I

Tras la descongelación de la figura de Virgilio Piñera, esfumada, como se sabe, en la época conocida como Quinquenio Gris, cobró nuevas connotaciones su poema “La isla en peso”. La condición insular devino tópico reiterativo; muchos comenzaron a usufructuar su magnitud simbólica. No es que siempre fuera por oportunismo, pero demasiadas veces hemos escuchado, en chascarrillos de cenáculos, aquello de “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café. / Si no pensara que el agua me rodea como cáncer / hubiera podido dormir a pierna suelta” [1]. Tras ese discurso, donde la condición insular gravita sobre las almas como punzante fatalismo cósmico, un buen número de epígonos usufructuó esa asfixiante e irrepetible atmósfera para transmitir —de la oblicua manera en que lo hace la poesía— una sensación de encierro que a su vez connotaba estrechez política, dogmatismo, limitación. La cita epidérmica, en su momento, aportaba glamur al diletante, y hasta al más riguroso pensador.


Virgilio Piñera. Foto: Cubadebate

 

Y es que el texto piñeriano, con sus desafiantes demoliciones líricas, en los años de su recuperación para la plataforma pública cubana (década de los 90), aportó armas para sustentar una especie de poética de lo apocalíptico cínico que, no sin razón, comenzó a proliferar en aquellos días de agudos replanteos y cancelación de sueños:

La eterna miseria que es el acto de recordar.

Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,

devolviéndome el país sin el agua,

me la bebería toda para escupir al cielo.

Pero he visto la música detenida en las caderas,

he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.

Hay que saltar del lecho con la firme convicción

de que tus dientes han crecido,

de que tu corazón te saldrá por la boca [2].

Ese texto, de 1942, extrapolado a la época revolucionaria, al que le sumaron los desencuentros entre Virgilio y las instancias de la Revolución, adquirió un valor contestatario que ni mandado a hacer. El hecho de que en el excepcional poema se diga: “¡País mío, tan joven, no sabes definir!” comenzó a funcionar, para los flacos seguidores, como frase profética. Si algo sabe la Cuba revolucionaria, con todo y sus errores, pero también con sus logros, es definir.  

Otros poetas, como el mismo Nicolás Guillén, ven en el territorio insular, magnitudes simbólicas de distinto signo: su “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua” resulta de una impactante riqueza plástica. José Álvarez Baragaño, en los días de fervor inicial de la Revolución, elevó su bello, y también emblemático “Mi patria es Cuba”:

Mi patria es Cuba. No en vano

En mi mañana el ónix

Con la espuma se confunde, archipiélagos

De dolor me hincharon la frente

Y vi por los gritos desolados

Correr mis cantos de esperanza [3].

La condición insular siempre ha sido motivo para que “la bendita circunstancia del agua” convoque al elogio o la defenestración. Ahí están, entre otros, Isla en el tacto, de Ángel Augier (Cosida al mar y al viento por puntadas olas. / A puro solo prendida, tu perfil, isla mía, tu contorno en el agua / Con tu constante litoral dibujas [4]). El peso de la isla, de Nelson Simón; La isla que habitamos, de Efraín Nadereau; Las islas y las luciérnagas, de Jesús Cos Cause. Recientemente tuve acceso a Isla en mi cuerpo, de Luis Álvarez Álvarez, publicado por la editorial Ácana en 2017. Un poemario excepcional.

II

Los textos de Isla en mi cuerpo incorporan otra relación del sujeto lírico con nuestro territorio insular. Venciendo el prurito ahistoricista y globalizado con que muchos hoy se apresuran a desvanecer fronteras, el término Patria emerge con gallardía en sus versos:

Isla o matriz,

en ti me abato, palpo mi corazón entre terrones

de una heredad que he nombrado mi patria.

Tanta lejanía, tanto silencio, tanto índice aferrado,

parecen desdecir los testamentos,

las lacras heredadas:

ignoro ya

si es amor a la tierra

una estúpida costumbre, si es apego a sus grumos,

su piel siempre dañada

por un sol delirante y noches de veneno.

No lo creo, a pesar de todo: algo en mi cuerpo

es humedad de naranjo y de almendra escarchada [5].

Los versos anteriores los podemos hallar hacia el final del poemario. Lo que predomina en las páginas previas es la ósmosis, morfológica y espiritual, pero mayormente angustiosa, del ser con las luces y sombras de la isla. En los versos de este conjunto el país, como escenografía teleológica, se integra sistémicamente a destilaciones espirituales cuya profundidad conceptual se alcanza en perfecta comunión con un montaje estético complejo, intenso y equilibrado gracias al cual se expone un policromático abanico de desasosiegos, deslumbramientos, interrogantes, sentencias, plenitudes.

