Friedrich von Hayek llegó al Hôtel du Parc de Mont-Pèlerin, Suiza, en abril de 1947. Tenía un propósito: levantar el estandarte neoliberal. A sus 48 años era doctor en Leyes y Ciencias Políticas, y formó parte del núcleo intelectual que hizo causa común con las fuerzas clericales fascistas de Austria, que derrotaron la República en 1934. Durante la década de 1930 había cruzado lanzas en Londres contra John Maynard Keynes, quien desde Cambridge sentaba las bases teóricas de un Estado de bienestar para el capitalismo en Europa. Concluida la II Guerra Mundial, las ideas de Keynes se abrían paso.


Friedrich von Hayek. Fotos: Internet

 

Hayek llevó a Mont-Pèlerin su libro Camino de servidumbre, fundamento de la doctrina neoliberal: “Fue la sumisión de los hombres a las fuerzas impersonales del mercado lo que en el pasado hizo posible el desarrollo de una civilización que de otra forma no se habría alcanzado” —sentenció en el texto (Hayek, 2007: 103). En el balneario lo esperaban otros 35 economistas, historiadores, filósofos, periodistas y empresarios de Austria, Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos— la mitad de ellos procedentes de este último país. La Fundación Rockefeller y banqueros suizos corrían con todos los gastos de la reunión. Desde la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chicago había viajado una estrella académica en pleno ascenso: Milton Friedman, matemático brillante y hábil orador.

La Sociedad de Mont-Pèlerin, pactada en el encuentro, puso en claro que el neoliberalismo no era una corriente de política económica, ni se reducía a un simple programa de gobierno. Era una manera de concebir el mundo desde la preponderancia del individualismo extremo, con un marco de actuación social desregulado; una concepción ideológica que implicaba un ideal de sociedad con cánones políticos, económicos, jurídicos y educacionales enraizados en los fundamentos del liberalismo económico neoclásico, que emergió en la segunda mitad del siglo xix para enfrentar los postulados de Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx —en especial los planteamientos de Marx—, aunque sostenían con Smith que la mano invisible del mercado constituye el mecanismo idóneo para movilizar los instintos más profundos del ser humano en pro del bien común.

Tres años más tarde, Hayek se unió a Friedman en Chicago para convertir a esa universidad en el centro de la articulación de un movimiento académico universal antiestatista: “…éramos guerreros que combatíamos con la mayor parte del resto del gremio” —declaró Gary Becker, Premio Nobel de Economía en 1992 (Klein, 2009: 65).

La Conferencia de Bandung celebrada en Indonesia, en 1955, con 29 mandatarios de Asia y África, disparó la alarma del capital transnacional. Por primera vez se reunían al margen de sus antiguas metrópolis, para discutir sobre asuntos políticos y económicos de interés común. Del otro lado del mundo, los resultados de las políticas desarrollistas en Argentina, Uruguay y Chile convertían a Latinoamérica en un peligroso símbolo para las naciones pobres.

La Universidad de Chicago alertó de la amenaza y la Usaid le entregó dinero para formar líderes económicos entre jóvenes de clase media y alta de Chile, nación que producía el mejor cobre del mundo y tenía un movimiento de izquierda que ganaba influencia en su panorama político. La primera graduación regresó hechizada por las teorías de Friedman y se les empezó a llamar los “Chicago Boys”. Varios de ellos inauguraron la Facultad de Economía de la Universidad Católica con el mismo programa y los mismos textos en inglés que en Illinois.

Hacia 1965 Estados Unidos decidió extender el Proyecto Chile hacia el resto de América Latina. La Fundación Ford concedió dinero para crear un centro adscripto a la Universidad de Chicago, que titularía a 50 jóvenes cada año —un tercio del total de los estudiantes de la carrera de Economía—, con prioridad de matrícula para México, Brasil y Argentina. En paralelo, con fondos de la Usaid, la Escuela de Chicago abría franquicias en universidades de Argentina y Colombia, y los “Chicago Boys” chilenos impartían conferencias en el Cono Sur.

Tras el golpe de Estado orquestado por la Administración Nixon contra el gobierno socialista de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet alimentó con la sangre de miles de chilenos asesinados y torturados las medidas que ponían en práctica los dictados de Milton Friedman en Capitalismo y libertad —el manual del neoliberalismo. Como las cosas no salieron bien en un primer momento, Friedman viajó a Santiago de Chile para incorporarse como asesor al equipo de Pinochet.


