Ella apareció de la nada. “Detrás de la cortina” era el tema que tocaban Los Revueltas. Como si quisiera hacerle honor a esta canción del grupo mexicano, que además le da nombre a un primer disco, salió de entre el público con una saya mínima y una cinta adornando su “idiosincrasia capilar” [1]; atravesó la base de hip hop que se escuchaba, y empezó a disparar palabras. “Nos voló la cabeza. Nos encantó ─comentó luego el trombonista Andrés García─. Tenemos un trabajo tan amarrado y ensayado que no nos damos el espacio para improvisar. Pero, en esta ocasión, habíamos visto a esas muchachas muy prendidas con nuestra música. Fue ella la que se acercó y dijo que sabía rapear, que quería hacerlo con nosotros. Y fue para bien.”

En el Pabellón Cuba de La Habana, el último día del festival Patria Grande, que rodó por el país del 22 de septiembre al 5 de octubre, dejó ver la correspondencia musical entre la nueva generación del patio y la que empieza a tomar el escenario en la región. Un crítico e investigador como Joaquín Borges Triana, ante la pregunta de cómo es posible que surjan estos “featurings espontáneos”, incluso entre músicos con alguna trayectoria y jóvenes que se expresan creando sus propias oportunidades, aludiría, otra vez, al fenómeno de la música alternativa.
 

Los Revueltas, de México.
 

Junto a Nepentes, banda asentada en el rock moderno de Colombia; Pashpak, del terreno del hardcore en El Salvador, y otras alineaciones, Los Revueltas conformaron la sección internacional del festival. Bastó escucharlos durante solo unos minutos para comprobar que las “raíces móviles” de la identidad latinoamericana también dejan ver su fortaleza en la escena de la música.

Como me hizo saber en un breve intercambio el trombonista Ángel García, la agrupación se basa sobre todo en las mezclas, teniendo en cuenta las influencias distintas de sus nueve integrantes: “Por ejemplo, el guitarrista es muy Led Zeppelin; los metales somos más Fania All Stars, Buena Vista Social Club. Es muy grande la influencia de la música cubana con la que crecimos. También somos fans a The Who y bandas como Queen. Con esa variedad de géneros que tocamos no ha sido fácil encajar dentro de los carteles de festivales en México y ya nos dimos cuenta que acá tampoco”. Poco antes, el cantante del grupo, Miguel Hernández, había resumido lo que han hecho a lo largo de estos siete años de carrera como una fusión entre la música regional, la mexicana y el rock, desde donde reflejan un discurso contemporáneo sobre su identidad.

En el libro Con-cierto cubano: La vida es un divino guión (Ediciones Uneac, 2015), Borges Triana distingue la hibridación como una de las características de la música alternativa, aun cuando también pueden delinearse géneros concretos. De ahí que uno de los aspectos por el que no ha sido entendida del todo o ha tenido que atravesar diferentes conflictos se refiera a la deconstrucción del purismo nacionalista. Lo interesante es que desde la elección universal sus cultores cuentan su propia historia. Se trata de microrrelatos que, como minas escondidas, explotan con estas sonoridades. En ese sentido, tanta fuerza tienen la música y las líricas como lo que sucede mientras la presentación ocurre. Todo el performance por donde derraman las lágrimas negras de sus realidades se vuelve un acto de liberación para intérpretes y público.

Cuando el pasado año la banda argentina Eruca Sativa, hoy nominada a los premios Grammy Latinos por Barro y Fauna, llegó a una plaza habanera, hubo quienes aplaudieron su enterrada distorsión y, al mismo tiempo, la inclusión de otros ritmos, que recordaban magias como las de Red Hot Chilli Peppers; algunos obviaron los detalles compositivos, las complejidades técnicas, e incluso, la garganta de Lula Bertoldi, su guitarrista y voz líder, para dejarse arrastrar por el clima de la banda. Era el aura de la música la que domaba la noche como a una fiera.

Eventos como estos, al suceder en Cuba, desentierran momentos de la creación musical de los 90, de los 80, hasta un poco antes. Esas décadas marcan el surgimiento y el esplendor de la música alternativa aquí. Cambiaron, rehicieron los mapas culturales y, desde entonces, están redefiniendo el discurso de la cultura nacional; llaman a un diálogo ─tratando de sintetizar─ “entre modernistas y tradicionalistas”.