La atmósfera de esta isla es un espacio por momentos distópico, solo que lo reverencial lo separa de la carga opresiva del proyecto del autor de Aire frío, sin aparearlo demasiado a lo apologético de Isla en el tacto. Configura, desde la pugna antitética, un lienzo de honda densidad. Veamos ejemplos: en la línea más apologética:

Isla mía, escóndete en ti misma,

cierra el alféizar de luz,

entrégame tus llaves

hasta el amanecer en que vuelvas libremente

a ser un puño iluminado entre mi pecho,

una voz capaz de estremecernos [6].

En la del desasosiego, o la incertidumbre:

Habría que corregir

aquel plan escrito para zurdos, donde la mano

sola desgarra las riberas de luz,

el círculo mareante de la estrella, [7]

O:

Y sin embargo, bajo las alas mudas del ave de la tarde,

guardé mi corazón.

Hasta que vuelva hacia él la vida nueva [8].

No recuerdo ningún otro poemario previo a este donde persona y país, como símbolo de totalidades propias, se integren, anatómica y ontológicamente, en expansivo cuerpo lírico, no por armónico carente de conflictividad. Todas las laceraciones e incertidumbres existenciales del poeta hacen comunión con cierta laxitud del entorno, irrigado por epifanías que, más que como chatas alabanzas se concretan en deslumbrantes imágenes. El ser humano, siempre en primera persona, oficia como descubridor, pues el paisaje que nos revela es totalmente inédito, plural, híbrido, pensante.

No obstante, algo de los diarios fundacionales del descubridor de Cuba, o del último de Martí, respira en estas comuniones, cercanas también a la cosmogonía y el yo plural de Whitman, pero lejanas al panteísmo extático de Feijóo. Aunque también nos habla un poco en estas páginas el Ballagas de “Nocturno y elegía”, y hasta podríamos advertir un lejano parentesco con los calidoscópicos espejismos de Boti. Solo que no se trata de mimesis, sino de una familiaridad llamada por la tradición; el estoicismo pudiera ser la hebra que los une.

En lo formal, destaca el apego a versos de sonoridad rotunda: abundan el endecasílabo, el alejandrino o su embrión (el hemistiquio heptasilábico), el decasílabo, el dodecasílabo, aunque también, sobre todo para concluir ideas, se acuda al pie quebrado de arte menor. No estamos ante un proyecto estrófico, aunque algún soneto incluya, sino ante un conjunto polifónico que concreta en el arte mayor la gravedad de su propuesta filosófica, sin que deje de acudir a otras medidas cuando quiere apegarse al ingenio y sacudirnos con la sorpresa del encabalgamiento.

Destaco finalmente el esmerado trabajo de ilación tropológica, donde abundan las figuras más complejas para concretar construcciones tan felices como: “Sus voces quieren imantarse a un norte / amputado de frutos y amapolas” (endecasílabos ambos), o “ya no basta la vida, pero viajar tampoco / conduce a alguna parte”, cálido homenaje a Raúl Hernández Novás (no solo en este texto) que en estas líneas se construye con un alejandrino seguido de un hemistiquio heptasilábico.

Las calidades de este poemario de Luis Álvarez Álvarez, de quien antes había leído: El rojo y el oro sobre el pecho (1983), La noche como un signo (1990) y Difícil de descifrar (2002), completan, según creo, un proyecto estético de alcance mayor, no solo en su obra, sino también en la profusa bibliografía lírica cubana de varias décadas. Quizás quienes le otorgaron el Premio Nacional de Literatura 2017 —acto de justicia, impostergable— hayan enfocado con más fuerza su inmensa obra ensayística. Si así fuera, ojalá estás palabras mías de hoy sirvan para recordarles a lectores y críticos que también se premió a un gran poeta.


Notas:
 
[1] Virgilio Piñera: “La isla en peso”, citado por Revista Cultural Calle B, S/F, disponible en http://www.calleb.cult.cu/index.php/autopista-sur/426-obra-literaria-de-virgilio-pinera/1841-la-isla-en-peso- Fecha de consulta: 23 de abril de 2018.
[2] Virgilio Piñera: Ob. Cit.
[3] José Álvarez Baragaño: “Mi patria es Cuba”, en Poesía color de libertad, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1977,  sin ISBN, p. 287.
[4] Ángel Augier: “Isla en el tacto”, citado por Josefina Ortega en revista cultural La Jiribilla, La Habana, Año IV, 2005, disponible en: http://epoca2.lajiribilla.cu/2005/n218_07/memoria.html. Fecha de consulta: 22 de abril de 2018.
[5] Luis Álvarez Álvarez: Isla en mi cuerpo, Editorial Ácana, Camagüey, 2017, ISBN 978-959-267/453-0, p. 117.
[6] Luis Álvarez Álvarez: Ob. Cit. p.13.
[7] Ídem, p. 14
[8] Ídem: Ob. Cit. p. 16