Miles de chilenos fueron asesinados durante la dictadura de Pinochet

 

Los espacios de concertación multilateral del Tercer Mundo se constituyeron en una amenaza a la acelerada transnacionalización del capital. Los círculos financieros de poder necesitaban fabricar símbolos y codificarlos para atraer la atención de los circuitos académicos: Hayek recibió el Premio Nobel de Economía —sufragado por el Banco de Suecia y evidente favorecedor de la Escuela de Chicago— en 1974; a Friedman le tocó en 1976.

Con el arribo de varias dictaduras militares al poder, el neoliberalismo se extendió a todo el Cono Sur —bajo el amparo de la operación Cóndor, que, con supervisión de la CIA, desapareció a decenas de miles de jóvenes con ideas de izquierda.

Ronald Reagan llegó al Despacho Oval con Capitalismo y libertad bajo el brazo, en 1980. Su alianza con Margaret Thatcher, quien desde hacía un año aplicaba recetas neoliberales en Gran Bretaña, acabó de sepultar la idea del Estado de bienestar preconizada por Keynes. “Quiero que piensen en un sistema de escuelas donde las enseñanzas humanistas estén completamente vedadas […]” —predicó desde la televisión, en 1986, Pat Robertson, ministro de la Convención Bautista del Sur y magnate de los medios de comunicación (Eco, 2016: 289).

Fue un llamado, que en el presente ha cobrado nueva fuerza, a abandonar la cultura humanista con que se dotó la burguesía en el Renacimiento para barrer los dogmas feudales. Esta doctrina se propagó con particular virulencia entre los países del Pacto de Varsovia tras el derrumbe del socialismo en Europa del Este y la desintegración de la URSS —dada su incapacidad de responder a las exigencias de la Historia. El paquete de medidas para la terapia de choque en Rusia fue diseñado por Yegor T. Gaidar, doctor en Ciencias Económicas de la Universidad de Lomonósov, quien, como redactor jefe de la sección económica de la revista Kommunist —medio oficial del Comité Central del PCUS— promovió las ideas de Hayek y de Friedman entre 1987 y 1990, en plena Perestroika.    


Página de periódico dedicando titular al Tratado de Varsovia

 

Con el fin de la confrontación Este-Oeste en los términos de la Guerra Fría, llegó el delirio y, desde el Departamento de Estado norteamericano, Francis Fukuyama anunció el fin de la Historia. La evolución ideológica del mundo parecía culminar en la universalización de la democracia occidental, una democracia burguesa presidencialista capaz de promover a un representante de la plutocracia, como en Estados Unidos. Vencido el socialismo que se llamó a sí mismo real, no existía ninguna alternativa de modelo de desarrollo viable que prometiera mejores resultados —pregonó Fukuyama. La élite transnacional que concentró el capital y el poder económico tras controlar la tecnología, la información y los servicios, convertía la Tierra en una fábrica global. Desde Europa del Este hasta América Latina los Estados, las economías y los procesos políticos se integraban bajo su égida. Esa élite no quería intervención estatal: ¡había llegado la era del neoliberalismo!

Al decretarse la muerte de las ideologías, se produjo una parálisis de los movimientos revolucionarios. El pesimismo se apoderó de la izquierda, empujada a comulgar con la globalización neoliberal. Parecía no haber vuelta atrás. Palabras como “dignidad” y “soberanía” se presentaron como objetos anacrónicos y otras como “derechos humanos”, “democracia” y “libertad” se prostituyeron. Entró en crisis la apoteosis de la razón —inaugurada por la Ilustración en el siglo xviii. Las terapias de choque se pusieron de moda. Eran una exigencia del FMI, el Banco Mundial y las instituciones crediticias para conceder préstamos. Los gobiernos manejaban la economía como los conductores de un tren descarrillado, sin saber hasta dónde llegarían ni cómo terminaría todo; mientras, se acentuaba la crisis de la moral en el ejercicio de la política.

En julio de 1990, Fidel y Lula fundaron el Foro Social de Sao Paulo. Se proponían levantar el espíritu insumiso de nuestros pueblos al sur del río Bravo. Apenas cuatro años más tarde, el 1ro. de enero de 1994, Latinoamérica despertó de su letargo con la insurrección zapatista; ello provocó que se reparara en que había otra realidad.

