Ilustración: Sigfredo Ariel
 

AMA AL CISNE SALVAJE

No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).
No remuevas el agua de la laguna no respires.
Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía
con su ajena belleza
(si vuelve la cabeza escóndete en la hierba).
No rompas el hechizo de esta tarde de verano.
Trágate tu amor imposible.
Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que tú existes.
Ama al cisne salvaje.

 

EL ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR

El lugar del crimen
no es aún el lugar del crimen:
es sólo un cuarto en penumbras
donde dos sombras desnudas se besan.

El asesino
no es aún el asesino:
es sólo un hombre cansado
que va llegando a su casa un día antes de lo previsto,
después de un largo viaje.

La víctima
no es aún la víctima:
es sólo una mujer ardiendo
en otros brazos.

El testigo de excepción
no es aún el testigo de excepción:
es sólo un inspector osado
que goza de la mujer del prójimo
sobre el lecho del prójimo.

El arma del crimen
no es aún el arma del crimen:
es sólo una lámpara de bronce apagada,
tranquila, inocente
sobre una mesa de caoba.

 

ORACIÓN POR EL HIJO QUE NUNCA VA A NACER

Éramos tan pobres, oh hijo mío,
    tan pobres
que hasta las ratas nos tenían compasión.
Cada mañana tu padre iba a la ciudad
para ver si algún poderoso lo empleaba
-aunque tan sólo fuera para limpiar los establos
a cambio de un poco de arroz-.
Pero los poderosos
pasaban de largo sin oír quejas
    ni ruegos.
Y tu padre volvía en la noche,
pálido, y tan delgado bajo sus ropas raídas
que yo me ponía a llorar
y le pedía a Jizo,
dios de las mujeres encintas
    y de la fecundidad,
que no te trajera al mundo, hijo mío,
que te librara del hambre
    y la humillación.
Y el buen dios me complacía.

Así fueron pasando años sin alma.
Mis pechos se secaron,
y al cabo 
tu padre murió
y yo envejecí.
Ahora sólo espero el fin,
como espera el ocaso a la noche
que habrá de echarle en los ojos
    su negro manto.
Pero al menos
gracias al buen Jizo
tú escapaste del látigo de los señores
y de esta cruel existencia de perros.
Nada ni nadie te hará sufrir.
Las penas del mundo no te alcanzarán
    jamás,
como no alcanza la artera flecha
al lejano halcón.

 

DEFENSA DE LA METÁFORA

El revés de la muerte (no la vida)
el que clama por agua (no el sediento)
el sustento vital (no el alimento)
la huella del puñal (nunca la herida)
 

Muchacha antidesnuda (no vestida)
el pórtico del beso (no el aliento)
el que llega después (jamás el lento)
la vuelta del adiós (no la partida)
 

La ausencia del recuerdo (no el olvido)
lo que puede ocurrir (jamás la suerte)
la sombra del silencio (nunca el ruido)
Donde acaba el más débil (no el más fuerte)
el que sueña que sueña (no el dormido)
el revés de la vida (no la muerte)

 

Luis Rogelio Nogueras (Wichy, El Rojo, Cabeza de Zanahoria), nació en La Habana en 1945, y falleció en esta misma ciudad en 1985. Con sólo cuarenta años de vida alcanzó a levantar una obra literaria de altísimos valores, sobre todo en el género de poesía, aunque también se distinguió como narrador y guionista cinematográfico.

En sus inicios trabajó como dibujante y realizador de cortos de animación en el ICAIC. Perteneció al grupo fundador de El Caimán Barbudo, tabloide cultural adscrito en ese momento al diario Juventud Rebelde, que ve la luz en marzo de 1966 y que continúa publicándose hasta hoy. Junto con una parte de lo más sobresaliente de la intelectualidad cubana emergente firma el manifiesto “Nos pronunciamos”, que constituye un programa estético e ideológico de lo que debería ser el papel del escritor en la sociedad socialista.

En vida Nogueras publicó los poemarios Cabeza de zanahoria (1967, premio David compartido con Lina de Feria), Las quince mil vidas del caminante (1977), Imitación de la vida (premio Casa 1981) y El último caso del inspector (1983). Nada del otro mundo (1987), antología personal, vio la luz después de su muerte, así como el valioso conjunto de versos La forma de las cosas que vendrán (1989).

La poesía de Wichy es, ante todo, sutil, inteligente, sensible. Cultivó el humor y la parodia, y creó, a la manera de Pessoa, diversos heterónimos. Como su admirado Jorge Luis Borges, hizo de la literatura no sólo un campo propicio para la expresión de su mundo interior, sino, además, una forma de vida.

Cultivó la novela policial y de espionaje, género en el que, dentro de la literatura cubana, se considera una de las figuras más prominentes. El cuarto círculo (1976, en colaboración con Guillermo Rodríguez Rivera), Y si muero mañana (1977) y Nosotros los sobrevivientes (1982), conforman la bibliografía de Nogueras en ese campo. (A.F)