Esta historia comenzó hace tiempo, mucho antes de que Cuatro fuera Cuatro. En el verano, en pleno agosto, mientras muchos descansaban o sucumbían ante el sopor, en la sala Pepe Camejo, sede de Teatro de Las Estaciones, se danzaba, se decían textos una y otra vez. Se repetía y repetía. Ensayo, error, tanteo, equivocación, lección, enseñanza. Vuelve a empezar. Atrás.  


Fotos: Sonia Almaguer


Mi “historia” con Cuatro comenzó ese verano. “Tengo ensayo y me gustaría que vieras lo que estamos haciendo”, me dijo Rubén Darío. Bajo el calor abrazador de Matanzas, cruzamos la Bahía y nos metimos bajo la sombra de la sala. Los pies sucios y el sudor de la ropa de trabajo. Vuelve atrás, sal otra vez, comienza de nuevo. Maneras del oficio, o al menos, una parte de él.   

Haydée (Santamaría), Ernesto (Lecuona), Rita (Montaner) y José Jacinto (Milanés). Dos hombres y dos mujeres, conocidos, algunos más que otros, enfrentándose a la constatación de una especie de martirio en vida. Ernesto (Iván García), el exilio y la muerte fuera de Cuba; Rita (María Laura Germán), la mulata, a quien una enfermedad mortal le arrebató su más valioso atributo, su voz; José Jacinto (Yadiel Durán), la locura que lo alejó del amor y de la vida; Haydée (Anis Estévez), el dolor profundo que la condujo a la muerte.

Por medio del teatro coreográfico, término más específico que danza teatro, el equipo creativo explora, a partir de una partitura dramática y danzaria, trazos, tensiones, aseveraciones de las respectivas biografías. Escritos y dibujados en el aire, cada gesto, palabra, objeto, acción, sintetiza y pone en valor rasgos comunes entre ellos.  

Cuatro pone sobre la escena otra épica, una épica humanista, atravesada por la angustia existencial, por un lado, y la consagración, por otro. La dramaturgia, o mejor dicho, la aproximación dramatúrgica a cargo de la también actriz María Laura Germán, deja claro que no se trata de una hagiografía, sino de retazos que van componiendo un todo, en el que los personajes interactúan, superponen temporalidades, “rectifican” situaciones y frases en función de los diálogos imaginados y deseados entre estos seres excepcionales.


 

En esa “cualidad coreográfica” de hacer confluir esas vivencias, también inspiradas en la literatura, el mito, la recreación y la invención, se reconstruyen otras biografías tan válidas y complejas como sus referentes reales. No son proyecciones fantasmagóricas ni miméticas. Son, en primer lugar, hilos de vida que se van tejiendo y destejiendo ante nosotros. Sus autores quieren, deliberadamente, alejarse de ese canon. Es una mediación con la que llegamos a identificarnos; en la cual llegamos a creer.

Ganadora de la Beca de Creación Santa Camila de La Habana Vieja, otorgada por la Uneac matancera el pasado año, Cuatro es una puesta en escena bajo la rúbrica del proyecto de teatro coreográfico liderado por bailarín Yadiel Durán, la concepción escénica de Salazar Taquechel, la intervención plástica de Zenén Calero, en un montaje más apegado a la creación colectiva, según se apunta en su programa de mano.

La obra, cuya estructura espectacular descansa, especialmente, en el trazado de los movimientos danzarios de los actores, sus interacciones y cruces, entra, por así decir, en sus momentos finales a una zona que radicaliza más su discurso y expone, de manera más enfática, los dolores, frustraciones, vulnerabilidades de los personajes. Se conectan pasado, presente y futuro. Cuba se vuelve tierra, puerto y mar; deseo, angustia, reconciliación.


 

La locura de Milanés se trueca con la enfermedad de Rita; la soledad y la nostalgia de Lecuona, con el dolor de Haydée por sus muertos. Los cuatro van tomando el lugar del otro, lo intercalan, lo abandonan, lo retoman. Un juego de la vida en el cual todos son todos al mismo tiempo: dos más dos no es igual a cuatro.

Con Cuatro, el trabajo de Las Estaciones y de su núcleo duro se expande, penetra en nuevas zonas de sentido, experimenta, hurga alimentando un interés creciente por buscar nuevos caminos expresivos, por romper áreas de confort. “Vamos para que veas lo que estamos haciendo ahora”, esa frase de Rubén Darío no era solamente una invitación, era una provocación, un riesgo.

El numeral de la cifra cuatro se proyecta al fondo del escenario al finalizar la función. Su perfil es desigual. La palabra forma una especie de cordillera, de silueta irregular. Una topografía que bien pudiera ser un camino recorrido o por recorrer. Cuatro figuras de la cultura y la historia cubanas también se “proyectan” sobre el escenario y, frente a nosotros, van liberando el peso que han cargado: una maleta, un micrófono, una mochila, unas partituras.

Cuatro se presentó durante el segundo fin de semana de abril en la Sala Adolfo Llauradó, de La Habana.