¿Cómo derrotar la resistencia? Fukuyama abandonó el Departamento de Estado y fue a la Universidad George Manson, en Virginia, para estudiar el rol de la cultura en la sociedad neoliberal. En sus estudios apreció que la mayor parte de los estadounidenses veía la privatización como la futura tendencia en las políticas públicas y avizoró las mayores potencialidades en los estratos inferiores. En un cambio de política, el Banco Mundial multiplicó los micropréstamos y, para universalizar ese espíritu entre la gente común, se resignificó al pequeño “emprendedor” privado con una retórica asimétrica que aplaude a los “triunfadores”, cuyo éxito atribuye al sistema, y desprecia a los “perdedores”, de lo que culpa a las circunstancias personales. En esta lógica perversa los libros de autoayuda se pusieron de moda: “claro que usted puede”.

Conseguir tales propósitos demanda generar un culto al dinero, a la frivolidad; sembrar la desconfianza hacia los Estados nacionales para debilitar las instituciones y las políticas públicas que promueven la solidaridad y la cohesión social, y convertir al ser humano en una entidad enajenada que haga impracticable el ejercicio efectivo de la democracia real. No importan los Parlamentos ni a quién se entrega el voto electoral: es el mercado quien decide.

La primera víctima fue la poesía. Martí lo presintió, en 1887, en un artículo dedicado a Walt Whitman:

La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos? Los mejores, los que unge la Naturaleza con el sacro deseo de lo futuro, perderán, en un aniquilamiento doloroso y sordo, todo estímulo para sobrellevar las fealdades humanas; y la masa, lo vulgar, la gente de apetitos, los comunes, procrearán sin santidad hijos vacíos, elevarán a facultades esenciales las que deben servirles de meros instrumentos y aturdirán con el bullicio de una prosperidad siempre incompleta la aflicción irremediable del alma, que sólo se complace en lo bello y grandioso (Martí, vol. 13, 1975: 135).

Otra víctima fue la Historia. Henry Kissinger arroja luces: “El rechazo a la Historia eleva la imagen de un hombre universal que vive ateniéndose a máximas universales, cualesquiera que sean el pasado, la geografía y otras circunstancias inmutables” (Kissinger, 2004: 832).

Hollywood, con el 85% de la producción cinematográfica internacional —saca una película al mercado cada 36 horas—, enterró como ícono, en general, al héroe positivo capaz de vencer toda vicisitud en su enfrentamiento con las fuerzas del mal. Cuando en el imaginario global se trata de entronizar la impunidad como mensaje, ahora se premia al transgresor que recurre a cuanto ardid resulte necesario —por encima de cualquier consideración de orden ético—, para conseguir sus designios. Con el “todo vale” como filosofía, el imperio absoluto del mercado reemplaza el arte por el entretenimiento baladí y acrítico.

“Diviértase y no coja lucha con todo lo demás”, es la matriz de opinión predominante sembrada por una industria que ha convertido al entretenimiento en fuente lucrativa capaz de competir con cualquier rama de la economía mundial —aportó más de dos billones de dólares en 2016. El campo de batalla es el cerebro de cada hombre, mujer o niño, en una guerra que no mata físicamente ni infringe sufrimientos. “La víctima se adormece feliz, olvidada de toda rebelión. La trampa es muy sabia, puesto que suprime al mismo tiempo la conciencia de que hay una trampa” —había advertido la intelectual francesa Christiane Rochefort durante el Congreso Cultural de La Habana de 1968 (Rochefort, 1968: 2).

Concebida desde un fundamento empresarial, la producción en serie de seudocultura no genera nuevas ideas ni asume riesgos ideoestéticos porque se invierte para ganar más. Esas inversiones se centran en consagrar el statu quo mediante la forma, en encriptar una subliminal manifestación del consumismo que exacerba los instintos primarios del ser humano y lo vuelve indiferente a las convulsiones sociales. Ya no se crean productos para vender; se produce lo que de antemano está vendido. Las corporaciones que dominan la industria del cine y el audiovisual, la radio, la televisión, la prensa plana y digital, la empresa discográfica y editorial, emplean esta seudocultura como instrumento de control social e ideológico, además de ganar mucho. Amenaza con llegar —o al parecer ya llegó—, la era del instante.

Dos interrogantes se imponen a partir de estos dilemas: ¿Debemos revisitar la Historia? ¿Tiene algo que decirnos el siglo xix?

