La modernidad fue el resultado de una acumulación considerable de capitales económicos y también culturales. Adelantos tecnológicos y descubrimientos científicos ofrecieron nuevos horizontes que conjugaron un tejido coherente de valores, percepciones y consensos sociales.

Como parte del esparcimiento del capitalismo, las estructuras de la democracia fueron adaptándose. La comunicación y los capitales simbólicos ocuparon un lugar central en el nuevo sistema. En esa dirección, estudios extraordinarios en el campo de la psicología social y el marketing político removieron el conservadurismo en el conocimiento y desplazaron las canónicas posiciones de antaño.

La era de las subjetividades manejadas se fraguó precisamente en el debate aparente por las libertades del hombre y los derechos ciudadanos. La burguesía que brotaba ubicó como foco delirante comprender la sociedad y el pensamiento. Discursos más “participativos” y resortes culturales más “convincentes” suministraron los primeros éxitos a la primitiva propaganda política que se ensayó.


Fotografía de John Schneider, Prisioneros Sospechosos del Vietcong (1967) Fotos: Internet


Como siempre, los capitalistas aprendieron bien y rápido. Del matrimonio feliz entre la ciencia y la política, nacieron eficientes fórmulas para la incapacitación ideológica como valor añadido al desarrollo de los mercados.

El monopolio del adoctrinamiento convirtió a los hogares en aulas. Los televisores, mágicamente transformados en maestros, reprodujeron un discurso único, subyugante y poderosamente empobrecedor. Hablando del hombre y conspirando para asesinar su inteligencia, los consorcios de la comunicación establecieron el pacto con el capital que los financiaba.

En el año 1964 Vietnam sufrió el primer embate de un ejército de  periodistas. Un batallón de artillería pesada compuesto por cámaras y máquinas de escribir hizo lo imposible para que aquel heroico pueblo no ganara el favor de la opinión pública internacional. No les fue difícil. Para ese entonces la potencia norteamericana a la que se enfrentaban los vietnamitas operaba el 75% del flujo televisivo internacional, el 50% de la producción cinematográfica e incidía en el 90% de los noticiarios.

La ofensiva mediática se libró desde entonces saturando a la cotidianidad y potenciando un discurso único. Frustrada la experiencia socialista en Europa, la unipolaridad del mundo exigió inmediatez, espectacularidad y sensacionalismo en el mensaje de los vencedores.

Segregar y asfixiar el nacimiento de cualquier modelo político alternativo resultó una premisa ineludible para el diseño de las futuras estrategias comunicacionales. En el período de la Guerra Fría el concepto de seguridad nacional —estrategia norteamericana— incluyó en su definición el continuo rejuego con los pilares de la prensa.

Un poderoso despliegue de hegemonía estadounidense condicionó los mecanismos para ejercer un privilegiado control económico sobre el traspatio imperial. El efecto de la nueva doctrina no solo radicó en su carácter proimperialista y extraterritorial, como analizan una buena parte de los especialistas. El triunfo real del novedoso instrumento se generó en el plano de la subjetividad.

El dilema se presentó ante el desgajamiento de las identidades y el ataque a los sostenes del pensamiento latinoamericano. El neocolonialismo que se estrenaba entendió de forma temprana que su carta de triunfo se encontraba en facilitar el consenso hacia la “verdad” que promovía. Era vital que a los condenados de la tierra les fuera imposible descifrar su realidad. Lograr convertirlos en extranjeros en sus propias naciones constituyó un objetivo principal.


 


El triunfo neocolonial habitó en la posverdad de asumir el subdesarrollo como el orden natural de las cosas. En toda esta ofensiva, la manipulación mediática jugó un protagónico papel. El creciente número de audiencias facilitó la circulación “libre” de los cínicos postulados. Un torrente de contenidos, símbolos, rasgos y estilos de vida, afianzaron la penetración de los valores estadounidenses en el tejido cultural de nuestras naciones.

Desgastado el viejo continente por los efectos de la crisis económica y las secuelas de dos guerras mundiales, las potencias capitalistas fundadoras ya no podían medir fuerzas en este campo de batalla. En la aldea americana se apreció con más potencia la emboscada a la verdad. La enfermedad mediática se hizo evidente y manifestó su sintomatología de forma temprana.

Una campaña anticomunista desvirtuó cualquier proyecto político divergente hacia el gran capital. Descaradamente se destruyeron democracias acusadas de dictadura, se aislaron procesos, se saqueó, se diezmaron poblaciones, se torturó y asesinó a miles de jóvenes. La gran prensa, cuando habló, se refirió siempre al salto democrático que vivía el continente y a la creciente felicidad que acompañaba a sus sectores sociales.

Los aires de liberación en la región destaparon las preocupaciones del buen socio americano. Eisenhower aprobó, a inicios de los 50, la invasión mercenaria a Guatemala para acabar con el gobierno de Jacobo Árbenz. Previo a la invasión, Allan Dulles —el famoso personaje de la CIA— había puesto en marcha la estrategia mediática de descrédito internacional.

Con libretos semejantes en Argentina, Paraguay y Brasil, fueron derrocados gobiernos electos por el pueblo e instauradas sangrientas dictaduras. En todos los casos, la utilización de sádicos titulares inclinó la balanza hacia los intereses de los poderosos del norte. El propio triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959 supuso la conformación de ingeniosas estrategias mediáticas para desacreditar y satanizar al gobierno de Fidel Castro.



 

En el ocaso del pasado siglo, América Latina importaba más del 75% de los programas televisivos que consumía; la inmensa mayoría de etiqueta made in USA. El control sobre el procesamiento de noticias se incrementó considerablemente. En esas décadas, cadenas como ABC, NBC, la CBS y luego la CNN controlaron el flujo noticiario.

De forma paralela creció el financiamiento millonario para una prensa comprometida con la construcción minuciosa de increíbles mentiras que se expresaban como verdades absolutas. Se encubó así un exitoso proyecto para derramar la ideología neoliberal en el continente. Evaluado al paso de los años, podría decirse que logró parte de sus propósitos. En buena medida arrebató a los sectores populares su capacidad para pensar.

La primera década del siglo XXI lanzó un nuevo producto al mercado. Utilizando la acumulación de experiencias, el conglomerado militar yanqui decidió poner en práctica un atractivo programa para subvertir y derrocar gobiernos. El denominado smart power evidenció la posibilidad de combinar brutalidad con sutileza en el campo de la política.

Ya no eran necesarias las costosas invasiones armadas. Las potencialidades tecnológicas en el área de las infocomunicaciones y el Internet, develaron posibilidades como nunca antes para la manipulación de la información y el rejuego con las configuraciones ideológicas de los sujetos.

Con el asombro e incredulidad de no pocos, se materializaron los tiempos en que un post en las redes sociales o una etiqueta en Twitter pueden decir más de un país, que el discurso oficial de los políticos o las portadas de sus periódicos tradicionales.

La realidad anunció de manera escalofriante continuos atentados digitales contra la soberanía y la autodeterminación de nuestros pueblos. Ante las miradas desarmadas y los razonamientos de una izquierda todavía analógica, se fraguó el oscuro modelo que hoy muchos reconocen como revoluciones de código abierto. La manipulación de las subjetividades había emergido como un rasgo principal de la tecnología del poder.