Herederos como somos del gran refranero español, solemos decir que en tal sitio abundan las cosas, “como en botica”. Aunque los estudiosos no se han puesto de acuerdo en cuanto al origen de la frase (siglo XVI o siglo XVII), lo cierto es que todos comprendemos su significado, y hasta unas coplas dedicó el sevillano Carlos Alberto de Cepeda (1640-1690) a una comedia en la cual, al parecer, hubo de todo: “Verso bueno, tal y cual; traza, ni grande ni chica; gala, ni pobre ni rica; silbos, dos horas y media; con que tuvo la comedia de todo, como en botica”.

Y así, abundante, diversa y segura ha sido la presencia de medicamentos a lo largo y ancho de muchísimos años en Cuba: ha habido de todo, en la botica. El sistema nacional de salud cubano, y su industria farmacéutica, garantizan el control y seguimiento de enfermedades tanto agudas, infecciosas o no, como crónicas no transmisibles. Admirable, desde todo punto de vista. Obviamente, hoy quiero referirme a lo que sucede en la actualidad en las farmacias de nuestro país. Para nadie es un secreto que no hay casi nada. Apenas dos tipos de antibióticos orales, y algún que otro hipotensor. Si bien es cierto que en el primer trimestre del año apareció en la prensa el anuncio de la difícil situación que afrontaríamos con el suministro de medicamentos, luego de ese artículo, —que no se entendió muy bien, dicho sea de paso, ya que hablaba de dificultades financieras en el mismo momento en que se constataba el aumento del número de turistas que habíamos recibido (mucho mayor que en el mismo período del año anterior)—, nada más se dice, de forma oficial. Pero en la calle, todos comentan.

No lamentamos de forma superficial la falta de medicamentos que suelen ser sustituibles por similares, como sería el caso de los antihistamínicos (la difenhidramina o benadrilina, a pesar de la somnolencia que provoca, es la reina de esa familia, y con ella, se atenúan todas las manifestaciones alérgicas), de los analgésicos (bastaría con tener a mano la bienamada dipirona, sin necesidad de acudir al moderno ibuprofeno, al suave naproxeno, o a la clásica indometacina), y en cuanto a las pomadas y ungüentos, con un esteroide tópico (triamcinolona), un antibiótico (gentamicina) y un antimicótico (miconazol), nos libraríamos de casi todas las afecciones cutáneas. Pero ninguno de estos ejemplos está “en existencia”, para decirlo no solo en plata, sino en lenguaje técnico-mercantil.

Hoy por hoy, no hay nada para la rinitis estacionaria conocida como coriza, ni para la cefalea u otro tipo de dolor, ni para una dermatitis de cualquier etiología, a lo que se añade la carencia rotunda de ansiolíticos, de antidepresivos y de inductores del sueño. Dejémonos de tapujos: somos ansiosos crónicos, depresivos por naturaleza, e insomnes porque sí. Llevamos varios meses sin contar con alguno de nuestros “amansalocos” de siempre, y es fácil deducir que tenemos el ánimo a media asta. Podrá parecer una nimiedad, pero en la vida real, necesitamos de esas muletas del alma para resistir los embates de nuestra vida diaria.

 Siguiendo con la tesis del ahorro, en este caso escoger un “calmante de los nervios” capaz de sustituir al alprazolam, por ejemplo, o al clorodiazepóxido, o a la trifluoperazina, o al siempre querido meprobamato, digamos que seleccionaríamos el diazepam, conocido como Valium en las películas. Nótese que reduzco el botiquín al mínimo, y dejo fuera dos grandes líneas: una prescindible, que consta de materiales de cura como algodón, gasa, esparadrapo, antisépticos como mercurocromo, timerosal, yodo, violeta de genciana y rojo aseptil. Esto puede suplirse con jabón de lavar, azúcar, y un pedazo de sábana vieja. Supongo que las familias con niños traviesos y niñas juguetonas estén utilizando estos recursos tradicionales, porque en estos momentos, no hay otra manera de aliviar un rasponazo. La otra línea merece comentario independiente, por la extrema gravedad que implica.