Historiar es una manera de tratar de comprender la esencia de los procesos. Por coyunturas que no escogimos —ni eludimos—, Cuba forma parte ya del patrimonio universal. No puede hablarse de la historia del mundo en los últimos 60 años, sin mencionar a la Revolución Cubana. Sus ideas y conquistas sociales, las antagónicas relaciones con los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, sus misiones internacionalistas y el protagonismo en los espacios multilaterales de Naciones Unidas, su dignidad y resistencia… atraen la atención de cientistas de otros lares interesados en estudiar qué pasa aquí. Unos para atrapar la experiencia; otros, para ayudar a subvertirla. Ese interés impone un desafío, sin contar que a cada nueva generación hay que relatarle la Historia desde sus códigos gnoseológicos y comunicativos, único modo real de cimentar, con ciencia, la conciencia de la nación. Tales razones convierten a la relectura de nuestro devenir, en prioridad de la mayor trascendencia.

Muchas lecciones nos reservan todavía el siglo xix, con toda su riqueza de acontecimientos y de pensamiento fundador. Aunque parezca distante, la naturaleza humana es la misma. No pocos errores se repiten cuando dejamos de hacerles preguntas a nuestros mayores o abandonamos las raíces. Siempre se paga un precio.

Todavía está abierta a debate la rebelión de José Antonio Aponte, porque 200 años después algunos historiadores lo presentan como un levantamiento sin fines políticos. ¿Cómo hablar de crisis de valores e ignorar las máximas filosóficas de Félix Varela o los aforismos de José de la Luz y Caballero? Repetimos sus nombres, una y otra vez, cuando en verdad la mayoría de nuestra gente —y no pocos maestros— lo único que conocen de ellos es solo eso: sus nombres.

¿Por qué Ese Sol del mundo moral, ensayo de Cintio Vitier que atraviesa desde su honda mirada la ética en la conformación y desarrollo de la conciencia nacional, no ha sido incorporado al programa curricular universitario? El pensamiento y el ejemplo civilista de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, siguen ausentes de los planes de estudio de los centros de la enseñanza superior —pese a los valiosos aportes del doctor Rafael Acosta de Arriba en Los silencios quebrados de San Lorenzo. Y Armando Hart nos alertó más de una vez que el tema de la ética y, en especial, de la juridicidad, se revela en los tiempos de crisis en que vivimos, como cuestión clave para evitar un colapso definitivo de la civilización.      

Cuánta lección en la carta de José Martí a Máximo Gómez, en 1884, cuando decide apartarse del plan Gómez-Maceo. Se alude con frecuencia, y a veces descontextualizada, a su expresión de que no se manda un país como a un campamento —no pocos generales, a lo largo de la Historia, han dirigido sus países con gran sabiduría. Otro fragmento irradia desde el presente: “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia” (Martí, t. 1, 1975: 179).

Martí y Antonio Maceo, por citar otro ejemplo, tuvieron contradicciones. Cuando el Apóstol meditó acerca de lo ocurrido en La Mejorana, escribió palabras duras sobre lo que sintió en la discusión: “…me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre, —y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir” (Martí, t. 19, 1975: 229).

No se pusieron de acuerdo. Maceo no creyó que Martí podría cumplir lo que estaba prometiendo. Recordaba lo ocurrido en la Guerra Grande por un enfoque civilista exacerbado hasta lo irracional cuando lo urgente era derrotar al ejército de España, que dio al traste con los propósitos de la revolución. Martí sabía lo que tenía que hacer y se creía capaz de conseguirlo —al menos eso pensó. No tuvo tiempo de probarlo. Cayó en Dos Ríos dos semanas más tarde.

¿Cuántos ejemplos pudiéramos citar? No alcanzan estas páginas. Necesitamos conocer y analizar esa historia, sacar lecciones. Cuán difícil se torna el camino en la construcción del consenso para preservar la unidad nacional en tiempos de revolución, sin desconocer la diversidad, sin artificios para coartar el derecho a discrepar y defender una idea diferente dentro del universo político del socialismo. Y tenemos que transitar ese camino desde la participación. El socialismo es participación o no es socialismo. No podemos decir que construimos una democracia participativa y valernos de métodos o procedimientos de la democracia burguesa.