En La Habana, por ejemplo, con el tiempo, gracias a diferentes encuentros, Alamar fue ganando el sobrenombre de “ciudad de la moña”, “capital del rap”; Plaza, el sitio para encontrar “la meca del metal del patio”; La Habana Vieja, la madriguera del reggae. Los destinos culturales giraron del centro a la periferia. La música salida de esos barrios dio de comer al alma en un período de difícil acceso a espacios recreativos, pero, sobre todo, desde ahí estremeció con sus cantos —ya fuese a través de la poesía trovadoresca o del rap, o de las incursiones anglosajonas o en español del rock y el metal— a varias generaciones. Fue de esa manera que se pudo tocar la sensibilidad underground que emanaba en la Isla.

Al ofrecer una de las definiciones de música alternativa, Roy Shuker, en el libro Popular Music. The Key Concepts (Routledge, 2002), coloca entre sus rasgos la autenticidad, el predominio del compromiso artístico más que comercial o de otra índole, y un discurso de transgresión. Este elemento es el que mejor muestra la relación entre lo musical y lo social, pero al mismo tiempo ha sido causa de un ciclo, no siempre cerrado, de censura, negociación y aceptación. No obstante, en varios casos, teniendo en cuenta diferentes factores, sus exponentes han transitado de ese lugar subterráneo al mainstream.

“Detrás de todos estos años”, ¿qué ha pasado con la música cubana alternativa? Coincido con algunos críticos cuando expresan que este es un fenómeno que precisa no solo mayor análisis en los estudios de música popular aquí, sino, como han referido sus propios cultores y cultoras, de una mirada más profunda al abordar el desarrollo cultural de la Isla. Esta creación, que ha logrado conquistar en diferentes momentos, no sin conflictos, el apoyo institucional, además de continuar derramando el sentir de muchos, sigue colocando nuevos puntos en el mapa cultural nacional o rehaciendo los de otros tiempos.

Aunque realmente no tan amplio, un arco de lo actual de esta escena pudo apreciarse también en el festival Patria Grande con la presentación de agrupaciones como Miel con Limón, Stoner, Toques de Río, entre otros. No obstante, por su larga trayectoria desde Séptimo cielo hasta Creando milicia, la presencia de Athanai en el catálogo del encuentro, a mi modo de ver, funcionó como un mensaje sobre la actitud del músico alternativo. Si se rastrean sus videos en Internet, con los que promociona varias de sus producciones independientes de ahora, sigue revelándose como un maestro de la “cultura disonante”.

En ese sentido, puede decirse que, aun cuando varios exponentes cubanos hayan alcanzado su consagración en el ámbito nacional e internacional, un repaso de sus líricas, en general de sus performances ─sobre todo de aquellos que regresan, de forma literal o metafórica, a espacios y causas por los que ganaron un lugar entre distintas generaciones─ habla de que esta música vive “añorando algo”; ese desvelo perpetúa su espíritu, y así, su universo.
 

Portada de disco Creando Milicia, de Athanai.
 

Nuevos intérpretes, y también algunos que siguieron aquellos años, podrían hacerse una pregunta en forma de canción. Tomar, por ejemplo, ese fragmento del tema “Ángeles”, de X Alfonso, incluido en su compilación más reciente, Live in Havana: Qué pasó/ dónde naufragó tu rebeldía, tu alegría, fuego de pasión/ Ángeles del amor tomen mi voz/ Que llueva la razón de un tiempo mejor. Pero, desde ahí, habría que emprender la búsqueda para saber cómo se define hoy el curso de la música alternativa en Cuba.

No será posible quedarse solo con la muestra de un festival. Habrá que llegar a las profundidades de la escena. Aunque es preciso captar cada momento de tales encuentros, porque siempre se dejan nuevas coordenadas sobre dónde palpita el alma underground. Estas pueden aparecer en los catálogos, pero también en ese instante en que ella, con mucho menos de 20 años, sale del público, sube al escenario y rapea, y hace volar, y se pierde en la nada. Entonces habría que seguirla, porque con seguridad lleva a esos otros lugares donde caen las lágrimas negras de la música alternativa cubana.                                                                                

Notas


[1] De la canción “Los pelos” del grupo cubano de rap Obsesión.