda la relación entre un fotógrafo (Masatoshi Nagase) que está perdiendo la vista y una escritora que crea audio-descripciones para cinéfilos ciegos. Banard relata, en Dark River, el regreso de una mujer a su finca natal en Yorkshire y el enfrentamiento con graves secretos de familia.

En cambio, los temas de raza, género y sexualidad preocupan a Jena Bass, quien rodó con su iPhone 7 High Fantasy, exploración experimental en los cuerpos de sus ancestros. Un tono intimista, y político, eligió Annemarie Jacir en Wajib, un estudio observacional de los conflictos suscitados en la vida de un israelita exiliado en Italia, que decide regresar a su natal Nazareth.

Algunas realizadoras se sumaron también a la tendencia globalizadora de filmar en inglés o de integrarse de algún modo al mercado anglosajón, tal y como lo verificaron, con sus últimos filmes presentes en Toronto, el mexicano Guillermo del Toro (The Shape of Water), el alemán Wim Wenders (Inmersión), el danés Bille August (55 escalones), el griego Yorgos Lanthimos (The Killing of a Sacred Deer); el español Fernando León de Aranoa (Loving Pablo) o el italiano Luca Guadagnino (Call me by your name), por solo mencionar los filmes más comentados en los corrillos festivaleros.

Luego de conquistar la fama mundial con la denuncia de la opresión femenina en Mustang, la realizadora turca Deniz Gamze Ergüv entra en la ronda del cosmopolitismo anglosajón con la muy comprometida Kings, protagonizada por Halle Berry, y ambientada en la época de las protestas antirracistas de Los Angeles. La saudita Haifaa Al-Mansour decidió acometer nada menos que una biografía de la escritora británica Mary Shelley, autora de la célebre novela Frankenstein, mientras que la israelita Tali Shalom-Ezer convenció a las estelares Ellen Paige y Kate Mara para contar My Days of Mercy, un romance lésbico entre las mujeres de dos familias ubicadas en bandos opuestos. Nacida en Beijing, Chloé Zhao estudio en Estados Unidos y allí probablemente se empapó de la cultura norteamericana lo suficiente como para realizar esta revisión del oeste que es The Rider.

Se sumaron a la demarcación de un territorio femenino la cineasta independiente Lynn Shelton con el triángulo amoroso de Outside In, la debutante francesa Coralie Fargeat con el filme de horror y violencia Revenge, y Angela Robinson con Professor Marston & The Wonder Women. Esta última muestra no solo la relación  poco convencional entre una pareja de académicos (interpretados por Luke Evans y Rebecca Hall) y su alumna, sino también la manera en sus liberales puntos de vista condicionaron la existencia del libro Amazon, considerado un símbolo del empoderamiento femenino. También en lo histórico, y en personajes reales, se concentró Susanna White con Las mujeres caminan delante, sobre la extraña amistad entre la artista neoyorquina Catherine Weldon (Jessica Chastain) y el jefe Toro Sentado, de los pobladores originarios de Norteamérica.

Dos veteranas papisas del cine en sus respectivos países también hicieron acto de presencia con sus obras. La canadiense Alanis Obomsawin, con 85 años, presentó Our People Will Be Healed, que continúa documentando, como siempre hizo la autora, la contradicción entre la mentalidad colonialista y la población  nativa canadiense. Octogenaria es también la francesa Agnes Varda cuyo más reciente documental de largometraje Visages Villages está codirigido por el artista gráfico callejero JR, y recibió el premio al más popular de Toronto. Los dos, Varda y JR, recorren Francia en una camioneta, entrevistan mucha gente, ella filma y él pinta para así conformar un documental espontáneo, revelador e incluso regocijante.

América Latina en perspectiva

En la sección Masters, que incluye los nuevos filmes firmados por los más influyentes autores del cine mundial, hubo solo tres realizadoras: las mencionadas Obosawin y Varda, y la argentina Lucrecia Martel, única latinoamericana elegida para tan selectivo foro. Lucrecia Martel. Coproducida por Brasil, España, Francia, Holanda, México, Portugal, Estados Unidos y por supuesto Argentina, y estrenada luego de un paréntesis de nueve años para la celebradísima autora de La ciénaga, La niña santa y Mujer sin cabeza, Zama significa el entrenamiento de la Martel en dos interregnos bastante distantes de sus obras anteriores: el protagonista masculino, militar (interpretado por Daniel Giménez Cacho) y el filme histórico de reborde épico, pues se trata de un servidor de la corona española abandonado a su suerte en un territorio que hoy correspondería a Paraguay.