Tampoco podemos perder de vista que nuestros enemigos no desaprovechan el tiempo. Ya he leído que Gómez y Maceo no tenían un pensamiento social radical; qué decir de Martí y la imagen que pretenden construir, según la cual su república inclusiva con todos y para el bien de todos, tendría a los “pobres de la tierra” —base social con la que organizó la revolución y junto a la que echó su suerte— a merced de las “fuerzas vivas” de la sociedad, o sea, de la burguesía de generales y doctores que entregó el país al capital yanqui. Ha recobrado vigor la “reproducción” de ideas que parecían superadas por el tiempo, como la defensa del autonomismo frente al raigal independentismo mambí, y todavía nos quieren hacer ver que la intervención de Estados Unidos en nuestra guerra de independencia fue un acto necesario, inevitable. Una tendencia neoplattista intenta abrirse paso desde minúsculos segmentos académicos e intelectuales. ¿Qué haremos? ¿Cederemos ese terreno a nuestros adversarios?      

Otras tres preguntas: ¿meditamos la historia reciente? ¿Sincroniza el discurso histórico con los intereses de las nuevas generaciones? ¿Puede la Historia someterse a dictados u orientaciones?

Sobre la Revolución en el poder se ha escrito y publicado, incluso de temas tan polémicos como las UMAP y el Quinquenio Gris. No es suficiente, nunca lo es. Pero son otras las principales dificultades: predominan las memorias en libros y trabajos breves. Se han elaborado monografías de rigor, no pocas descollantes; sin embargo, faltan obras de síntesis que nos permitan reconstruir el proceso histórico en sus diferentes etapas y analizarlo con rigor, establecer las claves. No son problemas que atañen solo a Cuba, son tendencias de la historiográfica universal que tienen un efecto negativo de cara al presente y el futuro del país. ¿Qué errores no deberíamos volver a cometer? ¿Qué tendríamos que hacer diferente? ¿Cuánto rectificar? Resulta vital aprender y aprehender toda la sabiduría acumulada en esta larga contienda política que nos toca continuar, desde el predominio de la inteligencia y la razón.

El tema de las fuentes historiográficas merecería una conferencia, que sintetizo con un criterio de Fernando Martínez Heredia:

Los problemas que se confrontan con las fuentes no son tan sencillos como decir que no ha habido acceso a ellas. Eso en parte es cierto, y aunque hoy hay más acceso, sigue habiendo campos y asuntos vedados. Es necesario que las instituciones actúen y rompan los escollos en este terreno, y que los profesionales organizados lo reclamen. Pero también se deja de buscar —o de buscar bien— fuentes que existen y están disponibles al historiador acucioso, y de convertir en fuentes a otras que no logran advertir aquellos que solo transitan caminos trillados (Martínez Heredia, 2014).

Otra arista negativa es el “academicismo”, ese ejercicio estéril de escribir para eruditos —o para uno mismo. A quienes lo padecen, no llegan a entenderlos ni los decisores políticos, ni mucho menos la gente del pueblo, y se quejan de que no los toman en cuenta. No alcanzan a comprender el valor de poner el conocimiento al servicio de toda la sociedad, al servicio de la edificación económica, social, política, ideológica y cultural del país, un proceso que nunca termina de construirse. Si no rompemos esa barrera —sin abandonar el rigor a la hora de hacer ciencia— nos desconectamos de nuestras bases populares. Y espacio que no ganemos, lo gana la seudocultura homogénea y neoliberal.

También se publica muy buena producción historiográfica, que se consume con interés por una parte de nuestro pueblo, incluidos los jóvenes, sobre todo los universitarios. A pesar de todo, no existen muchos países en los que el cientista y el pensador tengan tanto prestigio social y político como en Cuba, y crecen los espacios en los que se debate acerca de la historia con rigor y absoluta libertad. Por citar cuatro ejemplos con excelentes resultados en la capital: “Memorias de la guerra”, con Yoel Cordoví, en el centro Dulce María Loynaz; “Jueves de Temas”, con Rafael Hernández, en el Icaic; “Dialogar, dialogar”, con Elier Ramírez, en el Pabellón Cuba, y la Tertulia Histórico Social, con Ivette González, en la Uneac.

De la falta de conocimiento sobre historia se acusa a los jóvenes, y este asunto implica a varias generaciones. También se culpa a los maestros. Me niego a aceptarlo. Un problema tan grave no puede tener un solo responsable. Hay dificultades con la lectura y pregunto: ¿quién lo está estudiando con rigor científico? Debemos averiguar qué pasa, cómo hacerlo mejor y pensarlo de una manera estructural. Los aciertos y contradicciones, las luces y sombras de nuestra historia, ponen en perspectiva una trama que supera la más dramática obra de ficción. Si no llegamos al corazón de la gente, y en especial al de los jóvenes, si bostezan al escucharnos o tenemos libros con telarañas en las bibliotecas, es señal de que debemos revisarnos. Algo falla.

