En la Cátedra de Educación Laboral de la Escuela Vocacional Lenin había un profesor de apellido Bouza que, a los ojos de nuestra adolescente subjetividad, contaba en los años 80 con unas seis décadas de vida, las mismas que, en el presente, me calcularía a mí cualquier muchacho de preuniversitario.

Los salones del cuarto piso donde se impartía la asignatura tenían alrededor de 30 metros de largo. Preveían la colocación de pesadas mesas para, en las clases prácticas, realizar trabajos manuales de carpintería, además de un torno y una sierra sinfín que creíamos muy avanzados, pero debían tener más edad que nuestro profesor.


La Lenin. Foto: Internet


Bouza —que era el tipo más noble y más bueno que haya decidido alguna vez educar a un ejército de malcriados— situaba las dos mesas y cuatro sillas correspondientes a mis tres mejores amigos y a un servidor al final del salón, diez metros mediante de la última fila, para que no contamináramos con nuestra apatía o simpatía —según del lado en que se mirara— al resto del grupo. Cada vez que aquel señor de voz pausada se viraba para la pizarra, nos la ingeniábamos para echar las mesas unos centímetros hacia adelante. Cuando Bouza reparaba en que ya estábamos de nuevo tete a tete con nuestros compañeros, solo atinaba a decir, tanta era su paciencia: “Muchachos, ¿yo no los había situado allá atrás?”

Y así, semana tras semana, durante los dos turnos de 45 minutos que duraba aquel encuentro con nuestro futuro de obreros calificados. No importaba si diez veces tenía que decirnos que volviéramos al fondo, en cada una lo tomaba como simple chiquillada del cuarteto de descarriados.

No importaba si diez veces tenía que decirnos que volviéramos al fondo, en cada una lo tomaba como simple chiquillada del cuarteto de descarriados.

Pero el día en que se demostró con creces que aquel profe era un pan — ¡un pan de los 80!—, fue  cuando en una clase Luis lo sacó de sus casillas, no recuerdo si por tirarle un taco, hacer volar una picúa o esconderle el borrador para sumarlo a la caja de esos adminículos que le regalaríamos después por el Día del Educador, los tres entretenimientos más entretenidos que solíamos entretejer. De lo que no tengo dudas es de que Bouza se alteró como pocas veces y le ordenó en voz alta: “¡Luis, acompáñame a la Dirección!”

Ir para la Dirección significaba cuanto menos un reporte en el  carné de conducta y candidatura segura a quedarse sin pase el fin de semana. Bouza lo conminó convencido del efecto que lograría en cualquier otro estudiante.

—Está bien —dijo mi amigo—, vamos para la Dirección.

Estupor. Respuesta no esperada.

—Luis, es a la Dirección a donde pretendo llevarte…

—Ya me dijo que es a la Dirección. ¡Vamos!

A mitad de pasillo:

—Luis, debes estar consciente de las consecuencias nefastas que para tu futuro como estudiante y como profesional puede significar el hecho de que te presente, por tu soberbio comportamiento, ante la Dirección del centro.

—No me importa. ¡Condúzcame!

Para no hacer el cuento más largo: el capítulo final aconteció en la puerta de la Dirección: Luis pugnando por entrar y Bouza, que ya dije que era un alma de Dios, halándolo por el brazo mientras exclamaba con voz llorosa:

“¡No, Luis, por tu madre, no lo hagas, no me desgracies así la vida!”

Y nosotros tres, y el grupo, y todo el que estaba cerca, y hasta el propio director gozando, muertos de la risa.