Cuando el grito de Patria fundamenta el concepto de un Festival

Guille Vilar
20/3/2019

Todavía hay gente en este mundo que asegura que la Trova es una manifestación musical en franca decadencia, porque no se percatan de su presencia en el panorama cultural de nuestros días. Una cosa es la lamentable actitud mercenaria de quienes prefieren ceder los espacios públicos a exponentes de corrientes musicales marcadas por acentos de mediocridad, pero que producen altos dividendos económicos, y otra cosa es decir que la Trova de siempre ha disminuido su representatividad social, hasta el punto de desaparecer como tal, para entonces quedar como un recuerdo.

El Orfeón Santiago concluyó el homenaje a Lino Betancourt con la interpretación de la canción “Ausencia”.
Foto: Sierra Maestra

 

Quienes así piensan debieran llegarse por estos días hasta Santiago de Cuba, sede de la 57 Edición del Festival de la Trova Pepe Sánchez, para comprobar la plena vitalidad de estas canciones del alma; gracias a la presencia de trovadores procedentes de todas las provincias del país, además de los propios músicos santiagueros. Escuchar la auténtica tradición trovadoresca en el dúo de Las Voces del Caney; el poderoso timbre del canto de Vionaika; la relevante musicalidad del dúo Así Son; hasta la atractiva contemporaneidad del Trío Palabras y el impresionante desempeño del Orfeón Santiago, es solo una parte de este conglomerado de maravillas. Entre otros invitados contamos con la profesionalidad del joven trovador Eduardo Sosa, nacido en el seno de una guitarra santiaguera; con la ingenuidad necesaria para la vida que nos deparan las composiciones de Pepe Ordaz; y con Tony Ávila, combinación perfecta en una sola persona de la guaracha y canciones de profundo contenido social.

Al abordar la temática de la relación en la pareja, desde la belleza de poéticos textos, surgidos en medio de la pureza de los latidos del corazón de mujeres y hombres de pueblo, asistimos a la conformación de paradigmas destinados a perdurar por siempre.

En la Trova radica uno de los núcleos fundamentales de nuestra identidad como nación; reverenciar la Trova es mucho más que honrar la nostalgia por una música imperecedera. Es como re-encontrarnos con nosotros mismos, purificados por vivencias emotivas que nutren nuestro orgullo de ser cubanos. Visitar el Cementerio Patrimonial de Santa Ifigenia y rendirle los merecidos honores al líder de la Revolución, el Comandante en Jefe Fidel Castro, es la primera exaltación de nuestra sensibilidad. Pero cantar La Bayamesa, junto a Eduardo Sosa en la tumba donde descansan los restos del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, es uno de esos privilegios que nos da la vida.

Tampoco se podrá olvidar el canto del dúo Voces del Caney en una composición de Sindo Garay dedicada a Martí, precisamente en el sitio donde descansan los restos del Apóstol.

El trío Palabras, en la visita a la tumba del gran Miguel Matamoros, consiguió relajar un tanto nuestra tensión con la interpretación de su guaracha “Beso Discreto de Matamoros”, para después continuar honrando la memoria de otros grandes como Pepe Sánchez, Compay Segundo, Ñico Saquito y finalmente Perucho Figueredo, ocasión en que todos entonamos absolutamente emocionados, nuestro Himno Nacional.

Sirva este relato sobre las intensas emociones vividas para reiterar que el Festival de la Trova Pepe Sánchez no es, para nada, un festival más de los tantos otros que se puedan celebrar. Es la respuesta de los trovadores de nuestros días al grito de amor por la Patria, que Sindo nos dejara como legado en su “Mujer Bayamesa”. Concluimos esta crónica sobre el Festival de la Trova con esta anécdota narrada por el prestigioso investigador y promotor Lino Betancourt, a quien honramos profundamente por todo lo que hizo a favor de la música cubana durante toda su vida:

Una tarde, el trovador Pedrito Ibáñez iba rumbo a su casa. Se sentía triste. La trova tradicional languidecía, opacada un tanto por nuevos ritmos que pretendían ahogarla, silenciarla. Pensó que las canciones trovadorescas no podían desaparecer, erradicarlas del gusto popular: “Dicen que murió la trova…, pero inmediatamente reaccionó: La trova no ha muerto, no, que surjan mas trovadores que la trova es inmortal…” Buscó en su bolsillo un lápiz y un papel para escribir lo que le dictaba el corazón. No encontró papel, pero en el suelo había una cajetilla de cigarros vacía, y allí escribió su canción “La Trova”.[1]

 

“Desmientan al que diga

que la trova ya murió,

la trova no ha muerto, no

porque aun vive en el alma

de quien la oyó y la cantó”.

 

Nota:
 
[1] Betancourt, Lino y Ramos Eduardo. Como la rosa, como el perfume. Ediciones Museo de la Música, 2011. P.97