Para solventar las distancias personales y estéticas entre la realizadora y ciertos temas novedosos en sus filmografía, Martel adapta un libro clásico del modernismo latinoamericano, escrito por Antonio di Benedetto, y retoma, de sus códigos habituales, el gusto por la distancia observacional, y la penetración en la siquis desarticulada, para contar esta historia de un líder que pierde todo contacto con la realidad, al igual que le ocurría a ese otro conquistador, Lope de Aguirre, en el recordado opus de Werner Herzog Aguirre, la cólera de Dios. La directora acierta a ilustrar, visual y sonoramente, el crescendo de paranoia, incentivada por el lento transcurrir del tiempo, y me refiero tanto al tiempo real como al cinematográfico, de modo que Zama es un filme lánguido y hermosamente pictórico, en un sentido similar a recientes intentos del cine histórico latinoamericano en la línea de la colombiana El abrazo de la serpiente o la argentina Jauja.

La también argentina Anahí Berneri, con Alanis, sigue la huella, y durante solo tres días, de una joven prostituta, madre soltera, víctima de la ambigüedad legal respecto a los prostíbulos y a la oficiantes del trabajo más viejo del mundo en el entorno marginal de Buenos Aires. La chilena Marialy Rivas prefirió una protagonista adolescente, en el Chile rural, aparentemente idílico, donde prospera una religión de fanáticos cuyo jefe se propone tener un hijo con la muchacha. Y muy joven es también Daisy Torrez, la protagonista que hace el papel de sí misma en Los Burritos, segundo largometraje de la boliviana Violeta Ayala, quien estuvo cuatro años grabando el filme, con técnicas obviamente documentales, en la prisión de San Sebastián, con los verdaderos reclusos.

Y la amistad entre muchachas muy jóvenes, y su tránsito a la adultez, son los temas centrales de El futuro que viene, ópera prima de la argentina Constanza Novick, quien forma parte del constantemente renovado sector de debutantes argentinos. A este segmento de realizadores noveles pertenecen igualmente Silvina Snicer y Ulises Porra codirigieron Tigre, que retrata la existencia solitaria de dos mujeres maduras, a la espera del arribo de sus hijos en quienes cifran una serie de complicadas expectativas y miedos.


Las mujeres caminan delante, filme sobre la amistad entre la artista y
uno de los pobladores originarios de Norteamérica. Foto: Anton MX

 

Los diálogos de paz en Colombia, la tensión en Venezuela, el ascenso derechista en Argentina y Brasil pudieran condicionar respuestas políticas, y tal vez artísticas, de los cineastas. Tales reacciones han comenzado a verificarse. La ópera prima de la colombiana Laura Mora, Matar a Jesús, que confronta las opciones de una joven, puesta a elegir entre vengar la muerte de su padre, o ceder a la seducción del asesino.

Dentro de la amplia representación iberoamericana, alcanzó el premio de la prensa especializada la coproducción hispano-mexicana El Autor, de Manuel Martín Cuenca, con un elenco de ambos países, rodada en Sevilla y con la historia de un escritor frustrado que se inspira en las conversaciones de sus vecinos, una pareja de inmigrantes mexicanos.

Gran relevancia alcanzó también el discurso conceptual sobre los personajes femeninos, o queer del realizador chileno Sebastián Lellio, uno de los pocos que ha conseguido participar en el festival de Toronto con dos títulos: la multipremiada Una mujer fantástica, sobre el itinerario en busca de reconocimiento de una transexual, luego de la muerte de su pareja masculina, y el drama lésbico Disobedience, hablada en inglés y protagonizada por dos notables actrices llamadas Rachel, y de apellido McAdams y Weisz. 