Debemos estimular el análisis y la polémica a partir del conocimiento, sin olvidar que en el discurso historiográfico es importante la narrativa, la anécdota que cubre de emociones el hecho lejano y lo hace palpitar. De otra forma resulta impersonal, no mueve a la reflexión íntima. Aprecio que el academicismo y el elitismo ya han hecho un gran daño cultural. ¿Cómo volvemos a sacar las ideas de los libros?

Precisamos mirar al mundo con ojos nuevos, hacer ciencia y política sin narrativas apologéticas. No pocas veces se utilizaron cortaúñas en el pasado para escribir la Historia y eso genera rechazo, sobre todo entre las nuevas generaciones —menos propensas a consideraciones de tipo político para evitar el abordaje de temas polémicos—, porque más temprano que tarde la verdad sale a flote.

Somos una nación adulta, con cultura política y un pueblo instruido que necesita pensarse a sí mismo y a su realidad. Idealizar el pasado es mentir, es una manera de manipular. No hay forma de sacar lecciones, si no abordamos con sinceridad toda la historia. A mi modesto juicio, el mayor valor de esa historia estriba en que nos haga meditar desde el presente, sin filtros que lleven a discursos vacíos; lo demás es arqueología y piezas museables. Con palabras de Fernando: “La Historia, para serlo realmente, no puede someterse a dictados, ni a orientaciones, ni a modas” (Martínez Heredia, 2014).

La Historia tiene un fundamento de mayor alcance: permite construir patria. Frente a los desafíos que afrontamos, se impone mantener vivo un debate que consolide la espiritualidad y nos distinga como nación, en un mundo en el que pensar se torna irrelevante.

Urgimos poner la historia a dialogar, sin sacralizarla. Ningún héroe es del material con que se construyen sus efigies, sea yeso, mármol u hormigón. El comportamiento humano no está exento de amor y de pasión, de sacrificios personales, de odios y rencores, que en no pocas ocasiones determinan el curso de los acontecimientos —y pueden lanzar a un pueblo hacia el despeñadero.

En El Ser y la Historia, Joel James contrapone al determinismo económico, la capacidad de crear símbolos y sistemas de símbolos. « …son los recursos humanos por excelencia para independizarse de las llamadas “leyes ciegas de la economía” » —nos dice. Y añade algo que pudiera estremecer a cerebros embotados:

Y propongo, además, una lectura a la inversa del enunciado marxista: el hombre tiene que primero sentirse y saberse hombre, es decir, primero tiene que pensar como hombre para luego alimentarse y vivir como hombre. Los lobos también comen y se resguardan, pero se quedan solo ahí, en ese factor primario. Nunca llegan, ni llegarán a ser hombres. El hombre, para serlo, lo primero que debe tener es la capacidad de serlo. Y a eso le llamo yo conciencia, con independencia de estadio de complejidad evolutiva en que se encuentre (James, 2012: 22).

Coincido con Joel; aunque a Cuba no le hizo falta crear símbolos: emergieron de seres con una conducta signada por el sacrificio consciente, que interpretaron su razón de ser y existir como la vocación de pertenecer y servir, con exacta consecuencia entre lo que dijeron e hicieron. Y se convirtieron en símbolos porque en el proceso de formación y consolidación de la nación, la cultura histórica revolucionaria alimentó una filosofía en nuestro pueblo que supedita lo individual a lo colectivo y define el horizonte de la utopía.

Ignacio Agramonte redactó la Constitución de Guáimaro con todo el progreso universal legislado hasta ese instante y cayó en Jimaguayú, después de haber formado la división mambisa más disciplinada y eficiente de la Guerra Grande, por proteger la retirada de su tropa con apenas tres ayudantes. Céspedes no abandonó la nación a su suerte cuando un general español le ofreció a cambio la vida de su hijo —que ya había fusilado—, y tres años más tarde enfrentó solo al batallón Cazadores de San Quintín con un revólver, a sabiendas de que no tenía escapatoria, “para morir matando” —como había prometido.