Me refiero a los medicamentos regulados por tarjetón (idea excelente, valga la acotación). Los diabéticos pueden morir sin insulina, los hipertensos se exponen a serias complicaciones si no disponen del hipotensor que les controla la tensión arterial, los enfermos de gota pueden sufrir episodios muy dolorosos al interrumpir sus medicamentos, y los asmáticos sin broncodilatadores (ojo: somos el quinto país a nivel mundial en incidencia de asma), presentar el peor cuadro de dicha enfermedad, llamado “Estado de mal asmático”, potencialmente letal.

 Estas enfermedades son muy frecuentes en nuestro medio, aunque no es desdeñable la cantidad de epilépticos, de enfermos de Parkinson y de glaucomatosos que tenemos,  cuyos medicamentos también son controlados por tarjetones. Durante una considerable cantidad de meses dejamos de disponer del amlodipino y de enalapril (para los hipertensos), de hipoglicemiantes orales (para la diabetes) y del spray de salbutamol, vital para los asmáticos. Tampoco existe en cantidad suficiente el alopurinol de los gotosos, la amantadina de los enfermos de Parkinson, ni el timolol para combatir el glaucoma.
 

Farmacia Museo de La Habana Vieja. Foto: Internet
 

Estos renglones terapéuticos apenas comienzan a mostrar una tenue, más bien ínfima recuperación. En sentido general, la escasez de medicamentos de primera necesidad permanece anclada, con lo cual es francamente difícil llevar un tratamiento completo, como debe ser. La población con su tendencia a la bola, al “enemigo rumor” del que hablara el poeta, echa mano a cuanta especulación aparezca a la vuelta de la esquina, porque, al no disponer de razonamientos cuerdos, de informaciones certeras, esclarecedoras, ni de esperanzas de una próxima solución, todo tipo de explicación sale a flote.

Para redactar la presente estampa, me dediqué a escuchar lo que se comenta en las esquinas más cercanas, lo que opina el personal que labora en varias farmacias, y aquello que dicen quienes hacen colas esperando la carroza que trae los medicamentos (suministro llamado “El pedido”). Las opiniones más repetitivas son las que se refieren a medicamentos que, según conferenciantes de esquina, nunca más serán vistos por nuestros ojos, como la furosemida, la dipirona, el meprobamato, el nitropental y las gotas de picosulfato de sodio.

Al conversar con dependientes de boticas, descubro que nada de eso ha sido informado de forma oficial, excepto con un medicamento, no incluido en mi pregunta: El meprobamato, el cual, por cierto, justo a la semana de dicha información, hizo su aparición en la farmacia, sin más acá ni más allá. Claro, luego se esfumó, pero ya dejó tras de sí la incertidumbre de quién dice la verdad y quién se equivoca. La carroza que esperan los enfermos, la camioneta de “El pedido”, tiene estampada en un costado el número de teléfono del centro de distribución de medicamentos, de modo que muchos enfermos y familiares, lo anotan, llaman y solicitan información de cuándo estará disponible lo que ellos necesitan. Según me cuentan varios miembros de la comunidad, donde incluyo enfermos, médicos y trabajadores de farmacias, en la mayoría de los casos, lejos de recibir orientaciones concretas, terminan más desorientados, ya que les aseguran que el amlodipino (por poner un ejemplo) ya está en la farmacia, cuando los propios pacientes y todo el personal de salud sabe que no es cierto.

Las aglomeraciones que vemos actualmente frente a las farmacias, explican por sí solas el grado de desesperación al que hemos llegado. En otras ocasiones, se le comunica a la población que “el pedido” llegó en la tarde, y que será vendido a la mañana siguiente. Bien temprano, los sufrientes acuden en tropel, y resulta que ya no existe lo que llegó, porque a última hora, el jefe del almacén decidió despacharlo en horario nocturno. En fin, son múltiples las causas del actual desabastecimiento de los medicamentos, y es bueno señalar que ni el personal médico ni las dependientas de boticas son culpables: no merecen los improperios ni las acusaciones que sufren a diario. Hemos dado suficientes muestras de ser comprensivos. Ya es hora de que nos informen cuándo se normalizará la botica, para que tenga sino “de todo”, “de algo” y no como ahora, cuando tiene “casi nada”.