Y también insiste en temas abiertamente políticos La cordillera, tercer largometraje de Santiago Mitre, especializado en estos asuntos desde El estudiante y Paulina. Con la presencia siempre notoria de Ricardo Darín en un elenco estelar que incluye a Christian Slater, Dolores Fonzi, Daniel Giménez Cacho y Alfredo Castro, el filme explora la esencia de lo que debiera y pudiera ser, el poder político y presidencial en América Latina, a partir de la posibilidad de crear un supuesto pacto petrolero ante el cual divergen las posiciones de Argentina, Brasil, Estados Unidos y México.

El también argentino Diego Lerman continúa sus exploraciones del universo parental o femenino con Una especie de familia, que roza el complicado tema de la adopción, cuyos conflictos se ambientan en el subdesarrollado entorno rural de Misiones, en el remoto norte del país. Por el mismo camino de reexaminar la feminidad bajo presión social, el mexicano Michel Franco dirige a la española Emma Suárez (extraordinaria protagonista de la reciente Julieta) en Las hijas de Abril, y esta última palabra va en mayúsculas porque es el nombre de la protagonista, que representa una vuelta de tuerca al espíritu trágico de una madre cuyas acciones y complejidades sicológicas colindan con el melodrama, la tragedia y el cine criminal.

Y a las comarcas de la memoria, donde se confunden verdad y fantasía, se remite el iraní Alireza Khatami, quien realizó en Chile Los versos del olvido, muy cerca de las tradiciones del realismo mágico, pero atento también al regreso de un pretérito marcado por la represión política y la violencia. Cercano a la imaginería carnavalesca latinoamericana, con su visión holística de la nación, entre crímenes, corrupción, diferencias de clase, apareció el filme dominicano Cocote (Nelson Carlo de los Santos) que se destacó en el segmento destinado por los organizadores del Festival de Toronto para los filmes experimentales, o de narración anticonvencional. Realizada en diferentes formatos, que incluye el 35 mm, Cocote exhibe una decidida vocación etnográfica y carnavalesca en el sentido que le confirieron Mijail Bajtín o Glauber Rocha.

El audiovisual brasileño estuvo presente en tres secciones: cortometrajes, Panorama Mundial (Motorrad) y en Primetime (Bajo presión), un segmento de nueva creación destinado promover las series de televisión en este momento de artístico renacimiento. Al cine de pandillas juveniles urbanas, con un toque surrealista y otro de thriller, se consagra Vicente Amorim en Motorrad, con su anécdota bizarra, bien conectada con el muy popular subgénero del coming of age movie, en tanto el adolescente busca la aceptación del grupo mientras descubre el universo adulto.

Los dos capítulos exhibidos en Toronto de la serie Bajo presión están codirigidos por cineastas tan talentosos y experimentados como Andrucha Waddington (Casa de arena) y Jorge Furtado (El hombre que copiaba) a partir de un filme de 2016 con el mismo título. La serie presenta a un doctor cirujano que comanda un hospital guerrilla e intenta curar, e incluso salvar, a los habitantes de la favelas, y por supuesto al doctor se le presenta la oportunidad de redimirse de errores pasados mediante una relación sentimental, pero la serie jamás pierde el pulso narrativo mediante el suspenso, y la voluntad por aludir una compleja situación socio-económica.

Y al final de este trabajo, demasiado extenso ya, se impone hacer mención del estreno mundial en Toronto del filme cubano Sergio y Serguei, el nuevo filme de Ernesto Daranas (Los dioses rotos, Conducta) quien cuenta con las muy sólidas actuaciones de Tomás Cao, en el papel de Sergio, Héctor Noas como Serguéi (amigo soviético del cubano víctima de los rigores del Periodo Especial), y el norteamericano Ron Perlman, quien se mueve como pez en el agua en el papel de un radioaficionado norteamericano, quien también establece lazos fraternos con Sergio e incluso con Sergei.

Habrá tiempo para razonar sobre aportes y fallas de Sergio y Serguei, por ahora solo basta la alegría de saber que nos representó, con toda dignidad, en uno de los mayores convites anuales del audiovisual contemporáneo, un Festival que se las arregla para mantener, por lo menos a media asta, los estandartes de la diversidad cultural y la calidad artística.