Entre Céspedes y Agramonte existieron contradicciones alimentadas por elementos intrigantes que después traicionaron, y también por la soberbia que a veces acompaña la conducta de los seres humanos. Este conflicto entre los dos paradigmas de la revolución afectó el curso inicial de la contienda armada; llegaron al extremo de retarse en duelo a muerte. Ambos debieron crecer en el camino, sorteando barrancos, con Cuba por delante. Y cuando el Padre de la Patria le envió el pésame a Filomena Loynaz de Agramonte, nos dejó una responsabilidad a todas las generaciones de cubanos:

…señora, no le es negado a usted el más legítimo orgullo y tras él la convicción de que no impunemente se da el ser a hombres del temple de los Gracos. Para ellos siempre las persecuciones y la muerte, para su familia un blasón inmortal, para su patria el deber de elevarles monumentos de gratitud. Este es el lote de aquellos cuyas acciones se registrarán en las páginas de la Historia (Portuondo del Prado y Pichardo, t. II, 1974: 445). 

Martí organizó la guerra de 1895 y pudo esperar la cosecha desde la tranquilidad de su oficina en Nueva York, como le pedían; exigió la hamaca del soldado para construir desde la campaña una República integradora de dos principios esenciales hasta entonces nunca concretados: libertad y justicia social. En Dos Ríos pudo quedarse atrás y optó por arengar a sus compañeros en un ángulo en que el enemigo concentró un poder de fuego de ocho mil tiros con pólvora negra, que hacía imposible la visibilidad. Murió como había participado a todos en sus Versos sencillos: “de cara al Sol”.

En 28 años Maceo recibió más de treinta heridas y le entregó a la historia de Cuba uno de sus más sublimes símbolos: la Protesta de Baraguá. Legó al pensamiento militar cubano páginas vivas y a nuestro pueblo una proyección patriótica y antianexionista que lo acompaña. En medio de balacera infernal, cayó en San Pedro de Punta Brava con el rostro distendido. Las últimas palabras que se le escucharon en aquel círculo dantesco, fueron: “Esto va bien”.

Sus sueños se frustraron. Solo el 1ro. de enero de 1959 la Generación del Centenario, con Fidel al frente, pudo cumplirlos.

¡Qué fecundación borrando las innumerables frustraciones, las humillaciones indecibles, las minuciosas pesadillas! Comenzaban entonces otros combates; pero desde entonces el devenir tiene raíz, coherencia, identidad. La sangre ha sido aceptada, el sol de los vivos y los muertos brilla exigente en el centro de todo —escribió Cintio Vitier (Vitier, 2008: 215).

¿Cuánto puede hacerse desde el cine, y el arte en general, en la construcción de esta memoria histórica? Mucho. La participación popular consciente en la construcción del imaginario de la nación y en la consecución de sus sueños, rasgo esencial del socialismo cubano, constituye un antídoto contra el ser apático e indiferente al que apuesta la doctrina neoliberal. Pero dialogar implica compromiso y, sobre todo, escuchar; no como un mero ejercicio de educación formal, sino con el oído en el alma de la gente. Esa actitud de aprehender el espíritu del país nace de la vocación de servirlo en la más estrecha comunión con sus sectores humildes, con los más necesitados. Martí lo definió en dos versos: “Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar”; Fidel, parafraseando a Abraham Lincoln: “Esta revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes…”.

No basta escribir y publicar libros. Hay que salir a dialogar desde nuevas maneras de pensar su comunicación, y establecer una línea de aprendizaje en dos sentidos; repensar cada día cómo edificarnos como seres humanos y como pueblo, con la cultura como centro. Si no llegamos al alma de la gente, una élite aplaude, pero solo habremos logrado palabras que el viento y el tiempo se encargan de pulverizar. Y en una nación que se fundó con la razón, el amor y la poesía entrelazados, el arte tiene mucho que aportar a ese empeño.

Lo mismo en el debate que en la creación artística de la vanguardia, necesitamos conectar con nuestras bases populares desde los sentimientos, para extender el pensamiento humanista más allá de los recintos institucionales y universitarios. Preservar vigorosos los cimientos del socialismo, demanda que la nación —y sus nuevas generaciones— sueñen con la igualdad social. Conseguirlo requiere conciencia y voluntad, cultivar sentimientos y emociones, solidaridad... “Es indispensable, pues, que vengan en nuestra ayuda la imaginación y el vuelo que pueden tener los poetas, los profetas y los héroes. He ahí el decisivo papel de la educación y la cultura” (Hart, 2000: 17).

 

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